LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 80. MORDEDURA MORTAL

Me gusta revisar expedientes antiguos. Fallecidos en tiempos pretéritos que nos indican, de manera clara, de dónde venimos y el porqué de tantas circunstancias actuales. Extraigo del archivador el correspondiente al nicho número uno. Aniceto Anclares, “Vulcano”, es su protagonista. Vinieron los restos trasladados desde el cementerio viejo, cuando la ampliación de la ciudad demandó ejecutar el cambio.

Según recoge la tradición oral, nadie sabe por qué a Aniceto Anclares le pusieron el sobrenombre de “Vulcano”. Dicen que fue un invento del secretario municipal de la época, si bien no es algo que haya podido ser debidamente contrastado. Sí se sabe que desde muy corta edad, nuestro protagonista acudía al campo con su padre, y que llegó a ser el mejor conocedor del mismo de su época.

A medida que fue creciendo, fue “Vulcano” juntando un pequeño patrimonio, que no se atrevió a compartir con nadie, pues al parecer era a partes iguales desconfiado y roñoso. Esos atributos le llevaron a alejarse cada día más del contacto con el género humano, y acercarse al de los animales, tanto domésticos como salvajes, y las plantas. Siempre mantuvo varios cerdos, otras tantas cabras, media docena de gallinas, una pequeña cantidad de conejos y un palomo ladrón, que le procuró unos cuantos disgustos.

Vulcano” soltaba el palomo ladrón por las mañanas. Cuando este volvía al palomar, llevando detrás alguna paloma, rápidamente era esta sacrificada, desplumada, cocinada y engullida por Aniceto, de manera que no quedasen pruebas del asunto. Cuando la autoridad llegaba a comprobar la veracidad de la denuncia, nada podía hacer al respecto.

A más de mantener a sus animales, “Vulcano” recorría los campos y los montes circundantes de la ciudad, siempre en soledad, pues nunca quiso compartir con nadie los lugares en los que se encontraban los frutos y verduras silvestres, a más de las hierbas medicinales, que posteriormente vendía a buen precio a los vecinos. Su fama trascendió a nuestra ciudad, y recibía encargos de otros lugares, incluso de Salamanca y Valladolid, y hasta de algún afamado restaurante de Madrid, que le pagaba su precio en oro las trufas negras que sabía encontrar en las zonas de dehesa. En esta labor le acompañaba siempre su fiel can “Mordisco”. Cuando este murió de viejo, a “Vulcano” le dio una depresión de tal magnitud, que hubo de ser internado en una casa de reposo de El Escorial. Cerca de un año le costó superar el disgusto. Se hizo después con “Azulejos”, pero según propia confesión, imposible establecer una comparación entre ambos.

En cuanto a los animales silvestres, tampoco soltaba prenda. Conocía todos los nidos, madrigueras, rutas de tránsito y escape de todas las especies que habitaban aquellos parajes. Más de una trifulca mantuvo con los guardias forestales, pues “Vulcano” iba a su aire, sin respetar lo que la ley marcaba en cuanto a vedas y otros menesteres, mayormente, y así lo mantuvo ante el Juez Cardona en las ocasiones en que fue denunciado, debido a que esas ordenanzas no emanaban de un respeto a la naturaleza ni a los animales, sino a los intereses concretos y muy particulares de unos pocos.

Una buena mañana, salió “Vulcano” de su vivienda con la intención de recolectar un buen manojo de espárragos trigueros, con el que ganar el jornal del día. Dejó apañados a sus animales, y partió hacia el Monte Orejudo, en concreto a la zona conocida como de las fuentes frescas, pues había una sucesión de ellas a lo largo de un angosto sendero que conducía a la lancha conocida como la Orejuda, por su forma y un profundo agujero en su centro.

