SULAN EL TROVADOR

Sulan era un personaje de sobra conocido en toda la comarca. Recorría de manera incansable, a bordo de su carreta desvencijada, los pueblos del entorno, cantando a los lugareños las idas y venidas, venturosas unas, desgraciadas otras, de personajes más o menos reales de épocas pretéritas.

Sulan había heredado el oficio de su padre, que lo heredó de su abuelo, y este del suyo, y así sucesivamente hasta perderse en la noche de los tiempos. Sus narraciones, siempre bien entonadas, eran parte consustancial de los días de mercado, que el trovador amenizaba.

Un buen día, las tonadas del trovador cambiaron. Dejaron de ser esos cantos de antepasados gloriosos, con vidas formidables, llenas de actos heróicos, hazañas bélicas que traían el bien para todos, con milagros abundantes y fenómenos naturales que se añadían al bien hacer de los humanos, animales que contribuían al final feliz de empresas de enorme riesgo, y pasaron a ser relatos amenazantes, protagonizados por grupos de personas dominados por el mal, capaces de infligir daños y sufrimiento sin cuento a todos aquellos que osaban oponerse a sus designios.

Durante las primeras semanas, nadie quiso dar importancia al cambio. Este empezó a hacer mella en los niños, que por las noches, o cuando sus padres les enviaban solos a algún recado o tarea, expresaban sus temores ante lo que podía ocurrir si se daban de bruces con alguno de los grupos de malas gentes que Sulan decía que merodeaban por los contornos.

Poco a poco, el miedo fue también apoderándose de los adultos, que aun sin decirlo, caminaban siempre en alerta cuando se alejaban del poblado para atender sus campos y cultivos. En pocas semanas, todos se hacían acompañar de los perros, y no dudaban en ir y volver en grupo de sus tareas.

Una mañana, varios jóvenes se vieron atacados por una fuerte diarrea. La curandera se puso manos a la obra para solucionar tal asunto. En ello estaba cuando Fulsa, advirtió a los presentes que Sulan había cantado hace unos días una trova, en la que hacía referencia a una bandada de grandes aves de color negro o incluso gris, a los que gustaba anidar en el nacimiento de los manantiales, para con sus heces contaminarlos y que la enfermedad invadiese los cuerpos de aquellos que bebían esas aguas.

Todos los vecinos recordaron el cuento. Rápidamente, se formó un grupo de hombres armados que se dirigieron al nacimiento del manantial que atravesaba el poblado. A medida que subían hacia la montaña, iban matando a todo tipo de ave que se ponía a tiro, así fueran estas grandes, medianas o pequeñas, negras, grises, blancas o de cualquier otro color.

Al llegar arriba, no vieron a ningún ave ni animal de cualquier otra especie merodeando, lo cual los dejó un tanto perplejos.

-Nos habrán oído llegar, y se habrán marchado, dijo uno.

-Si se hubieran marchado, habríamos visto su vuelo, digo yo, contestó otro.

Los distintos puntos de vista llevaron a la discusión y al enfrentamiento de unos contra otros. Tuvo que mediar Anselmo, el más viejo del poblado, para poner paz y dictar sentencia.

-Señores, no sabemos qué ha podido pasar. Dejémonos de habladurías y de discutir entre nosotros, pues si no hay aves, no tiene sentido, y si las hay, entonces necesitaremos estar unidos para luchar contra ellas.

Los remedios de la curandera causaron buenos efectos, y en un par de días todos los afectados por la enfermedad habían recuperado la salud, por lo que no se dio mayor importancia a la situación.

Unas semanas después, contó Sulan que, según le habían narrado unos viajeros que provenían del norte, se habían cruzado con una procesión de leprosos, de los que tuvieron que huir a toda prisa, abandonando una buena parte de sus bienes, pues no solo no respetaron las normas para alejarse, sino que se lanzaron sobre ellos con ánimo de contagiar su enfermedad a cuantos más miembros de la caravana, mejor.

