LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 47. LA ACCIONISTA SECRETA

Angelita de Riciardi y Tópolis, que acaba de empadronarse en el Camposanto de nuestra ciudad, fue durante toda su vida, y hasta tiempo después de su muerte, una auténtica caja de sorpresas. Parece ser que era natural de la ciudad italiana de Venecia, o al menos así constaba en su documento de identidad, hija de un contable italiano, aunque algunos dicen que suizo, y que por ahí le venía su vena y sus conocimientos inversores, y de Margarita de Tópolis, una dama al parecer de la Dalmacia, de familia adinerada y arruinada, cuyo padre murió de un infarto en un banco privado de Zurich, al enterarse precisamente de que todo su patrimonio había quedado reducido a la nada.

El caso es que la familia llegó a nuestra ciudad un mes de febrero de hace ya muchísimos años, y que se hospedaron, de modestísima manera, en el hostal de doña Trinidad, en una habitación interior, a la que hubo que añadir una camita para la niña. Ante la rareza de que una familia extranjera se instalase en la ciudad, y más de manera tan modesta, doña Trinidad dio aviso al Comisario Moratalla, que remitió los datos a la Comisaría General.

Le informaron que Valentino de Riciardi, padre de Angelita, había salido de Suiza de manera precipitada, pero que ninguna orden de arresto figuraba sobre su persona, por lo que debía mantener sobre él una discreta vigilancia, e informar si salía de la ciudad.

Pasadas dos semanas, en las que Valentino prácticamente no había salido de la pensión, la que tomó el autobús de línea para desplazarse a Madrid fue su esposa, acompañada de Angelita. Informó el Comisario Moratalla de la situación, por lo que una pareja de policías la estaba esperando a la llegada del autobús.

Madre e hija marcharon al centro de la ciudad, recorrieron comercios de ropas, perfumerías, joyerías…comprando algo en todas ellas, pues siempre salían con una bolsa del establecimiento entre las manos. Llegado el mediodía, comieron en un modesto restaurante de la calle Preciados, de allí fueron a la parada del autobús, y media vuelta a nuestra ciudad. Según indicó la pareja de policías hizo el seguimiento, nada reseñable en su comportamiento.

Pasados un par de meses en la pensión de doña Trinidad, se trasladó la familia a una modesta vivienda de la calle del Oeste, que se encontraba en renta. Tomó nota el Comisario de que, a pesar de que la casa hubiera necesitado una obra de acondicionamiento, ni siquiera sus nuevos inquilinos dieron a la misma una mano de pintura, ni cambiaron ni movieron de sitio ninguno de sus muebles.

La situación se fue normalizando, al punto de que los dos viajes al mes, que a veces quedaban reducidos a uno cada tres semanas, de la Señora Tópolis a Madrid se dieron como algo ya habitual. Por otra parte, en la capital siempre hacía lo mismo, visitar tiendas diversas por el centro, comprar alguna cosa en todas ellas, y volver por la tarde a nuestra ciudad. Los viajes que al principio eran en compañía de la niña, pasaron a ser solo de la madre en el momento en que Angelita se incorporó a la escuela de la Srta. Juanita, que acogía en sus primeros pasos escolares a los niños de la ciudad.

A la vez que ocurría lo anterior, el matrimonio se dirigió una mañana al “Banco Español del Ahorro Popular”, donde abrieron una cuenta corriente, en la que depositaron una modesta cantidad, a nombre de Margarita de Tópolis, con don Valentino de autorizado. Esto llamó poderosamente la atención del director del banco, don Leopoldo Cogolludo, que no dudó en solicitar la presencia del caballero en su despacho, para interrogarle al respecto:

-Buenos días, don Valentino. Perdone que sea tan directo, pero me ha extrañado su decisión de que sea su esposa la titular de la cuenta y no usted.
-Me lo temía, don Leopoldo. Una vieja costumbre de los bancos suizos, que usted sin duda conocerá, le halagó el visitante. Yo era gestor de capitales ajenos, y en evitación de posibles colisiones de intereses, mis cuentas personales figuraban a nombre de mi esposa. No obstante, si el hacerlo así supone algún tipo de problema, trastorno o impedimento, anulamos lo hecho y ponemos la cuenta a mi nombre.
-No se preocupe, don Valentino, su explicación es satisfactoria, quédese todo como está.

Cuando el matrimonio hubo salido de la entidad, don Leopoldo llamó a su despacho al Interventor, y le dio instrucciones concluyentes al respecto.

