LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 46. LA CASA INGLESA (Cont.)

Se había despistado toda la ciudad sobre la cuestión inicial que había vuelto a poner en boga, y a sacar de su ostracismo, la casa del Coronel don Abundio Chercoles y Ruiz. Y no era este otro que el alquiler de la casona, ahora municipal, y su rehabilitación para que pudiera ser habitada por un personaje, al parecer muy principal, que debían llegar en próximas fechas a nuestra ciudad.

Como al parecer las obras debían reunir unos requisitos muy concretos, no fue encargada la misma, salvo en sus pequeños detalles, a las empresas de construcción locales, sino que vino una empresa especializada de Madrid, que al parecer era de la confianza de la Casa Real, y la que acometía todas las reformas encargadas por ella.

Lo anterior despertó el malestar y la queja del gremio de constructores, que se lo hicieron saber al Alcalde de manera inmediata.

-Comparto vuestra indignación, queridos amigos, pero ante mis protestas, he sido informado por el Gobernador Civil que aquí concurren circunstancias de seguridad que escapan a nuestro entendimiento, y que son las que obligan a que venga una empresa foránea. No obstante lo anterior, he recibido promesa firme de que seréis debidamente recompensados, pues la obra de la casa lleva anejas otras, en calles, carreteras, etc etc…que os beneficiarán a todos vosotros.

De cualquier manera, al final, y casi al principio, todos los constructores dependían, para su supervivencia, de la obra pública, hubieron de contentarse con las explicaciones. Llegó la empresa foránea, trabajaron dieciocho horas diarias siete días a la semana, por lo que la reforma fue terminada en un tiempo récord.

Unos días después, llegaría el inquilino principal, un niño de apenas dos años de edad, de nombre Humberto. Con él llegaban los encargados de su cuidado: el matrimonio formado por don Rigoberto de las Encinas Valdeluego, que al parecer era Conde, pero esto nunca quedó aclarado, y doña Encarnita Ribadesella y Ribadeo, una dama de la corte que había servido a la reina (aunque, como iremos viendo, nunca se supo exactamente a cual). Los acompañaba Nemesio Piedrasduras, chófer y recadista. Además, disponían de un servicio de vigilancia permanente, dado por los guardias y policías destinados en nuestra ciudad.

La llegada se produjo una mañana de martes, a eso de las doce horas, momento en el que la Plaza registraba llenazo. Y eso que aquel día fue recordado por un molesto viento del noroeste, que además de frío traía humedad, y de hecho, cayeron, en sucesivas oleadas, una serie de chaparrones sobre la ciudad, lo que generó el abandono de algunos esperantes.

La primera señal de la llegada se tuvo a eso de las diez horas, cuando un inusual despliegue de guardias dio que hablar a los vecinos. Para más inri, el mismo estuvo dirigido por el Capitán, algo que no era usual. Se lo confirmó, a eso de las once, un guardia joven, recién llegado a nuestra ciudad, a Julita Peñalara, cuando la muchacha se dirigía a la tahona a comprar el pan.

Por otra parte, el Gobernador Civil recibió un telegrama del Ministerio, en el que se anunciaba la llegada, y se le daba orden de que ninguna autoridad se presentase en el domicilio, bajo ninguna circunstancia, pues la estancia no era oficial. Se apresuró el Gobernador a hacer llegar la orden a todas las autoridades, con gran disgusto del Alcalde, que tenía preparado para la ocasión el traje que se había hecho a medida en su última visita a Madrid.

Únicamente debía recibirlos el abogado Billegas, en su labor de letrado, y con el único objeto de hacer entrega de las llaves de la vivienda, y ponerse a disposición de los nuevos inquilinos en todo aquello que pudieran necesitar.

Lo que no se pudo evitar, pues también se habían recibido órdenes estrictas a ese respecto, fue que los curiosos fueran ocupando los bancos, aceras y balcones de la calle. A eso de las once horas y treinta minutos la misma ya se encontraba repleta de personal. Entre otros, allí estaba, con su cámara de fotos, Hampuero, que fue rápidamente interceptado por el Capitán.

-Sr. Hampuero, ni una foto de los visitantes. En caso contrario, me informa la superioridad que puede ser acusado de alta traición.

-Pero mi Capitán, ¿en dónde queda la libertad de prensa?

