LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 73. LA HELADA

Aquel invierno se presentó pronto en la ciudad. Sin avisos previos, de repente, de una noche para otra, la helada cayó como una losa. La movilidad se tornó dificultosa sobre manera, y las caídas y los resbalones fueron moneda corriente en aquella mañana.

Los lesionados acudían en masa a la “Clínica del Dr. Benavides“, cuyas urgencias quedaron colapsadas. Hubo que contactar con el Gobierno Civil, que habilitó un hospital de campaña servido por el Cuartel de Artillería.

Pasadas las primeras horas de la madrugada, todos en la ciudad esperaban que el hielo se fuese derritiendo, lo que permitiría ir recuperando la normalidad. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario. Venía del norte un viento que cortaba, que se metía hasta los mismísimos tuétanos y te dejaba paralizado.

Esas eran las condiciones existentes cuando, a las nueve en punto de la mañana, debían comenzar su jornada laboral los trabajadores del cementerio. Pasados unos minutos de esa hora, recibí la llamada del capataz de la cuadrilla encargada de abrir las fosas nuevas que, según las previsiones, irían siendo cubiertas en las siguientes fechas por aquellos que fueran llamados de este mundo.

-Tenemos un problema, argumentó el capataz. La maquinaria de la que disponemos no es capaz de romper la capa de hielo existente, y cuando, tras mucho esfuerzo, lo logramos hacer con el pico, la tierra está tan dura que es imposible cavar más de unos escasísimos centímetros.

Realizados los pertinentes análisis por el personal de “Organización de Entierros (Americanos)”, a más de por los técnicos municipales, se acordó suspender la apertura de nuevas zanjas, hasta que la climatología recuperase la normalidad y se pudiesen acometer esas tareas.

El problema se alzó en todo su esplendor en los siguientes días. La helada no solo no remitía, sino que aumentaba. Comenzó a haber problemas de desabastecimiento en la ciudad, pues no podían transitar las carreteras ni las personas ni las mercancías. Llegó un momento en que la actividad de la ciudad se vio completamente paralizada, suspendidas las clases, cerrados los talleres y oficinas, las tiendas de alimentación…con gran esfuerzo era el ejército el que abastecía de pan y otras necesidades perentorias a la población.

En medio de esta situación, los fallecimientos seguían ocurriendo. A bastantes de ellos llegamos tras muchas dificultades, con grave peligro para las personas y los bienes, a otros nos resultó materialmente imposible, sobre todo a los acontecidos en la parte alta de la ciudad.

En cualquier caso, y por los medios más insospechados, los muertos seguían llegando al depósito del cementerio, en cuyas salas se iban acumulando, sin tener lugares suficientes para ser enterrados. Se avisó al Gobierno Civil, que transmitió la gravedad del problema al Ministerio de Salud Pública.

Estábamos igualmente sin agua, pues prácticamente todas las tuberías de la ciudad habían estallado por el frío. Empezaban a morir también animales, con lo que el peligro de epidemias crecía de manera exponencial. 

Los sistemas de calefacción de las casas eran deficientes. En muchos casos, se seguía recurriendo a la leña, que era imposible restituir a medida que las reservas acumuladas por cada vivienda se consumían.

Se reunieron entonces las autoridades de la ciudad, y determinaron que se trasladara toda la población al edificio de la Diputación Provincial, por ser este el más amplio de todos, y que cada vecino portase colchones, mantas y cuantos enseres considerase necesario para pasar en él los días que hiciesen falta hasta que la helada terminase.

A la vez, con gran esfuerzo colectivo, las reservas de carbón del resto de edificios públicos fueron transportados hasta la Diputación, donde se pudo poner en marcha el sistema de calefacción. Quedaron habilitados únicamente ese edificio, y la “Clínica del Dr. Benavides“, cuyos profesionales dieron ejemplo de entrega y profesionalidad extraordinarias.

Pasaron siete días sin que el sol hiciese acto de presencia, ni el frío ni el hielo remitiesen lo más mínimo. Al octavo, pequeños regueros de agua derretida que corrían hacia las zonas bajas de la ciudad, advirtieron que el tiempo empezaba a cambiar. El mismo fue recibido con entusiasta alborozo por los vecinos, algunos de los cuales se echaron a la calle como si todo hubiera concluido. Fue un grave error por su parte. Hubieron de pagar las consecuencias en forma de contusiones y roturas de huesos.

