LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 74. EL ZAPATERO MOTORIZADO

En aquellos años, creo recordar que no existía una zapatería en nuestra ciudad. Los vecinos tenían que contentarse con los productos que les ofrecían los mercaderes ambulantes, que nos visitaban con regularidad.

Uno de los más afamados, y que llegó a hacer un buen capital, si bien, y a fuer de ser sinceros, creo que más por su labia que por sus productos, fue Secundino Cardenilla, que recorrió incansable, durante seis y hasta siete días a la semana, durante cincuenta años, todas las carreteras, caminos y pistas forestales de la comarca, para llevar su calzado hasta el último rincón de la misma.

Una buena parte del éxito inicial de Secundino se basó en su moto con sidecar. Nada menos que una Royal Enfield, de 500 centímetros cúbicos, con sidecar a la izquierda, lo cual no dejaba de resultar extraño. Su motor rugía de manera compacta y regular cada vez que su propietario bajaba el pedal del arranque. En aquellos tiempos de grandes dificultades, nunca quiso explicar su propietario cómo se hizo con la propiedad de aquel vehículo, y tampoco a nadie le interesó indagar en exceso.

El caso es que, con unas leves modificaciones, Secundino transformó el sidecar en un cajón, que llenó de zapatos de señora y caballero, botas de todo tipo y zapatillas. Y con ellas hizo kilómetros y kilómetros, así fuera verano o invierno, lloviese o nevase, helase o el sol aplastante del verano cayese sobre su cabeza sin conmiseración alguna.

La primera vez que llegó a nuestra ciudad, el espectáculo fue grandioso. Entró en la Plaza perseguido por la chavalería, que apenas veía más vehículos que el coche de línea, la ambulancia de la “Clínica del Dr. Benavides”, y los vehículos oficiales. Aparcó Secundino en la puerta del Ayuntamiento, prohibió a voz en grito que nadie tocase la motocicleta, y penetró en las oficinas para obtener la correspondiente licencia de venta ambulante.

Una vez esta en su poder, se dedicó a recorrer las calles, altavoz en mano, anunciando su mercancía a los cuatro vientos: “Señoras y señores, ha llegado Secundino, el zapatero más fino. Bueno, bonito y barato, Secundino Cardenilla, el zapatero motorizado”. Entonces, se detenía, y esperaba la afluencia de los compradores.

Cuando estos se acercaban, abría su cajón, y mostraba la mercancía. En la parte de arriba, solo figuraban los modelos del pie izquierdo. La gente se los probaba, y entonces era cuando entraba en escena el arte vendedor de Secundino.

Algún par había que era idéntico, pero la mayoría presentaban ligeras, o no tan ligeras, discrepancias entre ambos pies. Unas veces difería el tono del color, más oscuro o más claro (eso es que a uno le ha dado más el sol que al otro, decía Secundino, y soltaba una carcajada). Si veía que la venta no llegaba a feliz término, entonces ofrecía una rebaja adicional al comprador o compradora. Este hacía una paradiña, retrocedía, volvía a coger el producto, lo miraba con atención, sacaba el dinero del bolsillo, y se llevaba las zapatillas para casa.

En otras ocasiones, podía se la hebilla, o la lengüeta, o un tacón un poco más alto que el otro en los zapatos de señora…y cualquier otra circunstancia que ustedes puedan imaginar.

El caso más curioso que contemplamos fue el de Severo “gigantón”, un hombretón de dos metros de estatura y ciento cuarenta kilos de peso, que tenía que resignarse, la mayoría de los días, a calzar unas albarcas fabricadas por el mismo, con restos de neumáticos que le facilitaba “Ralentín”.

Secundino, ¿usted podría traer algún calzado que se ajustara al tamaño de mi pie?

-Secundino puede todo, caballero. ¿Qué pie calza usted?

-Pues uno muy grande, ¿o es que acaso no lo está viendo?

-Muy bien, pues así por encima, yo diría que usted calza un cincuenta. En el próximo viaje ya le traeré algo.