-En todas partes, menos en esta calle y en esta ciudad. No sea tonto, y no vaya usted a dar con sus huesos en la cárcel. Su director, don Anacleto, ya ha sido avisado en el mismo sentido.

Por fin apareció el vehículo, un impresionante Hispano Suiza, de color negro, con cortinillas en las ventanillas traseras y posterior. Delante, un par de motoristas, con pantalones verde oscuro, cazadora de cuero y casco en sus cabezas. Detrás del vehículo, otros dos escoltas cerraban la comitiva.

Se detuvo el automóvil justo delante de la puerta del inmueble. Descendió del mismo en primer lugar don Rigoberto de las Encinas, procedió a abrir, y solo entonces descendió un niño de apenas dos años, que fue introducido en la casa a toda velocidad por doña Encarnita Ribadesella y Ribadeo, el ama de llaves.

Se cerró la puerta, se retiraron el automóvil y los escoltas, y de nuevo el más absoluto de los silencios inundó la calle. Hasta los espectadores se quedaron, como vulgarmente se dice, con la boca abierta, pues no esperaban que todo el revuelo quedase reducido a lo que sus ojos habían contemplado.

El guardia Rubiales, que había sido encargado de mantener despejada la puerta de acceso, se sintió importante por un momento, y se dirigió a los congregados:

-Venga señoras y señores, pueden todos retirarse a sus quehaceres. Aquí está todo el pescado vendido.

Así lo hicieron unos y otras. En pocos minutos, la calle había recobrado la normalidad. En los siguientes días, como quiera que nadie daba explicaciones, ni se veía ningún movimiento en la vivienda, los dimes y diretes comenzaron a correr como la pólvora por toda la ciudad.

Hubo un momento de impasse la mañana del miércoles siguiente, cuando en otro automóvil llegaron de Madrid tres nuevos personajes, a los que conoceríamos con el tiempo: el Profesor don Constancio de la Piedra, la institutriz Miss Kelly, y el guardaespaldas, don Roque Castrillejo. Se acomodaron en la vivienda, de la que no se retirarían hasta muchos años después, cuando el niño Humberto marchó a Inglaterra a cursas estudios de Comercio.

Si nos acercábamos a la plaza, la versión que mantenían los ociosos, era que Humberto era hijo, al parecer, de un rey europeo, posiblemente el de Inglaterra. Por lo que contaban, el Rey de España había invitado a sus pares de toda Europa a una cacería en una finca de la provincia de Ciudad Real, para conmemorar su onomástica. A más de las parejas reales, también habían sido invitados los nobles más importantes, entre los que se encontraba una dama de la nobleza española (algunos aventuraban que Grande de España), que congenió desde el primer momento con su majestad británica.

Las galas fueron yendo a mayores, al punto de que la dama (de la que nada se sabía, ni nunca se supo), quedó embarazada. El fruto de aquel encuentro era precisamente Humberto, al que mantenía precisamente el rey inglés.

Estaba igualmente la versión de “El Ciudadano Cabal”, elaborada principalmente a raíz del estudio de los rasgos físicos del recién llegado, que al parecer, y por una indiscreción del guardia Rubiales, se sabía que tenía pecas y era pelirrojo.

-No me digan más, caballeros, argumentaba Villalpando. Con esos rasgos, ha tenido que intervenir un personaje con pasado celta, incluso podría ser anglosajón. La dificultad es discernir si quien aporta ese pasado es el hombre o la mujer, pues no olvidemos que a la cacería también fueron invitadas las damas de sus majestades y sus nobles, y bien pudiera ser que alguna cayera en los brazos de nuestro rey.

-Esta versión es más lógica, apostilló el abogado Billegas, toda vez que por ese motivo es por el que el infante ha quedado en España.

-Y otro dato que no debemos olvidar, añadió el historiador oficial don Torcuato, es que la institutriz es británica, me han dicho que concretamente de Bristol.

-Por otra parte, participó el Padre Muelas, sabido es que la dama española es infinitamente más virtuosa que cualquier extranjera, por lo que la maternidad española de Humberto yo no la veo.

Circulaba una tercera versión, que partía desde las mesas de “La Perla Negra”, pero por decoro del escrito, me van a permitir que no la reproduzca hoy aquí.

