UNOS KILOS DE CHATARRA

Aquella mañana, como otras muchas mañanas, el soldado Ventura recibió la orden del Brigada Hermitaño, para llevar el carro de chatarra hasta la chatarrería de Anselmo Longevo, en las afueras de la ciudad.

De camino a la misma, pasaba por delante del almacén del Turco, al que llamaban así no por su origen, sino simplemente porque tenía algún defecto en el paladar y hablaba con un acento extraño. El caso es que el Turco tenía por costumbre comprar y vender absolutamente de todo, pagando siempre lo justo y no dejando nunca tirado a ningún cliente.

Aquella mañana, le hizo el comerciante una seña al soldado para que detuviera el carro. Ya dentro de la nave, procedió el comerciante a pesar la mercancía, resultando que el peso total de la chatarra transportada ascendía a quinientos cincuenta kilos.

-Ya ves, Ventura, cómo hacen algunos sus negocios, Por eso son ricos, y otros no salimos de pobres a pesar de nuestros esfuerzos.
-Pues es hora de que esto empiece a cambiar, Turco. Anda, descarga esos cincuenta kilos, y nos repartimos a medias las ganancias.
-Es lo que siempre me ha gustado de ti, Ventura, que las coges al vuelo, sin más preámbulos.

Así lo hicieron. Nada ocurrió en los siguientes días, por lo que Ventura repitió la operación. A la cuarta semana, o lo que es lo mismo, doscientos kilos de chatarra después, el chatarrero Longevo se quejó al brigada.

-Hermitaño, me estás mandando mal la carga. Llevas cuatro semanas enviando cincuenta kilos menos en cada viaje.
-Imposible, de aquí sale la mercancía bien pesada. Si al destino no llega bien, es que por el camino alguien manipula la misma.

No resultó muy difícil constatar que eran Ventura y el Turco quienes estaban haciendo el negocio a espaldas del brigada. A la mañana siguiente, cuando el soldado llegó al cuartel, le estaban esperando el Inspector Rendullas y dos policías.

-Buenos días soldado, está usted detenido por robo de material militar.

Y sin más preámbulos, subieron a Ventura al vehículo policial y lo condujeron a comisaría. Una vez allí, le dieron a firmar una declaración, en la que se declaraba culpable de la desaparición de doscientos kilos de chatarra del Taller General de Reparaciones del Ejército. Los problemas comenzaron en ese momento, pues el soldado Ventura se negó en redondo a firmar, algo inesperado por el avezado Inspector Rendullas.

-Mira chaval, si no firmas, te vamos a moler a palos, por lo que evítate los trámites. Tenemos setenta y dos horas para convencerte.

El soldado Ventura seguía en sus trece, por lo que los policías ayudantes del Inspector comenzaron su labor. Los golpes fueron continuos, permanentes, de día y de noche, cada vez más fuertes. El soldado Ventura estaba completamente amoratado, desfigurado, al punto de que el Inspector Rendullas tuvo que dar orden de detener la paliza. En ningún momento se había podido imaginar que la resistencia del soldado iba a ser de tal calibre.

Quedaban todavía veinticuatro horas por delante, hasta llegar a las setenta y dos de detención que permitía la ley. Rendullas empezaba a ponerse nervioso. Por otra parte, el asunto ya era de general comentario en la comisaría, por lo que llegó a oídos del Comisario.

-Rendulles, deje en paz a ese chaval, y arregle sus problemas fuera de mi comisaría. Se lo he dicho mil veces.
-Pero Sr. Comisario, ese sujeto ha sustraído bienes militares.
-No me trate como si fuera tonto, Rendulles. Se acabó el asunto. Llevan al chico al hospital, dicen que se ha caído por una escalera, o que le ha atropellado un carro, o lo que se le ocurra en ese momento…pero le saca de mi comisaría.

Cuando Ventura fue entregado en las urgencias del Hospital Provincial, su estado era lamentable. Magulladuras, dientes rotos, lesiones internas, sangre por todas partes…el médico de guardia comunicó el ingreso a la comisaría del distrito, ya que los daños observados no se correspondían con el motivo del ingreso. La denuncia llegó al Inspector Voltrán, que la guardó en un cajón.

Un mes le costó a Ventura recuperarse. Una vez recibida el alta, no tuvo más remedio que volver al cuartel. Allí se volvió a cruzar con el Brigada Hermitaño, con el que intercambió una mirada de profundísimo odio, pero ninguno pronunció palabra. El soldado volvió a su destino, si bien ya nunca más fue requerido para conducir el carro de la chatarra.

