LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 90. LOS DEDOS DE DON LUCINDO

Mandó la Señora Raimunda aviso al Ayuntamiento, por medio de varios chavales, de que de la vivienda de don Lucindo, al que no se veía desde hacía varios días, salía muy mal olor. Conociendo las costumbres del caballero, declaró la mujer al guardia Rubiales, que se encontraba sentado a la derecha de la puerta de la comisaría, viendo ir y venir a unos y a otros, nada bueno presagiaban los efluvios detectados.

Cuando el guardia Rubiales se hubo acercado a unos veinte metros del lugar señalado, un hedor insoportable invadía el ambiente, por lo que dio media vuelta, para avisar al Sargento Valladares, que se lo comunicó al Sr. Alcalde. Este, intuyendo lo peor, se desplazó hasta el cuartel de los bomberos, y desde allí viajó, acompañando al Sargento Mellado, a la casa de Lucindo.

La casa de este, en una de las orillas del río, no era más que una infravivienda, con dos habitaciones separadas una de otra por una cortina. Los bomberos, provistos de máscaras y guantes, penetraron en la casa, tras abrir la puerta con una ganzúa. En el interior, no atisbaron nada de movimiento, excepto el de varios roedores yendo y viniendo.

Se aproximaron a la cortina separadora, que corrieron hacia uno de los lados. Allí estaba Lucindo, tirado sobre su cama, ya comenzando a descomponerse. Sus dos manos aparecían cruzadas sobre su pecho, si bien faltaban de las mismas los diez dedos. Ante esta situación, los tres bomberos presentes optaron por retirarse, para informar del asunto a su jefe y al Alcalde.

-No queda otra opción, dijo este último, que avisar a la Guardia Civil y al Juez Cardona.

Así se hizo. Mientras llegaban unos y otros, la expectación de los vecinos en torno a la casa del muerto, iba creciendo. Al principio, el mal olor mantenía alejados a los espectadores. Pasados unos minutos, y ya acostumbrados al tufo, se iban acercando al lugar. Tuvo que ordenar el Alcalde al Sargento Valladares que pusiera orden y una distancia de seguridad.

-Es difícil, señor Alcalde, no puedo poner un retén de guardias expuestos a cualquier infección. Voy a marcar el perímetro con una cuerda, y a ver si de esa manera contenemos al personal.

El Sargento Godoy se personó pasados quince minutos. Acompañado de dos guardias y del Sargento de Bomberos Mellado, y provistos de máscaras y guantes, penetraron en la casa. Observaron el cadáver, entre gestos de repulsión y alguna náusea de un guardia joven, y volvieron a toda prisa al exterior. Godoy se sentó en el vehículo, para comenzar a redactar el atestado.

Hasta las dos y media no llegó el Juez Cardona, que se excusó alegando que no podía dejar pendientes las tres vistas del día. Una nueva comitiva se organizó al instante. Toparon con un problema: únicamente estaban disponibles cinco máscaras. Una era para el Juez, otra para el Secretario Judicial, la tercera fue para el Sargento Godoy, la cuarta para el Alcalde, y la quinta para el Sargento de Bomberos Mellado. Los que se quedaron sin equipación, al no poder acceder a la habitación, respiraron aliviados.

La visita fue rápida. Agradeció el Juez Cardona la diligencia del Sargento Godoy, dando por bueno el informe elaborado. A la vez, le ordenó que abriera una investigación para intentar averiguar que había ocurrido con los dedos de las manos de Lucindo, si estos habían sido seccionados después de su muerte, o si las amputaciones se habían producido con anterioridad.

Para averiguar esto último, se pusieron desde el Juzgado en contacto con nuestra compañía, Organización de Entierros (Americanos), para que procediéramos al levantamiento del cadáver, y su posterior traslado, en las condiciones adecuadas, a la Facultad de Medicina de la Universidad de Salamanca. Allí, su departamento de medicina forense, procedería a determinar las causas del óbito.

No constaban en la empresa antecedentes de un levantamiento de esas características. Hubo que recurrir a la solicitud de las cinco manidas máscaras, ya que cinco operarios fueron necesarios para mover el orondo cuerpo de don Lucindo, que se iba a eso de los ciento veinte kilos de peso.

Se realizó el traslado según lo ordenado, advirtiendo al Juzgado que don Lucindo carecía de póliza de decesos, por lo que sería esa autoridad la que debía hacer frente a los gastos producidos. Esto siempre era un fastidio, pues si bien las administraciones públicas siempre pagan, lo hacen con parsimonia exasperante.

Mientras en Salamanca estudiaban el cuerpo, y la Delegación del Ministerio de Salud Pública desinfectaba convenientemente la zona, el Sargento Godoy procedía a interrogar a los vecinos. Doña Raimunda fue contundente: “Mire usted, mi Sargento, don Lucindo era prestamista, y tenía más de un enemigo. Le gustaba lucir anillos de oro o plata en todos sus dedos, así como adornar su cuello con cadenas y otros colgantes. Yo creo que alguien se acercó a su vivienda, se lo encontró muerto, y se le vino a la mente robarle las joyas. Si no salieron los anillos de los dedos por las buenas, se los cortó y asunto acabado”.

El informe forense vino a ratificar las palabras de la mujer. Los dedos habían sido cortados ya con don Lucindo cadáver. Además, en otras entrevistas, pudo la Guardia Civil saber que se decía en el vecindario que el fallecido guardaba importantes cantidades de dinero en su casa, pues el trasiego de préstamos y devoluciones era constante. Unos días después de la intervención sanitaria, se procedió a un registro exhaustivo de la vivienda, sin que se encontrará nada de dinero u otros objetos de valor.

El cuerpo de don Lucindo fue enviado de vuelta al depósito de cadáveres de nuestra ciudad. El Ayuntamiento se hizo cargo del sepelio, que se llevó a cabo en la zona destinada a los entierros de beneficencia. Íbamos a proceder al enterramiento según ordena el reglamento, cuando desde el juzgado nos llegó un oficio ordenando detener la actuación. Alguien no identificado, había dejado sobre la mesa del conserje del edificio judicial, cuando este se encontraba ausente, una caja metálica, herméticamente sellada, que contenía los diez dedos faltantes de don Lucindo.

Pasadas cuarenta y ocho horas, y no habiendo podido añadir ninguna aclaración a lo ya sabido, ordenó el Juez Cardona abrir la caja, introducir los diez dedos en la misma, y proceder al entierro de don Lucindo.

Así se hizo. Nadie acompañó al muerto, únicamente el capellán pronunció una oración y le deseó descanso eterno. Nunca se ha vuelto a saber nada de quién o quiénes pudieron ser los autores de aquellos luctuosos hechos, ni donde fueron a parar las joyas o los posibles dineros que hubiera en la vivienda de don Lucindo. Esta fue derribada tiempo después por orden municipal, cuando el barrio de las márgenes del río se urbanizó y el agua y el alcantarillado llegaron hasta allí.

Rumores hubo de que los albañiles encargados de la obra encontraron un cofre lleno de joyas y dinero en efectivo, rumor que se acrecentó cuando varios de ellos emigraron unos meses después con destino a Barcelona. Incluso se llegó a decir que la Guardia Civil estableció sobre ellos un servicio de vigilancia, pero este se abandonó cuando comprobaron que su vida en aquella ciudad siguió siendo tan precaria y difícil como lo era en la nuestra.

El Juez Cardona cerró el caso. Descanse en paz don Lucindo.

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