En estas cuitas andábamos cuando una tarde, a eso de las dieciocho horas, salió disparada desde su garaje la ambulancia de la clínica del Dr. Benavides, que fue a estacionarse delante de la puerta de la casa de Humberto (que ya empezaba a ser llamada la Casa Inglesa, término con el que ha llegado hasta nuestros días). Acudió en persona el propio Dr. Benavides, junto a su jefe de Pediatría, el Dr. Morenilla. Algún mal aquejaba al pequeño. Benito “el ralis”, conductor de la ambulancia, decía no saber nada, pero al final se lo contó a la Srta. Angelita Sempere, que estudiaba corte y confección por las tardes en “Las Tres Pes”, y que no miraba con malos ojos al chófer en el paseo dominical tras la misa de doce.

-Dicen que el niño lleva desde esta mañana con diarrea. Según se encuentre, lo mismo hay que trasladarle a la clínica, incluso hablan de conducirlo a Salamanca o Valladolid, vete a saber si al mismo Madrid. Eso sí, apostilló “el ralis”: esto es confidencial, que me juego el puesto.

Confidencialmente, Angelita se lo contó a sus amigas, y estas a las suyas, y así sucesivamente, con lo que la cagalera del mozalbete llegó a oídos de toda la población. Hampuero hizo una broma en “El Rincón de Camagüey”, diciendo en alto que, al día siguiente, y a cinco columnas, “El Ciudadano Cabal” titulaba “Cagalera Real”. La risa fue generalizada, excepto por parte del Gobernador Civil, que se retiró discretamente del café, y mandó llamar a su despacho a Hampuero, y a don Anacleto, director del periódico.

-Don Anacleto, tiene usted un redactor muy jocoso, hasta graciosillo, diría yo. Y precisamente por esos atributos, va a ser multado con trescientas pesetas, o en su defecto un mes de cárcel, siendo el periódico responsable subsidiario. Así que hala, a contar chistes y a pasar la gorra, a ver si consiguen las trescientas pesetas.

-Pero Sr. Gobernador, es un comentario sin mala intención, ya sabe usted, estos jóvenes, se beben una copita y a decir sandeces.

El Gobernador los despidió con viento fresco.

-Menudo problemón Hampuero. ¿Qué hacemos ahora?

-Yo no sé usted, don Anacleto, pero yo la maleta, y esta misma noche, a ver si me puedo subir en uno de los camiones del pescado y me marchó a Madrid.

Cuando todo parecía perdido, don Anacleto, a través de algunos de sus colegas de Madrid, logró que el mismísimo Ministro de la Gobernación llamase al Gobernador Civil para parar la multa.

-Órdenes de arriba, Balín, órdenes de arriba. Pero una cosa le digo, pues así me lo han advertido: ni una palabra de Humberto, ni de su casa, ni de sus actividades, porque le empaquetan de por vida.

El caso es que Humberto pudo ser tratado en su domicilio, eso sí, con la obligación médica de salir a dar un paseo todas las tardes, cuando ni el calor del verano ni el frío del invierno estuviesen ya en su apogeo, pues la falta de ejercicio, al parecer, no eran convenientes para nadie, mucho menos para un niño de tan corta edad.

Cuando a la tarde siguiente, vieron los ociosos acercarse a dos guardias civiles hasta la puerta de la Casa Inglesa, todos supieron que algo iba a ocurrir. Custodiados por la autoridad, el niño Humberto, el guardaespaldas Castrillejo, y la institutriz Miss Kelly salieron de la casa dispuestos a recorrer los alrededores de la misma.

Por fin conocían al niño. Después de poder observar su aspecto físico, tras lo cual, surgieron varias preguntas:

-¿Y dónde ve Villalpando al niño lo de ser celta?

-¿O lo de ser anglosajón?

-Qué ignorantes sois, terció doña Mercedes, eso tiene que ser por la vestimenta. ¿Acaso habéis visto a algún niño de por aquí, incluso de Salamanca o Valladolid, vestido con pantalones de cuadros, y con una raya verde?

-Usted perdone, doña Mercedes, es que nosotros no leemos esas revistas de modas que a usted le hacen llegar.

-Ni de modas ni de nada.

Al Padre Muelas tampoco le gustó la vestimenta del niño. Si además le sumaba lo de la institutriz inglesa, su preocupación alcanzaba cotas insospechadas. Comunicó al Sr. Obispo su desazón, insinuando que sería conveniente ratificar si el niño estaba bautizado, y si no sería conveniente ir pensando en su educación religiosa.

