LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 110. HARRIS

Estaba muy satisfecho el Sr. Alcalde con la subvención recibida del Ministerio de Fomento, para la potenciación y mejoramiento de la red de suministro eléctrico a la ciudad. Según el informe que le habían hecho llegar los técnicos, con la misma quedaban solventados los problemas de cortes de luz sufridos las dos décadas pasadas. Rápidamente, hizo llamar el munícipe a su despacho a don Anacleto Balín y Puertas, director de “El Ciudadano Cabal”, para que redactase el bando correspondiente, que sería reproducido al día siguiente en su periódico, todo por el módico precio de cincuenta pesetas.

Más contento aún estaba don Feliciano Sansegundo, director general de la “Sociedad Eléctrica de la Meseta Castellana”, que podía ampliar el negocio de su compañía sin recurrir a costosas inversiones con cargo a los fondos propios o, peor aún, a deuda bancaria. El siguiente problema que se planteaba era la adquisición de todo lo necesario para acometer la mejora de la red.

Se convocó el correspondiente concurso. Surgió un inconveniente inesperado: toda la industria nacional estaba ocupada al cien por cien en la mejora de las redes de otras ciudades. No quedó otro remedio, aconsejados en este punto por el abogado Billegas, que acudir a la licitación internacional.

De la misma resultó ganadora una empresa del Reino Unido. Al parecer, no fue ajeno a la elección Mr. Nicholas Enher, el banquero inglés (ver Capítulo 69), que tan buena relación mantenía con nuestra ciudad, y que una vez más, junto al abogado Billegas, fue capaz de articular la forma para que todas las partes salieran beneficiadas (cierto que unas algo más que otras) con la operación.

Unas semanas después de la adjudicación, se presentó en nuestra ciudad un ciudadano británico, de nombre Mr. Harris, ingeniero eléctrico, encargado por su compañía de llevar adelante los primeros estudios sobre el terreno para llevar adelante el proyecto.

Resultó ser Mr. Harris un caballero afable. Eso sí, se tuvo que valer, durante los primeros tiempos de estancia entre nosotros, de los buenos oficios del profesor don Stuart Coltrane, que le acompañaba constantemente e iba traduciendo debidamente. Fueron sin duda buenos tiempos para don Stuart, pues cobraba sus servicios de manera generosa.

Poco a poco fueron llegando los ingenios que debían instalarse. Llegaban a lomos de unos impresionantes camiones, de la marca “Leyland”, que generaron la admiración por su aspecto de robustez. La siguiente sorpresa fue la que causaron los conductores de los mismos. Terminada su jornada de trabajo, se concentraban en “La Perla Negra”, y bebían litros de cerveza entre cánticos y buen humor. Intentaron los clientes locales que bebiesen vino, pero no les agradó la idea en exceso. Incluso se quejaron de que no había disponible cerveza negra, que al parecer es muy habitual en las islas británicas, y que mantenían que se tomaba caliente.

Las obras avanzaban según lo previsto. Los vecinos estaban contentos, pues se crearon puestos de trabajo, y se incrementó de manera notable la actividad comercial. “El Tornillo” volvió a vivir otra época dorada. Los ociosos pasaban la mañana mirando la instalación de torres y cables. Mister Harris aprendía español con cierta facilidad, aunque su pronunciación era deficiente, causando más de un murmullo entre la gente.

Poco a poco fue Mister Harris acostumbrándose a los hábitos de la ciudad. Era natural de Coventry, en el centro de Inglaterra. -¿Sabe en qué se parecen Coventry y Gualteirán de las Victorias?, pues en que tenemos el mar alejado. Este ambiente seco me encanta, aunque he de reconocer que un solo día de sol aquí vale por casi un año en mi ciudad”.

Agradecía igualmente Mister Harris los menús castellanos. Las legumbres, con su gallina, su chorizo, su morcilla, su tocino…le entusiasmaban, al punto que le llevaban, de manera irremediable, a dormir la siesta a su habitación. Lo comentaba después en las tertulias de “El Rincón de Camagüey”: “Me he dado cuenta de que no resulta conveniente dejarse llevar por tópicos, habladurías y leyendas negras. ¿Acaso alguien puede negar que, después de un suculento cocido, o unas alubias o unas lentejas bien aderezadas con sus complementos, no resulta obligatoria de todo punto una buena siesta?”.

Los domingos (por aquella época el único día de descanso semanal) paseaba por los soportales de la plaza, saludando a diestra y siniestra. Eso sí, no acudía a misa, ya que era anglicano, aunque confesaba sin rubor alguno que nunca había sido practicante. No gustó mucho ese asunto al Padre Muelas, que puso en guardia a los feligreses sobre esa costumbre, a más de preguntarse en alto si la llegada de tanto ciudadano extranjero a nuestra ciudad, en los últimos tiempos, era beneficiosa para la salvación de las almas de sus habitantes.

