PARRILLA CHICO

…es lo que tiene vivir en estas colonias artificiales en medio de la nada, hechas con el único motivo de albergar a los trabajadores de esta obra gigantesca, que vienen obreros jóvenes, con sus familias, y tienen niños, que lloran, y chillan, y corren y juegan y saltan y hacen trastadas, y se ponen enfermos y tienen accidentes…y claro, hay que atenderlos. Conste que mí no me molestan, muy al contrario, que estuve yo de guardés en una finca de Zamora, con mi esposa sabe usted, y a la que algunos días, los que había tajo, venían los peones, que se iban al anochecer. Menudos silencios, menudas noches largas y oscuras, a la luz de la lumbre, que cuando llegaba el invierno, ni alimañas había, que hasta “Bermudo” y “Terri”, mis perros sabe usted, se aburrían como ostras, y se tumbaban a mirar las llamas. También había gatos, pero esos preferían vivir a su aire, en la calle, ojo avizor siempre. Cuando se vive en el campo, es obligatorio tener gatos, que ahuyentan toda clase de bichos.

Luego ya me ofrecieron venirme aquí de portero, y lo cogimos por estar con más gente. Es un empleo sencillo, y bien pagado, subir y bajar la barrera de acceso a aquellos que pueden entrar. Lo malo es que es un trabajo que abarca las veinticuatro horas de todos los días, no hay en este empleo domingos ni festivos, ya ve usted. Cuando yo tengo que salir, que es a casi a diario, pues le tengo que dejar a mi mujer. Ahora están hablando de contratar un ayudante, que se ocupe algunos días de la barrera y demás, que al parecer tengo derecho a un descanso, según una ley que han aprobado y que es de cumplimiento obligatorio.

El caso es que no se está mal aquí. Todos los días pasa lo mismo, y eso es bueno o malo según se mire, y según los días. Mire usted, la otra noche, serían las tres, dieron unos golpes en la puerta. ¿Quién es? Soy Marina, la hija del Antonio, que mi padre está de noche, y mi hermano Luisito se ha puesto con fiebre y devuelve. Que me dice mi madre que llame al médico. Y entonces le abro, porque aquí solo tenemos teléfono yo mismo, nada más que por portero, no se vaya usted a creer, el médico, el cura y el ingeniero. Lo del médico y el ingeniero lo entiendo, por evitar males mayores, lo del cura no tanto, pero no diga usted nada, que ya sabe usted lo que luego pasa.

El médico es don Anselmo, que es de Zaragoza. Un tipo callado, pero muy atento y siempre dispuesto a recibir a quien sea menester. Al parecer, tenía un hijo, que se mató al explotar una granada a sus pies, cuando hacía el servicio militar. Claro que de eso nunca hablamos nadie, por no oscurecer más su rostro. También dicen que por eso lleva barba, como para taparse de las miradas ajenas, eso no lo entiendo yo muy bien, pero si lo dicen, pues así será.

¿Ve usted la casa número dieciocho? Pues era la del Julián y la Andrea. Tuvo mala suerte el Julián, en un desmonte se le vinieron unas rocas encima, y aplastado, muerto en el acto. Como la casa es de la empresa, pues claro, la Andrea y sus dos niños la tuvieron que dejar. Volvieron a su pueblo, a Arcos de la Polvorosa. Al menos, a la viuda le queda pensión, y luego ya, si es apañada, entre un poquito de la huerta y otro poquito de algún animal, pues saldrá adelante digo yo.

Ese edifico de dos plantas es la escuela. Abajo se dan las clases, las de la primera enseñanza, todos los chavales juntos, así grandes como pequeños. Luego ya, los de más de diez años, suben al pueblo, que viene un autobús de la empresa a recogerlos y luego los trae por la tarde. La maestra, que vive en la planta superior, es doña Consuelo, una mujer muy correcta, muy bien puesta siempre, aunque muy simpática no es -pero le digo como con el cura, no lo diga, que luego todo se sabe y yo soy el portero de todos y no es cuestión de ganarse enemistades sin necesidad-. Anda ya cerca de jubilarse, es soltera, y cuando le da coge a los niños y se los lleva por ahí, de excursión, con comida y todo, y recogen hojas y estudian las plantas y los árboles. No sé yo si eso está bien o mal, en mi época no se hacía, sabe usted, claro que los tiempos han cambiado. Según dicen, pues ella tampoco lo aclara, es de la provincia de Murcia, y parece ser que es huérfana. Estudió magisterio con una beca, que se lo cuenta ella a sus alumnos, para estimular su interés y que sigan estudiando. Lo normal es que la mayoría lo dejen. Los niños, para incorporarse a los catorce años como aprendices a la obra o a alguna de sus empresas auxiliares, y las niñas, para quedarse en casa con su madre, ayudando en la casa y con los hermanos pequeños cuando los hay, y cuando no, atendiendo a los abuelos, o a otros familiares que lo necesiten. Luego ya, ennoviarse con algún chaval, casarse, tener hijos…en fin, la rueda que da vueltas y vueltas sin llegar nunca a ningún sitio, simplemente girando sobre sí misma. ¿Y no cree usted que algo se debía hacer para que los obreros pudiésemos prosperar, aunque fuera un poco, unos pasitos?

