LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 79. UN MATRIMONIO REPIPI

Luis y Adela se conocían desde su más tierna infancia. Con tan solo tres años, coincidieron en las clases de doña Paulina, la maestra de varias generaciones de infantes de la ciudad, que daba clases en una de las habitaciones de su casa, todos los estudiantes mezclados, con el olor de la olla llegando con asiduidad al aula, y su madre trajinando con las obligaciones domésticas.

Luego ya, llegado el momento del examen de ingreso al bachillerato, los pudientes acudían a la Academia de don Críspulo de los Venancios. El resto, que eran la mayoría, con sus cuatro reglas a cuestas, abandonaban los estudios, y entraban de lleno en el mundo del trabajo.

Nuestros protagonistas formaron parte del primer grupo. Aprobaron sin dificultad el examen de ingreso al bachillerato, y pasaron a las aulas del Instituto don Pelayo. Ya entonces eran reconocidos como dos jovencitos estirados y redichos, aficionados a las metáforas y los circunloquios, a más de distantes de todos aquellos que no se ajustaban a lo que ellos consideraban las normas del buen gusto y la exquisita educación.

El padre de Luis era don Alejando de las Cuevas, natural de Bilbao, capitán de la marina mercante, y que cansado de navegar mares y océanos, decidió una buena mañana coger los ahorros de toda la vida, e instalarse en nuestra ciudad. Fundó una fábrica destinada al secado del bacalao, que luego vendía por toda Castilla. La madre, doña Luisa Axpe, era una excepcional administradora, que sabía sacar rendimiento hasta la última peseta que ingresaba el secadero.

Por su parte, la señorita Adela hundía sus orígenes en la provincia de Albacete. Su padre era el funcionario encargado del catastro, y fiel seguidor de los principios de don Claudio Moyano. Su madre, era mujer de exquisita pulcritud, y gran aficionada a las revistas de moda y novedades. Siempre llevaba a Adela de “punta en blanco”, llamando la atención y hasta la admiración de todos cuantos se cruzaban con ella.

Bajo esas premisas fueron creciendo ambos jóvenes, que dieron muestras de entendimiento y colaboración. Así, organizaban fiestas y otras actividades, colaboraban con la “Asociación de Damas Distinguidas”, o con las actividades al aire libre de la Academia de don Críspulo. Llegado el momento, ambos hubieron de separar sus destinos, si bien este hecho no supuso que se enfriasen sus sentimientos.

Mientras Luis marchaba a Salamanca, a estudiar economía en su universidad, Adela se decantaba por los estudios de la Escuela de Comercio de Bilbao. Les fue bien a ambos, pues los dos eran constantes y trabajadores. Tras concluir su formación, se produjo el reencuentro. Mientras el futuro de Luis estaba claro, como sucesor de su padre en el secadero de bacalao, Adela encontró acomodo como administradora de las empresas de don Fulgencio Riba de Sella y Marín de los Pozos (cuya vida y andanzas narramos en el capítulo quince de esta serie). Su mano firme se advirtió desde el primer momento. Los beneficios subieron como la espuma, eso sí, a base de aplicar a rajatabla criterios de eficiencia económica y financiera que condujeron, entre otras cuestiones, a una reestructuración de personal que nos puso ante la primera huelga habida en la historia de nuestra ciudad.

De nada sirvió la intervención del Reverendo Fray Bernardo Barriosanto, párroco de la Iglesia de la Redención (ver capítulo 19), en favor de los damnificados. El buen fraile, en un gesto heroico, se puso al frente de la manifestación de protesta que se celebró un domingo, delante de la Basílica, a la salida de la misa de doce, pensando que su presencia pondría de su parte a los asistentes a la misma.

Los fieles que abandonaban el templo, viendo las protestas, y las caras de pocos amigos de los manifestantes, recularon en su caminar, y volvieron a penetrar, de manera atropellada, en la iglesia, arrasando en su carrera cuanto encontraron a su paso. El Sr. Obispo, viendo los acontecimientos, acudió a la salida, con la esperanza de poder poner paz. Cuando llegaba al primero de los escalones, con los brazos extendidos y suplicando que parara aquello, recibió una pedrada en la frente que lo envió al suelo, quedando sin conocimiento. El Padre Muelas le arrastró hasta el interior de las dependencias, donde los fieles refugiados le procuraron los primeros auxilios.

