LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 102. LA RECOLETA

Cuando “El Innovador“, don Fulgencio Riba Desella y Marín de los Pozos, decidió urbanizar la finca “La Recoleta”, construyendo en ella bloques de viviendas populares en alquiler, para que los trabajadores de sus fábricas dispusieran de residencias decentes, se topó con el inconveniente de que en la misma estaba enterrado, desde hacía unos cientos de años, un eremita que construyó en aquellos parajes su modesta estancia.

Llegado el día en que este hombre desapareció, su ermita cayó en el abandono. Poco a poco, se fueron derrumbando sus paredes y el techo, la vegetación invadió su interior, y con el tiempo, únicamente unas cuantas piedras dispersas constituían el vestigio de los tiempos pasados.

En el Siglo XVII, según la documentación encontrada por el Historiador Oficial de la Ciudad, don Torcuato Acevedo y Díez de la Ensenada, un antepasado de El Innovador” compró la finca, hasta entonces de titularidad comunal. En ella se plantaron diversos tipos de cereales y legumbres, sin que nadie reparase en la tumba del eremita.

Cuando don Fulgencio presentó al Ayuntamiento su plan de urbanización, este fue aprobado sin ningún impedimento. Llegarían los problemas, sin embargo, al hacer públicos los planes “El Ciudadano Cabal”, que recogía los datos históricos conocidos.

No hay ningún problema, declaró de manera inmediata don Fulgencio. Se solicitarán los permisos correspondientes al Ayuntamiento, y con cargo a mi patrimonio, se trasladarán los restos que en la finca pudiera haber a camposanto.

Encargó el Alcalde al Arquitecto Municipal el correspondiente informe, que fue redactado en un par de días. Se pidió entonces a “Organización de Entierros (Americanos)” el presupuesto del coste del traslado, que sería elevado, pues el estado de conservación de tumba y restos era francamente deplorables, inexistentes desde hacía varios cientos de años.

La oposición municipal aprovechó el asunto para poner en aprietos al Alcalde. Surgieron entonces dos bandos enfrentados: en uno, se alineaban los beneficiarios de las viviendas, que pasaron a manifestarse diariamente frente al Ayuntamiento por las mañanas, y frente a la sede del partido de la oposición por las tardes.

En el otro, se situaron los ociosos, que decían no ver con buenos ojos, como así decía la oposición, que el Ayuntamiento tuviera que correr con los gastos de urbanización de unos terrenos que solo iban a beneficiar a los empleados de don Fulgencio.

Aun surgió un tercer litigante, que no era otro que el Padre Muelas, que recabó la propiedad de los terrenos de la ermita para la iglesia. Habló de ello con el abogado Billegas, que aunque no lo veía nada claro, recomendó el litigio, pues conocido es que don Fulgencio es hombre dado al pacto y no a la discusión, y es de suponer que también en este caso pretendería llegar a un acuerdo rápido, aflojando la cartera.

Visto que el abogado Billegas había tomado partido, don Fulgencio acudió a Salamanca, donde contrató los servicios de don Juan Plegas, Catedrático de Derecho Administrativo, que argumentó que en el Siglo XVII, cuando el antepasado de don Fulgencio se hizo con la finca, la compró entera y pagó por toda ella, por lo que si las autoridades eclesiásticas no habían reclamado entonces, hacerlo ahora resultaba extemporáneo. Intervino el Sr. Obispo, que no queriendo entrar en pleitos vista la división de los vecinos en este asunto, zanjó el mismo renunciando a cualquier indemnización. Cuando el abogado Billegas acudió a cobrar su minuta, el Padre Muelas le quiso despedir con cajas destempladas. El Sr. Obispo, por el contrario, le agradeció el interés, y le hizo saber, con una sonrisa en la boca y unas palabras muy firmes, que la diócesis no estaba en condiciones de pagar ninguna minuta, pero que todos sabrían, en la misa de doce del próximo domingo, sus esfuerzos y desvelos por los bienes de la Santa Madre Iglesia, por los que se vería recompensado en el más allá.

Cuando ese obstáculo parecía ya superado, tomo la iniciativa de la polémica el Maestro Villalpando, que exigió, en instancia presentada con todos los requisitos ante el Excelentísimo Ayuntamiento, que se estudiará el estado del eremita enterrado en “La Recoleta”, por entender que si este había gozado de algún privilegio eclesiástico, debía ser enterrado en el interior de la Basílica, y no en el Camposanto municipal.

El Secretario del Ayuntamiento no veía claro el asunto. Mucho menos el abogado Rubinos, que había tomado voluntariamente las riendas del asunto por parte de Villalpando, mayormente por no ser el único abogado que quedaba fuera de todo este debate jurídico.

Convocó el Alcalde una reunión de notables, a la que fueron invitados el Secretario Municipal, el Abogado de la Diputación Provincial, el Abogado del Estado, el Notario don Servando de la Cruz, el Juez Cardona, y el Abogado Billegas, como experto independiente.

