EL LAGO DE LA MONTAÑA DE LOS DOS PICOS

Vino la primavera de aquel año particularmente seca. El verano que siguió,llevó a sus últimas reservas a muchos de los manantiales y a muchas de las fuentes que llevaban el agua a la población. Únicamente la situada al pie de la Montaña de los Dos Picos seguía manando como si nada hubiera cambiado ese año con respecto a los de abundancia de lluvias.

A medida que las demás se iban agotando, la gente iba cogiendo sus cántaros, garrafas, jarras, barreños…y demás utensilios, y se acercaba a la fuente de la Montaña. Llegaron a formarse largas colas, y a surgir roces y hasta enfrentamientos abiertos entre los que esperaban. Como la situación no remitía, no le quedó más remedio al Alcalde que poner una guardia de veinticuatro horas, que cumplían, de manera alternativa, el Alguacil y dos ayudantes.

Llevados por el aburrimiento, y la natural curiosidad del ser humano, los viejetes que veían pasar los días en la plaza del pueblo, se desplazaron igualmente hasta la fuente, ocupando todos los asientos de los poyos que la misma tenía a los lados. Allí, con su cigarro de picadura pegado al labio superior, disertaban sobre lo humano y lo divino, y recordaban viejas historias ya casi borradas por el tiempo y la memoria renqueante de la vejez.

En esas estaban cuando Claudio Beñote, que ya por aquel entonces tendría noventa años, y que conocía muy bien la comarca, pues se había dedicado a la trata de ganado, cuando el ganado iba andando de un sitio a otro, solicitó atención a los presentes, y narró la siguiente historia:

“Me contó un día mi abuelo, siendo yo chaval, que le había contando su abuelo, siendo todavía un mocoso, que ni aún en los años de las peores sequías, había dejado de manar la fuente de la Montaña de los Dos Picos, y que eso era debido a que en su interior, pues habéis de saber que esta montaña es hueca, y que es un milagro que sus dos picos y sus muchas piedras no se hayan hundido de golpe y porrazo, y por eso desde siempre se dice que no se debe subir a la cima. Hubo, parece ser, un pastor, que no conocía el terreno, pues venía con su ganado desde Extremadura, camino de Soria, tierras ambas lejanas que yo no he conocido, al que se le escapó una oveja, a la que le dio por subir la Montaña de los Dos Picos. Salió el hombre en su búsqueda y, en un traspiés o en vaya usted a saber qué, cedió el terreno y se hundió. El caso es que algo debía pasar, porque al parecer, los perros no quisieron seguir a su amo, y se pusieron a ladrar con una furia casi salvaje. El criado del pastor, viendo que se lo había tragado la tierra, acudió al pueblo, donde pidió ayuda. Allá marcharon los hombres, que subieron hasta el punto en que el criado decía que había desaparecido su amo. Nada raro, sin embargo, se observaba en aquel punto. Todos dieron por perdido el tiempo, reprendieron al criado y comenzaron a volver a sus tareas. Cuando ya llegaban a la fuente de la Montaña, hizo su aparición Gerindote, que era un tipo raro, del que decían que estaba loco, y que no vivía en el pueblo, sino en una cabaña en su finca, y que tenía una estatura y una fuerza descomunales -de ahí viene lo de ¡que viene Gerindote!, que se dice a los niños cuando se los quiere asustar- que les informó que era rigurosamente cierta la desparición del pastor y la oveja, y que él sabía dónde estaban las entradas a las entrañas de la Montaña, que estaba hueca, y cuya base era un inmenso, gigantesco, lago de agua cristalina. Mantenía Gerindote que él había recorrido el lago en todas direcciones, pero que no había sido capaz de saber dónde empezaba, ni de dónde le llegaba el agua. En una de sus expediciones, que había durado muchos días, pudo encontrar una salida a la superficie. Cuando se encontró fuera, vio por fin aparecer, a lo lejos, a varios hombres y mujeres, que hablaban una lengua desconocida. Por si acaso, y conociendo como conocía el alma humana, prefirió desaparecer, lo que hizo introduciéndose por el mismo agujero por el que había salido. Tampoco eran las casas, ni las ropas, ni el paisaje, como este de su pueblo, por lo que no podía dar más señas al respecto.