Llevaba ya recolectados un buen número de frutos, cuando llegó a las inmediaciones de una de las fuentes al final del camino. Era este tramo muy angosto y lleno de vegetación, por lo que eran muy pocos los transeúntes del mismo, que preferían llegar a la Orejuda por un camino alternativo, algo más largo pero de muy inferior dificultad.

Al pie de la fuente, ocultos tras unos elevados juncos, divisó “Vulcano”, un gran grupo de espárragos, dispuestos para ser cortados por su mano. Hacia allí la dirigió el buen hombre. De repente, sin saber cómo ni de dónde ni de qué manera, sintió un calambrazo dolorosísimo en su brazo derecho, al punto de quedar paralizado. Se agarró el brazo acalambrado con la mano derecha, a la altura de la muñeca, pero el dolor no disminuía.

De repente, la vio, y fue consciente de lo que acababa de ocurrir. En dirección contraria a su posición, una víbora zigzageaba a toda velocidad, huyendo de la posible represalia. “Azulejos” la persiguió un pequeño tramo, ladrando y dando saltos, pero sin atreverse a hacer frente al reptil, que se escabulló entre la hojarasca que inundaba aquel paisaje.

Con el sudor frío ya inundando su frente, agarró “Vulcano” con fuerza su pañuelo, y se hizo un torniquete por encima de la mordedura. Chupo la misma, absorbiendo todo lo que pudo, y escupiendo a continuación todo lo que había llegado a su boca. De manera inmediata, intuitiva, dejando atrás todo cuanto llevaba, se dirigió hacia la ciudad, al paso más rápido de que era capaz.

Por momentos, veía que un malestar general le invadía, notaba las sienes rebotando en su cabeza, sudor, mucho sudor por todo su cuerpo, la frente, la espalda, las axilas, mientras un sopor le iba invadiendo, haciendo que su marcha fuera cada vez más lenta. Llegó un momento en que no podía caminar más. Entonces “Azulejos”, como intuyendo cual era su misión, salió despavorido, a velocísima carrera, hacia la entrada de la ciudad. Cuando observó al primer vecino, ladró de manera desmesurada, incontenible, como no se había oído jamás ladrar a ningún otro perro en el mundo.

El vecino que lo observó, y que conoció al can, dio entonces la voz de alarma.

-Es el perro de “Vulcano”. Algo le ha pasado.

Un grupo de hombres salió entonces tras el can, que los condujo al lugar en el que se había desplomado el herido. Al ver la mordedura, todos se hicieron a la idea de que era de víbora, pues era la única serpiente venenosa que se conocía por estos pagos.

Cogido en volandas, con gran esfuerzo de todos, fue llevado hasta la primera casa de la ciudad. Desde allí se avisó al médico. Pasó un buen rato hasta que llegó el galeno, que poco más pudo hacer que certificar la gravedad de la mordedura. Como primera medida, se avisó al Cuartel de Artillería, por si en su enfermería pudieran tener alguna vacuna que sirviera de antídoto. No la había. Se movilizó entonces la ambulancia militar, para trasladar a “Vulcano” hasta Salamanca.

El mordido iba empeorando a medida que pasaban los minutos. Cuando llegó al Hospital de la Santísima Trinidad, su vida corría ya serio peligro. Se le administró el antiveneno, pero ya nada se pudo hacer por su vida. A pesar de su fortaleza, que era mucha, “Vulcano” falleció cuarenta y ocho horas después.

Al conocerse la noticia, el pánico invadió la ciudad toda. Los vecinos, atemorizados, se reunían en comanditas, y elaboraban planes para erradicar a las víboras del entorno. En el momento más álgido del miedo colectivo, una manifestación se dirigió hasta el Ayuntamiento, exigiendo soluciones inmediatas.

El Alcalde, desde el balcón, trató de contener las protestas. Cuando llevaba hablando unos pocos minutos, una piedra atravesó el espacio, y fue a estrellarse contra el cristal del balcón, a escasos centímetros de la cabeza del regidor. Este, asustado, se introdujo en el edificio, que fue tomado al asalto por los manifestantes, sin que la guardia municipal de servicio pudiese contener a los enfurecidos.