Tras varias horas de discusión, que agradeció “El Rincón de Camagüey”, pues estas habían sido acompañadas de un vino reserva de La Mancha, jamón ibérico, lomo de caña y queso manchego curado, a más de seis impresionantes puros habanos, la comisión no llegó a ninguna conclusión determinante.

Optó entonces el Sr. Alcalde por preguntar al Sr. Obispo su disposición a enterrar en la Basílica al eremita. Se negó en redondo el prelado, aduciendo la falta de espacio en el templo.

Como la solución al problema se demoraba, el nerviosismo hizo mella en los beneficiarios de las viviendas. Una mañana, sin previo aviso, y mientras protestaban frente al Ayuntamiento, vieron a lo lejos a los ociosos, con doña Mercedes y el Maestro Villalpando al frente. Se dirigieron hacia él, con ánimo de afearle su pleito. No se sabe cómo, pero el caso es que de las palabras se pasó a las manos. Comenzaron entonces los sopapos, los capones, los tirones de pelo, las caídas al suelo…Al fondo de la Plaza, el guardia Rubiales, que estaba de turno en la puerta de la Comisaría, dio aviso al Sargento Valladares. Se dirigieron ambos hacia el tumulto, defensa reglamentaria en mano. Varios contendientes quedaron heridos, por lo que tuvieron que ser atendidos en la “Clínica del Dr. Pío Benavides”.

Acababa de surgir otro pleito. El abogado Rubinos se hizo cargo de la denuncia de los ociosos, mientras los trabajadores, don Fulgencio de por medio, contaron con la asesoría jurídica del abogado Billegas.

El Juez Cardona, en un juicio rápido, tiró por la calle de en medio. Mandó llamar al Capataz de obras públicas de la Diputación: “Mire usted: va a proveer de las herramientas necesarias a todas estas damas y caballeros, que a las nueve en punto de la mañana estarán en el punto de la carretera general que usted les diga. Van a proceder a la limpieza exhaustiva de sus márgenes, que por cierto están muy abandonadas. Cuando la limpieza este acabada, y no hay prisas ni plazos para hacerlo, dará usted aviso a este juzgado. Yo mismo me encargaré de dar el visto bueno. Y prepárense como no quede perfecto, porque entonces visitarán la prisión provincial, y en esa visita incluyo al Sr. Capataz”.

En la tertulia de “El Rincón de Camagüey” se alabó la presteza y diligencia del Juez Cardona resolviendo conflictos, en contraposición a las maneras del Sr. Alcalde, que decían, da un paso al frente y uno y medio para atrás, por lo que los problemas no solo no se resuelven, sino que se van complicando con el paso de los días. Remachó la polémica don Anacleto Balín y Puertas, con un comentario editorial en “El Ciudadano Cabal”, exigiendo soluciones inmediatas al Alcalde.

El Alcalde supo al momento que el editorial estaba escrito al dictado de “el innovador”, al que amenazó, de manera velada, con no dar la licencia para la construcción de las viviendas de “La Recoleta”. Recibió igualmente las quejas por el escrito don Anacleto Balín, que confesó a la autoridad municipal, bajo promesa de discreción por su parte, haber cobrado cincuenta pesetas por el escrito.

Nada me impide conceder a usted una réplica. Es más, a usted le dejo una columna entera por veinticinco pesetas.

Se rascó el bolsillo (el del partido) el Sr. Alcalde, y encargó a don Anacleto un comentario replicándose a sí mismo. Estos juegos epistolares eran los que más divertían al director de “El Ciudadano Cabal”, que mantuvo toda su vida, en defensa de sus prácticas, que no hay verdad absoluta, y que en el centro está la virtud de las cosas.

Una semana después, y viendo que la presión de los beneficiarios no aflojaba, el Alcalde otorgó la licencia de construcción. “Organización de Entierros (Americanos)”, fue requerida para exhumar los restos del eremita, y trasladarlos al Cementerio Municipal. Nada más comenzar los operarios su faena, uno de ellos, de nombre Faustino, cayó de bruces al interior de los restos de la tumba. Los ociosos, que contemplaban la maniobra desde detrás de las vallas de seguridad, se llevaron las manos a la cabeza, y salieron despavoridos, pero no a ayudar al caído, sino en dirección contraria.

Caminaban hacia la Plaza, pregonando a gritos, y a los cuatro vientos, lo ocurrido. Hombres y mujeres les salían al paso, interesándose por la historia. Al llegar a su destino, doña Mercedes narró lo sucedido a los congregados:”Nada había hecho todavía el Faustino, dar dos o tres paladas, y algo, como una mano, pero envuelta en una mancha blanca, como niebla, o como una túnica, salió desde el fondo, y tiró de él hacia abajo. Menuda costalada. Del susto hemos salido todos corriendo a toda velocidad. A ver si se ha muerto el Faustino”.