-Luciano, me vigila esa cuenta personalmente, y me pasa informe diario de todos sus movimientos. No quiero ninguna sorpresa.
-Como usted ordene, don Leopoldo.

Unos días después, se dirigió don Valentino a la sede de “El Ciudadano Cabal”, con la intención de insertar un anuncio, en el que se ofrecía para dar clases particulares de cálculo y de matemáticas. El recepcionista, que tenía orden de no dar un paso sin consultarlo previamente con el director, informó a don Anacleto de la visita. Este salió raudo a su encuentro.

-Muy buenos días don Valentino, permítame presentarme, Anacleto Balín y Puertas, director de este periódico. Y, dígame, ¿qué le trae por aquí?
-Pues verá, quiero insertar un anuncio, que salga durante siete días seguidos, ofreciendo mis servicios como profesor particular. Soy Perito Mercantil por la Universidad de Basilea.
-Pero don Valentino, ¿acaso piensa usted, que ya lleva varios meses en nuestra ciudad, que aquí hay alguien con posibles como para pagar un profesor particular? Hablo en contra de mis intereses, pues acabo de perder cincuenta pesetas de ingresos, pero le aconsejo que se dirija a la Academia de don Críspulo de los Venancios, en la que estudian los niños de las familias pudientes, y ofrezca allí sus servicios. Si usted lo desea, yo mismo puedo acudir con usted y presentarle a don Críspulo.

No le pareció mala idea a don Valentino, por lo que ambos caballeros se dirigieron al encuentro del director de la academia. Se encontraba don Críspulo en su despacho, preparando los recibos que esa misma tarde debía entregar al alumnado.

-Buenos días, don Críspulo, intervino don Anacleto. Con su permiso, vengo acompañado de don Valentino de Riciardi, Perito Mercantil por la Universidad de Basilea, y que ha pensado en instruir en el cálculo a los jóvenes de nuestra ciudad. Pensaba hacerlo por su cuenta, con clases particulares, para lo cual iba a insertar siete anuncios en mi periódico.
-Bienvenido, don Valentino, terció don Críspulo. Aparte de cálculo, supongo que anda usted versado en lenguas extranjeras.
-Por supuesto caballero. Además de castellano, que habló todavía sin la debida soltura, domino el francés, el alemán y el italiano.
-Pues no se hable más, si así lo desea, a más de cálculo, podemos ofrecer a nuestros alumnos la enseñanza de esas lenguas, impartidas por usted. Si llegamos a un acuerdo económico, que creo que sí, puede usted empezar esta misma tarde.

La incorporación de don Valentino a la academia, llevó unido el que también lo hiciera a las tertulias de “El Rincón de Camagüey”. En ellas, siempre se mostró Valentino tímido, retraído, con un punto de prudencia que al Comisario Moratalla le llamó siempre la atención, si bien ni por su parte, ni por la de los policías que vigilaban a su esposa en Madrid los hechos pasaron nunca a mayores.

Angelita seguía creciendo, y su vida se incardinaba de manera perfecta con la de las jovencitas de las buenas familias locales. A pesar de que el sueldo de su padre no era significativo, nunca le faltó de nada, eso sí, tampoco nunca se vio ningún signo de ostentación ni derroche.

Entró Angelita en la academia de don Críspulo, hizo sus exámenes de ingreso al bachillerato y sus reválidas, y cuando hubo terminado la de sexto, mostró interés en matricularse en la Escuela Elemental de Comercio de Valladolid, lo que llevó a cabo contando en todo momento con el apoyo de sus padres.

Desde el primer día, mostró Angelita una capacidad y un conocimiento que llamó la atención de sus profesores. Según avanzaba de curso, su prestigio en la Escuela aumentaba. Cuando concluyó los mismos, diversos bancos y empresas de prestigio le ofrecieron un empleo, pero, de manera sorpresiva, Angelita las declinó, y volvió a nuestra ciudad, donde procedió a la apertura de la asesoría “Tópolis, Fiscal, Contable, Laboral e Inversiones”.

No resultó una tarea fácil, si bien poco a poco fueron llegando los clientes. No obstante, lo que más llamó la atención al Comisario Moratalla fue que Angelita comenzó a sustituir a su madre en los periódicos viajes a Madrid. Nada cambió en los mismos. Angelita visitaba comercios variados por el centro, salía con bolsas de los mismos, como si hubiera efectuado diversas compras, y por la tarde volvía a la ciudad.

