LA CIUDAD ILUSORIA

Las noticias sobre una ciudad ilusoria de la que nadie regresaba corrieron como la pólvora por todo el país. El buque “Islas del Sur”, del que se esperaba el regreso para principios de abril, cargado con todo tipo de especias y otros bienes desconocidos por estas tierras, no había regresado para finales de junio. El pesimismo se generalizó entre la población, que mostró su descontento ante la incapacidad del gobierno para resolver un asunto que estaba contaminando la buena convivencia ciudadana.

El Consejo de Ministros, tras reunión extraordinaria, acordó convocar al Almirante de la Flota, al que ordenó organizar una expedición que fuese capaz de desentrañar de una vez y para siempre el misterio de la llamada “Ciudad Ilusoria”.

Tres meses después, partía del puerto del sur el grupo naval. Lo comandaba el Almirante Tribilla, considerado el mejor marino del país. Al mando de una potente flota, se hicieron a la mar a principios del mes de septiembre. Navegaron hacia el oeste, en busca del lugar encomendado, al que llegaron a mediados del mes de octubre.

Allí estaba la denominada “Ciudad Ilusoria”. Sobre una extensa bahía, con un puerto perfectamente delimitado, en el que aparecían más de una docena de barcos atracados, y con una ciudad que rebosaba actividad en todos sus rincones y callejas.

Al Almirante Tribilla le llamó la atención que no se habían cruzado con ninguna embarcación, ni mercante ni militar, grande o pequeña, desde hacía ya muchos días, lo que no terminaba de encajar con la visión que ahora tenían frente a sus ojos.

Comunicó sus inquietudes a su Estado Mayor, a la vez que dio orden de vigilancia máxima, y que ningún miembro de la expedición llevase a cabo iniciativas propias ni desembarcase, bajo ninguna circunstancia.

Permanecieron en observación permanente durante los tres días siguientes. Si por el día era un espectáculo contemplar y escuchar el trasiego de la ciudad, por la noche, con los miles de faroles que se encendían, y la música que procedía de lo que debían ser animadísimas tabernas, lo que todos ansiaban era echar las balsas al agua y remar hasta aquel lugar realmente cautivador.

Al cuarto día, ya amanecía por el este, los vigías dieron la alarma. Un enorme velero se acercaba a la flota viniendo desde el sur. Rápidamente, desde la nave capitana se le hicieron las señales de saludo estipuladas, de la que no obtuvieron respuesta. Cuando el velero pasó por delante, no observaron que llevase izada ninguna bandera, ni a tripulante alguno. Se adentró en el puerto, atracando debidamente.

El Almirante Tribilla seguía intranquilo. Algo no le encajaba en todo aquello. Desde la distancia, dio orden de intentar descubrir al mercante “Islas del Sur”, por si estuviera amarrado en el puerto. Aunque sin absoluta certeza, algunos marinos veteranos aseguraban que uno de los buques allí varados podría ser el mencionado. Ordenó entonces el Almirante un movimiento de la flota, que calificó de distracción. Quedaron las naves fuera del alcance visual de la “Ciudad Ilusoria”.

A continuación, mandó llamar al Capitán Arbis, que mandaba el grupo de asalto. “Mi Capitán, va a desembarcar con sus hombres, por esta bahía desde la que ni vemos la ciudad ni sus habitantes nos pueden ver. Va a acercarse dando un rodeo, sin que pueda ser visto. Su misión es observar todo lo cerca que pueda qué ocurre en la ciudad, y cómo discurren sus días y sus noches. Dentro de tres días, regresarán ustedes y nos informarán debidamente”.

Así lo hizo el grupo designado. Tocaron tierra como estaba previsto, y comenzaron a ascender una colina que se elevaba ante ellos. Llegaron a la cima. Fue la primera ocasión en que dirigieron sus miradas hacia la ciudad. Quedaron perplejos. No veían absolutamente nada. La ciudad no estaba, no existía. Lo único que podían ver era una continuación de la costa agreste en la que ellos habían desembarcado.

El Capitán Arbis ordenó entonces seguir avanzando, por ver si era un error de posición, y por encontrar una explicación al extraño fenómeno. Observó que sus soldados más jóvenes sentían temor, por lo que ordenó al Sargento que cerrara él la marcha, y estuviera atento a posibles ataques de miedo de los expedicionarios.

Tras una hora caminando en dirección oeste, no advirtieron novedad alguna. Fue en ese momento cuando el Capitán dio la orden de retroceder sobre sus pasos, para informar al Almirante de los hechos contemplados.

Después de escuchar el relato, ordenó el Almirante avanzar a la flota a su punto inicial de amarre, desde el que veían y eran vistos. Tras dejar atrás unas cimas escarpadas, reapareció la ciudad con todo su esplendor. La música que llegaba a las naves lo hacía en ese momento con muchísima fuerza. Los marinos, cansados ya de tantos días embarcados, tenían la necesidad de desembarcar. No lo hicieron. Se impuso la férrea disciplina.

Tras reunirse con su Estado Mayor, se determinó llevar adelante una estrategia de desembarco por los flancos laterales, y acercarse a la ciudad por la parte de atrás de la misma, desde el interior. Así lo hicieron las diversas unidades que se habilitaron.

Uno de esos grupos, tras varias horas de marcha, se topó con un anciano, de pelo absolutamente blanco y luenga barba, desdentado, tan delgado que todos y cada uno de sus huesos se le marcaban en la piel. El hombre los recibió de manera efusiva y con gran contento.

-Ya era hora caballeros. Muchos años, tantos que ya he perdido la cuenta, llevo esperando la llegada de algún congénere capaz de rescatarme de mi cautiverio. Claro que es tanto el tiempo transcurrido, que mis esperanzas de volver con bien han quedado desvanecidas. No obstante, y con el permiso de su comandante, lo intentaré.

