LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 98. JUICIO A UN BEBEDOR

Aniceto Servando era aficionado a la bebida desde su juventud. Como tampoco había muchas actividades que llevar a cabo en nuestra ciudad, cuando terminaba su jornada laboral (ayudaba a su padre en las tareas del campo) se dejaba caer por “La Perla Negra”, y allí se estaba hasta que llegaba la hora de la cena, en que volvía a su casa.

Primero, a la de sus padres, en la parte alta de la ciudad, y luego, una vez contraído matrimonio, a la propia, en la barriada denominada del Eremita, construida por Fulgencín Riba de Sella, “El Innovador”, en una finca de su propiedad, a las afueras de la ciudad, y en la que se dice que, en tiempos de la reconquista, habitó un eremita que facilitó, con sus rezos, las victorias cristianas sobre los moros.

Mucho antes del enlace, incluso antes de hacerse novios, era de generalizado comentario habitual lo mucho que bebía Aniceto Servando. Muchas noches de fin de semana, debía ser llevado en volandas hasta su casa, completamente borracho, por sus compañeros de juerga. Los domingos por la mañana, puso nuestro hombre de moda en la ciudad el vermut, hasta entonces casi un adorno en la estantería de “El Rincón de Camagüey”. Únicamente lo tomaban unos cuantos modernos. El día en que Aniceto Servando lo pidió en “La Perla Negra”, Ceferino hubo de advertir que no tenía, pero que si él lo quería lo pediría al depositario de Salamanca. Cumplieron ambos su parte del compromiso: Ceferino consiguió el brebaje, y Aniceto Servando daba cuenta de una botella entera él solo, sin compartir más que con unos pocos cacahuetes o unas cuantas pipas.

Cuando salieron oposiciones a guarda forestal, Aniceto Servando se presentó a las mismas. Como conocía todo el término municipal de manera sobrada, fue uno de los contratados. Pareció que con el nuevo empleo, que lo tenía más ocupado, disminuyó su afición a la bebida. Fue por aquella época cuando conoció a la Srta. Valen, con la que contraería matrimonio dos años después. No le iba mal a la pareja, pues siempre fue Aniceto Servando, a pesar de sus diatribas apocalípticas y llenas de soluciones radicales a cualquier problema, hombre de buen conformar, dado al diálogo y a la comprensión del punto de vista de los demás.

Ya cerca de cumplir los sesenta años, tuvo que tratarse Aniceto Servando de alguna afección (de la que nunca hemos tenido noticias, pues en cuanto al secreto profesional es inflexible la política de la “Clínica del Dr. Benavides”) que le impedía probar el alcohol. La esposa se lo advirtió al cantinero de “La Perla Negra”: “Ceferino, por lo que más quieras, ni una gota de alcohol, que entonces no le hace efecto la medicación”.

Al pie de la letra lo cumplió el hombre. Cuando apareció Aniceto Servando, le negó el chato de vino que le pidió. Como quiera que el cliente se ponía pesado, y no queriendo Ceferino que el asunto fuera a mayores, y tener que llamar a los guardias, mandó aviso a la mujer, para que viniera a llevarse a su marido.

Se presentó Valen en el bar. Era mujer de carácter y determinación. Recriminó a Aniceto Servando su poca cabeza, le cogió por el brazo derecho y tiró de él camino de su casa. Salió el hombre sin decir nada. Ya estaban en una de las calles de las afueras, cuando de una de las casas bajas que por allí había, salió una gallina. Se agachó al momento Aniceto Servando, echó mano a uno de los muchos cantos que por allí había, y se lo lanzó a la gallina. Tan certero fue su lanzamiento, que la gallina cayó de lado, quedando muerta al instante.

Desde el interior de la casa apareció la propietaria (de la casa y la gallina) lanzando alaridos e imprecaciones contra el lanzador. Este se había quedado quieto, mudo, como incapaz de comprender lo que acababa de ocurrir. Dio entonces Valen un paso al frente, tratando de calmar a la mujer, y ofreciéndose a reparar el daño causado.