El Gobernador Civil, que observaba el discurrir de los acontecimientos desde el balcón de su despacho, ordenó intervenir a la fuerza pública. Duró la refriega veinte minutos. La ambulancia de la “Clínica del Dr. Benavides” hizo acto de presencia, así como el hospital militar de campaña del Cuartel de Artillería, en el que se atendió a los heridos. Pasadas cuarenta y ocho horas, fueron llamados a declarar al Juzgado los damnificados, así como Fray Bernardo, que con entereza ejemplar asumió toda la responsabilidad de lo sucedido.

El Gobernador Civil, por su parte, viendo la reacción ciudadana, a más del interés del Ministro de la Gobernación y la prensa de Madrid por lo ocurrido, publicó un bando en “El Ciudadano Cabal”, comprometiéndose a buscar alternativas de empleo para los ocho afectados por el despido, y rogando a tirios y troyanos tranquilidad.

El descrédito que acumuló la Srta. Adela en una parte de la población, fue crédito en la contraria. El “Círculo Mercantil”, quiso contar con ella entre sus filas, comprometiéndose a dar una charla semanal, los martes a las veinte horas, en el Salón Azul de “El Rincón de Camagüey”.

Ese hecho resultó el punto de inflexión. Si ya la pareja era presumida en sus vestidos, maneras y lenguaje, y lo paseaban por las calles de la ciudad con petulancia, el reconocimiento al que se vio sometida la dama fue definitivo. Sabían que recibían críticas por lo anterior, pero ellos lo achacaban a su paso por Salamanca y Bilbao, ciudades elegantes y modernas, cautivadoras en su estilo y forma de vida.

Si bien Luis intentaba seguir a Adela, era esta la que, dotada de su natural simpatía y don de gentes, arrastraba a la sociedad distinguida a sus actos sociales, en cuya preparación se mostraba incansable. Por primera vez en mucho tiempo, volvió el teatro a la ciudad, y por primera vez en nuestra historia pudimos acudir a una representación de opera, en concreto “La Traviata”, de Giussepe Verdi.

Llegado el día de la boda, la misma fue espectacular. Nada les parecía suficiente, ni la finca “La Conejera”, ni el “Hotel Imperial”, ni el Salón Azul de “El Rincón de Camagüey”. Llegaron a barajar la posibilidad de celebrar el ágape y fiesta posterior en la “Torre de don Julián”, pero no hubo manera de localizar a su propietaria, doña Jozabel Miravalles Fontcuberta, y mira que lo intentó el abogado Billegas.

Con esas indagaciones estaban cuando llegó a la ciudad don Josep Font, representante de artículos textiles de Barcelona, que visitaba trimestralmente tanto “Las Tres Pes”, como “Modas de París”. Doña Encarnación Puentesclaros, propietaria de este último establecimiento, le puso al día de las dificultades de la Srta. Adela. Rápidamente, como excelente hombre de negocios que era, ofreció don Josep los servicios de la “Compañía Barcelonesa de Eventos Sociales”, que dirigía su entrañable amigo Paco Coll, y que preparaba con asiduidad importantes banquetes y otros actos sociales en la capital catalana.

A la Srta. Adela la idea le pareció espectacular, definitiva. Jamás nadie antes en la ciudad había contado con el respaldo y saber hacer de una empresa especializada en la organización de bodas. Se puso manos a la obra. Se desplazó hasta nuestra ciudad el Jefe de Operaciones de la compañía, que estudió la finca “La Conejera”, sus posibilidades, el número de invitados, los gustos gastronómicos, y a partir de ahí elaboró un plan, y un presupuesto, que hizo palidecer a los contrayentes, y a sus padres. Le dio igual a Adela. Estaba dispuesta a tirar la casa por la ventana, a sacrificar lo que hiciera falta para que su enlace matrimonial perdurase en la memoria colectiva de la ciudad por los tiempos de los tiempos.

Cuando, siete días antes de la fecha señalada, empezaron a llegar camiones cargados de toldos, mesas, sillas, manteles, cristalerías, cuberterías…la expectación fue máxima. El grupo de los ociosos desplazó esos días su observatorio desde la plaza hasta la entrada de “La Conejera”, mientras “El Ciudadano Cabal” ofrecía información en pequeñas píldoras. La confección del traje de la Srta. Adela corrió a cargo de la propietaria de “Las Tres Pes”, doña Paloma Pascual Perdiguero, eso sí, contando en todo momento con el asesoramiento de la Condesa de los Altos, natural de Salamanca pero residente en la Corte, que era considerada una de las damas más elegantes y “chic” de la nobleza europea.

