LOS CUENTOS DEL ENTERRADOS. Capítulo 45. LA CASA INGLESA

Aquella mañana, el correo certificado que llegó desde Madrid, contenía una carta, proveniente del Ministerio de Asuntos Exteriores, destinada al abogado don Adelaido Billegas. Viendo la procedencia, ordenó el Director de la oficina de correos, don Genaro de la Olivilla, al cartero Samuel Vilches, que la despachara a la mayor urgencia, por si el asunto requería celeridad.

Así lo hizo Samuel. La recibió, intrigado, don Adelaido en su despacho. Una vez abierta, procedió a la lectura de su contenido. El mismo venía a ser un memorandum, más que una carta. Su contenido era el siguiente:

“De: Ministerio de Asuntos Exteriores, Madrid.
A: Don Adelaido Billegas de las Perdices, Abogado.

Muy Sr. Nuestro, sirva la presente de requerimiento de sus buenos oficios y quehaceres profesionales, para que, siguiendo instrucciones de este Ministerio, se sirva informar, misma vía y a la mayor brevedad y reserva, si existe en su ciudad casa señorial disponible, para albergar a un infante, muy principal, a más de su servidumbre, consistente en matrimonio ayuda de cámara. Sobre la marcha, y ya con personal local, se cubrirán el resto de necesidades. La casa elegida debe ser amplia, tener el suficiente número de habitaciones y dependencias, a más de resultar cómoda y acogedora.
A la espera de sus noticias, reciba un cordial saludo, el subsecretario del Ministerio de Asuntos Exteriores, a ………….”.

Puso don Adelaido en marcha su cabeza, y llegó a la conclusión de que podía ser válida la casona situada en la calle de la Loma, número 16, que era de recia y sólida construcción, si bien con el hándicap de llevar cerrada un número importante de años. Por lo demás, la casa disponía de dos plantas, con un jardín central, entrada para carruajes, dependencias para el servicio con entrada independiente…en definitiva, que reunía las condiciones solicitadas.

El problema que surgía era: ¿quién es el propietario de la misma? Se dirigió don Adelaido al Ayuntamiento, donde fue recibido por el Alcalde. Tras exponer la situación, procedieron a la consulta de los archivos. La casa, tras sucesivos impagos de sus tasas e impuestos, fue embargada por el Ayuntamiento. Así pues, era de propiedad municipal. ¡Qué sorpresa! Nadie había reparado en ello.

Acordaron Alcalde y abogado el precio del alquiler a solicitar, y marchó don Adelaido a preparar la contestación al Ministerio. Mientras tanto, el Alcalde, picado en su curiosidad, mandó llamar al historiador oficial de la ciudad, don Torcuato Acevedo y Díez de la Ensenada, para que le pusiera al día de la historia de la casa.

Esta casona, comenzó don Torcuato su parlamento, fue erigida un ya lejano año de 1756, por orden del Coronel de Infantería don Abundio Chercoles y Ruiz, que se hecho en América inmensamente rico. La casa fue pasando a sus herederos, hasta que llegó, dicen que aproximadamente un siglo después, a manos de don Gonzalo Chercoles de los Laureles, antropólogo, y cuyos estudios se habían centrado en una remota tribu del corazón de la selva africana. Hacia allí se dirigió el bueno del investigador, y ya nunca más nadie supo de él. Se preguntó a todas las cancillerías europeas, por si podía alguna dar cuenta de don Gonzalo. A lo más que se llegó fue a vagas informaciones, recogidas por una expedición inglesa, en la que decían que habían escuchado contar una historia de un hombre blanco al que una tribu salvaje, que ellos llamaban del “otro mundo”, había capturado y subido a la cima del monte de la muerte, donde había sido sacrificado en medio de terribles sufrimientos.

Tras muchos años de impagos de todo tipo de tasas, se vio el Ayuntamiento en la necesidad de apuntalar y restaurar la casa, que amenazaba ruina, y llevarse por delante a las casas aledañas, a más de a cuantos transeúntes dieran en pasar por allí. Tras aquello, se iniciaron los trámites de expropiación, que concluyeron siendo adjudicada la casona al municipio.

Llamó entonces el Alcalde a Fede “Puñales”, jefe de mantenimiento del Ayuntamiento, y le ordenó que le acompañara, para ver el estado en el que se encontraba el inmueble. Como nadie sabía dónde podían estar las llaves, se avisó igualmente al cuerpo de bomberos, para que se dispusieran a abrir la puerta.