De las otras casas salieron más vecinos, por ver qué pasaba y a qué venían tantas voces. Tras más de quince minutos de gritos y discusión, hicieron acto de presencia los guardias, a los que no se sabía quién había avisado.

-Vamos a ver, intervino Rubiales, haya tranquilidad. ¿Puede alguien explicarme qué ha ocurrido aquí?

-Pues verá, señor guardia, que este salvaje ha pegado un cantazo a mi gallina, la mejor que tenía, la que más huevos ponía, y la ha matado sin remedio. ¡Qué desgracia, Dios mío, que desgracia!

-Bueno, vamos a ver. Aniceto Servando, ¿es cierto lo que acabo de escuchar?

-Si Rubiales. No sé qué me ha ocurrido. Supongo que me he asustado al ver aparecer la gallina de repente, y la he lanzado una piedra.

-Bueno, pues entonces, si os parece, os convenís aquí mismo sobre el precio de la gallina, se la abonáis a su dueña, y cada uno a su casa.

Mostró la propietaria del animal su conformidad. Pidió doscientas pesetas por el animal.

-De ninguna manera, respondió Valen. Todos sabemos que una gallina no vale más de cien.

-Nada de cien pesetas, está era la que más huevos ponía, era especial, traída desde León por un tratante.

No hubo manera de llegar a ningún acuerdo, por lo que el guardia Rubiales recogió del suelo al animal, levantó acta de lo sucedido, y comunicó a las partes que comunicaría lo ocurrido al juzgado.

-¿Cómo? Interrogó la dueña del animal. ¿Es que se va a llevar la gallina?

-Naturalmente señora. Es la prueba que sustenta el caso.

-Pero la gallina es mía.

-Ahora ya no. Ahora pertenece a la justicia, y solo el Juez Cardona puede determinar qué hacer con ella.

Ordenó Rubiales a todo el mundo volver a sus ocupaciones. El marido de la dueña se marchó contrariado: si hubieras pedido cien pesetas, nos las habrían dado, nos hubiéramos quedado con la gallina, que con los dedos de una mano se pueden contar los huevos que ha puesto en toda su vida, y por lo menos nos hubiera servido para llenar el estómago un par de veces. Ahora, con la justicia de por medio, vete a saber cómo acaba esto, pero ya te digo que mal, que ya dice la maldición gitana aquello de pleitos tengas y los ganes.

Cuando el atestado llegó al juzgado, junto con la gallina, el Juez Cardona ordenó que se llevarán al animal.

-¿Y qué hacemos con la gallina, Sr. Juez, interrogó el oficial del juzgado? No podemos dejarla en la estantería de las pruebas.

-Muy bien, pues haga una descripción detallada del estado del animal, y que se la devuelvan a su dueña, por si le puede sacar algún partido en forma de guiso antes de que se eche a perder.

El incidente fue comentado esa tarde en la tertulia de “El Rincón de Camagüey”. A todos los presentes les pareció una salvajada pedir doscientas pesetas por el animal.

-Más salvajada me parece a mí, intervino don Anacleto Balín, que se colapsen los juzgados con estos asuntos de menor cuantía, y obliguen a dilatar los procesos verdaderamente importantes y trascendentes para la sociedad y los ciudadanos.

-No lo dirá por mi juzgado, le replicó al instante el Juez Cardona. Está todo al día, como usted bien sabe.

-Una bendición de Dios su presencia aquí, dijo don Anacleto. Que dure la misma muchos años.

El asunto llegó a oídos del abogado Rubinos.

-Hombre, le comentó al Maestro Villalpando. Habría que delimitar las responsabilidades. Si Ceferino le hubiera dado su vaso de vino, a Aniceto Servando se le hubiera calmado el espíritu, y no hubiera lanzado la pedrada a la gallina. No estaría de más estudiar si el cantinero tiene alguna responsabilidad, siquiera indirecta, en la actuación del acusado, toda vez que su voluntad estaba fuertemente influenciada por la falta de alcohol en sangre.