Pasados unos días, los campesinos que habían acudido a la zona norte del poblado, en la que se cultivaban los cereales, vieron a lo lejos un grupo de desarrapados, que apoyados en cayados, se dirigían hacia sus campos. Los perros se pusieron nerviosos, comenzando a ladrar. Los desarrapados, lejos de detenerse, o de cambiar de dirección, aceleraron el paso hacía los campesinos. Estos, aterrados, optaron por abandonar herramientas, alforjas y animales, y salir corriendo todo lo rápido que pudieron en dirección contraria al grupo que se acercaba.

Llegaron al poblado, contaron lo sucedido. El viejo Anselmo, ordenó a todos refugiarse en el bosque cercano, desde el que observarían qué ocurría. Dio órdenes a las madres y padres de que no permitieran hacer ruido a sus pequeños, en prevención de males mayores.

Allí pasaron escondidos el resto del día, y también la noche, a la expectativa, pensando que quizás los desarrapados estuviesen esperando a la oscuridad para proceder al asalto. Sin embargo, y por fortuna para ellos, nada ocurrió. Llegó la alborada, sin ningún rastro de visitante alguno.

Se organizó una batida, comandada por Anselmo, que con la debida cautela acudiría a los campos de cereal del norte del poblado, y comprobar qué había ocurrido. Cuando llegaron, únicamente pudieron certificar que habían desaparecido animales domésticos, herramientas, aperos, y las alforjas que contenían comida y vino.

Los hechos llegaron a conocimiento del fraile Edenso, que había escuchado los mismos testimonios por parte de peregrinos que se acercaban al monasterio, o de los predicadores que enviaba con regularidad por las poblaciones de su jurisdicción.

Ocurrían además, en todas las poblaciones, excepto en una, precisamente la que comandaba Urlas, un granjero avaro, que había logrado acumular un gran capital desde sus tiempos jóvenes. Era Urlas tremendamente trabajador, pero le cegaba la mente de manera absoluta el dinero. No podía resistirse a su embrujo.

Decían las malas lenguas que, bajo su cabaña, escondía grandes cantidades de objetos de valor, y que pasaba las noches, mientras todos descansaban, en el subsuelo, contemplando, tocando, pesando, valorando, todo aquel caudal de objetos obtenidos unos de manera lícita, otros de manera abusiva.

El fraile Edenso envió mensajeros discretos, para hablar con los jefes de los diferentes poblados, sobre sus sospechas. Unos y otros vinieron a coincidir en que había que tomar medidas, y que si se confirmaban los hechos, Urlas, así como sus socios merecían un castigo ejemplar.

El problema surgía cuando se estudiaba la manera de presentar a Urlas las sospechas, pues todos temían su reacción. Ellos no eran más que campesinos, que a la hora de defenderse no sabían usar más que estacas, hondas, o los diversos materiales agrícolas con los que llevaban adelante sus trabajos cotidianos.

Por su parte, los frailes estaban aun en peor situación. El fraile Edenso mantenía que el cambio de historias contadas por Sulan el Trovador era la clave de todo lo que estaba ocurriendo, y el camino para llegar a la verdad.

Se acordó preparar una treta, que permitiese presionar a Sulan, y ver si así confesaba lo que pudiera saber. Se hizo saber al trovador que el Monasterio iba a ofrecer un homenaje al fraile Edenso, por sus muchos y grandes servicios a la comunidad. Se daría una cena, y tras la misma, Edenso en persona había solicitado su presencia para que amenizase la noche con algunas de sus trovas.

Se presentó Sulan a la hora convenida. Penetró en el Monasterio. Las puertas se cerraron tras él. Cuando llegó al comedor, pudo observar que, junto a los frailes, esperaban su llegada igualmente los jefes de once de las doce poblaciones que conformaban la comarca. Solo faltaba Urlas.

-Sed bienvenidos, trovador Sulan. Sentaos, y cenemos. Luego ya tendremos tiempo de escuchar sus trovas.

-Agradecido, fraile Edenso. Veo que están presentes todos los jefes de los poblados, excepto Urlas. ¿Puedo saber el motivo?

-Querido Sulan, ya conocéis cómo es Urlas, duro en el trato, muy trabajador, al parecer, no podía perder horas de sueño, pues mañana debe acometer importantes negocios, que exigen su máxima atención, y una cabeza completamente despejada.

Cenaron los presentes con la frugalidad típica de un monasterio: apenas una sopa aguada de gallina, con verduras escasas, y de segundo pollo hervido con patatas. De postre, mermelada de arándanos.