En principio, pareció que nadie daba crédito a las palabras de Gerindote. La realidad es que quién más quién menos, en las conversaciones de bar hacía cabalas acerca de si serían ciertas o no las mismas.

Una noche fría de invierno, en la que los parroquianos del casino no se iban a casa por no salir a la helada intemperie, pues la estufa del bar siempre había tenido fama de estar bien alimentada de leña y tener buen tiro, y ya con los efluvios del vino haciendo sus efectos en las cabezas de los presentes, lanzó Paco “Pernales” una bravata: “No hay aquí tres valientes que me acompañen a comprobar si es cierto que bajo la Montaña de los Dos Picos hay un lago”.

Todos se miraron con prudencia. El Alcalde intervino, para decir a Rómulo que había llegado la hora de cerrar, y de que todo el personal se marchase a su casa. Insistió Paco “Pernales” en su demanda, y llamó gallinas a los presentes. Rómulo puso a todos en la calle, donde continuó la discusión. Tras un rato de idas y venidas, Fermín “el plomos” y Arcadio “el palomas”, aceptaron el reto. Se armaron de candiles y se fueron en busca de Gerindote, para que los mostrase la entrada a la montaña.

El gigante no quería ir de ninguna manera, y menos a esas horas de la noche. Tras larga insistencia, todos se dirigieron a la montaña. Apenas habían comenzado la subida de la misma, cuando sonó un extraño ruido, que parecía provenir del interior de la tierra. Un instante después, una ráfaga de viento apagó los candiles, y lo que parecía un risa inundó el ambiente.

“El plomos” y “el palomas” tomaron el camino de vuelta al pueblo, sin detenerse ni por un instante a mirar atrás. Paco “pernales”, que era un cabezón, la emprendió con Gerindote, al que acusó de haberlos llevado aposta por ese camino, para que el miedo se apoderara de ellos. Gerindote, tras mirar a “pernales” unos instantes, se dio la vuelta y emprendió el regreso. Se enfadó “pernales”, que le lanzó una pedrada, acertando al gigante en el espalda. Cuando este se volvió, con cara de ira, “pernales” había desaparecido. Nadie volvió a saber nada de él. Por más que los guardias interrogaron a Gerindote, no lograron avanzar con respecto a su primera declaración, en la que afirmaba que alguien le había dado una pedrada en la espalda, cuando bajada de la Montaña de los dos Picos, y que al volverse a mirar no había nadie. Y mantuvo que, como todos sabían en el pueblo, la Montaña tenía la costumbre de devorar a aquellos que querían introducirse en sus entrañas, razón por la cual nunca encontrarían a Paco “pernales”.

El Juez que se hizo cargo del caso, pasado el plazo reglamentario, optó por archivar el caso, pues no había cuerpo, y bien pudiera darse el caso de que todo consistiese en una fuga de Paco “pernales”, al ver que Gerindote se volvía hacia él en actitud nada amigable.

El caso de la desaparición se hizo muy popular, pues llegó a las páginas de los periódicos, alguno de los cuales llegó a ofrecer una recompensa por datos que condujesen a la localización de “pernales”. A la vez, multitud de curiosos emprendieron viajes y excursiones hasta la Montaña de los dos Picos. La situación llegó a desbordar todas las expectativas, sobre todo los domingos. Hubo de intervenir la autoridad, que cercó todo el diámetro del monte, impidiendo el paso. Eso dio paso a nuevas especulaciones, y a teorías de todo tipo, cada una de ellas más descabellada que la anterior.