La voz se corrió rápidamente por toda la ciudad. Hasta las vallas de seguridad comenzó a acudir gente de toda clase y condición. Entre los llegados, la esposa del caído, que llegó gritando “me lo han matao, me lo han matao…” entre sollozos y golpes de pecho.

Tranquilícese señora, el espetó el guardia Rubiales, que acababa de llegar también al lugar. Le está examinando el médico de guardia, y respìrar, respira.

-Gracias a Dios, que no se ha matao, que no se ha matao.…seguía gritando. Alguien le acercó un botijo, del que echó un trago. Bastante agua se le derramó por las comisuras de los labios, que hubo de secar con un pañuelo que llevaba, ya empapado en lágrimas en ese momento.

El médico de guardia, una vez aplicados los primeros auxilios, optó por llevar a Faustino hasta la “Clínica del Dr. Benavides”, para un examen más exhaustivo. La esposa avanzó a trompicones, imparable, y de un salto, se subió a la ambulancia y partió con la misma.

Marcharse la ambulancia y llegar el Padre Muelas fue todo uno. A grandes zancadas, exigió al guardia Rubiales que le abriese paso.

Abra paso, Rubiales, abra paso. Se hace obligatorio bendecir este lugar, del que parece ser que el demonio ha tomado posesión.

No tengo autorización, Padre Muelas.

Llegó entonces el Comisario Moratalla, que reconvino al cura.

No diga tonterías, Padre Muelas. Tengo el informe médico. Faustino ha caído por un mareo. Al parecer, tenía esta mañana algo de fiebre, pero se ha empeñado en ir a trabajar, en lugar de quedarse en la cama. No ha desayunado, por falta de ganas, y la debilidad le ha hecho caer.

Insisto, comisario, insisto. Nada cuesta proveer y ahuyentar una posible presencia maligna.

La gente que asistía a la conversación se puso de parte del Padre Muelas. “Bendiga usted padre, bendiga, que nunca se sabe, y de la tumba hemos visto salir una mano entre una neblina que ha enganchado al Faustino”.

-No se esfuerce en vano, Comisario, intervino entonces el Maestro Villalpando. Esta ciudad es así, ignorante, mojigata, santurrona. Que bendiga el cura, y así todos se quedarán tranquilos.

Procedió el cura. Antes de comenzar, ordenó al personal ponerse de rodillas. Todos los espectadores obedecieron. En medio de la bendición, alguien entre los arrodillados gritó que estaba viendo, encima de una de las encinas de “La Recoleta”, una imagen de la Virgen. El revuelo fue monumental. Todos miraron hacía donde indicaba el avistador, pero nada vieron.

El Padre Muelas procedió a interrogar al visionario. ¿Está usted seguro de que era la Virgen? Sí sí, segurísimo, ahora ya como me están agobiando, dudo. Hombre, no me fastidie usted, hay cosas de las que no se puede dudar. ¿Cómo va a dudar usted de la Virgen?

Al Comisario se le agotó la paciencia. Ordenó desalojar a los mirones, y que los operarios procediesen a exhumar los restos que allí quedasen, si es que quedaba alguno, e hiciesen el traslado. –Este circo ya está llegando demasiado lejos, concluyó.

Así se hizo. Se completó la operación en unos pocos minutos. Al día siguiente, entraron los obreros y las grúas, y comenzaron las obras. Se construyeron seis bloques de cuatro alturas, que rápidamente fueron adjudicados a sus ocupantes.

La ciudad crecía por ese sector. Los beneficiarios estaban contentos y satisfechos. Una tarde, ya anochecía, una vecina volvía a casa. De repente, sintió un mareo y cayó fulminada al suelo. Fue trasladada a la “Clínica del Dr. Benavides” para ser debidamente reconocida. Cuando despertó, dijo que se encontraba perfectamente, que volvía a casa de comprar en la tienda un poco de fruta cuando, al doblar una esquina, de una de las alcantarillas surgió como una mano envuelta en una especie de niebla, y que entonces sintió un mareo muy fuerte. No recordaba nada más, hasta verse despertar en la clínica.

Todos recordaron los acontecimientos pretéritos. El Comisario Moratalla, también. Fue a la Clínica, donde habló a solas con la mujer durante diez minutos. Cuando terminó el interrogatorio, mandó llamar al Padre Muelas, pues al parecer la mujer quería confesar.

Que confiese Padre, que confiese, y ya me dirá usted cuando termine de qué diablos va esto.

Cuando salió el cura, manifestó su parecer: “Del diablo del vicio y la perdición va esto, Comisario. Más oración y mano dura es lo que hace falta, mucha oración y mucha mano dura, y decencia y contención ante los llamamientos de la carne“.

3 pensamientos en “LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 102. LA RECOLETA

  1. Me ha encantado este capítulo, así pasaba en los pueblos, como se corriera la voz de algo malo o bueno, ya podía ser lo que fuere que daba completamente igual, ahora me quedo con la duda, ¿seguirás con la historia?
    Espero impaciente.
    Un abrazo ⚘

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