Una semana después, se presentó el zapatero con la mercancía solicitada. Le dio el zapato correspondiente al pie izquierdo a “gigantón”. Era un cuarenta y nueve. Introdujo su pie, y el mismo se amoldó como un guante al zapato. Era un zapato negro, de cordón. A “gigantón” se le iluminó la mirada. Su sonrisa inundó a todos los presentes.

-Me queda perfecto, dijo el hombre. Deme el del pie derecho.

Sin pronunciar palabra, Secundino se inclinó sobre el sidecar, revolvió entre las cajas que llevaba al fondo, y extrajo de una de ellas otro zapato que parecía igual al que se había probado “gigantón”.

-Ahí lo tienes. Mira a ver.

El cliente se propuso introducir su pie derecho en el zapato ofrecido, pero, inexplicablemente para él, la resistencia era grande. Secundino, con un calzador de mango muy largo, dio un paso al frente, e intentó, con toda su alma, ayudar a “gigantón” a meter su pie.

-Aprieta un poco, hombre, que ya casi está.

-No me cabe, ¿qué puñetas pasa aquí?

-Pues que tienes que apretar, todos tenemos un pie más grande que otro.

No había manera. El disgusto de “gigantón” iba en aumento. Por un momento, se había visto libre de albarcas, y con zapatos como un señor, al menos para los domingos y fiestas de guardar.

El Maestro Villalpando, que se había acercado por allí a admirar la moto con sidecar de Secundino, se acercó a los dos caballeros.

-Permitan que observe estos zapatos un momento. A veces, y según he podido leer en diversas prestigiosas publicaciones al respecto, es necesario mojar papel prensa e introducirlo, rodeando la correspondiente horma, en el interior del zapato, para que este ensanche y resulte más sencillo de introducir en el pie que corresponda.

Tomó el catedrático ambos zapatos, los examinó durante unos instante, y emitió a continuación su veredicto, que resultó demoledor:

-La dificultad principal es debida, según mi saber y entender, a que el zapato correspondiente al pie izquierdo es de la talla cuarenta y nueve, mientras que el que corresponde al pie derecho, es de la talla cuarenta y ocho.

Acabáramos. El gesto de “gigantón” se torció. Su mirada de indignación se dirigió hacia Secundino. No perdió, sin embargo, su compostura el vendedor, que observaba como el círculo de curiosos en torno a su moto con sidecar se iba estrechando, sin duda para no perder detalle de su respuesta.

-Pero “gigantón”, si eso es de lo más habitual. Un pequeño desajuste en la maquinaria de fabricación, y el tamaño del zapato que se va o se viene unos milímetros. Por eso estrenar zapatos cuesta. Porque al principio, al menos uno de los pies, sino los dos, aprietan, y hay que acostumbrarse, y sufrir un poquito. Pero esto, te lo digo yo, en unas semanas, ni lo notas.

Se hizo el silencio. “Gigantón” agarró el par de zapatos con sus enormes manos. Los miraba y remiraba en silencio. Se volvió a calzar el del pie izquierdo, dando unos pasos. Después, ayudado por el calzador, se introdujo el correspondiente al pie derecho. Dio otros tres pasos.

-Está bien, me lo voy a quedar. Pero me tienes que hacer una rebaja.

-Hombre, por ser tú, te voy a rebajar dos duros, uno por cada zapato.

Hubo comentarios diversos entre la concurrencia. El caso es que, al siguiente domingo, “gigantón” estrenó sus zapatos, y con ellos puestos fue a pasear por la Plaza.

-“Gigantón”, advirtió doña Mercedes, parece que cojea.

-Será el zapato derecho, contestó el Maestro Villalpando, que es un número menor que el izquierdo, y no le entra en el pie.

A las pocas semanas, efectivamente cedió el zapato derecho, con tan mala fortuna que se abrió por delante, y “gigantón” sacó los dedos por la puntera.

La madre y la hermana de “gigantón” acudieron indignadas a protestar al Alcalde.

-Esto permite usted a los golfos, que nos vendan mercancía averiada como si fuese buena. Mire el zapato de mi hijo Severo, dos semanas tiene, y bien caro que me costaron.