Al noveno día, una columna del Regimiento de Zapadores de Salamanca pudo abrirse paso, y llegar al centro de la ciudad con ayuda. Entre las más importantes, sin duda un equipo de avezados fontaneros, que se afanaron en volver a poner en funcionamiento la red de tuberías y alcantarillado. El problema sanitario había llegado a ser de dimensiones colosales, y por prevención, determinaron las autoridades sanitarias que se vacunase a la población de una batería de enfermedades infecciosas, que por fortuna no llegaron a aparecer.

Cuando logramos abrirnos paso hasta el depósito de cadáveres del cementerio, el espectáculo que nos encontramos era dantesco. Me van a permitir que no lo describa con detalle, por lo absolutamente desagradable del mismo. Tuvimos que esperar otros dos días, necesarios para la recepción de vestuario aislante con el que poder acometer la labor de dar tierra a los fallecidos durante aquellos días.

Dos jornadas más necesitamos para que la situación volviera a la normalidad. Fueron entierros rápidos, apresurados, sin preguntas ni responsos, ni flores ni casi momentos para las lágrimas. No había tiempo que perder.

La helada se fue, pero su huella en la población duró todavía muchos meses. Todos nos volvimos más silenciosos, más taciturnos. La gente iba y volvía de sus obligaciones sin detenerse en nada ni con nadie. Incluso en “El Rincón de Camagüey” se vivía en silencio. Se podía escuchar cualquier detalle, una cucharilla moviendo el café con leche, un pie que cambiaba de posición bajo una mesa, el ruido de un caballero que variaba de postura, la caja registradora abriéndose para recibir las monedas de la consumición…

La gente se recogía temprano. A eso de las ocho, las calles ya aparecían desiertas. Llegó también la acumulación: de comida, de leña, de carbón, de velas, de mantas…todo el mundo parecía desconfiar de lo que pudiese ocurrir en el futuro más cercano.

Mirábamos al cielo, y cuando veíamos aparecer nubes por el norte, o por el noroeste, quien más quien menos se ponía en lo peor. Las iglesias, en aquellos días, vivieron una afluencia de fieles superior a la habitual, con bancos llenos de penitentes que, arrodillados y haciendo gala de sumo recogimiento, elevaban sus plegarias al Altísimo.

Siguieron llegando heladas, pero afortunadamente, ninguna que no conociéramos por estos pagos durante los crudos inviernos de la meseta. Ya a mediados de abril, un día el sol calentó más de lo que lo había hecho en los últimos meses, y algunas plantas empezaron a florecer, y la hierba crecía en los campos de los alrededores de la ciudad. Una mañana, “El Ciudadano Cabal”, anunció a cinco columnas que la primavera había llegado. Recibimos la noticia con alegría, como si ninguno de los habitantes de la ciudad hubiéramos advertido la circunstancia.

El Sr. Alcalde, en un gesto popular de esos que tanto le gustaban (y, todo hay que decirlo, que tanto apreciaba la mayoría de la población, para disgusto de la oposición), emitió un bando en el que daba la bienvenida a la nueva estación, y convocaba a todos los ciudadanos a un chocolate con churros, a celebrar en la Plaza el siguiente domingo. La asistencia al mismo fue masiva, descomunal, se puede decir que no faltó absolutamente nadie.

Tras la ingesta correspondiente, la ciudad recuperó su pulso. Volvieron el ruido y las risas, los saludos y el detenerse a hablar con los vecinos, los escaparates volvieron a tener mirones, el grupo de ociosos reanudó sus tertulias, el coche de línea traía novedades y llevaba recados, “El Rincón de Camagüey”, volvió a ser un lugar ruidoso y de conversaciones de volumen alto. La helada quedó en el recuerdo, contada para los anales por don Torcuato Acevedo y Diez de la Ensenada, historiador oficial de la ciudad. Si desean consultar la misma, en la Biblioteca Municipal pueden hacerlo, en horario de diez a dos, y de cinco a siete y media, de lunes a viernes. Los sábados, de diez a una y media. Y del quince de junio al quince de septiembre, solo de diez a catorce horas, de lunes a viernes. Nota: en agosto toma vacaciones el Bibliotecario, Arturo “el gafas”, siendo sustituido por un funcionario municipal. Durante ese periodo, no se tramitan altas ni bajas, ni se permite sacar libros del recinto.

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