Una vez dentro del edificio, llegó el saqueo y los destrozos. Alguien prendió fuego a unas cortinas. Las llamas se propagaron a la velocidad del rayo por todas partes. El caos fue absoluto. El cuerpo de bomberos, recién constituido en aquellas fechas, hacía lo que podía, que no era mucho. De nuevo hubo que recurrir a los militares, que tampoco es que gozarán de medios extraordinarios. Entre unos y otros, más lo voluntarios que se habían sumado, se logró sofocar el fuego sin que se vieran afectados los edificios colindantes.

El Alcalde, don Ataúlfo Regulez, sufrió quemaduras importantes en sus extremidades, por las que hubo de ser trasladado a Madrid, ciudad en la que permaneció varios meses, hasta su recuperación, si bien las cicatrices ya no le abandonarían jamás.

El Ministro de la Gobernación, tuvo a bien desplazar a la ciudad al Comisario Giner, para que investigase los hechos, e intentara detener a los culpables. Se encontró con la absoluta cerrazón absoluta de los vecinos. Ninguno había visto ni oído ni sabía nada de nada de lo ocurrido. Alguno llegó a declarar que desconocía que hubiera habido un incendio el día de autos, y que se enteró del mismo al leer al día siguiente “El Ciudadano Cabal”.

Como el malestar seguía latente, y los vecinos habían organizado partidas que subían al monte y trataban por su cuenta de ahuyentar a las víboras, con métodos que iban desde lo pintoresco hasta lo grotesco o salvaje, se vio en la necesidad de intervenir el Gobernador Civil, que hizo público un bando comunicando las multas y penas que sufrirían aquellos que no obedecieran las ordenanzas sobre el asunto. A la vez, llegaron a la ciudad tres veterinarios, así como una Compañía de la Guardia Civil, que patrullaría los alrededores de la ciudad.

Se organizaron diversas batidas, coordinadas por los veterinarios, de los que se reían sin disimulo los lugareños. Al cabo de unos días, cundió la alarma. Al parecer, una culebra de considerables proporciones había sido vista en la Calleja del Arroyo. La habían logrado arrinconar en una conducción de agua. Acudieron los paisanos, y los veterinarios, y la policía municipal.

Cuando llegaron, ya varias mujeres se habían hecho cargo del asunto. Habían taponado una de las salidas del desagüe con trapos, papeles y plantas silvestres, dejando un hueco para introducir una antorcha humeante por el mismo. Por el otro lado, ningún impedimento. Se trataba de que cuando el reptil saliese huyendo del humo, abatirlo a pedradas y garrotazos.

El veterinario pretendió capturar al animal, en lugar de matarlo, y casi le matan a él. Le cayeron encima varios de los presentes con las peores intenciones, al punto de que los guardias hubieron de intervenir, alejando al veterinario del lugar de las operaciones.

Emergió el reptil. Lluvia de piedras. Muerte casi instantánea. Celebración del trofeo, que habría que entregar a los guardas forestales, y cobrar lo estipulado al caso. Unos decían que era un duro la recompensa, otros que dos. Intervino entonces el Alguacil, que exigió la entrega de la culebra, para su debida identificación. Hubo protestas, gritos, alguna carrera, varios golpes. De nuevo los guardias tuvieron que emplearse a fondo. Cuando el Alguacil se hizo con los restos del bicho, se lo mostró al veterinario, que certificó que era una “culebra de escalera”, nada que ver con la víbora que había mordido a “Vulcano”.

El hallazgo intranquilizó aún más a la población. Empezó a correr el rumor de que una plaga de reptiles había invadido la ciudad y sus alrededores. Nadie, ni animales domésticos ni personas, estaban a salvo. Hombres y mujeres miraban y remiraban por todas partes antes de acometer una tarea, no fuera a darse el caso de que una culebra o algo peor estuvieran agazapados, a la espera de hincar el diente e inocular su veneno mortal al primer incauto.