¿Qué por qué me llaman “parrilla chico” ? Pues fácil. Porque a mi padre le llamaban “parra”, ya ve usted. Dicen que el mote viene de muy antiguo. Al parecer, uno de mis antepasados, cuando llegó al Corral de Almaguer, plantó una parra delante de la puerta de su casa. Esta creció de manera sorprendente, hasta hacer un emparrado que se hizo famoso en toda la comarca. Entonces comenzaron a llamarle “parra”, y hasta hoy. ¿Qué de dónde es originaria mi familia? Pues al parecer el primer Martín que llegó al pueblo venía con las tropas de algún capitán de cuando la reconquista, y allí se instaló, al cuidado del corral y de los animales. Y ya de ahí para adelante. Yo tengo allí la casa de mis padres. Voy todos los años, cuando me dan los días de permiso. ¿Sabe usted una cosa? Mandaron al pueblo de comandante del puesto a un cabo con muy malas pulgas, siempre enfadado y con ganas de arremeter contra el personal. Y un año, no quiso firmar los permisos, y no nos daban vacaciones a nadie. Entonces, el ingeniero don Pascual, se fue a ver al Gobernador Civil, y le puso al tanto. Este llamó al jefe de la Comandancia, y le dio órdenes precisas: primero, relevar al cabo, y después, que se firmasen los permisos ese mismo día, que lo hiciese él mismo si hacía falta. El Teniente Coronel abroncado pasó a su vez la bronca al Comandante, este al Capitán, que se la echó al Sargento que se ocupaba de los temas de personal, que se vino hasta el puesto para comunicar al Cabo que quedaba trasladado, nada menos que a la Guinea, que luego nos lo contó el Amelio, un guardia excepcional, que ha ayudado aquí a todo el que lo ha necesitado. ¡Fíjese usted, que escribe las cartas y los papeles a todos los que no saben de por aquí, que son muchos, no se crea, y sin cobrar nada. Luego uno le da unos tomates, o unos calabacines, o un litro de leche o cuatro huevos, lo que tengan a mano en ese momento! Le digo más, el guardia Amelio le echaba un capote al cabo, es que tiene sus problemas, decía, pero de ahí no pasaba, así que vete a saber a qué se refería.

En esa otra casa vive la Asun, la mujer de Jacobo. Ahora se han tenido que hacer cargo de la madre de ella, viuda, que le ha dado un paralís y no mueve el brazo ni la pierna derechos, ni habla, y se le cae la baba, todo el día limpiando la barbilla con un pañuelo. ¡Y cuando le da por gritar, no dormimos ninguno en toda la colonia! El Jacobo se sale a fumar a la puerta, lo mismo en invierno que en verano, y mira al horizonte. Y la Asun peleando, sin saber qué hacer, hasta que se le pasa. Viene don Anselmo y le pone una inyección y se calma. Dice el médico que hay que llevar a la mujer a un hospital, y al parecer está tramitando los papeles, pero dicen que hay muchos apuntados y pocas camas, y sin recomendación, es más difícil, ya se sabe.

¿El cura? Se llama don Antonio. Y juega muy bien al frontón, que lo hacen contra la pared de la iglesia. Y al dominó, y va y viene todas las semanas hasta Salamanca, que todos los lunes le tengo que subir en el Land Rover hasta el coche de línea. Lee bastante, a veces le veo por las noches la luz de la casa encendida. Algo le debió pasar, que ejercía en un pueblo de León, que él es de por esa zona, y enviaron a alguien desterrado, y entonces hicieron amistad, y el obispo se molestó y le mandó aquí. Durante un tiempo, venía la pareja de la Guardia Civil a escuchar la misa, y eso nos extrañaba. Nos enteramos porque lo contó un guardia joven, que se ennovió con Pruden, la hija de los tenderos del pueblo, y se lo contó: que venían con orden de escuchar con atención, por si don Antonio decía algo inconveniente. ¿Pero tú entiendes de iglesias y curas?, le preguntaba la Pruden, y el novio le contestaba que ni papa, pero que no dijera nada no le fueran a echar de guardia, Luego ya dejaron de venir, y la Pruden y el guardia se casaron, y por lo que dice el padre están muy bien destinados, en Hellín, allá por tierras de Albacete, no sé si usted conocerá aquello.

