LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 78. SIBO Y TRAS

Eran todavía tiempos en los que la matrona se desplazaba a los domicilios particulares, para atender los nacimientos. Fue avisada muy temprano doña Rosita, para que acudiera a casa de doña Augusta, pues su niño llamaba a la puerta del mundo. Estaba bien atareada la matrona, cuando se produjo una segunda llamada. Afortunadamente, pensó, es en esta misma calle.

-Dile a doña Lucía que en cuanto acabe con doña Augusta voy para su casa. Que vayan preparando todo lo necesario.

Unos minutos después, el primer parto del día concluía con rotundo éxito. Un niño que pesaba algo más de tres kilos quedaba en el regazo de su madre. Con el tiempo, todos en la ciudad le conoceríamos como “Sibo”, sin que hasta el día de hoy nadie haya sido capaz de explicar el origen del citado sobrenombre.

Si “Sibo” había venido al mundo en el número uno de la Calle del Almirante de Castilla, en el tres lo haría, apenas dos horas después, “Tras”. Era otro varón, también de excelente color y con otros tres kilos de peso. Y, como en el caso anterior, nadie en toda la ciudad jamás supo quién y por qué le puso ese apodo.

El caso es que, como vecinos que eran, compartieron calle y juegos desde pequeños. Llegado el momento, coincidieron en la escuela, lugar en el que la fama de ambos, y no sin razón, iría poco a poco tornando a rebelde, difícil, mala…eran niños díscolos, poco disciplinados, dados a trastear y a discutir, y a saltarse las reglas y las convenciones.

Sus padres eran informados de sus desmanes por los maestros, los vecinos, lo guardias…pero como no pasaban de ser chiquilladas quedaban en pequeños castigos, en charlas de sus padres, de esas que por un oído entraban y por el otro salían.

Una tarde de verano, de esas calurosas que en la vida de cualquier niño son casi eternas, el grupo de amigos de la escuela salió de caminata por los alrededores de la ciudad. Iban sin rumbo fijo, hablando de todo, cuando de repente, sin motivo aparente, surgió una disputa dialéctica entre Sibo y Tras. Los acompañantes, que conocían a ambos, pretendieron poner fin a la disputa, mas cuando vieron que la misma subía de tono, y conociendo el carácter de ambos, optaron por dar un paso atrás, y dejar que ocurriese lo que tuviera que ocurrir.

Y lo que pasó es que las palabras tornaron a insultos, y luego a empujones, y después a golpes. Pudo parecer, en un principio, que Sibo llevaba la ventaja, pero cuando Tras se zafó del primer ataque, agarró este una piedra de considerable tamaño, y la lanzó sin reparo alguno hacia Sibo, que había optado por retirarse unos pasos. Impactó de manera clara en el cuello de este, que quedó medio conmocionado. Se llevó las manos al lugar del impacto, a la vez que exhalaba un grito de dolor, y hasta cierto punto. Intentó reeditar entonces el primer ataque, pero el moratón que de manera inmediata le ocupaba esa parte del cuello, y que despertó el susto en el resto de muchachos y muchachas que lo observaban, logró que la pelea quedase inmediatamente detenida.

Alguien entonces propuso volver a la ciudad, y preguntar si el moratón era merecedor de atención por parte del médico. Así se hizo, y la vuelta comenzó de inmediato. Caminaban en silencio. Tras, con la cara enrojecida como consecuencia de los golpes recibidos. Sibo, con un moratón considerable en su cuello, al que no dejaba de llevarse las manos.

Tras unos minutos de caminata, fue Tras el que rompió el silencio.

Sibo, ¿se lo vas a decir a tu madre?

-Claro, me duele un montón, y a lo mejor tengo que ir al médico.

-¿Y tu madre es de callarse o se lo irá a contar a la mía?

-No creo que se lo cuente. Yo le diré que no lo haga.

-Vale, eso mismo le diré yo a la mía cuando me pregunte por la cara tan enrojecida que llevo.

Así ocurrió. Ni una ni otra progenitora optaron por recriminar nada a nadie que no fueran sus dos hijos. Ambos sufrieron el castigo correspondiente, que tampoco valió para que enderezaran unas formas de ser con la que habían nacido y que les acompanarían toda su vida.

Tras aquel incidente, una chiquillada, ambos continuaron con su amistad profunda, como si nada hubiera pasado, porque en realidad, nada había pasado. Ambos crecieron. Por momentos parecía que sus existencias se separaban, si bien siempre ocurría algo que las volvía a juntar.

Con el tiempo, la vida de ambos fue encontrando mayores dificultades. El mundo de los mayores no era el de los niños. Se marcharon de la ciudad, en busca de horizontes más amplios, que les permitiesen explorar y explotar todo el potencial que llevaban dentro.

La aventura, por muchas y variadas circunstancias, no salió todo lo bien que ellos hubieran querido. Pasados unos años, los dos volvieron a los orígenes, pero ya no eran los mismos. Su cuerpo, y también su alma, acusaban los golpes -algunos de ellos muy duros- recibidos.

Llegó el día en que Sibo dijo adiós a este mundo, todavía en edad joven. Fue conducido al Nicho 501. Tras acudió al velatorio, al sepelio, a la misa funeral…a pesar de que -aún nadie lo sabía- no se encontraba bien. Algo en su interior fallaba. Él trataba de disimular.

Apenas unos días después, sintió un desfallecimiento. Fue conducido, con urgencia, a la “Clínica del Dr. Benavides”. Los esfuerzos para intentar que su corazón volviera a latir fueron inútiles.

Pasó a ocupar el Nicho 502 del Cementerio Municipal. Esta mañana, la cuadrilla encargada del mantenimiento ha restaurado los mismos. Observando su trabajo, he recordado esta historia, de cuando las tardes de verano eran infinitas, y parecía que el sol jamás se ocultaría por el oeste de nuestras vidas.

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