Una mañana, llegó al pueblo un tal Aldemiro Convas, que se decía zahorí, y que tras unas someras mediciones, aseguró que bajo la Montaña de los Dos Picos había un gigantesco lago, que conectaba toda Europa de norte a sur, y que era perfectamente navegable. Pronunció estas palabras en la plaza del pueblo, y añadió que el problema era que si no se aseguraba perfectamente el subsuelo, el día menos pensado toda la comarca se hundiría, y perecerían todos sus habitantes. Sus palabras generaron un miedo irracional en los lugareños, que acudieron en masa al Ayuntamiento, para pedir al Alcalde protección y medidas urgentes.

Intervino la Guardia Civil, que se llevó detenido al zahorí, acusado de crear alarma social innecesaria. A pesar de ello, los ánimos no se calmaban, y tuvo que demandar el Gobernador Civil la presencia de técnicos del Ministerio de Fomento, para que examinasen la zona, y certificasen que todo era un bulo sin fundamento. Así se hizo. Estaban los ingenieros con sus mediciones y estudios, con todo el pueblo en la falda del monte, a la expectativa, cuando uno de los llegados resbalo, y fue rodando un buen número de metros montaña abajo. Lo que no parecía más que un accidente, se transformó, en el imaginario popular, en un intento de de la montaña por tragarse a quien estaba removiendo sus interioridades.

El miedo pasó a ser ya irracional. Hubo quien hizo la maleta, y marchó lejos de allí, pues el zahorí insistía, de nuevo en libertad, en que aquello tenía muy mala solución. El ingeniero jefe del Ministerio, al que llamó en persona el mismísimo ministro para que aclarase el asunto de una vez por todas, optó, a la mañana siguiente, por ir abriendo un surco que, arrancando del caño de la fuente, los condujese hasta el manantial del que llegaba el agua. Así se hizo, con la maquinaria apropiada. En ello estaban cuando, por el movimiento de tierras, una piedra de considerable tamaño, se puso a rodar hacía la multitud que observaba las evoluciones de los trabajos. Hubo desbandada general, con muchos heridos de distinta consideración, y hasta una anciana terminó falleciendo unas semanas después, pues no se pudo recuperar de las heridas.

Como la situación se seguía complicando, optó el Señor Ministro por enviar a la Montaña de los Dos Picos a una compañía de ingenieros del ejercito, por ver si ellos eran capaces de aclarar la situación de una vez por todas. Se pusieron manos a la obra, y por más vueltas que dieron, por más excavaciones que llevaron adelante, por más prospecciones que hicieron, nada encontraron que pudiese acreditar que la Montaña de los Dos Picos estaba hueca y en su interior habitaba un lago gigantesco que atravesaba Europa de norte a sur y de sur a norte.

La situación se fue normalizando, y hasta se olvidó. Así transcurrieron unos años, hasta que un buen día, a eso de las doce de la mañana, hizo su entrada en la plaza del pueblo un personaje desaliñado, de rubios cabellos y ojos azules, que ni hablaba ni entendía una sola palabra de español (o al menos eso decía él) que se detuvo ante los viejos sentados en el poyo de la puerta del casino, pidiendo con gestos algo de alimento y comida. El padre Gabriel, que en esos momentos tomaba su vasito de vino previo a la comida en el bar, se acercó al recién llegado, con el que trató, en vano, de entenderse en alguna lengua extranjera, pues tenía el cura, de sus tiempos de misión, conocimiento tanto del inglés como del francés. No hubo manera. En primer lugar, pidió para el forastero agua y un plato de comida, pues era obligación cristiana dar de beber al sediento y de comer al hambriento. A continuación, se dirigió al Alcalde, el cual había sido avisado por alguno de los presentes.

-Este hombre, por sus rasgos, parece venir de algún país del centro de norte de Europa. Lo delatan sus cabellos y sus ojos, a más de su piel tan blanca, impropia de países como el nuestro, en los que el sol hace acto de presencia casi diaria.