El Sargento Hermosilla, jefe de los bomberos, expresó sus reticencias, pues decía que aquel era un trabajo de cerrajeros, más que de sus hombres, pero no tuvo más remedio que cumplir la orden. Por fastidiar, ordenó salir al camión más grande del garaje, encendiendo a todo volumen las señales acústicas, y desplegando en todo su esplendor las lumínicas. Estas empezaron a oírse desde el par de kilómetros que separaban el parque de bomberos de la calle de la Loma.

Los sonidos llegaron a la plaza, donde los ciudadanos ociosos dormitaban al placentero sol de la mañana otoñal que invadía la ciudad. Pero, chico, fue escuchar el sonido, ver erguirse cabezas, afinarse oídos, ponerse puntiagudas muchas orejas, abrirse ojos…los más osados hasta ponerse de pie…todos mirándose entre sí, por ver si adivinaban la dirección a la que debían dirigirse de inmediato.

Todo se arregló un par de minutos después, cuando vieron salir del consistorio al Sr. Alcalde, acompañado de don Torcuato y del guardia Rubiales. Todos los ociosos, sin excepción, formaron en compacta marcha tras ellos. En los ojos de todos, por encima de la intriga por saber qué ocurría, brillaba la ilusión porque, al fin, algo pasaba en la ciudad.

Llegó el gran momento. Todos expectantes ante la puerta de la casona. El Sargento Hermosilla, sintiéndose protagonista por un día, toma personalmente las enormes tenazas que para estos casos llevan los bomberos. El Alcalde le da el alto.

-Un momento, Sargento. Primero, que “Puñales” pruebe las llaves que ha traído, que si se puede evitar un destrozo, mejor que mejor, que el arreglo lo paga el Ayuntamiento.

Tímidos aplausos para el Alcalde. Algún grito desde las filas de los mirones: “que pague el que rompe, no te digo”, “Hermosilla, como no es tuyo, a romper a romper”, “Sargento listillo, rompe tu casa”…y algunos improperios más de esta guisa. Hermosilla mira desafiante a la multitud, que le responde con más gritos y algunos gestos.

Empieza “Puñales” a probar llaves del abundante llavero que ha llevado consigo. Nada, ninguna vale. Llega un punto en que una de ellas se encasquilla, incluso gira unos grados, pero no pasa de ahí. Después, no va ni para atrás ni para alante.

-Ahora, levanta la voz Hermosilla, va a ser más dificultosa la maniobra de apertura, y el arreglo se va a elevar a mucho más importe que si hubiera acometido la apertura desde el principio.

Calla el Alcalde. Calla la multitud. Interviene el Sargento. Plis, plas, dos tijeretazos, y la puerta que cede mansamente al suave empuje el bombero. La puerta, emitiendo un sonido de goznes sin grasa, gira noventa grados. Sale un fuerte olor a cerrado, incluso da la impresión de que podía ser de humedad. Los más cercanos, de manera instantánea, dan un paso atrás. Al momento, todos mueven sus cabezas, intentando ver el interior de la casa.

La multitud empieza a acercarse. El Alcalde ordena a Rubiales que los contenga. El guardia se queda mirando a la autoridad, como diciendo “y que quiere que haga yo solo frente a todas estas personas”. El edil, acompañado de Hermosilla y otro bombero, penetran en la casona. Van mirando al techo, y a los lados. Llegan al patio central. Observan las ventanas de los alrededores. De repente, un gato salta por una de las ventanas, que tiene un cristal roto, y tras protestar la compañía con un maullido, desaparece por una de las esquinas. Los expedicionarios vuelven sobre sus pasos. Salen de la casa.

-Todo está en orden, dice el Alcalde en alta voz, para que le escuchen los mirones. Así que venga, desfilando, todos a sus quehaceres, que lo que haya que hacer aquí es cosa del Ayuntamiento. Rubiales, quédese de guardia. Yo voy a avisar al cerrajero, para que venga a poner un candado.

La multitud se disolvió, entre otras cosas porque iba llegando la hora de la comida, y a continuación la de la siesta, esa magnífica costumbre donada al progreso por nuestros antepasados.

Cuando la plaza volvió, a media tarde, a coger color y actividad, pues los chavales, ya fuera del colegio, estaban jugando animadamente, Julito “el corchete”, el niño más empollón de la escuela, tuvo la ocurrencia de preguntar quién era el Coronel don Abundio Chercoles y Ruiz. Su madre se quedó “in albis”, al igual que todos los que estaban alrededor. Por un momento, sintieron vergüenza, pero fue solo un instante. Rápidamente se repusieron, pensaron que su ignorancia no era por su culpa, sino debido a un método de enseñanza deficiente, implantando por un gobierno mediocre al que nada le importaban sus niños, mucho menos los de provincias.