A las puertas del Ayuntamiento, el grupo de ociosos seguía la bronca de la mujer con interés. Cuando salieron del edificio consistorial, se escucharon gritos de “Secundino, a prisión”, y gente hubo que alzaba al aire el calzado comprado al zapatero motorizado, exigiendo la devolución de su dinero.

Cuando, unos días después, volvió a aparecer en la ciudad Secundino, dispuesto como siempre a vender su mercancía, fue interceptado por el Sargento Valladares, que lo condujo hasta las dependencias de la policía municipal. Dejaron la moto con sidecar aparcada en la puerta, en los lugares destinados a los vehículos oficiales. De nada sirvió. En el momento en que se corrió la voz, una turba armada de zapatos de todo tipo y condición corrió hasta el Ayuntamiento, y viendo la moto a tiro, se lanzaron sobre ella palos, piedras, botellas, zapatos, y todo tipo de material que los manifestantes encontraron a mano.

Cuando llegaron al interior de la comisaría los ecos de la protesta, el Sargento Valladares ordenó al número Rubiales que cogiese la moto con sidecar y la trasladase al depósito municipal de vehículos, para evitar su destrucción. Tuvo que armarse de valor Rubiales, que acompañado por otros tres guardias las pasó canutas para llegar al depósito y cerrar tras de sí las puertas. La moto con sidecar había sufrido daños, de los que el guardia levantó el correspondiente atestado, que entregó al Sargento.

Cuando Secundino se enteró del ataque, sufrió una lipotimia, cayendo redondo al suelo. El estrépito fue ensordecedor. El golpe, seco, rotundo, parecía que la cabeza se le había roto en siete pedazos. Purita Cardenales, desde su puesto en la recepción del Ayuntamiento, no pudo evitar levantarse y acudir a toda velocidad a ver lo que había ocurrido. Cuando salió del recibidor de la comisaría, marcha atrás y con su mano derecha sobre la boca, el gesto compungido y las lágrimas a flor de piel, doña Mercedes gritó a los cuatro vientos: “han matado a Secundino, en la comisaría han matado a Secundino”.

Se hizo un silencio absoluto, total. Nada ni nadie era capaz de romperlo. El Sargento Valladares ordenó que se avisará, con clave de urgencia máxima, a la “Clínica del Dr. Benavides”, y que acudiese la ambulancia y un doctor.

El Alcalde, que estaba en su despacho, bajó del mismo todo lo rápido que pudo.

-¿Qué ha pasado aquí?, preguntó al Sargento.

-Los ociosos, Sr. Alcalde, que han atacado la moto de Secundino, y cuando se ha enterado, pues he tenido que enviar a Rubiales y dos guardias más a que la metiesen en el depósito municipal, el hombre se ha desmayado. Y el porrazo que se ha dado contra el suelo ha sido monumental. No me atrevo a moverlo, eso sí, respirar respira.

-La leche, Valladares, lo único que me hacía falta era un follón con un vendedor ambulante de zapatos. ¿Pero, a quién se le ocurre vender un zapato de un número y otro de otro? Hay que encerrar a este hombre, pero por tonto de remate.

Llegó la ambulancia. El mismo Dr. Benavides en persona se personó para atender al herido. Este recobró el sentido, y poco a poco fue entrando en razón. En cualquier caso, determinó don Pío que debía ser trasladado a la clínica, para ser observado con mayor detenimiento, y hasta pasadas veinticuatro horas, nada se podía asegurar.

Apareció en ese momento el abogado Rubinos, que se presentó como letrado de Secundino.

-Exijo, gritó, conocer qué ha ocurrido aquí. Este es un caso de abuso de autoridad, incluso me atrevo a decir de brutalidad policial.

-Rubinos, respondió el Alcalde, como soliviante lo más mínimo a la masa de ociosos que aguardan acontecimientos en la Plaza, le meto en los calabozos, y me paso por donde usted quiera todos los códigos habidos y por haber. Secundino se ha desmayado, y se ha dado un golpe, eso es todo.

-Eso lo tendrá que refrendar un médico forense, y el juzgado.

