UNA HISTORIA DE ESCALAFONES

Merino llegó a su destino en el Sahara Occidental una mañana cualquiera de un mes de abril cualquiera de un año cualquiera. Para él, que nunca había tenido ocasión de viajar más allá de unos kilómetros de su ciudad, llegar hasta aquella guarnición del sur del territorio fue toda una aventura.

Tras tres meses de estancia en filas, optó Merino a una de las plazas de Cabo, que obtuvo. Mostró dedicación, por lo que siguió ascendiendo. Tres meses después, fue nombrado Furriel de su unidad, pues se licenciaba quien ocupaba ese puesto, y era el Cabo Merino uno de los pocos que sabía escribir con presteza y echar cuentas con la debida corrección y rapidez.

Entre otros menesteres, tenía el Cabo Furriel Merino encomendada la tarea de recibir el correo de la unidad. Este no llegaba con regularidad. Podía hacerlo cualquier día de la semana, y su frecuencia variaba: unas veces era semanal, otras quincenal…todo dependía de las condiciones climatológicas, de la disponibilidad de las patrullas, del recorrido que debían hacer las mismas.

Normalmente era correo rutinario. Madres, esposas, novias…nada que alterase de manera significativa el ritmo de vida de la unidad. De entre toda la correspondencia, solo el estadillo del escalafón era capaz de movilizar los ánimos y despertar los comentarios entre los suboficiales y los oficiales.

La primera vez que el Cabo Furriel Merino lo llevó al cuarto de banderas, las reacciones que observó fueron llamativas. El Capitán y el Teniente únicamente miraban a los que estaban por delante de ellos, y comentaban, con diversos tonos de humor, las bajas que se habían producido. “Hombre mira, si ha fallecido Ortega, que coincidí con él en Córdoba, o si ha pedido la licencia Fernández, con el que tuve una enganchada en Barcelona, era un mal tipo, bebedor y mujeriego, un garbanzo negro, lo siento por el lugar donde caiga, leches, si Aguirre ya ha ascendido a comandante, pues si todavía no le tocaba, este está muy bien relacionado, como su padre es un gerifalte de la industria siderúrgica, y encima sin poner un pie fuera de la península, que a mí no es que me importe, pero hombre un poco de disimulo. Ya me lo dice mi mujer: más vale saber estar en los salones adecuados que en un fuerte perdido en las profundidades del desierto. Y ya voy viendo que tiene razón. Fíjate en Muñoz, el último de la promoción, pero se colocó de edecán en el lugar apropiado, y a correr hacia el ascenso a velocidad desbocada. Hombre, le contestó el Teniente, mi padre siempre dice, en estos casos, que más fuerte será la caída. Es posible, respondió el Capitán, pero claro, caerse desde el trampolín de comandante, o incluso de más arriba, siempre parece que es caerse mejor, más cómodo, más mullido. Aunque quizás, solo quizás, también tenga razón el Coronel Suárez, que sabe que le llegará antes el retiro que los galones de general, y aún así sigue manteniendo que no cambia esta vida austera, aunque auténtica, por esos salones atestados de uniformes de gala y perfume y humo de cigarro y señoras de pelo cardado y tiros largos, y de conversaciones aburridas y falsas, y de miradas que acuchillan y de envidias, y de rencores y de cuentas pendientes, y de espera paciente al siguiente cambio de gobierno, por ver si giran las tornas y podemos pasar facturas y cuentas pendientes, mirando por encima del hombro al caído, aunque no muy por encima, no vaya a ser que en la próxima crisis sean los ahora encumbrados los que caigan, y no les quede más remedio que un destino alejado, en el corazón del Sahara, por ejemplo. Y es que para aguantar aquí hay que entender este lugar: ver sus amaneceres y sus atardeceres, sus días y sus noches, sus silencios y sus cielos estrellados, dormir sobre las dunas, mirar el horizonte infinito y saber no perderse en él de manera irremediable, entender a los que aquí viven, y compartir con ellos el presente y el futuro. Tú también habrás escuchado lo mal que lo pasó el Coronel Suárez la última vez que lo llamaron del Estado Mayor, y se tuvo que enfundar el traje de paseo, y zapatos en lugar de las botas reglamentarias. Incluso creo que el General le llamó la atención, por su desaliño. Es culpa del desierto, mi General, dice que le contestó. La arena, que carcome cuerpos y telas. Parece que al ir a saludar, a punto estuvo de caer al suelo, por lo encerado y brillante que estaba, impoluto, casi cegadoras las baldosas en las que se reflejaba el sol. Disculpe usted, mi General, es que ya uno a lo que está hecho es a caminar por la arena del desierto, y a subir y bajar dunas, y claro….le entiendo mi Coronel, respondió el General, veo que está usted muy a gusto en su destino, pues nada nada, mientras así sea, a seguir allí, ya le avisaremos cuando sea menester. Dice el Coronel Suárez que él, a estas alturas, ya ni mira el escalafón, por no darse un susto innecesario, por no llevarse un sobresalto. Le encarga su revisión al Sargento, y según le ve la cara mientras revisa, él ya se va haciendo una idea de por dónde van los tiros. Ha muerto Valiente, mi Coronel. Vaya, Dios le tenga en su gloria. Y Gutiérrez ha pasado a la reserva. ¿Cuántos tengo por delante? Pues doce mi Coronel. Bueno, yo creo que no llego, pero vaya usted a saber, que dicen que hay crisis de gobierno. De esos doce ¿cuántos son liberales y cuántos conservadores? Mitad y mitad, responde el Sargento. Todavía me fastidian, contesta enfurruñado el Coronel. ¿Usted me imagina en el Estado Mayor, planificando y pintando estrategias en un mapa? El Sargento no responde, por lo que prosigue el Coronel: pues no, qué puñetas. ¿Y qué voy a hacer con “Meteoro”, meterle en una cuadra de dos por dos y dar vueltas en una pista de tierra endurecida? No le puedo hacer eso a “Meteoro”, ni mucho menos. Llame al Cabo Furriel Merino, Sargento, que le voy a dar una orden. A sus órdenes mi Coronel. Mire Merino, desde hoy queda prohibido en esta unidad que se reparta o se lea el estadillo del escalafón. Cuando llegue, informa a sus superiores de lo que haya, y cuando llegue a la hoja de ascensos a general, directamente la arranca y la quema. Sin excusas ni contemplaciones. A sus órdenes mi Coronel. Desde ese día, cuando informaban al Coronel Suárez que había llegado el estadillo del escalafón, ensillaba a “Meteoro” y se marchaba al galope, y se perdía entre las arenas del desierto. Y no volvía en varios días. Cabo Furriel Merino, ¿está cumplida mi orden? Si, mi Coronel. Y entonces entraba en la unidad, descabalgaba, y se ponía de buen humor. Así hasta una tarde en la que, a la vuelta de cinco días de ausencia, repitió la misma pregunta. Cuando vio la cara del Cabo Furriel Merino, le ordenó que no contestara. Ordenó a “Meteoro” dar media vuelta, y se alejó a galope tendido de la unidad. El Capitán salió en su busca. Al tercer día, el jefe de una caravana informó que había visto al Coronel, y que sabía donde se escondía. Pero no voy a informar de su paradero, añadió. El desierto prohíbe informar a los extraños del paradero de sus hijos. Aunque nunca más supimos del Coronel Suárez, cada vez que salía la patrulla a hacer la ronda, se le veía sobre la línea del horizonte, a lomos de “Meteoro”, rompiendo en dos el sol abrasador, con una sonrisa en su cara, mientras el toque de atención de la corneta rompía el silencio abrasador del paisaje“.

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