EL ALAZÁN

Cuentan las viejas del lugar, y corroboran sus hombres, que hubo una época en que por esos pagos corrió a galope tendido, en las madrugadas de los días de niebla, un caballo alazán, cuyos relinchos removían puertas y ventanas, y alacenas y armarios, y hasta algunos tejados temblaban sobrecogidos.

Parece ser que hace ya varios siglos, recién reconquistada esta franja de terreno a los árabes, y en un intento desesperado por detener el avance de las tropas cristianas, el capitán moro ofreció un tributo de tres caballos al capitán castellano. En el lote venían un caballo blanco, otro negro, y un tercero, el más grande y de mejor estampa, alazán. Por un motivo de superstición, no gustó este último al cristiano, cuya primera intención fue devolverlo. No lo hizo, aconsejado por su sargento mayor, guerrero de amplia experiencia, y que sabía que ese gesto no sería bien interpretado, lo cual conduciría a un nuevo enfrentamiento, de incierto resultado en esas tierras en constante conflicto y donde las fronteras cambiaban de dueño casi a diario.

Mandó el capitán cristiano a su caballerizo que pusiese en las mejores cuadras, y les dedicase la mayor de las atenciones, a los caballos blanco y negro, mientras el alazán fue recluido a un espacio menor, al fondo de las caballerizas, compartiendo espacio con mulas y mulos de carga, burros y pollinos.

Este hecho disgustó al cuidador, hombre que amaba a los caballos, y que cada vez que miraba al alazán veía en él un ejemplar espléndido, el mejor de los tres animales entregados en el tributo del moro. No se merece este animal el desprecio al que su dueño lo está sometiendo, pensó.

Una madrugada, después del cepillado y de facilitarle el alimento correspondiente, tomó el caballerizo una decisión trascendental. En caso de ser descubierto, le podía costar la vida, pero eso no le arredró. Abrió la puerta de atrás, y salió con el alazán caminando tras sus pasos.

Llegado a los límites del campamento, un soldado de la guardia le dio el alto.

-“Soy el caballerizo, voy a pasear el alazán”.

-“Eso no es posible, los caballos del capitán solo pueden pasar la línea fronteriza montados por él. Debo detenerte y llevarte preso”.

El caballerizo no sabía cómo reaccionar. Entonces, el alazán alzó sus patas delanteras e hizo frente al guardia. Cuando este levantó su lanza, una coraza rodeó al animal, impidiendo que aquella pudiese llegar a su cuerpo. El caballerizo se vio a lomos del alazán, sin saber cómo, que se elevó sobre el terreno y partió por el aire, dejando absolutamente sorprendido al guardia. Este, asustado, no se atrevió a dirigirse al sargento para explicarle que el caballo alazán había partido volando con el caballerizo encima, pues sin duda le considerarían loco y lo encerrarían en las mazmorras.

Optó por abandonar los límites de la población, y desaparecer para siempre.

Llegado el momento, los encargados del recuento de bienes, animales y personas, advirtieron de la falta del caballerizo, del guardia y del alazán. Los buscaron de manera insistente hasta el momento en que la noche fue cerrada. Entonces, los dieron por desaparecidos, pensando que alguna razia enemiga los habría sorprendido, llevándolos prisioneros.

Interrogado el jefe moro al respecto, dio este su palabra de que ninguna partida bajo su jurisdicción había llevado a cabo tal acción. Como quiera que ni guardia, ni caballerizo ni alazán dieron señales de vida, ni aparecieron muertos, el asunto fue cayendo en el olvido con el paso de los días. El capitán tampoco le dio mayor trascendencia al asunto, pues sabida era su animadversión por aquel corcel colorado, que él creía poseído por fuerzas malignas. Tampoco la pérdida de un caballerizo y un guardia le iban a hacer perder el descanso merecido.

Se equivocaba el capitán. Desde ese día, y de manera recurrente, un sueño venía a su mente. En medio de un sudor sofocante, veía a un ejército de hombres y mujeres cubiertos con capas del mismo color que el alazán, anunciarle que una gran derrota se aproximaba, y que era hombre muerto, al igual que todos los que le habían acompañado en la conquista de esas tierras. Preguntaba el capitán qué debía hacer para evitarlo, pero las misteriosas voces le contestaban que ya nada, pues había maltratado al alazán, y este tenía la obligación de vengarse.

Comenzaron a ocurrir pequeñas desgracias en la población, que se iban incrementando en cuanto a frecuencia y gravedad. Una mañana aparecieron muertas media docena de ovejas. Otra, las vacas dejaron de dar leche. Los perros guardianes desaparecieron una noche. Una enfermedad desconocida, que dejaba a hombres y mujeres sin fuerza alguna, contagió a varias familias.

El capitán comenzó a desesperarse. Esa noche, volvió a sentirse al alazán galopar por la población. Relinchó con fuerza desconocida, dando paso a un pedrisco que se llevó por delante casas y cuadras, personas y animales. Pretendió entonces el capitán huir a lomos de su caballo blanco, pero este se negó a obedecer sus órdenes. Montó entonces en el caballo negro, con el mismo resultado. Viéndose perdido, pues un río de barro se veía descender desde las montañas cercanas, pretendió abandonar la población corriendo. No lo pudo lograr. A punto de ser alcanzado por la riada, pudo observar que el alazán llegaba por los aires para llevarse con él a los otros caballos. Imploró ayuda el capitán. El alazán entonces le miró con desprecio, y tras un nuevo relincho, reemprendió el vuelo, sin atender sus suplicas.

Un nuevo capitán llegó a la destruida población unos días después. Se puso manos a la obra de la reconstrucción. Cuando llegó a las cuadras, el caballerizo le condujo hasta tres equinos, uno blanco, otro negro y un alazán.

Estos tres caballos no han sufrido ningún daño, ni por enfermedades, ni en el pedrisco y la posterior avalancha. Son un presente del capitán moro a nuestro anterior capitán.

-Que se los cuide y alimente como es debido, y que estén siempre prestos para salir al campo.

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