Al Comisario Moratalla le llamaba la atención que una familia que vivía de manera modesta realizase compras regulares en diversas tiendas del centro de Madrid. Algo le decía al policía que había gato encerrado. Lo consultó con sus superiores en la capital, y lo único que se les ocurría era parar de forma inesperada a la joven a la salida de unos de los comercios, y registrar las bolsas, por ver lo que llevaba dentro. Era una posibilidad, pero el Comisario General no estaba por la labor, pues podía poner en peligro su carrera política, por lo que mantuvo el seguimiento, pero con orden de no intervenir mientras no se incumpliera alguna ley.

Una mañana de primavera, llegó a toda España la noticia de que un grupo de accionistas del “Banco de Iberoamérica y España” estaban descontentos con la labor del Presidente del mismo, el Marqués de las Adelfas, y querían relevarle del puesto. La revuelta se fue extendiendo, al punto que hubo que convocar una junta general de accionistas extraordinaria.

En la misma, las fuerzas estaban muy parejas. Cuando, tras seis horas de intempestiva reunión, el Presidente parecía derrotado, hizo su entrada en la sala el abogado don Adelaido Billegas de las Perdices, portando un poder notarial otorgado en Londres, por la sociedad “London-Castilla Investment”, que acreditaba ser poseedora del cinco por ciento de las acciones del banco, manifestando su apoyo al Marqués de las Adelfas, que de esta manera acabó con la rebelión a bordo.

Una vez logrado su objetivo, el abogado Billegas se retiró de la junta. Ante las preguntas del Presidente, sobre a quién debía agradecer su apoyo, el abogado contestó desconocer quién o quiénes eran los dueños de la sociedad, ya que a él le había llegado el poder y el encargo el día anterior por la tarde, a su despacho, portado por un caballero que se limitó a entregar el sobre, pagar la gestión, y marcharse por donde había llegado.

Esto le causó honda preocupación al Marqués, pues al final estaba en manos de unos desconocidos. Puso a trabajar a diversos investigadores privados, que le informaron que la sociedad “London-Castilla Investment”, no figuraba como una sociedad española, ni tampoco estaba registrada en Gran Bretaña.

Tampoco se quedaron de brazos cruzados los derrotados, que con el abogado Villamil a la cabeza, revolvieron Roma con Santiago en busca de quién estaba detrás de la sociedad de inversión “London-Castilla Investment”. Ni siquiera el mejor detective de la más destacada agencia de investigadores privados de Europa fue capaz de llegar a conclusión alguna.
Unos meses después, se supo por los periódicos de Madrid y Barcelona que, en la junta del “Banco de Francia y África”, ocurrió exactamente lo mismo que en el banco español. Una sociedad desconocida resultaba poseedora de un número suficiente de acciones del banco, como para influir en las decisiones del mismo. Seguirían después bancos en Gran Bretaña, Alemania, Italia, Bélgica…lo cual despertó la curiosidad de importantes agentes económicos, que temieron que sus inversiones pudieran verse afectadas.

Se creó una comisión secreta, a nivel internacional, para investigar quién estaba detrás del asunto. Apenas habían celebrado dos reuniones, cuando los presidentes de los bancos involucrados recibieron una notificación, en la que quedaban advertidos de que, en caso de seguir adelante, en los días siguientes el accionista secreto cambiaría de bando, por lo que serían removidos de su puesto. La comisión murió ese mismo día.

Volviendo a nuestra ciudad, vino a resultar que Angelita se ennovió con don Celestino Luis Villares y Povedilla, que había llegado a la ciudad recientemente, para ocupar su plaza de veterinario en la delegación del Ministerio de Agricultura. Mantuvieron una relación absolutamente ortodoxa, contrayendo matrimonio un año después en la Basílica Catedral de la ciudad, en ceremonia celebrada por el Obispo, tras lo cual se celebró el banquete nupcial en el “Hotel Imperial”.

Entre los invitados al evento, acudieron diveros familiares de los padres de Angelita, unos de origen suizo, por le padre, y otros de origen dálmata, por la madre. Entre estos últimos estaba su tía Ambrosia, que llevaba años pasando penalidades, pues se había arruinado a la vez que su hermano, el padre de Margarita de Tópolis.

La señora, ya muy mayor, no parecía tener la cabeza muy centrada, y además era muy aficionada a la ginebra. El comisario Moratalla, cuando ya la fiesta decaía en el “Hotel Imperial”, y los más animosos se aprestaban a seguir la fiesta en el Lola, Lolita, Lola”, invitó a la dama a dar una vuelta por la ciudad, y a tomar la última copa antes de irse a la cama.