A la vez, el Inspector Voltrán giró una visita al Turco, al que conocía de sobra, y con el que mantenía algún que otro intercambio de información, y al que hacía de vez en cuando algún favor. El Turco le contó la verdad, si bien con la promesa previa del Comisario de que la historia no sería utilizada en contra ni de él ni del soldado Ventura. Voltrán, al igual que el comerciante, eran hombres de palabra, pues ambos sabían que esta era imprescindible para que sus respectivas carreras progresasen adecuadamente.

Pasaron los meses, y a Ventura le llegó el día de ser licenciado del servicio. Salió al mediodía del cuartel, sin mirar hacia atrás, pero sin olvidar en ningún momento el incidente vivido.
Unas semanas después, los diarios recogieron un incidente ocurrido en las cercanías del establecimiento militar. Momentos antes de las ocho de la mañana, el Brigada Hermitaño había sido salvajemente agredido cuando se dirigía a su trabajo. Había sido sorprendido por uno o varios asaltantes, que le habían golpeado de manera reiterada por todo el cuerpo con diversos objetos contundentes, hasta quedar inconsciente, por lo que nada podía aportar acerca de la naturaleza del ataque.

Pasados unos días, otro suceso vino a interrumpir la tranquilidad ciudadana: el Inspector de Policía Rendullas, había sido atacado a la llegada a su domicilio, a altas horas de la madrugada, tras salir de su turno de trabajo en la comisaría. El procedimiento había sido el mismo que el utilizado en el caso del Brigada Hermitaño.

La intranquilidad creada por ambos sucesos, llevó a la policía a abrir una investigación al respecto. Fue encargado de llevarla adelante el Inspector Voltrán, que comenzó sus indagaciones. Al volver a casa esa noche, el portero le entregó un sobre, que había sido llevado por un chavalín, que contenía una libreta de tapas verdes, y cuyo contenido era un detallado balance de salidas de chatarra del Taller General de Reparaciones. Según ese detalle, salían más kilos de material del que el chatarrero Longevo abonaba. No había que ser un lince para saber a dónde, o a quién, iba a parar la diferencia.

Optó Voltrán por hablar, en primer lugar, con el chatarrero Longevo, que negó de manera rotunda cualquier irregularidad en sus compras con el Taller General de Reparaciones. Nada que no esperase el comisario, que dejó con la boca abierto y el ceño fruncido al interrogado, cuando le mostró una carpeta con las tapas de color azul, cuyo contenido era un estadillo que venía a coincidir con el de la libreta verde, de cuya existencia no sabía nada Longevo.

-Eso es un robo, y por lo tanto un delito, arguyó el chatarrero.
-Ese es el problema, Longevo, que no sabes guardar bien tus secretos.

Una vez se marchó el Inspector, corrió el chatarrero al encuentro del Brigada Hermitaño, al que narró lo sucedido. Cuando este fue a buscar su libreta verde, observó con estupor que no estaba en el cajón bajo llave del escritorio en el que la guardaba. El nerviosismo se apoderó de ambos, que no tuvieron mejor ocurrencia que acudir raudos a contar las novedades al Inspector Rendullas, que en ese momento estaba en el despacho del Comisario, por el que había sido llamado para aclarar el contenido de una libreta de tapas amarillas, que había llegado a sus manos la noche anterior, entregada por el portero de su domicilio, al que se la había entregado un joven, apenas un niño.

El agente de guardia informó al Comisario de la visita. Este los invitó a unirse al Inspector en su despacho.

-Muy bien señores, tengo aquí esta libreta, en la que salen ustedes, entre otros, citados con profusión, en relación a unas entregas de chatarra procedentes del Taller General de Reparaciones. ¿Tienen algo que decir?
-Nada Comisario, contestó Hermitaño.
-Muy bien, van a quedar detenidos, los tres. Si se acordasen de algo, no tienen más que llamar.

Unos instantes después, llegó a la comisaría el Inspector Voltrán, que hizo entrega al Comisario de las dos libretas que obraban en su poder. Con los tres cuadernos, el Comisario instruyó las debidas diligencias, que trasladó al Juzgado de Guardia, que a su vez inició la correspondiente investigación.

El Inspector Voltrán visitó esa tarde al Turco en su almacén.

-¿Qué pasa Turco? Supongo que ya sabes lo de la chatarra.
-Sí Inspector, ya conoce que me suelo enterar de todo lo que ocurre en las comisarías de esta ciudad.
-¿Y qué te parece?
-Que ni en los negocios ni en la vida es conveniente engañar, o creerte más listo que nadie. Incumplir esas dos normas puede salirte, por cualquier ventura, muy caro.

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