LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 108. RETIRO VOLUNTARIO

Tomás Jorkhe decidió, una buena mañana, cerrar su piso en el centro de la ciudad, y marchar a vivir a su casa de las afueras. Era una casa señorial, grande sin desmesura, cómoda, edificada en dos pisos, a base de piedra de la Sierra de Guadarrama, con un jardín bien cuidado siempre, a pesar de la dificultad que imponen las heladas invernales y los calores abrasadores del verano.

No dio explicaciones de su decisión, pues dejó de acudir a la tertulia de “El Rincón de Camagüey”, y de recibir visitas en su domicilio. No quiere decir eso que fuese descortés con quien se acercase a pasar un rato con él, todo lo contrario, siempre fue Tomás educado y acogedor con todo el mundo. Simplemente cambió su manera de enfocar la conversación: durante toda su vida, y desde su puesto de asesor era él el que hablaba y llevaba el peso de la conversación. A partir del cambio de domicilio, se se limitaba a escuchar, con atención, pero sin pronunciarse sobre ninguna cuestión ni persona.

Hace ya unos años, el redactor Hampuero se desplazó una mañana a la casa, con intención de realizar una entrevista formal a Tomás. Este no se mostró a favor de la misma, ni tampoco en contra. Llegaron a una solución de compromiso: se limitarían a charlar, sin tomar notas, y luego ya Hampuero que recogiese sus impresiones al llegar al periódico.

Mire usted, yo toda mi vida me he dedicado a asesorar a la gente, sobre multitud de cuestiones. Como sabe, yo estudié Ciencias Económicas y Empresariales en Alemania. Me envió mi padre, que era alemán, de Munich, ingeniero de minas. Nada más terminar sus estudios, marchó al Perú, donde encontró empleo en una mina de plata. Allí conoció a mi madre, con la que se casaría, obteniendo así la nacionalidad peruana. Recorrimos diversos países de América del Sur, donde conoció a gentes muy diversas, entre otras a don Alberto Alarique y Cuencas, dueño de la “Compañía de Transportes Juradó”. Pensaba don Alberto por aquellos días establecer una conexión entre Juradó y la Ciudad de Panamá, distante unos escasos trescientos kilómetros, y ya desde allí seguir creciendo hacia el resto de América Central. Mi padre aceptó el reto. Logró implantar con éxito la línea comercial, que aportó importantes beneficios a la compañía. Cuando, años después, don Alberto comunicó a mi padre su intención de regresar a España, a la casa que se había construido en esta ciudad, el denominado “Palacio Juradó”, en la Avenida de las Américas, mi padre optó por tomar el mismo camino. En España acometió nuevos negocios, que no le marcharon mal. El más importante, como usted ya sabe, fue la apertura de la asesoría empresarial que yo heredé, y que vendí en el momento de mi jubilación, pues mis hijos han optado por otras actividades profesionales.

Una vez retirado, lo que menos entendí, fue el cambio de actitud de muchas de las personas con las que había compartido consejos, confidencias, secretillos, aficiones, algún que otro viaje, tertulias…los mismos que antes me visitaban con frecuencia, me hacían sentarme en su mesa de “El Rincón de Camagüey”, me llamaban para ir a comer o a cenar, o a tomar el aperitivo al “Hotel Imperial”, o a las conferencias del “Círculo de Notables”, desaparecieron de la noche a la mañana, a toda velocidad. De repente, todos estaban ocupados, tenían obligaciones ineludibles, mejor dejamos la reunión para otro día. Esa respuesta fue la recibida en los primeros avisos. En los siguientes, ya no había ni respuesta. Cuando luego me encontraba con alguno de los que no habían respondido, se excusaban de cualquier manera, y reemprendían su marcha como si tuvieran mucha prisa. ¡Qué le vamos a hacer, Sr. Hampuero! La vida es así, ya le llegará, así que no le coja desprevenido, ni se deje vencer por esos comportamientos. Busque nuevas ocupaciones, y si es posible, nuevas gentes. Lo malo es que ya de viejo es más complicado. Y permita que vaya más allá de la cuestión personal. Hablemos de dineros, que ya sé que dicen que está feo, pero eso lo dice alguien que se lo llevó de manera indebida, por lo bajini, sin que le correspondiera, aprovechando el esfuerzo de otro u otros. Como no es mi caso, no me tengo por qué callar. Que yo he hecho ganar mucho dinero a mucha gente de esta ciudad, que no solo no sabían nada de negocios, sino tampoco de inversiones, ni casi de administración, que se limitaban a llevar la cuenta de la vieja, que no es que no sea útil ni válida, pero si quieres mirar un poco más alto debes trabajar y actuar de otra manera. ¡Ahora veo a alguno que no sabía ni coger el lápiz dándose unas ínfulas que no lo puedo creer!

¿Usted se acuerda de aquellos días en que aquí nadie ni compraba ni vendía más allá de los límites de la ciudad? ¿Y cómo logramos abrir nuevos mercados, y que nuestros productos llegasen a sitios cercanos pero desconocidos hasta entonces, como Madrid, Barcelona, La Coruña, Bilbao, Sevilla, Valencia…? En eso mi padre era el mejor. Yo debo reconocer que no tenía su habilidad para encontrar los mejores distribuidores. Ojo, fíjese bien lo que le digo Hampuero, los mejores no son, normalmente, los que más venden, sino los que venden bien, los que son honrados con los clientes y con los proveedores, aquellos a los que les puedes dejar las llaves del negocio, y sabes que cuando vuelvas las mesas y las sillas y la caja fuerte continuarán en su sitio.

Pase por aquí Hampuero. Permita que le enseñe esta salita contigua. Mire, la mayoría de los artículos que usted ve aquí, son regalos que unos y otros me hacían llegar por la navidad. Algunos son valiosos, otros normales, también los hay vulgares. No hablo de valor económico, entiéndame. El dinero nada tiene que ver con el buen gusto, ni con la educación ni el saber estar y comportarse. ¡Si yo le contara, Hampuero!, pero para qué a estas alturas nos vamos a poner a remover las aguas pasadas. Porque aguas hubo que fueron turbulentas, y yo puse mi granito de arena para que se calmasen.

Conste que no me quejo. Todos mis clientes pagaron bien y de manera puntual. Aquí paz y después gloria. Pero me irrita el disimulo, el cinismo, los falsos abrazos y los halagos fatuos. Aun hoy hay quien me llama cuando le surge una duda, un problema…yo los atiendo igual, como si nada pasase, al final uno tiene que ser profesional. Ahora además ya lo hago con conocimiento de causa, sabiendo de qué va esto, y de qué vamos todos, o casi todos. Usted ha cumplido Hampuero, ya tiene su entrevista, su reportaje…o como se llame lo que pretende hacer. Le agradezco su visita. No me importa que vengan a visitarme, como tampoco me importa que no lo hagan. Eso sí, si tiene ocasión, el día que me muera, verá usted como más de uno y más de dos se acercan al velorio, y ponen cara de circunstancias y hasta dan la impresión contraria a lo que están sintiendo. Y no lo digo solo por gentes de paso, compañeros circunstanciales que aparecen y desaparecen. Me refiero también a gentes más cercanas, más íntimas, con mayor grado de relación y lazos afectivos”.

Volvieron a la biblioteca en la que se había desarrollado gran parte de la declaración. Apuraron las bebidas. Se despidieron cordialmente. Tomás Jorkhe ya ocupa su lugar en la eternidad. Hampuero, con un pelín de mala leche, ha publicado sus notas después de la Misa de Sufragio, para que cada cual confirme, o desmienta, las palabras del finado.

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