Salieron del Ayuntamiento, camino de la clínica, los dos camilleros portando al herido, el Dr. Benavides a la derecha de la camilla, el Alcalde que también se subió en la ambulancia. Detrás, el Sargento Valladares, con Rubiales al volante del vehículo policial. Los destellos luminosos y el ruido de las sirenas, paraban el tránsito de los viandantes, que se quedaban mirando el paso de la comitiva.

En la clínica, se personaron el redactor Hampuero, el Juez Cardona, el Padre Muelas (por si se hiciera necesario administrar la extrema unción al zapatero motorizado), el Comisario Moratalla, pues le había requerido un informe detallado el Gobernador Civil, y el delegado territorial del Sindicato de vendedores ambulantes, para interesarse por el estado de su asociado, y ver si se podían exigir responsabilidades e indemnizaciones.

Pasado el plazo estipulado por el Dr. Benavides, y viendo que el enfermo respondía bien, se optó por darle el alta, si bien se le recomendó que acudiese a un especialista que contase con más y mejores medios que los de la Clínica.

El Juez Cardona, con la presencia de Rubinos, representando al enfermo, y la de Billegas, en nombre del Ayuntamiento y de la Policía Local, procedió a interrogar a Secundino.

-Pues mire usted, Sr. Juez, yo venía, como cada semana, a vender mi mercancía, cuando fui abordado por el Sargento Valladares, que me condujo a comisaría. Al parecer, uno de mis clientes se había quejado de que le había vendido dos zapatos de diferente número, lo cual él ya sabía antes de la compra, de la que incluso le rebajé un duro por el desajuste. No obstante lo anterior, hoy le traía un zapato derecho de su número, para cambiárselo por el estropeado y aquí paz y después gloria. Estando en la comisaría, escuché que una multitud había destrozado mi moto con sidecar, vehículo que me resulta imprescindible para mis desplazamientos comerciales. A partir de ese momento, ya no recuerdo más hasta que fui consciente de estar en una cama de un hospital.

-¿Alguien le agredió, le empujó, le amenazó, o algo similar, durante su estancia en la comisaría?

-Pues no lo sé, Sr. Juez. Yo solo quiero dar su zapato a “gigantón”, que me arreglen los desperfectos de mi moto con sidecar y desaparecer de esta ciudad para siempre.

Ordenó el Juez Cardona un informe pericial del estado de la moto con sidecar, y del importe de su reparación. Lo hizo, ya que “Ralentín” no quiso entrar a ese trapo, un perito venido de Salamanca. Los daños, ascendían a cinco mil pesetas, pues muchas de las piezas de la moto con sidecar Royal Enfield de 500 c.c., había que traerlos desde Gran Bretaña.

-Condeno a este Ayuntamiento a hacerse cargo de los costes de la reparación, sentenció Cardona.

-Con la venia, Sr. Juez, interrumpió el abogado Billegas. El grupo de ociosos, liderado por doña Mercedes, fueron los causantes de los desperfectos.

-Yo también protesto, interrumpió el abogado Rubinos, Exijo que las costas sean igualmente a cargo del Ayuntamiento.

Ordenó entonces el Juez Cardona que se personase en el Juzgado doña Mercedes.

-Pero a mí qué me cuenta usted, Sr. Juez, con todo el respeto. Una multitud se lanzó despavorida a por la moto con sidecar de Secundino, y yo, que estaba en la Plaza en ese momento, acudí por ver lo que pasaba, pero en ningún momento participé en el desaguisado. Es más, lo único que le he comprado a Secundino ha sido un par de zapatillas de invierno, de esas de suela de goma, y me han salido fantásticas, eso sí, una es como rosa palo y la otra más rosa chicle.

-Hablando de chicles, al estar usted en todas las trifulcas que se organizan en esta ciudad, le condeno a limpiar, uno por uno, todos los chicles que se encuentran pegados al suelo de la Plaza. Yo personalmente pasaré revista.

-Protesto, gritó el abogado Rubinos. Nada acredita la culpabilidad de mi cliente para que sea condenada.

-A ver, Rubinos, ¿quiere usted que las costas de don Secundino sean a cargo del consistorio o no?

-Quiero, quiero, Señoría.

-Pues entonces, silencio y circulando.

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