Cuando se acercaba el verano, las dudas arreciaron. No tuvo otra ocurrencia Mister Harris, mediado el mes de junio, todavía con un vientecillo fresco de respeto, que acercarse al río, enfundarse en un bañador, y darse un chapuzón en una de las pozas que se formaban al paso de la corriente de agua por los arrabales de nuestra ciudad. El profesor Coltrane se lo advirtió, pero no quiso Mister Harris renunciar al baño.

Enterado del asunto el Padre Muelas, clamó este desde el púlpito contra las disolutas costumbres extranjeras, que traerían la perdición a la ciudad. “No nos convirtamos en Sodoma o Gomorra”, clamó mientras golpeaba con tal ímpetu el atril, que terminó este por los suelos, con el cura rojo como un tomate, al punto que el Dr. Benavides se acercó hasta el altar, por si sus servicios fueran necesarios.

En las primeras filas, el malestar del Gobernador Civil, el Presidente de la Diputación, el Alcalde y hasta del Gobernador Militar eran evidentes. El Obispo, viendo que aquello se salía de madre, acudió presto a un segundo atril, desde el que solicitó continencia a todos los presentes. Ordenó callar al Padre Muelas, y terminó él el sermón procurando enmendar el apocalipsis que acababa de describir su colega.

Terminado el oficio religioso, convocó el Gobernador Civil una junta urgente de notables, para tratar del asunto. El abogado Billegas hizo saber a los presentes que ninguna norma impedía a un ciudadano darse un baño en un río. Tras varias deliberaciones, se encomendó al Sr. Obispo que requiriera contención y mesura al Padre Muelas, mientras se instó al presidente de la “Sociedad Eléctrica de la Meseta Castellana”, que transmitiera, de manera diplomática a Mister Harris, que determinadas situaciones causaban extrañeza en la ciudad.

Mientras tanto, los trabajos técnicos continuaban. Lo que se dio en llamar la “Torre Harris”, que todavía existe y sigue proporcionando luz eléctrica a una parte de la ciudad, iba tomando forma. Llegado el siguiente domingo, y visto que lo del baño en el río no le sentaba bien a la ciudad, optó el inglés por acudir al “Rincón de Camagüey”, a probar los calamares fritos que servían a la hora del aperitivo, y que le habían recomendado.

De camino al café, se cruzó con don Jacinto de Úsculis, el farmacéutico, al que acompañaba su hija Constanza. Tampoco era el farmacéutico hombre de iglesia, motivo por el cual había levantado sospechas al Padre Muelas, que recelaba de sus fórmulas magistrales y de las reuniones que mantenían, en la rebotica, algunos vecinos. Se interesó don Jacinto por el incidente del baño, que Mister Harris narró con todo lujo de detalles, alargando el mismo todo lo que pudo, intentando agradar a la Señorita Constanza.

-“Nada, nada, ni caso a ese contumaz ultramontano Padre Muelas. En desagravio, y para que no crea usted que los españoles, y siempre generalizando, no somos gentes sombrías ni atrasadas, como mantiene la leyenda negra, y que comportamientos como el de ese sujeto podrían alimentar, le convido al aperitivo en “El Rincón de Camagüey”.Los calamares fritos son excelentes, llegados esta misma madrugada desde Galicia”.

Aquel fue el inicio de una amistad entre Mister Harris y la señorita Constanza que terminaría en matrimonio. El caballero inglés logró ser contratado como empleado local por la “Sociedad Eléctrica de la Meseta Castellana”. Se quedaría ya para siempre entre nosotros, varias decenas de años. Llegó a dominar el idioma español, eso sí, su pronunciación no mejoró ni un ápice.

A más de por la torre que lleva su nombre, Mister Harris ha pasado a la posteridad por la fundación de la “Sociedad Castellana de Natación y Actividades en la Naturaleza”. Aunque con muchas reticencias al comienzo de su andadura, poco a poco se fueron sumando a la misma muchos vecinos, en particular los jóvenes, deseosos de poder salir de la vida aburrida y rutinaria de la ciudad. Serían muchos años después, en la hora de su jubilación profesional, cuando el Ayuntamiento y la Diputación le reconocerían sus méritos y su aportación a la modernización de las costumbres.

Mister Harris y Constanza no tuvieron hijos. Una vez jubilado, el matrimonio viajaba con frecuencia a Inglaterra, donde él mantenía la propiedad de una vivienda en la ciudad de Conventry. Cuando la salud fue poniendo dificultades, optaron por suprimir los viajes. Ahora, ambos comparten la sepultura que adquirieron en su momento en la zona denominada “Cementerio Inglés” del camposanto. Reciben homenaje anual el segundo domingo de octubre, pues fue un día diez de ese mes cuando se constituyó, ante la autoridad competente, la “Sociedad Castellana de Natación y Actividades de la Naturaleza”, que con mejor fortuna unas veces y peor otras, aún subsiste entre nosotros, y participa en diferentes competiciones de ámbito regional. En fecha reciente, se ha anunciado por bando de la alcaldía, que la piscina que se está construyendo, llevará el nombre de “Piscina Municipal Mister Harris y doña Constanza”.

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