En cualquier caso, y a instancias de don Hermenegildo, jubilado de los ferrocarriles, acordaron los ociosos dirigirse a la biblioteca municipal, a fin de que Arturo “el gafas” les orientase acerca de algún libro que hablase de las andanzas de su ilustre vecino.

Cuando “el gafas” vio subiendo las escaleras a la multitud, con doña Mercedes a la cabeza moviendo el bolso beige de lado a lado, tomó las precauciones contenidas en el protocolo de seguridad. Puerta de acceso cerrada, y a hablar por el ventanuco.

-Buenas tardes, Arturo, abre la puerta que no te vamos a comer. Queremos algún libro que nos ilustre acerca de nuestro antepasado vecino el Coronel don Abundio Chercoles y Ruiz.
-Pues lo primero, que para entrar aquí hace falta carnet, y que yo sepa, entre los presentes no veo a nadie que lo tenga. Lo segundo, del Coronel Chercoles, el que más sabe es don Torcuato, el historiador oficial, así que le vais a él con el cuento.

La turba dio media vuelta. Se encaminaron hacia “El Rincón de Camagüey”, donde seguro que estaba don Torcuato pasando la tarde en su tertulia.

-Don Torcuato, nos informa “el gafas” que usted es el que más sabe en esta ciudad sobre le Coronel Chercoles, el que era el dueño de la casa esa de la calle de La Loma, 16, que algo anda rondando el Alcalde cuando, después de toda la vida, ha ido con los bomberos esta mañana para abrir la puerta, y se han metido dentro a mirar. ¿Usted no sabrá nada, verdad?
-¿Yo?, ni la más remota idea, doña Mercedes. Hombre, sobre don Abundio Chercoles y Ruiz, Coronel de Infantería, e ilustre hijo de esta ciudad, algo sé. No tengo inconveniente en hacerles llegar el fruto de mis investigaciones sobre su persona, pero claro, antes habrán de permitirme revisar mis notas, preparar la disertación…creo que no estaría de más que hablaran con la autoridad competente, para que la misma se llevase a cabo en lugar apropiado a la importancia del personaje y al interés surgido entre sus convecinos.
-Vaya rollo que nos está soltando, don Torcuato. Esto es fácil, ahí está el Maestro Villalpando, que nos deje una clase del Instituto, y andando.

Se dirigen entonces al maestro.
-Villalpando, habilite una clase del Instituto, para que don Torcuato nos ilustre sobre el Coronel Chercoles.
-Hombre, eso no es tan fácil, doña Mercedes. El Instituto no es mío, tiene un director, a él deberán dirigirse.
-Deberán no, Villalpando. Deberá usted, que tan vecino es como nosotros, y tan interesado estará, digo yo, en conocer la vida y milagros del Coronel.
-Bueno, bueno, no puedo negarme. Mañana mismo me dirigiré al actual director, por ver qué podemos hacer.

Cumplió su palabra Villalpando. A la mañana siguiente, se dirigió al director del instituto.
-Sr. Director, ya sabrá usted la repentina inquietud de la vecindad por conocer la vida y andanzas del Coronel Chercoles, ilustre hijo de esta ciudad, que recorrió América y África al servicio de España. Nos han pedido, a don Torcuato y a mí mismo, una exposición sobre su vida y obra, para lo cual necesitamos un recinto con la debida capacidad y condiciones. ¿Usted podría cedernos el salón de actos?

El Director, con muchos años de dirección a su espalda, ya mirando de frente a su jubilación, y no queriendo mayores incumbencias que las imprescindibles, salió, airoso eso sí, por la tangente.

-Pero Sr. Villalpando, qué ocurrencia. Apenas ochenta personas caben en ese salón. ¿Así piensa usted cumplir las expectativas generadas? Diríjase al Ayuntamiento, y que le cedan el Teatro Principal. Ese escenario sí es válido para el fin propuesto. Y, por cierto, y sin que salga de aquí, como director del instituto, y si fuera posible, me gustaría ocupar un asiento en la mesa presidencial.

Salió el Maestro Villalpando corriendo hacia el Ayuntamiento, donde fue recibido por el Alcalde.

-Muy bien, Villalpando. Ningún problema, el Teatro Principal es de todos, así que está a su entera disposición. Eso sí, yo tendré un lugar en la mesa presidencial, y en la presentación, que entiendo correrá de su parte, deberá decir alto y claro que este Ayuntamiento y este Alcalde han contribuido de manera decisiva a la celebración de tan importante evento.