Patrona aquí no tenemos, así que nos la hemos inventado. Hubo su polémica, unos querían la Virgen del Carmen, y otros la Virgen de Agosto. Entonces, va el Samuel y dice que se haga una votación. Nos metió en un lío. Tuvo que intervenir don Pascual. ¿Pero vamos a ver Samuel? ¿Cómo que se va a hacer una votación? A ver si nos centramos y sabemos en qué país vivimos. Esto se lo traslado yo al Gobernador Civil, que para eso le han puesto, y ya él que decida lo que tenga a bien, que seguro que es lo mejor para el pueblo. Y así se hizo, la Virgen del Carmen, ya ve usted, a lo mejor es que como estamos construyendo una presa…o a lo mejor es que como don Pascual es de Bilbao, pues así le recuerda el mar. ¿Usted ha visto el mar? Yo no. Iba a ir en una ocasión, cuando el servicio militar, que había que llevar un material a Valencia, pero a última hora me quitaron del convoy, ya ve qué mala suerte. Me quedé en el polvorín, haciendo guardias. Tiene que impresionar tanta agua, así toda junta y salada, qué cosas. En fin, estar entre tanta agua e ir a morir de sed, por ejemplo, hay cosas en esta vida que son difíciles de entender, ¿no le parece? Eso lo explica muy bien la Maestra. Le gusta a la mujer, por las tardes, a esas horas de después de comer, cuando aprieta el calor y lo que apetece es meterte en casa a oscuras, con las persianas bien cerradas a ver pasar las horas muertas, sentarse con las mujeres a coser, en una sombra, y entonces cuenta historias, de mujeres que han hecho grandes cosas en esta vida, en guerras o descubriendo cosas, y todas las demás le escuchan con atención, aunque piensan que eso no lo podrían hacer las mujeres de esta colonia, ni las de los pueblos que ellas han conocido. A algunos maridos no les gusta que les meta la maestra a las mujeres esos pájaros en la cabeza, y hasta algunas broncas hubo. Las zanjó don Pascual una mañana, después de la misa, que pidió la palabra a don Antonio, y que nadie se marchase de la Iglesia. Y dijo don Pascual que el saber no ocupa lugar, y que estaba bien que conociéramos aquellas historias, y que si se trabaja duro, se puede conseguir cualquier cosa. Yo no me lo creo, la verdad, para qué engañarle, un obrero es un obrero, y lo suyo es trabajar, vamos creo yo.

¿Cantina? No, aquí cantina no hay. Total, para cuatro pelagatos que somos, y que además los hombres vienen reventados de la obra, y lo que hacen es comer, o cenar, o la comida que toque según el turno, y echarse a dormir. Y para los domingos que se libra, pues no merece la pena. Yo subo al pueblo todos los días, y bajo el correo, poco, el pan, previo encargo, y si me ordenan alguna otra cosa. También, como en el Land Rover hay sitio, pues subo a las mujeres que han reservado lugar, y así hacen sus compras, aunque aquí los martes viene el ambulante, y trae sus frutas y sus verduras, y el jueves el de la carne y el pescado y los fiambres, y los sábados el de la ropa, así que tenemos de todo. También se dan una vuelta por aquí los del pueblo, con cosas de su cosecha, y las venden. Don Pascual los ha autorizado a entrar. Me dijo: “déjelos, que así ayudamos a la economía local, y a que no se despueble más el entorno”. Bueno, si él lo dice, así será. Hombre humano, este don Pascual, todo el día echando números, y dibujando puentes y caminos, y poniendo y quitando grúas y otras máquinas…ha prohibido trabajar sin casco, y al que está malo le manda al médico, pero sin descontarle el jornal. Lo hará porque es ingeniero, digo yo.

Aquí ya se acaba la colonia. Ya no hay más carretera. Solo ese camino, por el que suben y bajan los camiones y las máquinas, pero no se puede pasar. Llega hasta el fondo de la hondonada, allí lo puede ver, ¿lo ve usted, verdad? Pues hala, media vuelta..”Bermudo, Terri“, venga, para casa, que ya le hemos enseñado a este señor lo que hay. Claro, claro que me puede tirar una foto, con mis perros si no le importa…y si pudiera ser, me la envía, de recuerdo…mire, ya está esperando el Amelio, a la hora convenida, para subirle al pueblo…a mandar…

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