Al oír estas palabras, envió el Alcalde recado a Víctor el marino, pues había navegado este muchos años por el norte del Océano Atlántico, enrolado en barcos de países del norte de Europa, a la pesca del bacalao y de la ballena.

Logró el marinero entablar conversación con el forastero, y llegar a un entendimiento. Relató este que estaba embarcado en un barco pesquero, de bandera noruega, y que se dirigían a Terranova. De repente, sin previo aviso, una tremenda tormenta hizo su aparición, llevándose el banco por delante. A partir de ese momento, el marinero no tenía conocimiento de nada más. Desconocía que pasó con el barco, y con sus compañeros. Él había aparecido en un lugar que no conocía, tras emerger de una cueva muy profunda, por una sima abierta en la cúpula de la misma, a la que había ascendido con sumo esfuerzo. ¿Cómo había llegado hasta allí? Lo desconocía. Según su impresión, había navegado durante muchas horas, incluso días, por una especie de lago, de aguas cristalinas unas veces, oscuras otras, sin ninguna ola que perturbase su devenir, y con un silencio y una oscuridad absolutas. Tras salir a la superficie, había caminado durante varias horas, hasta llegar al pueblo. Por el camino se había cruzado con un gigante, que le había ayudado en el último esfuerzo a emerger desde la cueva a la superficie. Tuvo que esperar un buen rato una vez se reencontró con la luz, pues en el lugar del que el venía no alumbraba ni calentaba el sol con la fuerza con que lo hacía en este lugar.

Este relato volvió a poner en circulación todos los rumores sobre el lago subterráneo de la Montaña de los dos Picos, y se volvió a señalar a Gerindote como conocedor de los secretos y entresijos del mismo. El pueblo se indignó con el gigante. En nutrida manifestación, se dirigieron a su cabaña, dispuestos a forzar al hombre para que les indicará el o los puntos de acceso al lago subterráneo.

Cuando Gerindote vio de lejos la manifestación, se asustó, y echó a correr Montaña de los Dos Picos arriba, sin mirar atrás. Los perseguidores, al llegar al punto en el que ya habían desaparecido varias personas, se asustaron, y detuvieron la marcha. Vieron ascender hasta la cima a Gerindote. El gigante se volvió desde la misma, hizo una señal con su brazo derecho, y desapareció por la otra ladera. Los manifestantes rodearon la montaña, pero cuando llegaron no quedaba rastro alguno del huido. Los rumores volvieron a incrementarse. Unos dijeron que huyo para siempre del pueblo, asustado, mientras otros mantenían que se había escondido en el lago, en el que penetró por alguna de las entradas secretas. En cualquier caso, y como nadie se atrevía a pasar de los puntos de peligro, no se pudo verificar ninguna de las dos hipótesis. Gerindote desapareció aquella mañana para siempre.

Con respecto al extranjero, el Alcalde dio parte a la Guardia Civil, que siguió el protocolo al efecto, y unos días después de su aparición en el pueblo, fue recogido por un vehículo enviado a tal fin por la Embajada de Noruega, que se hizo cargo de él. Nada nuevo explicó a sus compatriotas de cómo había llegado hasta allí, por lo que el misterio sigue vivo a día de hoy.

Los habitantes de entonces fueron muriendo, y las historias del lago subterráneo de la Montaña de los dos Picos se fueron olvidando. Con el paso del tiempo, no se sabe si por ignorancia o por su contraria, la gente se fue animando a subir a la Montaña, sin que se hayan dado nuevo episodios de desapariciones, ni de apariciones de ciudadanos de lejanos países llegados a nuestro pueblo de manera misteriosa. En fin caballeros, que no demos más vueltas al asunto, bebamos un trago de este agua tan pura y cristalina, quizás porque venga directamente desde alguno de los dos polos, y vayámonos a comer, que ya va siendo hora”.

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