-Hombre, Rubinos, entonces será más bien culpa de la mujer, que es la que se llevó al marido camino de casa.

Al día siguiente, el redactor Hampuero recogió las especulaciones del abogado en “El Ciudadano Cabal”. Esto provocó que la situación se fuera enredando en los siguientes días. Porque claro, decía doña Mercedes, si es que el vino, o su falta en este caso, puede procurar esas reacciones, entonces habría que estudiar la idoneidad de su venta al primero que lo pidiese. Habría que portar, mantuvo la mujer, un carnet, expedido por un doctor en medicina debidamente colegiado, autorizando o no la dispensa de bebidas alcohólicas. Que eras apto porque la ingesta de las mismas no te generaba brotes violentos, adelante. En caso contrario, el cantinero estaba eximido de servir el bebedizo.

El Dr. Benavides se mostró a favor de la iniciativa, siempre que el coste de la misma no entrase en la iguala. El Padre Muelas disertó, tras ingerir una copita de anís de Chinchón, acerca del libre albedrío, que no puede ser recogido en un carnet, mientras que don Sebastián, Presidente del “Círculo Mercantil”, apelaba a la libertad de comercio y empresa. Mientras el solicitante tenga cuartos, allá él. Libertad de mercado, señores, que eso es lo que hace falta en este país, libertad de mercado.

-Cuidado con tanta libertad, clamó el Padre Muelas, que se empieza por un vaso de vino, y terminamos con la guillotina a pleno rendimiento.

-No exagere, Padre. Pregunte a don Stuart por el libre mercado en Inglaterra, para que se vaya haciendo una idea de por dónde le ha venido el atraso a España.

-Usted me está resultando un ateo, don Sebastián. Es más, peor que un ateo, un protestante redomado. ¿De qué atraso me habla? Atraso es no ir a misa los domingos y fiestas de guardar, y no cumplir los mandamientos y no respetar el ayuno. Una vergüenza que con la capilla sea suficiente para albergar a los feligreses de la misa de seis de la mañana. Si hubiese que habilitar la Basílica entera, y aún añadir bancos y sillas para que todos los vecinos escuchasen la palabra de Dios, se acabarían los males, y los problemas, y los atrasos. Todo ello va parejo a la decadencia en las costumbres y a la ausencia de la religión en las vidas de la gente.

En ese punto, y viendo que la conversación subía de tono, ordenó don Arturo a los camareros cerrar el despacho de bebidas alcohólicas. A la vez, se dirigió a los presentes: -Señores, haya paz y concordia. No caigamos en esas discusiones estériles que a nada conducen excepto al enfrentamiento enconado entre vecinos.

El Padre Muelas pidió otra copa de anís. El camarero de las mesas se quedó petrificado. Miró a don Arturo, que hubo de salir al quite.

-Lo siento Padre, pero en estos momentos no puedo servir alcohol. Debemos tranquilizarnos todos, y luego ya, que cada cual haga de su capa un sayo.

-A mí no me niega usted una copa de anís. O me sirve inmediatamente, o no respondo.

En ese momento, el Comisario Moratalla se levantó de su asiento, y se dirigió al cura.

-Padre, está usted muy exaltado. Le ruego me acompañe a dar una vuelta, y de esa manera tranquilizarnos todos.

Se levantó el Padre Muelas con tal impétu de su silla, que fue a dar con las rodillas en los hierros que sustentaban el mármol de la mesa. Atravesaron estos la sotana y los pantalones del sacerdote, haciéndole un corte profundo en sus muslos, desde justo encima de la rodilla hasta cerca ya de las inglés. El grito del Padre Muelas fue aterrador. Cayó al suelo desmadejado. El sonido del impacto dolió a todos los presentes. Don Arturo corrió hacia el herido, al que intentó taponar las heridas, y su correspondiente pérdida de sangre, con el trapo blanco que siempre portaba ajustado a su delantal. El Dr. Benavides corrió hacia el teléfono, y pidió la ambulancia de manera urgente.