Para compensar, los caballeros encargaron sus chaqués en “Modas de París”, que los trajo de Barcelona de la mano de don Josep Font, que por un momento, y vistas las necesidades de nuestra ciudad, estuvo tentado de instalarse definitivamente en ella, como proveedor de servicios.

La lista de invitados fue otro de los asuntos que llenó más conversaciones. La expectación por saber quién estaba invitado y quién no llegó a precisar la intervención de ansiolíticos. Por gastar una broma, “Berlinches”, el capataz de “La Conejera”, le comentó a su amigo Felisín, empleado del servicio postal, que enviase un primer lote de invitaciones, y retratase el envío de un segundo grupo unos días, por ver el efecto que producía. Así lo hizo el mozo. Durante varias jornadas, hubo quien no se atrevió a salir de casa, a la espera del cartero.

-¿Estás seguro, Felisín, que no tienes nada para mí?

-Segurísimo, Sr. Alcalde. Nada de nada.

Los rumores empezaron a correr, y llegaron a la Srta. Adela, que sufrió un desvanecimiento al enterarse de que la mitad de invitaciones no habían llegado a destino. Cuando la ambulancia de la “Clínica del Dr. Benavides”, atravesó a toda velocidad la Calle Mayor, con las sirenas a todo volumen y las señales luminosas desplegadas, el silencio inundó la Plaza por un momento. ¿Qué habrá ocurrido?

-Dicen que a la Srta. Adela le ha dado un patatús. Que no han llegado la mitad de las invitaciones.

El padre de la Srta. Adela, don Trinitario, se personó en la oficina postal, exigiendo ser recibido por el director, don Genaro de la Olivilla.

-No puedo entender lo ocurrido, don Trinitario. Ahora mismo, y personalmente, voy a revisar todo el procedimiento.

No hizo falta mucho. En una de las cajas de la sala de reparto, aparecieron las invitaciones. Felisín fue inmediatamente reclamado.

-Esto es intolerable, Félix. Me veo en la obligación de abrir un expediente sancionador.

-Se lo ruego, don Genaro, hoy mismo, una por una y en propia mano, entrego todas las invitaciones. Ha sido un descuido imperdonable. Pasaré por la Clínica a pedir excusas a la Srta. Adela.

Se libró Felisín del expediente por los pelos. Con el tiempo, se le escaparía al cartero la realidad del asunto, una fría tarde de invierno, y tras unas cuantas copas de solysombra ingeridas en “La Perla Negra”, aunque esa cuestión la contaremos con más detalle en otro capítulo.

Como la Srta. Adela quiso hacer partícipe de su dicha a toda la población, y repitiendo lo ya ocurrido en otros festejos de gente principal, encargó a “El Rincón de Camagüey”, el “Hotel Imperial”, y “La Perla Negra”, que preparasen limonada y galletas para distribución entre su clientela.

El Ciudadano Cabal”, fue autorizado a realizar un reportaje fotográfico del acontecimiento, tanto en el interior de la Basílica, como después en el ágape en “La Conejera”. Incluso, la Srta. Adela utilizó toda su influencia ante don Anacleto Balín para que el enlace y una fotografía fueran incluidos en los ecos de sociedad de alguna revista ilustrada de Madrid.

Todo estaba preparado. Decenas de profesionales de todo tipo se afanaban en que no faltase detalle a absolutamente nada. Llegaron las limonadas y las galletas, se prepararon viandas nada habituales por estas tierras, como mariscos y pescados distintos al bacalao, la sardina y la merluza, las carnicerías y panaderías tuvieron que trabajar a destajo, las tiendas de moda pidieron prestados dependientes y sastres a colegas de Salamanca y Valladolid, y aprovechando el viaje y viendo el cariz del gasto, don Josep Font introdujo para la sobremesa cava a discreción, de una bodega de un buen amigo que le ofreció generosa comisión…en fin, el dispendio fue espectacular, grandioso, de otros tiempos. Nadie se explicaba de dónde había salido el dinero para pagar todo aquello. Sí lo sabía don Alejandro de las Cuevas, y su señora esposa, que dieron todo por bien empleado por la felicidad de su hijo Luis.

El día anterior al evento, se llevó a cabo un ensayo general. Todo estaba en orden. Jamás la Basílica había reunido tal cantidad de flores en su interior. Los invitados iban llegando. Al ser insuficientes las plazas hoteleras, se habilitó el antiguo “Palacio Juradó”, que costó lo suyo, en dinero y esfuerzo de muchos profesionales, pues llevaba años cerrado a cal y canto.