Se adecentó el Teatro, se convocó la conferencia, don Torcuato preparó con mimo el asunto, “El Ciudadano Cabal” dio toda la publicidad que pudo al asunto, por lo que el día D a la hora H, el Teatro estaba a rebosar. Incluso hubo que habilitar más sillas, para que todo los asistentes pudieran escuchar la conferencia sentados. Se conformó la mesa presidencial, larga bien larga. En ella estaban el historiador don Torcuato, el Maestro Villalpando, el Director del Instituto, el Sr. Alcalde, el Presidente de la Diputación (que alegó que también su organismo contribuía al mantenimiento del recinto, circunstancia desconocida por todos en el ayuntamiento hasta la fecha, por lo que se encargó al Secretario Municipal la correspondiente auditoría), el Gobernador Civil, por imperativo legal, y el Gobernador Militar, también Coronel, al igual que el homenajeado.

Comenzó su disertación don Torcuato: “Vio la luz don Abundio Chercoles y Ruiz, en esta nuestra ciudad un ya lejano dos de febrero del año del señor de 1700, en lugar y hora desconocidas, pues no se reunían en aquellos tiempos los medios humanos y materiales para entrar en tanto detalle. Se sabe que su padre, Hermenegildo Chercoles, tuvo negocios de transporte de mercancías por la comarca. Abundio era el tercero de cinco hermanos (tres varones y dos hembras), por lo que tuvo que buscar sustento más allá del negocio familiar, que no daba para tanto. Decidió, a la edad de dieciocho años, marchar a Madrid, donde ingresó en una compañía de infantería. Fue el comienzo de su fulgurante carrera militar. A la edad de veintidós años, siendo ya Sargento, embarcó para América, concretamente hacia tierras de la Nueva España. No le fue mal, pues siempre fue Abundio hombre juicioso y valiente. Allá por donde pasaba, dejaba la impronta de su buen hacer, procurando siempre, sin olvidar que representaba a la Patria y al Rey, que la justicia resplandeciese, y que no se viera perjudicado en sus negocios ni en su vida quien no lo mereciese. En un recorrido por las tierras de su jurisdicción, siendo ya para entonces Teniente, llegó al municipio de El Espinal, en donde conoció a la Señorita Anunciación de la Queveda y Contador, cuyo padre era propietario de un rancho en el lugar, que albergaba cincuenta mil cabezas de ganado vacuno. El flechazo, por ambas partes, fue instantáneo. Anduvieron ennoviados por un periodo de un año, y en el momento en que don Abundio fue ascendido al empleo de Capitán, contrajeron matrimonio, en una boda ostentosa que se celebró en el mismo rancho del papá de la novia. Viajaron a España de viaje de novios, y alguna referencia, aunque confusa, queda de su paso por nuestra ciudad. Parece ser que se sintió decepcionada doña Anunciación de la casa familiar de don Abundio, por lo que ya en aquel primer viaje le comunicó la necesidad de construir una vivienda que reuniera las condiciones y el espacio que se requería para vivir sin aprietos ni coincidencias innecesarias. Volvió el matrimonio a América, y quedó la construcción de la casa en el olvido. Fueron muchos los años que don Abundio pasó en el Nuevo Mundo. Demostró capacidad importante para los negocios, y dicen que, a medida que iba cogiendo las riendas del rancho, el número de reses iba aumentando sin pausa. En sus mejores días, parece ser que hasta cien mil cabezas pastaban en su interior. A la vez, seguía don Abundio con sus obligaciones militares, llegando al grado de Coronel. Estando ya en este empleo, un incidente con el Gobernador vino a determinar su caída en desgracia. Según cuentan, quería aquel acometer la construcción de una carretera, que llevará de manera más directa a la ciudad de Oaxaca, para lo cual determinó que la misma debía atravesar las tierras de una tribu indígena, que las habitaba desde tiempo inmemoriales. Sus moradores se opusieron de manera enérgica, estando dispuestos, al parecer, a tomar las armas en defensa de sus tierras. El Coronel Chercoles trató de intermediar, proponiendo vías alternativas, que al parecer no incomodaban a nadie. El Gobernador se mostró inflexible, por lo que nuestro Coronel se puso del lado de los indígenas. Se enconó el conflicto, hubo al parecer algunos muertos por ambos bandos, por lo que el asunto llegó a la Ciudad de México. El Virrey, no queriendo enemistarse con la oligarquía local, destituyó al Gobernador, y a la vez le hizo saber a don Abundio, que nunca sería ascendido al grado de general. Reaccionó don Abundio pidiendo la licencia, que en adelante dedicaría todo su tiempo al rancho. En él nacieron sus dos descendientes: Abundio y Consuelo. Ambos ya se hicieron mexicanos, y de ellos ninguna memoria ni conocimiento tenemos en esta ciudad. Sí lo tenemos, sin embargo, de uno de sus nietos, don Gonzalo Chercoles de los Laureles, que al parecer estudió Antropología en la Universidad de Barcelona. Una vez licenciado, estableció como su máxima prioridad el estudio de una tribu del centro de África, aislada y sin contactos con el mundo exterior. Estableció su base en nuestra ciudad, desde la cual organizó varias expediciones al continente africano. En unos de esos viajes, y según noticias indirectas, falleció sacrificado por los indígenas, que rindieron con su muerte homenaje a sus dioses. A partir de ese día, nadie más de la familia ha vuelto a dar señales de vida.
Sabemos igualmente, y así consta en los archivos parroquiales, que el Coronel Chercoles reposa en el cementerio antiguo. Tomó el matrimonio la costumbre, una vez los negocios en manos del hijo, de venir a nuestra ciudad a pasar los veranos. Aquí se presentaban el día uno de Junio, para partir hacia México el treinta de Octubre. Al parecer, el clima fresco de nuestra ciudad en esos meses era muy apreciado, casi tanto como los suaves inviernos de El Espinal, no como los nuestros, con fríos extremos y heladas diarias.
En una de estas estancias, enfermó el Coronel. No hubo manera de enderezar el rumbo de su salud, a pesar de que fueron llamados doctores de Madrid, y hasta un afamado especialista de Barcelona. Se propuso su traslado a la capital, pero ante la incertidumbre de si sería capaz de resistir el viaje, se optó por no viajar. Falleció un veinticinco de septiembre. Se celebraron los funerales, tras los cuales, su viuda retornó a América, y nunca más la volvimos a ver por estos pagos”.