Se dio aviso al Almirante del encuentro. Este, acompañado de su Estado Mayor, se dirigió hasta el lugar indicado. Dejaron que el anciano se explicase:”Miren ustedes, Señor Almirante y acompañantes, mi nombre es Juan de Palencia, por mi tierra de proveniencia, no por mis orígenes, y mi empleo piloto de la goleta “Mar Profundo”, que surcaba estos mares comerciando con mercaderías de todo tipo entre diferentes ciudades costeras. (En este punto, hubo miradas de asombro entre los oficiales presentes, pues tenían conocimiento de esa goleta, que según sus noticias, había desaparecido misteriosamente hacía doscientos años). En una de las travesías, en que nos dirigíamos al sur, al pasar por delante de la bahía desde la que su flota ha estado contemplando la Ciudad Ilusoria, quedamos prendados de la música que nos llegaba, así como de las luces que veíamos y los olores que podíamos aspirar. El Capitán, don Edmundo de Pris, viendo el ajetreo comercial, pensó que el beneficio a obtener si lográbamos vender la mercancía en esta ciudad sería superior al que obtendríamos en nuestro puerto de destino, que no era otro que el de Abiyán, en la llamada Costa del Marfil. Nos dirigimos hacia la bocana del puerto, y cual fue nuestra sorpresa cuando, de manera repentina, sin previo aviso, sin que ninguno de los tripulantes lo hubiésemos advertido, la ciudad desapareció, y frente a nosotros únicamente había una enorme roca, contra la que chocamos de manera trágica, muriendo toda la tripulación, excepto yo, que agarrado a unas tablas logré llegar a la playa que se escondía tras la roca. Cuando me repuse del esfuerzo, desconozco cuánto tiempo después, un extraño sujeto, de al menos dos metros de altura, y de color cobrizo, me hizo entrega de un pequeño barril de madera, perfectamente cerrado, en el que según me contó se encuentra la maldición de la Ciudad Ilusoria. Al parecer, unos antiquísimos navegantes huyeron a esta zona con un enorme tesoro de piedras y metales preciosos. Fueron perseguidos día y noche por una flota de piratas, ávidos de hacerse con el mismo. Entonces, el alquimista que viajaba en la primera expedición, lanzó un conjuro, de manera que lo que desde la bahía aparenta ser una preciosa y animada ciudad no es más que una gigantesca roca. Cuando las embarcaciones entran hacia el puerto, atraidos sus tripulantes por lo que ven, chocan de manera irremediable contra la piedra, siendo el fondo de la bahía el destino del buque, y la muerte por ahogamiento el fin de sus marineros. No me pregunte los motivos por los que yo esquivé el final. Los desconozco. El caso es que el hombre de dos metros y color cobrizo me entregó el barril y desapareció para siempre. Ahora, y si no les importuna, me gustaría que me concediesen embarcar en una de sus naves, para volver a mis orígenes y morir tranquilo.”

Ordenó el Almirante llevar a bordo a Juan de Palencia. Se levantó este de su hamaca. Tras unos pocos pasos, sus piernas no pudieron sujetar su cuerpo, que si no terminó en el suelo fue por el rápido auxilio de los marineros que le rodeaban. Hubo de ser conducido hasta el navío en una litera. Una vez todos a bordo, ordenó zarpar el Almirante, con destino al puerto de partida, y en la creencia de que el enigma del “Islas del Sur”, el “Mar Profundo”, y otros muchos barcos que navegaban bajo las más diversas banderas había quedado resuelto.

Habían avanzado tan solo unos cientos de metros, cuando al pasar por delante del último saliente de la entrada a la bahía que supuestamente albergaba la “Ciudad Ilusoria”, un viento frío apareció de repente, sacudiendo a toda la flota. Se encresparon las olas, se cerraron los cielos y una tormenta amenazó con hacer caer su furia sobre las embarcaciones. El fenómeno meteorológico duró tan solo unos segundos. Cuando los marinos recobraron la calma, vieron con sorpresa e inquietud que sobre la litera de Juan de Palencia, solo quedaba una nube de polvo.

Ordenó entonces el Almirante avanzar a toda máquina, queriendo alejarse de aquel lugar maldito. Al fondo, sobre una de las cimas, apareció el caballero de color cobrizo de dos metros de altura, que los miraba fíjamente. Mantenía sobre sus manos el cofre de madera, que nadie había recogido en el momento de partir. Lo agitó sobre su cabeza. Al instante, apareció al fondo de la bahía la “Ciudad Ilusoria”, con su trajín habitual, su música y sus luces. El piloto de la nave capitana varió el rumbo, dirigiendo la misma hacía la entrada de la bahía. El resto de embarcaciones le siguieron.

Cuando ya iban a superar el punto de no retorno, Juan de Palencia hizo su aparición en el puente de mando. Desplazó de su puesto al piloto, tomó el mando del timón, viró ciento ochenta grados para evitar la entrada en la bahía, y orientó el barco hacia el oeste. Fueron momentos de enorme confusión e incertidumbre, al punto de que ni el Almirante ni su Estado Mayor, ni ningún integrante de la flota, fueron capaces de dar posteriormente explicaciones coherentes sobre lo ocurrido en aquellos momentos.

La flota regresó sin más novedades a puerto. Nadie supo nada más de Juan de Palencia. Únicamente, y en agradecimiento a su intervención postrera, salvando a las naves de su segura destrucción, se ordenó erigir un monumento en su honor en la Plaza de los Marinos Ilustres, donde sigue a día de hoy. En los archivos del Almirantazgo, por si alguno de ustedes tuviera interés en mayores detalles de esta historia, pueden leer el expediente completo.

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