LA MALDICIÓN DEL MONTE ALTO

El Monte Alto ha vigilado, desde siempre, la entrada a la aldea de Ulia por el norte. Por allí llegaban las expediciones de las gentes que querían avanzar en sus ansias de conquista de nuevos territorios. Ulia siempre fue una ciudad de paso, en la que coincidían todas las razas y religiones conocidas.

Aquí se han juntado cristianos, judíos y musulmanes. Gentes de piel oscura del sur, o de África, vaya usted a saber, con rubios nibelungos de ojos azules, blancos de negros cabellos y ojos marrones, gitanos y hasta incluso gentes de ojos rasgados, que venían de remotos lugares portando sedas y especias de mucho valor.

El mercado de Ulia era famoso en muchas leguas a la redonda. Había comercio todos los días, incluso podría decir que lo había las veinticuatro horas, dependiendo de a qué hora hubiera entrado en la ciudad la última caravana. Las puertas siempre estaban abiertas, receptivas a todo y a todos.

Un día que parecía como otro cualquiera, hizo su entrada en la ciudad un personaje de edad indeterminada, ralos sus cabellos blancos, envuelto en una raída capa de color que en su día debió ser marrón, y al que los centinelas, según declararon después al alguacil, creyeron monje de alguna de las muchas órdenes mendicantes que por aquellos tiempos llenaban los caminos.

El visitante se dirigió a la Plaza. Se subió en un cajón de madera que encontró en algún lugar, y lanzó un discurso a los presentes:”Mis queridos hermanos, solicito ayuda para este pobre pecador, pues estoy aquejado de un pérfido mal, que acabará conmigo no tardando muchas jornadas. Mis miembros se van desprendiendo poco a poco de mi cuerpo, causándome inmenso dolor. Puedo mostraros mi mano izquierda,de la que ya se han desprendido dos de sus dedos, y camino va de hacerlo el tercero.”

Sacó entonces su mano del interior de la capa, y la mostró al público. Los gritos de horror fueron generalizados. Todos huyeron despavoridos en todas las direcciones, derribando en su carrera cuanto encontraban a su paso. Nadie dijo nada, pues igualmente los vendedores habían puesto tierra de por medio, abandonando sin ninguna pena sus mercancías.

El alboroto llegó a oídos del Capitán de la guardia, que se dirigió, al frente de sus soldados, a la plaza. Allí seguía el visitante, ahora ya sentado sobre el cajón de madera, y con su mano vuelta a guardar bajo su manto.

Manteniéndose a una distancia prudencial, el Capitán se dirigió al sujeto:

-¿Se puede saber quién sois, y qué hacéis en esta ciudad?

-No soy más que un pobre hombre, al que sus males han empujado a los caminos del Señor. Solo pido algo de misericordia para conmigo, y ver si alguien habita en esta ciudad que me pueda aliviar el sufrimiento.

-Nadie aquí está en disposición de hacer algo por su persona. Así que le conmino a que abandone la misma, saliendo por la misma puerta por la que ha entrado.

-Pensadlo bien, mi Capitán, al igual que deben hacerlo los regidores de esta villa. Obligado es auxiliar al enfermo, pues igual que de manera desconocida el mal me llegó a mí, puede llegar a cualquiera de ustedes.

-Raudo, salga de nuestra ciudad. No necesitamos agoreros ni brujos, ni propagandistas del mal ni de plagas diabólicas.

Partió el visitante por la misma puerta por la que había entrado. Se perdió por los caminos y nada más se supo de él. Pasadas varias semanas, una madrugada amaneció la ciudad encapotada. Era un cielo gris que parecía que se podía derrumbar en cualquier momento, aplastando a todos los que estaban debajo. En un momento determinado, el ambiente se vio invadido por pequeñas partículas de ceniza, que caían sobre las personas y los edificios dejando todo de color grisáceo. A la vez, del norte comenzó a soplar un viento frío, que ululaba entre los montes que rodeaban la ciudad.

El miedo se apoderó de los presentes. El Alcalde reunió al concejo. Deliberaron. Ninguno fue capaz de encontrar una explicación a lo que estaba ocurriendo. Se preguntó a los más viejos del lugar, que tampoco supieron dar razón del fenómeno. Ante la falta de respuestas, no se les ocurrió nada mejor a los reunidos que exhortar al Padre Arnal que llamase al rezo en la Iglesia, y que elevase sus plegarias al Altísimo.

Tres días después del comienzo del fenómeno, sin que nada hubiera cambiado, el pastor Rafes, entró en la ciudad arreando de manera precipitada su rebaño de ovejas. Las encerró en su aprisco, y se dirigió al Capitán de la guardia.

-Mi Capitán, esta mañana me ha parecido ver en una de las cuevas del Monte Alto a un vagabundo, que parecía todo él un espíritu, haciendo complicados movimientos con sus brazos. Cuando ha advertido mi presencia, sus ojos se han clavado en los míos. Por un momento, mi cuerpo ha quedado paralizado. A Dios gracias, he podido reaccionar, y he salido corriendo hacia la ciudad a toda la velocidad que he podido.