Ya avanzada la tarde de la víspera, apareció por la Plaza Genuflexo Paredes, el pastor, que había bajado al pueblo a entregar la leche de sus cabras como hacía habitualmente. Al ver el alboroto, se dirigió a doña Mercedes,

-¿Qué ocurre doña Mercedes? ¿Hay boda, o funeral?

-No seas cenizo, Genuflexo. Se casan la Srta. Adela y Luis, el del secadero de bacalao.

-Pues para mañana amenaza lluvia. Aquí abajo no se advierte, pero en el monte huele a humedad que apesta.

-Y dale, que no seas cenizo hombre, con lo que se ha trabajado en el acontecimiento.

La madrugada del día señalado en todos lo calendarios de la ciudad, serían ya las cinco y media, los primeros relámpagos comenzaron a rasgar el cielo, a lo lejos, como por el noroeste. Un rato después, ya se empezaron a escuchar los primeros truenos. Empezaba la gente a desperezarse, serían las siete y media, cuando un trueno enorme, desproporcionado, gigantesco, despertó a la ciudad entera. Todos se acercaron corriendo a las ventanas de sus casas, y observaron el gris oscuro que se mezclaba con la noche que declinaba su presencia. De repente, comenzó a llover. Nada de llovizna, goterones como puños, que resonaban en los cristales hasta parecer que los iba a hacer añicos. Al dar los mismos en el suelo, explotaban, reventaban. Se formó por todas las calles una corriente de agua que las hacía intransitables. Desde las zonas altas de la ciudad caían al centro auténticas riadas. El río amenazaba desborde, por lo que todos los habitantes de sus riberas hubieron de poner pies en polvorosa. La carpa montada con tanto detalle en “La Conejera”, fue arrastrada por la corriente, causando un destrozo sin precedentes en la finca.

Cuando la Srta. Adela vio lo que estaba ocurriendo, sufrió un síncope. No podía respirar, se puso blanca como la cal, decía que se moría. Entre enormes dificultades, la ambulancia de la “Clínica del Dr. Benavides” llegó al domicilio de la joven, a la que administró los remedios correspondientes, que le permitieron volver en sí.

No cesaba de llover. Dieron las nueve y nada. Las diez, y todavía peor. A las once, la cortina de agua era de dimensiones de catástrofe bíblica. Nadie se atrevía a poner en antecedentes a la novia de la realidad de la situación. En la Basílica, el Sr. Obispo rezaba de manera fervorosísima para que se detuviera aquel diluvio. Y por fin lo hizo. Eran las once y cuarenta y cinco minutos. Faltaba un cuarto de hora para el comienzo señalado de la ceremonia religiosa.

Aprovechando el parón, los invitados y el novio salieron a toda prisa hacia la Basílica. Se avisó a la Srta. Adela para que se pusiera igualmente en camino. A las doce y media comenzaba el oficio. Concluyó esta sin sobresaltos. Se informó a los novios de que no era posible acudir a “La Conejera”, pues no existía ni carpa, ni mantelería, cubertería, cristalería, mesas, sillas…y las cocinas habían sufrido un daño irreparable en días. La cara de los contrayentes era un poema. Entonces emergió, gigante, la figura de don Torcuato Acevedo y Díez de la Ensenada, historiador oficial de la ciudad, que sugirió una celebración con carácter histórico: a base de limonada, galletas, y mucho baile en la Plaza, con todos los vecinos participando de la alegría de los novios. La orquesta de la boda esperaba acontecimientos, y según su director, a él lo mismo le daba tocar en un lugar que en otro.

La cara de estupefacción de la Srta. Adela era de ver. El Dr. Benavides temió por un nuevo arrebato, que no se produjo. Salieron los recién casados a la puerta de la Basílica, donde fueron jaleados por una multitud entusiasta. Cambiaron sus rostros de contrariedad. Bajaron las escaleras, y comenzó a sonar la música. Los presentes se unieron al baile. Todos bebieron limonada y comieron galletas. Sonaron valses y jotas, y vivan los novios y los padrinos. Don Josep Font rescató del naufragio varias cajas de cava, cuyo sabor desconocido causó excelente impresión entre quienes lo consumieron.

Al día siguiente, “El Ciudadano Cabal”, en la primera página, a cinco columnas, dio detalles de lo acontecido. Su director, don Anacleto Balín, se despachó con un editorial en el que alababa sin fin la genial idea de don Torcuato, y la buena disposición del nuevo matrimonio a revivir una boda tradicional, hecho que pasará, apuntó, y como así ha sido, a los acontecimientos inolvidables de nuestra querida ciudad.

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