-Tranquilícese, Padre Muelas, que el niño tiene dos años. Tiempo tendremos de su instrucción.

-Vigilancia Monseñor, vigilancia, que esa institutriz inglesa no me da muy buena espina.

A base de la rutina, la presencia de Humberto en la ciudad fue empezando a ser asumida con naturalidad por todos. Recibía tres visitas semanales, más no se sabía de quién, pues el o los visitantes acudían a la casa en un vehículo con los cristales oscurecidos, de manera que nada de su interior quedaba a la vista. A la cuarta semana, ya todos se buscaron nuevas ocupaciones para llenar sus ratos libres.

El año en que Humberto cumplía siete años, una entrevista, por parte del tutor de Humberto, don Rigoberto de las Encinas, fue solicitada al Sr. Obispo.

-Monseñor, el niño Humberto cumple siete años en abril, por lo que es mi deseo como su tutor, que se prepare para recibir la sagrada comunión el próximo mes de mayo.

-Qué alegría me da usted, don Rigoberto.

Cuando, a la hora del almuerzo, el Sr. Obispo comunicó la buena nueva al Padre Muelas, esté mostró su alegría, si bien seguía sin tener todas consigo.

-¿Y han dicho algo del tipo de ceremonia que desean? Nada de excepciones, Monseñor, nada de excepciones.

-No sea histérico, Muelas, ni saque las cosas de quicio.

El caso es que, llegado el día quince de mayo de aquel año, domingo, se engalanó la basílica para recibir a los niños y niñas que debían comulgar aquel día por primera vez. Entre ellos, estaba Humberto, que acudió a la ceremonia con traje de almirante de la Armada, y acompañado por todo el personal de su casa. Corrió la voz de que, desde la sacristía, y por un mínima rendija abierta al efecto, acudieron al enlace sus padres, que unos decían eran el rey de Inglaterra y una dama de la corte española, y otros que era el rey de España, y la esposa de un duque inglés.

Esta segunda versión fue ganando adeptos. La balanza la inclinó definitivamente de ese lado el guardia Rubiales, que por hacerse el interesante con Angelita Rubiales, le dijo una tarde, confidencialmente Angelita, que me juego el puesto, que la institutriz de Humberto, Miss Kelly, era precisamente hermana de la madre del niño, y que había sido enviada para que vigilase muy de cerca la evolución del chaval, toda vez que le preocupaba mucho a su progetinora que las costumbres españolas se impusiesen sobre las británicas.

Confidencialmente, Angelita se lo contó a sus amigas, y de confidencia en confidencia llegó el asunto a oídos de doña Mercedes, que lo proclamó a los cuatro vientos.

-Y además, continuó doña Mercedes su parlamento a los ociosos, me llegan noticias de que los padres han mantenido una fortísima discusión por el asunto de la comunión de Humberto, ya que en Inglaterra son protestantes. Y claro, bajo ningún concepto el padre podía permitir que su hijo, por muy infanzón que sea, se condenase para siempre a las calderas de Pedro Botero.

Lo que quedó unas semanas después, fue el aumento del prestigio social de Miss Kelly, pues todos pasaron a otorgarle consideración de duquesa inglesa, lo cual ella no desmintió en ningún momento. Y pudo hacerlo aquella tarde en que se dirigió, acompañada de doña Encarnita Ribadesella y Ribadeo, a “Las Tres Pes”, para encargar la confección de diversas prendas de vestir. La sastra, doña Paloma, se quedó tan sorprendida al ver entrar en su establecimiento a las dos damas, que no supo qué decir, más allá del buenas tardes de rigor. Solicitaron la visitantes, por un asunto de protocolo, si podía cerrar la tienda mientras las atendía, a lo que accedió la propietaria, que asumió el compromiso de no revelar el encargo de ambas mujeres. Así lo hizo doña Paloma, lo que le valió la enemistad de buena parte de las ociosas de la ciudad, que determinaron mudar sus compras a “Modas de París”, para contento de Encarnación Puenteslargos, si bien el pret á porter seguía sin ser lo mismo que la confección a medida, por lo que más o menos en secreto, todas fueron volviendo, dependiendo de para qué, a la sastrería, eso sí, sin olvidar el feo que su propietaria les había hecho.