-Conozco la mejor ginebra de España, qué digo de España, de Europa, y se sirve en esta ciudad.
-Siendo así, contestó Ambrosia, vamos allá, y demos buena cuenta del manjar.

Moratalla condujo a la dama al “Rincón de Camagüey”, donde ordenó a don Arturo que sacará su mejor ginebra. Así lo hizo el barman. Llegada la hora de cierre, ordenó Moratalla al personal que desalojara el mismo, bajó don Arturo la persiana, y en torno a una mesa, dejaron que a Ambrosia se le aflojara la lengua.

“Caballeros, mi hermano, el Barón de Tópolin, dominaba las finanzas europeas de norte a sur y de este a oeste. No había operación que se escapara a su control y aprobación. Sin embargo, su salud no era buena. Tampoco su hija Margarita parecía tener la habilidad necesaria para heredar el mando del padre, por lo que no tuvo este más remedio que tomar un secretario, un joven brillante, graduado en comercio por la Universidad de Basilea, de nombre Valentino de Riciardi, y de nacionalidad suiza y de San Marino. Demostró el aprendiz grandísimas dotes para el negocio, a la vez que para la conquista, en este caso de mi sobrina Margarita. Todo marchaba sobre ruedas, hasta que una buena mañana, alguien fue capaz de manipular unas cotizaciones de la bolsa de Milán, haciendo que mi hermano se equivocase en sus decisiones, lo que le supuso unas pérdidas muy cuantiosas. Se corrió el rumor de que se había arruinado, pero eso rigurosamente falso, pues nadie sabía, ni sabe, la realidad de muchas de sus inversiones. El caso es que el disgusto fue mayúsculo, al punto de que hubo de ingresar en una clínica, en la que falleció tres días después. Entonces, tomó el mando de las operaciones Valentino, que visto que no pudo averiguar quién había manipulado los precios, esto es, tenía un enemigo desconocido, optó por desaparecer de la circulación, y venir a instalarse en esta ciudad, sin ostentación ninguna, para pasar desapercibido. Desde aquí siguió manejando las inversiones, con una amplia red de colaboradores en la ciudad de Madrid, joyerías, sastrerías, cafés, bancos…decenas de personas trabajando para él, comprando y vendiendo, cobrando dividendos, difuminando rastros…Un buen día, alguien compró un paquete significativo de acciones del “Banco Iberoamericano y de España”, lo cual llamó la atención de Valentino. Puso a investigar a su red, y pudieron averiguar que el comprador era un operador suizo, muy activo en la bolsa de Milán. A la vez, a mi domicilio en Dalmacia llegó una carta anónima, en la que la remitente, que se identificaba como un amor despechado, me hacía saber el nombre de la persona que manipuló el valor de las acciones, causando, de manera más o menos indirecta, la muerte de mi hermano. Parece que los nombres coincidían. Yo se lo hice saber a Valentino, que montó la trama necesaria para arruinar todas y cada una de las inversiones de este sujeto en cualquier mercado europeo. Cuando ese sujeto veía que ninguna de sus inversiones le permitía tomar el control de la empresa, para después manejarla a su antojo y desprenderse de ella con beneficios, se fue desesperando. Eso le llevó a cometer errores, y a ir perdiendo grandes cantidades de dinero en cada nueva operación que llevaba a cabo. A medida que iba quedándose sin dinero, iba perdiendo también amigos. Una noche, ya desesperado, se presentó en el domicilio de mi comunicante anónima, que le ofreció un empleo, en unas minas que su familia posee, al parecer, en el Congo. En un principio, el ofrecimiento le causó risa, pero esta se le fue pasando cuando mi comunicante le hizo ver que tenía toda la documentación de la falsificación de los valores de la bolsa de Milán, y que si no aceptaba su ofrecimiento, estos se harían públicos al día siguiente en varios de los más importantes periódicos europeos. No le quedó más remedio al caballero que coger el billete de tercera clase que le ofrecían, embarcar en el puerto de Roma esa madrugada, y dirigirse, perfectamente escoltado por dos guardianes, a la mina del Congo. Por lo que sé, no aguantó mucho en aquel empleo, pues murió apenas un mes después de su llegada. Sirva otra copita don Arturo, y un favor les pido, a usted y a Moratalla, que son dos caballeros: de lo que aquí haya podido contar, secreto absoluto. Soy una dama, y además estoy borracha.”

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