UN SUEÑO COLECTIVO

Cuentan que al antiguo poblado llegó un forastero. Decía venir de un lugar muy lejano, de interminables praderas siempre verdes, lleno de animales salvajes, en especial de majestuosos caballos que corrían día y noche sin rumbo.

Se sentó el recién llegado junto al fuego del centro de la aldea, pues dijo tener frío. Tomó un caldo hirviendo, si bien antes de hacerlo extrajo de su boca, una a una, todas sus piezas dentales, que colocó cuidadosamente sobre un trozo de tela sacado de su morral y que había extendido a su derecha.

Agarró el cuenco con fuerza. Todos los que le miraban pensaron que se iba a quemar los dedos. No ocurrió así. Luego le avisaron de que bebiese con cuidado, pues el caldo cocía. Bebió de un trago, sin pausa alguna. Cuando hubo terminado, cogió sus dientes y muelas del trozo de tela, se los colocó dentro de la boca, y solicitó algún lugar recogido para poder descansar.

El jefe del poblado, dicen que eran los tiempos de Soiro, le acomodó lo mejor que pudo en la tienda que se reservaba a los peregrinos. Descansó el fugitivo durante muchas horas. Ya estaba la mañana bien entrada cuando asomó su cabeza por una de las aberturas de la tienda.

Buenos días, saludó al vigilante. ¿Podría indicarme algún lugar donde pueda asearme debidamente?

-Sí señor forastero. Yendo en aquella dirección, encontrará el arroyo.

Hacia aquel lugar se dirigió el forastero. Los pobladores, llevados por la curiosidad, se acercaron a las orillas del arroyo, para observar de qué manera se aseaba el hombre. Su sorpresa fue mayúscula cuando vieron la forma en que lo hacía. Primero, agarró su pierna derecha, que desprendió del tronco, y la lavó cuidadosamente. Después hizo lo propio con su pierna izquierda, luego el brazo derecho, más tarde el izquierdo. Los dedos de la mano, uno a uno, vinieron después. Más tarde serían las orejas, y para terminar, las piezas dentales.

Se secó con mimo. Dio media vuelta, y enfiló de nuevo el camino del poblado, de su tienda. Una vez vestido, solicitó una entrevista con Soiro, para agradecerle sus atenciones, e informar de que tenía intención de continuar su camino.

Y a dónde os dirigís, si puede saberse, preguntó el jefe del poblado.

Nada puedo contestar a ciencia cierta. Dicen en las tierras de las que provengo que llegas a un punto en que la tierra se acaba, y una gran masa de agua, que la vista no es capaz de abarcar, cubre todo. Mi intención es ver si existe alguna manera de seguir adelante.

Unos niños que correteaban por allí, se acercaron al forastero. Le interrogaron acerca de cómo hacía para sacar los dientes y muelas de su boca y luego volver a colocarlos en su sitio.

-Eso no os lo puedo contar, es un secreto que me han confiado los dioses, y que no se puede revelar bajo pena de vagar para siempre por el lago de los caídos. Pero, si vuestro jefe me lo permite, y vista la expectación que ha despertado mi baño entre todos los pobladores, voy a enseñaros una cosa más.

A continuación, se quitó ambas orejas, que colocó al revés. Lo de atrás delante, y lo de arriba abajo. Niños hubo que se asustaron, otros que quedaron perplejos, incapaces de dar un paso, y alguno que fue capaz de adelantarse y tirar de los apéndices, para ver que ocurría.

En este último se fijó el forastero. Si tus padres y el jefe Soiro lo autorizan, me acompañarás en busca de la gran masa de agua, y por el camino te revelaré los secretos de los dioses.

Sin que el gallo hubiera anunciado la llegada del nuevo día, se despertaron los pobladores. Salieron a la plaza central, se miraban unos a otros, contándose un extraño sueño que habían tenido sobre un forastero que conocía el secreto de los dioses, y que invitaba a uno de los niños del poblado a acompañarle para ponerlos en su conocimiento.

Es extraño que todos hayamos tenido el mismo sueño, dijo el jefe.

Aparecieron al fondo Laisa y For, gritando que su hijo no estaba en su jergón. Todos se pusieron a buscar al muchacho, sin resultado alguno.

-Son los secretos de los dioses, concluyó el jefe.

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