De manera espontánea, la ciudadanía intranquila se concentró en la Plaza, frente al Ayuntamiento, tras la misa de doce, en la que el Sr. Obispo había rogado a Dios para que pusiera fin a la presencia de los ofidios en la ciudad y sus alrededores. Lo que comenzó siendo un intercambio de opiniones entre los concentrados derivó en una protesta masiva, con peticiones de dimisión de las autoridades civiles.

De repente, de entre la multitud emergió Diego Raudales, “Goterones”, que a voz en grito proclamaba la necesidad de subir al monte y arrasar, con hoces y guadañas, con toda la flora existente, y en los lugares a los que no se pudiera llegar, arrimar las llamas purificadoras. Encontró eco entre la muchedumbre enfervorizada. En compacto grupo, salieron de la ciudad, armados con las primera herramienta que encontraron a mano. El que no tuvo mejor aliado, con una garrota o una estaca, algunos incluso con una vara.

Vociferaban, a la vez que iban rompiendo cuanto encontraban a su paso. Las mujeres cerraron a cal y canto sus casas, para evitar los destrozos. La furia incontenible caminaba con paso firme hacia el monte. El Gobernador Civil, viendo que la fuerzas policiales eran insuficientes para contener la ira, ordenó al Gobernador Militar que enviase las tropas del Cuartel de Artillería a hacer frente a la revuelta.

Salieron a la carrera los soldados, al mando del Capitán Hermosilla. Ocuparon estos sus posiciones, un kilómetro por delante de la marcha. Cuando esta llegó a cien metros de los militares, en perfecta formación, se detuvo en seco. Se hizo el silencio. Todos miraron a “Goterones”. Este, tras unos instantes de desconcierto, alzó su brazo derecho, y al grito de “seguidme”, reanudó la marcha. Le siguieron unos cuantos, si bien el grueso de los participantes se quedaron clavados en su sitio, sin dar un solo paso. Cuando los que sí habían comenzado a avanzar vieron que se desvanecía la columna, aflojaron igualmente el paso. Recorridos cincuenta metro, únicamente un reducido grupo de apenas diez personas seguía a “Goterones”.

Entonces, el Capitán Hermosilla dio un paso al frente, y ordenó detenerse a los manifestantes. Todos lo hicieron de manera inmediata.

-Caballeros, gritó el Capitán Hermosilla, den media vuelta y tengamos la fiesta en paz.

“Goterones” bajó los brazos, pareció por un momento que se había rendido. De repente, de manera inesperada, blandió su hoz y emprendió una veloz carrera hacia la línea de los primeros soldados, que esperaban con el fusil en ristre y la bayoneta calada. El Capitán Hermosilla disparó entonces al aire. Como “Goterones” no se detenía, cogió el mosquetón de uno de los soldados, y cuando ya llegaba a su altura, con el mismo agarrado por la bocacha, le lanzó un culatazo que acertó de pleno en su brazo derecho. La hoz salió despedida. “Goterones” cayó al suelo de bruces. Varios soldados saltaron sobre él, reduciéndole al instante.

Al día siguiente, el detenido fue presentado ante el Juez, que le condenó a treinta días de reclusión en el penal provincial. Tras la condena, nadie volvió a mencionar, al menos en público, nada de serpientes, culebras o reptiles de cualquier tipo. Las víboras, aunque se siguen dejando ver huyendo de los humanos de vez en cuando, no han vuelto a morder a ningún vecino. Por si eso ocurriera, la “Clínica del Dr. Benavides”, inexistente en aquellos años, está provista del antídoto correspondiente. Las riberas de las “fuentes frescas” del Monte Orejudo, son limpiadas con regularidad, aunque ya hace muchos años que la gente ha dejado de beber en ellas, influidos por el agua potable e incluso la embotellada tan de moda en los últimos años.

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