LAS GALLINAS NEGRAS

Cuando Gumersindo Lanzaderas llegó aquella mañana al Ministerio, tenía sobre la mesa una nota, para que se presentase, a la mayor brevedad, en el despacho del Jefe de Negociado. Con desgana, se levantó Gumersindo de su silla, y enfiló el camino para encontrarse con su superior.

-Con su permiso, don Genaro.
-Pase pase, Gumersindo, y tome asiento. ¿Qué tal va todo?
-Todo bien don Genaro. A sus órdenes.
-Muy bien, don Gumersindo. El Servicio Meteorológico nos ha encargado la instalación de una estación de seguimiento del clima en la localidad de Gualterián de las Cruces, y nadie más capacitado que usted para llevar adelante el proyecto. Preparese, porque mañana a las ocho en punto salen del Ministerio, en vehículo oficial, para aquella población. Ya lleva chófer, cuadrilla, planos, y todo lo necesario para proceder. En cuanto al Ayuntamiento, ya están avisados, así como el Cuartel de la Guardia Civil. Enhorabuena Gumersindo, es usted un privilegiado.

Se retiró Gumersindo, sin atreverse a preguntar para cuantos días fuera de casa tendría. Ya había participado en más instalaciones, y sabía que un mínimo de un mes no se lo quitaba nadie. Además, llegar a esos pueblos abandonados era toda una aventura, pues en muchas ocasiones ni caminos había. En fin, de nada servía hacerse mala sangre. Cuando llegó a su casa le comunicó la nueva a su esposa, que se dispuso a preparar la maleta.

Gumersindo, por su parte, se dedicó a buscar en un viejo atlas dónde se encontraba Gualterián de las Cruces, y vino a resultar que era un diminuto enclave montañoso, cerca ya de la provincia de Orense, y con Portugal a escasos pasos. El pueblo más cercano era Calabor, que por aquellos tiempos tenía en torno a los doscientos habitantes, y bajando, pues todo el que podía se marchaba, unos a Bilbao, otros a Madrid, algunos a Barcelona.

Como estaba previsto, a las ocho en punto de la mañana del día siguiente, partió la comitiva, desde el aparcamiento del ministerio, rumbo a Calabor. Nada menos que trescientos ochenta kilómetros, que a una media de cincuenta kilómetros por hora en el vetusto Land Rover oficial, no los haría llegar a su destino hasta ocho o nueve horas después, comida y otras paradas de por medio.

Tras un viaje infernal, con la espalda, el cuello y el resto de las articulaciones destrozadas, llegó la comitiva a su destino. Como don Genaro había anunciado a Gumersindo, allá estaban esperando el Sr. Alcalde, y el Capitán de la Guardia Civil, que se cuadró delante del funcionario, al que saludó militarmente, poniéndose a sus órdenes.

Los lugareños, que lo que más que habían visto por el pueblo era a un Sargento, cuando corroboraron que todo un capitán se cuadraba ante Gumersindo, pensaron que el caballero sería, cuanto menos, ministro plenipotenciario. Por un momento, todos creyeron qué podrían pedir a aquel superhombre, en caso de hacer buenas migas con él.

El Alcalde, nervioso, saludó igualmente, y tras ponerse a disposición de los visitantes, los invitó a acompañarle a la casa que habían habilitado para que su estancia en el lugar fuese lo más cómoda posible. Era una casona amplia, rectangular, de piedra toda ella, en la que vivían la Señora Constancia, viuda inmemorial, su hija Adelita, igualmente privada por el Altísimo de marido, aunque en fechas más recientes, y el hijo de esta, Eustaquio, que había aprendido las cuatro reglas, había aprobado un curso de técnico electricista en el Servicio Militar, realizado en Vigo, y solo pensaba en marcharse del pueblo sin volver la vista atrás.

Los visitantes fueron instalados en la planta superior de la casa, que era diáfana. La habían colocado seis camas, seis escudillas para lavarse y seis jarras de agua.

-Buenas tardes, saludó la Señora Constancia. Bienvenidos a mi casa. Además de dormir en la planta superior, también podrán desayunar, comer y cenar aquí.
-Agradecidos Señora Constancia. La casa tiene un aspecto magnífico, respondió Gumersindo, queriendo resultar agradable.