Fue entonces cuando el fraile Edenso tomó la palabra. “Querido Sulan, toda tu vida llevas recorriendo los caminos de esta comarca, cantando tus cantares y recitando tus trovas. Siempre has sido bien acogido en todas las aldeas, que te han escuchado con atención y regocijo, y han premiado de manera generosa tus intervenciones. Ya practicaban este oficio tu padre, y antes tu abuelo, y el abuelo de tu padre y más antepasados. Todos ellos siempre fueron buenos y honrados, jamás hicieron mal a nadie. Todo lo contrario, cuando por su trabajo y correrías sabían de alguna posibilidad de mal o de peligro, lo ponían en conocimiento de los posibles afectados, a fin de evitarlos en la medida de lo posible. Por ello siempre fueron muy queridos y respetados. Ahora, desde hace un tiempo, vemos que tus historias han mutado de cariz, y lo que antes eran relatos alegres, de amoríos y desventuras, de santos y campesinos trabajadores y virtuosos, han tornado a relatos aterradores, terribles, apocalípticos algunos de ellos, de manera que la población está cuanto menos cautelosa, cuanto más asustada. Y es un hecho cierto que, desde que esos relatos comenzaron a salir de tu boca, toda una serie de desgracias, en forma de enfermedades y robos han comenzado a asolar estas pacíficas tierras del Señor. Yo te pregunto: ¿nada sabes acerca de qué puede estar ocurriendo?”

-“Nada en absoluto, fraile Edenso. ¿qué había de saber yo?”, contestó, un tanto azorado, el trovador.

“¿Acaso no te extraña, prosiguió el fraile, que en todas las poblaciones se hayan dado estos episodios, excepto en la de Urlas, que tú visitas últimamente con más asiduidad que antaño?. ¿Puedes explicar a esta asamblea el motivo de ello?”.

-“Bueno, uno va con sus trovas donde más recoge, y últimamente en ese poblado es donde mejor me tratan”.

-“Me han llegado noticias, dijo el fraile Edenso levantado la voz, visiblemente irritado, que recibís parte de los botines que obtienen las partidas que manda Urlas a realizar pillaje”.

-“Pero, ¿cómo puede alguien pensar eso?”, contestó Sulan visiblemente alterado.

Fue en ese momento cuando la situación dio un vuelco. Urlas, el ausente, entró en el salón donde se celebraba la reunión. Habló de la siguiente manera:”Convecinos, todos me conocéis desde hace muchos años. Admito ser avaro, pero más aun soy trabajador infatigable, y nadie podrá negar en esta asamblea que siempre cumplo mi palabra. Los bienes que poseo han llegado a mi propiedad bajo tratos lícitos y conocidos, jamás tomé nada que no fuera mío. Puedo asegurar ante todos vosotros que nada tengo que ver con la ola de pillaje que recorre nuestra comarca desde hace un tiempo. ¿Quiénes son esas partidas de forajidos que roban nuestros campos y enseres? No los conocemos, pues siempre van cubiertos, y ante su presencia en la lejanía optamos por la huida en lugar de por el enfrentamiento. Yo lo puedo explicar: Sulan primero nos hace llegar sus historias para meter el miedo en nuestros cuerpos. Después, partidas de hombres ajenos a la comarca, a los que él envía, nos atacan. El botín será repartido entre todos. ¿Por qué sé todo esto? Porque el propio Sulan, creyendo las malévolas historias que sobre mí se cuentan, se ha dirigido en múltiples ocasiones a mi casa, ofreciéndome, a muy buen precio, esos aperos y artículos robados en sus incursiones. Por eso últimamente visitaba con tanta asiduidad mi poblado. El fraile Edenso estaba al tanto de todo el asunto, pues yo mismo lo puse en su conocimiento”.

Sulan el trovador se derrumbó. Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas. Fue apresado al instante. Juzgado por un tribunal en el que participaron los jefes de todos los poblados, y presidido por el fraile Edenso, fue condenado a vagar esposado por los caminos de toda la comarca, y a cantar su historia de latrocinio y perdición en cada pueblo los días de mercado. Así debía ser hasta el final de sus días.

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