Siguió cumpliendo años Humberto. Se examinó, en Salamanca, para su ingreso en bachillerato, y de la reválida de cuarto, como más tarde lo haría de la de sexto. Fue el año en que aprobó la de cuarto, cuando volvió a sorprender a toda la ciudad con una iniciativa absolutamente desconocida por entonces por estos pagos, y que incluso llegó a causar el rechazó unánime de los más pacatos.

No tuvo otra ocurrencia el tutor de Humberto, don Rigoberto, que alquilar el Salón Reconquista del “Hotel Imperial”, para celebrar una reunión de jóvenes, en la que su pupilo invitaba a lo mejorcito y más granado de la adolescencia local. Cuando fueron llegando las invitaciones (dijeron las malas lenguas que fue don Anacleto Balín, el director de “El Ciudadano Cabal”, el asesor de don Rigoberto), la estupefacción en las caras de los padres y madres de las jovencitas fue inenarrable.

El asunto fue objeto de debate en “El Rincón de Camagüey”.

Miren la ocurrencia del tutor del inglés, clamó el Gobernador Civil, una fiesta solo de jóvenes en un salón de un hotel.

-Eso hay que prohibirlo, señor Gobernador, clamó desde su mesa el Padre Muelas, escandalizado.

-Pero caballeros, intervino don Arturo, esto de las fiestas de presentación de los jóvenes se hace desde los tiempos de la llegada de España a tierras americanas. Que aquí haya caído en el olvido por motivos que ahora no vamos a analizar, no debería impedir el sano divertimento de nuestros jóvenes.

-Pero qué dice usted. Hombres y mujeres mezclados en un salón, dejando escapar sus instintos, esto no es América, don Arturo, a ver si se entera de una vez dónde está, y las costumbres que tenemos en Castilla.

-Haya paz, intervino el Juez Cardona. Formemos una comisión ciudadana, y permitamos que don Rigoberto explique sus intenciones. No olvidemos la relevancia del convocante.

Se alargó la discusión sobre el asunto, y se llegó a la conclusión, con la pertinaz oposición del Padre Muelas, de que el Juez Cardona, el Notario De la Cruz, y el Alcalde, solicitaran explicaciones y, en su caso, convocasen a don Rigoberto a una reunión en el “Rincón de Camagüey”.

Don Rigoberto mostró su extrañeza y malestar por el resultado que había encontrado su convocatoria, que no pretendía ser, según sus palabras, más que un inocente encuentro de los jóvenes distinguidos de la localidad, en aras a entablar conocimiento y, si así surgiese, hasta alguna amistad. Humberto estaba entrando en la adolescencia, y parecía recomendable que fuera estableciendo su círculo de amistades, salir a la calle, y viendo como era el mundo más allá de las cuatro paredes de la Casa Inglesa. No obstante, si tanto recelo despertaba su iniciativa, quedaba esta cancelada desde ese instante.

Estaban celebrando su triunfo el Gobernador Civil y el Padre Muelas, no pudiendo evitar su contento mientras movían las fichas del dominó, cuando un motorista a bordo de una motocicleta con matrícula oficial, llegó hasta la misa puerta de “El Rincón de Camagüey”. Cuando se detuvo, y se apeó, escoltado por el Sargento Valladares, se hizo un silencio sepulcral en el café. Desde todos los bancos de la Plaza, acudieron raudos los ociosos a ver qué ocurría.

Tras quitarse el casco, penetró el motorista en el establecimiento. Le recibió don Arturo.

-Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle?

-Buenas tardes, traigo un telegrama urgente para el Gobernador Civil, que me han dicho que se encuentra aquí.

-Presente, se escuchó decir al Gobernador, con una voz un tanto titubeante, incluso temblorosa.

-Le ruego se acredite, Sr. Gobernador. Un telegrama del Sr. Ministro de la Gobernación.

Demudó el color el representante ministerial. De repente, sus bromas recientes acerca de la suspendida reunión parecieron pronunciadas hacía mucho tiempo. Todas las miradas se clavaron en él, que en un profundo silencio, enfiló el camino hacia el edificio oficial. Los ociosos le siguieron, y los contertulios del café hubieran hecho lo mismo, si no hubiera resultado vulgar. En cualquier caso, instruyó don Arturo a Seisdedos para que se uniera a los perseguidores, y le mantuviera informado.

También le siguió Hampuero, que tuvo ánimo para acercarse al Gobernador, y ponerse a su disposición por si consideraba oportuno hacer alguna declaración. Cuando ya se había alejado lo suficiente, todos se miraron en el café.