El Padre Muelas fue trasladado a la “Clínica del Dr. Benavides”, en la que quedó ingresado. Al día siguiente se agotó la edición de “El Ciudadano Cabal”. Don Anacleto tomó en sus manos el asunto. Supo inundar el mismo con la suficiente cantidad de sangre como para que resultase apasionante.

El abogado Rubinos, que acudió, junto a los ociosos, a la puerta de la clínica, por saber las novedades del asunto, insistió en su teoría: -“Esto se complica, señores. Si Ceferino hubiera servido el vaso de vino a Aniceto Servando, este posiblemente no hubiera matado la gallina, pues aunque la hubiera tirado el cantazo igual, sus facultades habrían estado alteradas por el alcohol ingerido, que le habría imposibilitado acertar el lanzamiento. Si no hubiera matado a la gallina, no habría tenido que intervenir Rubiales, ni el juzgado, y no habría habido artículo en el periódico, y no se hubiera desatado la discusión en “El Rincón de Camagüey”, y el Padre Muelas no habría salido mal parado, y no estaríamos aquí ahora. Yo me pregunto, y les pregunto a ustedes, señoras y señores ociosos: ¿quién o quiénes son los responsables últimos de todos estos desatinos y situaciones? ¿quién debe pagar las consecuencias? Quizás lo cómodo y fácil es sacar los cuartos a un pobre cantinero, y que los verdaderos culpables se vayan de rositas una vez más. Pues no, de ninguna de las maneras debemos permitir que eso ocurra. Hay que ir al fondo del asunto, y que paguen los verdaderos y únicos culpables”.

Los ociosos aplaudieron a rabiar. Tomó entonces la palabra doña Mercedes: –“Vecinos, todos juntos, como Fuenteovejuna, todos a una, al Ayuntamiento, a exigir responsabilidades”. En un momento, se formó la comitiva, que caminaba gritando “castigo a los culpables”, “ni un abuso más” y “dimisión, dimisión”.

Cuando llegaron a las puertas del Ayuntamiento, el Alcalde los estaba esperando. Los dirigió unas palabras: -“Queridos vecinos, me uno a vuestro dolor y grito con vosotros castigo a los culpables. Es más, encabezo, con vuestro permiso, esta marcha ciudadana, en solicitud de justicia”.

Con el Alcalde al frente, gritando consignas y dando palmas, continuó la marcha su camino. Llegaron a la puerta de la Diputación Provincial. Desde el balcón de su despacho, el Presidente de la Diputación los dirigió unas palabras: -“Queridos vecinos, me honra presidir un territorio en el que sus habitantes no toleran la injusticia, y se echan a la calle en demanda de reparación, en cuanto ven que alguien pretende burlar el buen nombre o la buena fe de alguno de sus conciudadanos. Sabed que contáis con este presidente, y con la institución que represento, para exigir cuanta justicia y reparación sea necesaria a este caso”.

A estas palabras siguió una ovación cerrada. Se despidió el Presidente, que volvió al interior del edificio, mientras la marcha proseguía su camino. Llegaron de nuevo a la puerta de la clínica. Allí se despidió de ellos el Alcalde, que chocó manos y recibió abrazos.

Terminado el recorrido, y siendo ya cerca del mediodía, los concentrados fueron enfilando hacia sus respectivos domicilios, para dar buena cuenta de la correspondiente comida y cumplir con la reparadora siesta.

Las heridas del Padre Muelas vinieron a resultar superficiales. Curaron a los pocos días. El Juez Cardona cifró la indemnización de la gallina en cincuenta pesetas. Aniceto Servando volvió a beber su chato de vino una vez hubo terminado su tratamiento. Los ociosos quedaron satisfechos de su demostración de fuerza, y Rubinos siguió vigilante para que nadie se saltase la ley impunemente.

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