Todo marchaba estupendamente, incluso el Alcalde los había invitado a una ronda de vinos en el único bar del pueblo, cuando al chófer de la expedición, un gallego de Lugo, concretamente de A Fonsagrada, se le ocurrió preguntar por el retrete. El camarero no supo qué contestar. El Alcalde tomó entonces la palabra, e indicó al solicitante que debía volver a la casa de Constancia, salir por la puerta de atrás, introducirse en un habitáculo situado a la derecha del mismo, y allí, en la postura que considerase más apropiada, hacer sus necesidades. Una vez hubiera concluido, debía coger la pala que estaba a la derecha de la puerta, y depositar en un cubo azul las aguas mayores, y volcarlo en el pozo que se encontraba al final del patio.

No le quedó otro remedio al chófer que dirigirse al corral, pues las alubias que habían comido en Tordesillas ese medio día, estaban empezando a pesarle en la barriga. Acometió el chófer la labor, procurando no olvidar ningún paso. Una vez con los pantalones y el calzoncillo a la altura de los tobillos, y cuando ya empezaba a aliviarse, vio acercarse a toda velocidad a media docena de gallinas, de oscuro color, que bien podía ser colorado, marrón, incluso negro, y ponerse a rebuscar en los restos con ahínco. El susto del chófer fue monumental. En un salto, se puso de pie, se subió calzoncillo y pantalones, y abandonó el lugar a la carrera.

Cuando volvió al bar, narró lo sucedido a los presentes, que le miraron con estupefacción. Todos, menos el Alcalde y el Capitán de la Guardia Civil.

-No se altere, hombre. Las gallinas negras son así, están todo el día de aquí para allá, a la que salta, por llevarse algo a la boca. La que no esta lista, pues a pasar hambre.

Efectivamente, pudo comprobar Gumersindo en los días siguientes que por todas partes pululaban las gallinas negras, picoteando cualquier cosa que se moviese ligeramente en el suelo. Si, por ver la reacción, tirabas una miga de pan, la pelea por hacerse con ella por parte de los animales era épica, picotazo va y picotazo viene.

La obra de la estación meteorológica avanzaba. Una mañana, Eustaquio se acercó a ver las obras, y a charlar con Gumersindo.

-Perdone que le moleste, don Gumersindo. Que digo yo que usted podrá recomendarme para un empleo en Madrid. Tengo el curso de oficial electricista que hice en el servicio militar, y tengo que marcharme de este pueblo hoy mejor que mañana.
-Hombre, respondió Gumersindo, no me digas que eres electricista. Pues me vas a evitar tener que buscar un guarda para la estación. Mira Eustaquio, este trabajo es sencillo, solamente tienes que asomarte y ver que la luz roja esa de ahí en medio está encendida. Eso es que todo está bien. En caso de que esté apagada, entonces tienes que dar aviso al cuartelillo, que ya contactan con nosotros para que vengan los técnicos. Además, tomas nota de la lectura de estos contadores en una libreta que te daremos, y semanalmente vendrá la Guardia Civil a retirar la hoja. La paga está bien, es un trabajo cómodo, y puedes además aprovechar el espacio que queda libre en la estación para poner una huertita, o criar unos animales.
-Hombre, don Gumersindo, la oferta es buena. ¿Usted me traería unas gallinas blancas, de esas que ponen huevos todos los días?
-Eustaquio, todas las gallinas ponen huevos todos los días.
-Está usted equivocado, don Gumersindo. Las gallinas de este pueblo, y de todos lo pueblos de alrededor, solo ponen un huevo a la semana, más o menos.
-Bueno, no te preocupes, yo te traeré las gallinas blancas, y el pienso para que la alimentes.
-¿Qué pienso, don Gumersindo?
-Hombre, el que comen las gallinas. Si no comen, no ponen.
-¡Arrea! Me ha dado usted la clave, don Gumersindo, por eso no ponen las gallinas negras, porque no las echamos de comer, ni pienso ni nada, lo que buenamente pican por la calle, que ya se puede usted imaginar lo que será.