-¿Sabrías decir en qué cueva has visto a ese vagabundo?

-Yo diría que era la cuarta cueva tras la primera curva a la izquierda, subiendo por la vertiente del lago.

El Capitán informó al Alcalde de este hallazgo. Rápidamente, se organizó una partida armada. En la misma se integró el Padre Arnal, pues pudiera ser necesaria la intervención de un hombre de Dios, para desarmar al que podría ser un espíritu más que una persona.

Emprendieron la ascensión. Sin embargo, antes de llegar a la primera curva, el viento arreció de manera nunca vista antes. Pareció incluso que las rocas de la parte alta del monte se movían, y amenazaban caer rodando sobre la ciudad. Comenzó a llover ceniza de nuevo. El Capitán ordenó a sus hombres protegerse, puso pie en tierra, desenvainó su espada, y con paso decidido enfiló el camino hacia la cueva. Con gran dificultad llegó a ella. Penetró en la misma, la examinó a conciencia, y nada raro observó en la misma. Paró la lluvia y el viento. Se hizo el silencio absoluto.

Como el Capitán no volvía ni daba señales de vida, su lugarteniente, acompañado del Padre Arnal, siguieron sus pasos. Llegaron a la cueva. Miraron su interior sin penetrar en ella. Otearon los alrededores. Llamaron al Capitán, que no respondió. El Padre Arnal bendijo entonces el lugar. En un momento, cayó de rodillas. El sudor apareció en su frente. Levantó los brazos al cielo, y elevó el volumen de sus oraciones.

El lugarteniente le agarró entonces por las axilas, y tiró de él hacia el camino para llevarle de vuelta al llano. Cuando llegaron abajo, los miembros de la partida observaron que tenía las rodillas en carne viva, y que sangraba de manera muy abundante. Cundió el pánico. Abandonaron al fraile, y todos volvieron a la ciudad, ordenando que se cerrasen las puertas.

Tres noches después, el vigía de la torre dio la voz de alarma. Tres caballeros andantes, se dirigían hacia la puerta norte de la ciudad. La guardia ocupó sus puestos. El lugarteniente, y a su lado el Alcalde, advirtieron que los tres caminantes parecían ser el vagabundo, el Capitán y el Padre Arnal.

-¡Alto a los caminantes!, gritó el lugarteniente. Como quiera que estos no se detenían, ordenó a los arqueros que lanzasen sus flechas hacia ellos. Dieron de pleno. Los tres cayeron fulminados. Entonces, la orden fue lanzar flechas incendiadas, para poner fin a la presencia de los muertos, algo que era habitual hacer para evitar propagación de enfermedades, antes de que los enterradores se acercasen a los cuerpos para darles cristiana sepultura.

Los cuerpos ardieron, pero la sorpresa vino a continuación. Las llamas no se extinguían. Amaneció. Nadie se atrevía a salir de la ciudad. Los mercaderes que llegaban, viendo el fuego y la puerta de la ciudad cerrada, daban la vuelta y huían a la mayor velocidad posible. Mediada la tarde, una espesa niebla volvió a caer sobre la ciudad. Nada se veía a la más mínima distancia. El miedo se apoderó de los habitantes, que querían escapar de la ciudad, pero no se atrevían a salir de sus defensas, por miedo a lo que podría ocurrir.

A la mañana siguiente, la niebla desapareció. El sol iluminó con fuerza todo el contorno. La sorpresa mayúscula fue que, cuando miraron hacia el lugar donde habían quedado ardiendo los tres cadáveres, no había nada, absolutamente nada.

El temor se incrementó. Algunos habitantes llegaron al paroxismo. Unos se agolpaban ante la puerta, queriendo huir a toda costa, y siendo repelidos a bastonazo limpio por la guardia. Otros amenazaban con quemar la ciudad, que decían había quedado poseída por el diablo. Comenzó entonces una revuelta, todos contra todos. La desconfianza entre los vecinos era absoluta. Tras tres días de disturbios, las puertas fueron abiertas por la turba. La guardia, exhausta, no pudo resistir por más tiempo.

Muchos vecinos se marcharon. Unos, contaron su historia allá adonde fueron, lo que les valió ser mirados con recelo. Otros, callaron su historia. Los mercaderes que antes venían de manera harto frecuente a la ciudad, dejaron de hacerlo. Comenzó una época oscura. Por momentos, parecía que el final había llegado a aquel lugar. Sin embargo, pasaban los días y nada ocurría. La normalidad se instaló de nuevo. Tras la lluvia de cenizas, las cosechas fueron más abundantes de lo habitual, lo que hizo que las ganancias de los que se habían quedado se incrementasen de manera notable.

Volvieron los mercaderes, y muchos de los que se habían marchado. Así hemos llegado hasta hoy. Nadie, que se sepa, ha vuelto a subir al Monte Alto por la vertiente del lago, ni se ha acercado, ni mucho menos entrado, en la cueva conocida desde entonces como la cueva maldita.

Nada volvimos a saber del Capitán, ni del Padre Arnal, ni del vagabundo, excepto que fueran los tres visitantes que perecieron bajo las flechas primero, y que desaparecieron bajo el fuego después.

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