LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 95. EL CORONEL AMBROSIO

Esperaba el Coronel Ambrosio, en su destino de Asturias, el ascenso a General, que se debía producir el último martes del mes de octubre de aquel año. De manera incomprensible, este no llegó. Alguien tomó la decisión de relegarle, de ascender a los que figuraban por detrás en el escalafón, olvidándose de él.

Pidió el Coronel Ambrosio explicaciones, que nunca le dieron. Movió lo que él creía amistades, conocidos, favorecidos…pero todo el mundo huía de él, le daba la espalda, rechazaba sus llamadas y cartas…incluso llegó a recurrir el Coronel Ambrosio a los buenos oficios del abogado Billegas, pero este, tras estudiar el asunto, concluyó que la decisión de ascender a un coronel a general era discrecional y potestativa. No había nada que reclamar.

El disgusto fue enorme, seguramente agrandado por lo inesperado. Su hoja de servicios era intachable. En cualquier caso, y como hombre eminentemente práctico, tomó la decisión irrevocable de pedir el pase a la reserva, y abandonar el servicio activo.

Una vez licenciado, no tuvo dificultad para encontrar empleo. Una empresa extranjera, buscaba personal para ocupar la dirección de diversos penales en sus colonias. El sueldo era elevado, más o menos el triple de su salario de coronel, a lo que había que sumar casa, comida y cuatro viajes anuales a su lugar de residencia, para descansar del aislamiento del destino.

El Coronel Ambrosio aceptó el empleo. Fue destinado a un país de África, del que nunca nos quiso decir el nombre. Salió para su nuevo empleo un primero de enero. Tomó posesión de la dirección, haciéndose cargo del mando de cincuenta guardias, y del control de aproximadamente trescientos presos.

Una vez instalado en su despacho de la prisión, se dedicó a estudiar la situación del enclave, y el historial de los hombres presos. Terminado el trabajo, llegó a la conclusión de que su misión iba a resultar más sencilla de lo esperado. El cuartel estaba ubicado en medio de un desierto. La aldea y el oasis más cercano se encontraban a doscientos kilómetros de dunas gigantescas, cambiantes, traidoras. En las horas centrales del día, la temperatura podía llegar a los cuarenta y cinco o cincuenta grados. En los más profundo de la noche, la misma bajaba hasta los ocho o diez bajo cero.

Por las inmediaciones de la prisión únicamente merodeaban las hienas y otros animales salvajes, a más de algunas partidas de bandoleros, y de tarde en tarde alguna caravana de camelleros, que llevaban sus mercancías de un lugar a otro del desierto, y con los que tanto cuarteleros como prisioneros comerciaban desde antiguo.

Convocó el Coronel Ambrosio una mañana a todo el personal en la explanada central del penal, que era de amplísimas dimensiones, pues si algo sobraba en aquel lugar era terreno, con el objeto de lanzar un discurso a los presos.

Caballeros: todos somos conscientes de dónde nos encontramos. En medio del desierto, rodeados por la nada más absoluta. Conocéis la singularidad del terreno, las dunas, las tormentas de arena, el calor asfixiante durante el día y el frío helador durante la noche, los animales salvajes que acuden con intención, si posible les fuera, de devorarnos. ¿Qué os quiero decir? Que no nos hagamos unos a otros nuestra estancia aquí más difícil. El que no pueda superar su estancia entre estos muros, puede manifestar por el conducto reglamentario su desesperación, y yo mismo le abriré las puertas para que marche. Eso sí, no me pidáis ninguna ayuda ni auxilio. Únicamente contaréis con vuestro uniforme reglamentario, vuestros pies y la resistencia de vuestro cuerpo. Quien quiera marchar, que dé un paso al frente. Y el que se quede, que no dé el más mínimo disgusto ni quebrante ninguna norma, porque el castigo será inmisericorde, digno del apocalipsis.”

Únicamente un penado, cuya cabeza hacía mucho tiempo que había dejado de funcionar correctamente, dio un paso al frente. El resto de presos le obligó a dar un paso atrás, y solicitaron al director que le proveyera la asistencia médica que sin duda necesitaba. Así se hizo.

El Coronel Ambrosio logró una convivencia pacífica (a salvo de incidentes aislados, pues las duras condiciones de vida llevaban en muchas ocasiones a perder los nervios tanto a reclusos como a los guardias), incluso se podría decir que en muchos momentos amable y hasta civilizada.

Como convino el Coronel que el excesivo ocio no era conveniente, obligó a todos los reclusos a recibir clases por la mañana. Bien él mismo, bien los guardias, u otros reclusos que reunían conocimientos y habilidades suficientes, instruían al resto en sus diferentes profesiones y oficios.

Los conocimientos adquiridos se ponían en práctica en la misma prisión, lo que llevaba a un ahorro importante del presupuesto destinado a mantenimiento de las instalaciones. El Coronel Ambrosio determinó entonces que dedicaría el dinerario sobrante a mejorar la calidad de la comida, en la que se pudo incluir cerveza, tabaco, y algunos otros complementos que gustaban a todos.

Todo marchaba bien en el penal, hasta el día en que llegó, de visita rutinaria, la inspección del ministerio. El inspector jefe, un ex general retirado, puesto al día de los métodos y formas del Coronel Ambrosio, mostró su contrariedad ante los mismos. Tenía el general otras ideas con respecto a lo que debía ser un penal de ultramar, lugar al que se solía enviar a los presos más peligrosos y antisociales de la metrópoli. Su informe al ministro fue desfavorable. El Coronel Ambrosio fue destituido, y obligado a regresar.

En el momento de su marcha, un violento motín estalló. El nuevo director ordenó aplicar mano dura. Hubo incendios, destrucción, heridos y varios muertos. La virulencia fue tal que las noticias llegaron a la capital, cuya prensa las publicó con mayor o menor dramatismo, según fuera su inclinación política e ideológica.

El Coronel Ambrosio regresó entonces a nuestra ciudad, donde vivió tranquilamente sus últimos años de vida. Una tarde, el Gobernador Militar se sentó con él en un apartado de “El Rincón de Camagüey”.

Mi Coronel, ¿es cierto que daba usted de comer de manera magnífica a los presos del desierto, incluidos cerveza y tabaco, que los puso a estudiar, y que ofreció al que quisiese marchar abrir las puertas del penal?

-Con respecto a la primera pregunta, nada tiene que ver, creo yo, estar preso con pasar hambre. La segunda es cierta. En lugar de holgazanear y pasear sin rumbo durante todo el día, creí más apropiado dar educación a personas muchas de las cuales no sabían ni escribir ni leer su nombre. Y la tercera, cierta es, si bien debo matizar que estábamos rodeados de doscientos kilómetros de desierto que hacían imposible la fuga.

-Querido Coronel, yo estaba presente, como secretario, en la reunión en la que se tomó la decisión de no ascenderle a general. Se habló en la misma largo y tendido de sus ideas, vamos a decir, raras, avanzadas, novedosas. Eso no le gustó a los generales, en particular a los más antiguos. Como compañero de armas, lo sentí por usted en aquel momento, y lo siento aun más ahora que he tenido ocasión de conocerle. Por favor, le ruego que esta conversación no trascienda. Me gustaría ascender a general el año que entra.

Esta mañana ha venido un grupo de cinco caballeros extranjeros, preguntado por su tumba. En ella han depositado un ramo de claveles. Después, han guardado unos segundos de silencio. Cuando se retiraban, me han indicado que fueron sus presos en un desierto africano.

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