-Malo, dijo Villalpando, estos motoristas que aparecen como caídos del cielo, sin previo aviso, suelen portar malas noticias.

-Bueno bueno, no seamos gafes. Vamos a ver de qué se trata, continuó el Dr. Pío Benavides.

Una hora después de la llegada del motorista, sonó el teléfono de “El Rincón de Camagüey”. Era el Gobernador, que reclamaba la presencia urgente en el edificio de gobernación del director de “El Ciudadano Cabal”, pues tenía que hacer una declaración, que debía aparecer en la primera página del periódico del día siguiente.

Salió disparado don Anacleto, que recogió la declaración, para ir directamente al periódico. No hubo filtraciones, por lo que todo el mundo se mantuvo expectante, sin marcharse a dormir, por ver si se enteraban de algo una vez que las primeras pruebas salieran de la imprenta. Don Arturo tenía que cerrar, sopena de ser multado por rebasar el horario autorizado, por lo que los parroquianos que permanecían a la expectativa optaron por marchar al “Lola, Lolita, Lola”, único lugar que permanecía abierto hasta altas horas de la madrugada. Dejaron de encargado de las novedades a Hampuero, al que prometieron veinte duros por la primicia.

Por fin, ya entrada la madrugada, se supo qué había ocurrido: al parecer, el tutor de Humberto, don Rigoberto, había expuesto a Palacio los rigores costumbristas de la ciudad. Estos habían llegado al Presidente del Consejo de Ministros, que se los hizo seguir al Ministro de la Gobernación, que envió el motorista al Gobernador Civil, con la orden de celebrar una fiesta que no se olvidase jamás en la ciudad.

Todavía pretendió ejercer su oposición el Padre Muelas, que fue amenazado por el Obispo a pena de destierro si seguía insistiendo en la cuestión.

Se llevó a cabo la fiesta, de la que efectivamente todavía se habla a día de hoy. Nadie quiso faltar, y se lamentaron hasta la saciedad aquellos cuyos vástagos no fueron invitados. En previsión de problemas, no se sirvió alcohol, al menos públicamente, y varios agentes de la Guardia Civil hicieron las veces de camareros. Resultó ser Humberto un joven afable, cordial, simpático, sencillo. Al día siguiente, “El Ciudadano Cabal”, lo describió como encantador.

Visto el éxito de la convocatoria, se acordó por parte de todos que la misma se repitiera con carácter mensual. Allí nacieron amistades y relaciones que perduraron muchos años, tantos como que solo quedaron interrumpidas el día en que sus protagonistas pasaron a mejor vida.

Cuando Humberto terminó el bachillerato, decidieron sus tutores que viajase al Reino Unido, para acudir en aquel país a la Universidad. Eso acrecentó los rumores acerca de su padre, que no podía ser otro, decían los lugareños, que el Rey de Inglaterra, que lo quiere tener cerca.

Los rumores cambiaron de signo el día en que Humberto volvió a la Casa Inglesa para pasar el verano, en una estancia que se repetiría todos los veranos de su vida. Entonces vino a resultar que su padre era el Rey de España.

Terminó el vástago sus estudios. Siguió pasando temporadas en nuestra ciudad, continuaron las reuniones y fiestas con sus amigos de adolescencia, la Casa Inglesa se convirtió en su casa, llegó el día de su boda, con una dama de la nobleza, a la que tuvimos ocasión de ver y admirar en nuestra ciudad.

Fue pasando la vida. Hasta una mañana, en la que Humberto dijo no sentirse bien. Fue avisado el Dr. Benavides, que ordenó su traslado a un hospital de Madrid. No fue necesario el traslado. Se reunió Humberto con el Altísimo un ratito después. Manifestó en sus últimas voluntades que quería ser enterrado en nuestra ciudad. Así se hizo, con todo el boato y la pompa de que fuimos capaces.

Hace poco, tomando café en “El Rincón de Camagüey”, alguien preguntó si al final se aclaró quién era el padre de Humberto, si el Rey de España o el Rey de Inglaterra, o ninguno de los dos. Nunca lo supimos. Quizás haya sido lo mejor. Así tendremos de qué hablar en las largas tardes de nuestra ciudad, muy frías en invierno, muy cálidas en verano, bastante largas y aburridas siempre.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s