Cuando Eustaquio explicó esa tarde en el bar el motivo por el que las gallinas negras no ponían huevos, recibió la reprobación del auditorio.

-Menuda tontería te ha contado ese forastero. Aquí las gallinas siempre han comido lo que han pillado por la calle, pues anda, que si va a ver que echarlas pienso, menudo negocio.

Una vez terminada la instalación, contratado Eustaquio de guarda de la misma, y a punto de marchar los funcionarios, el joven insistió a Gumersindo con el asunto de las gallinas.

-No te apures, Eustaquio, vuelvo dentro de un mes a la revisión de la estación. Entonces, te traeré veinticinco pollos, y el pienso correspondiente. Tú ve preparando el gallinero.

Transcurrieron los treinta días. Llegó Gumersindo con sus pollos, que con buena alimentación y un gallinero construido con esmero por Eustaquio, crecieron y empezaron a poner huevos. Primero pequeños, después más grandes. Cumplidas las veinticuatro semanas, y a razón de un huevo por gallina y día, Eustaquio se encontró con veinticinco huevos diarios.

Cuando los vecinos de Gualterián de Las Cruces vieron aquello, salieron a flote las envidias y los rencores. Unos denunciaron que tenía el gallinero en un terreno que no era de su propiedad, otros que le traían pollos seleccionados, de raza blanca, que era la que más ponía, en detrimento de las suyas negras, otros que conseguía el pienso de contrabando…

Eustaquio, que era hombre de buen ánimo y dado a razonar, expuso en el bar una tarde que podían formar una cooperativa de compra, y encargar el pienso a una fábrica, según las necesidades de cada cual.

-Una vez que las gallinas coman, ya veréis como también ponen huevos las vuestras.

-Hombre Eustaquio, regálanos un saco de pienso, y si nuestras gallinas empiezan a poner, entonces nos lo pensamos.

Ajenas a las cuitas y las conversaciones de los hombres, las mujeres, más prácticas, se dirigieron a la Señora Constancia y a Adelita, para interesarse por el precio de venta de los huevos. Se fijó un precio de un duro por huevo, pero vino a resultar que la demanda superaba ampliamente la oferta, por lo que también por esta parte salieron a relucir los peores instintos del ser humano.

Eustaquio, preocupado, aguardó a la vuelta de Gumersindo, al que le expuso el problema.

-Vamos a ver, se me ocurre una solución. ¿El médico que viene a pasar consulta los jueves es razonable?
-Pues no le puedo decir, don Gumersindo. Sé que es un chaval joven, natural de Avilés, en Asturias, y con el que la gente está contenta.
-Pues vamos a entrevistarnos con él.

Se desplazaron hasta Puebla de Sanabria, donde tenía su residencia el doctor, que los recibió de manera cordial.

-Doctor, el problema es el siguiente, expuso Eustaquio: mis gallinas producen veinticinco huevos al día, con lo que me sobran del orden de veinte diarios. Mi madre y mi abuela los venden a un duro la unidad, pero no hay suficientes para todos. Y claro, surgen las peleas y las envidias.
-Entonces, he pensado, y si a usted le parece correcto, intervino Gumersindo, que los huevos se despachen con, digamos, receta médica, extendida por usted, en función de las necesidades y carencias que observe en los vecinos. Así se evitarán los roces entre ellos.

Le pareció bien al galeno, que instauró el sistema ya desde su siguiente visita. Eustaquio le informaba de los huevos disponibles, y allá que los repartía él, con un máximo de uno por persona, según criterio médico. El sistema se mantuvo vigente bastantes años, hasta que la escasez fue tocando a su fin.

Eso sí, ninguno de los propietarios de las gallinas negras dio su brazo a torcer, y compró pienso para alimentar a sus gallinas. Con el tiempo, fueron desapareciendo las gallinas, y sus propietarios, y muchos de esos pueblos donde el progreso fue incapaz de entrar en las mentes de la inmensa mayoría de sus habitantes.

Esta es una historia real, sucedida en un pueblo castellano de cuyo nombre no quiero acordarme, allá por los principios de los años sesenta del siglo veinte.

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