Aquí terminó la exposición de don Torcuato, y cuando ya se disponía la mesa presidencial, tras la correspondiente y cerrada ovación, a levantar la sesión, se puso de pie doña Mercedes, que pidió la palabra. Sin que nadie le hubiese invitado, subió al escenario, y desde el mismo atril desde el que acababa de disertar el conferenciante, dijo lo siguiente:

“Queridos vecinos: no sé a ustedes, pero a mí me ha conmovido la historia del Coronel Chercoles. Es muy natural en esta ciudad, la querencia por olvidar a todos sus antepasados, en especial a aquellos que más han hecho, o aportado, a escribir las más bellas páginas de su historia. Esta mañana, he tenido a bien acudir, al cementerio antiguo, comprobando el estado de total abandono que sufre. Indigno me ha parecido el estado en el que se encuentran las tumbas en las que reposan los muertos de esta ciudad, nuestros muertos podemos decir en voz bien alta. Entre otras muchas, allí estaba la del Coronel Chercoles, caída, arrumbada, comida por el moho y el abandono, rodeada únicamente de malas hierbas y orines de gato y otras alimañas. Así que, Sr. Alcalde, muy bonito el acto, gran conferencia la de don Torcuato, y eso es todo. Ahora, todos a cenar, después a dormir, y aquí paz y después gloria. Pues no señor, yo me niego en redondo a la dejadez en que hemos dejado a todos esos seres. Merecen nuestro homenaje y nuestro respeto. Yo propongo, en esta asamblea, que los restos que reposan en el cementerio viejo sean trasladados al nuevo, con la debida pompa para los que nos precedieron e hicieron de esta ciudad lo que es hoy.”

El público que se pone en pie, y comienza a aplaudir, y a gritar consignas para que se haga el traslado de los muertos. La mesa presidencial que no sabe por dónde tirar, ni qué decir, ni casi hacia dónde mirar. Por fin, el Gobernador Civil, que da un golpe con su brazo derecho al Alcalde, y le arenga:

-Vamos Alcalde, que este toro es suyo. Levántese, salga ahí, y toree el morlaco.

El Alcalde, dubitativo, a unos les pareció que muy blanco, a otros que muy colorado, se levanta. Se estira la chaqueta, levanta los brazos pidiendo calma. Se dirige al atril:

-Queridos vecinos, comparto plenamente las palabras de doña Mercedes. ¡Qué mujer, por Dios! Desde esta tribuna me comprometo solemnemente ante todos ustedes, a que se estudiará, de manera detallada, junto con los representantes de la Diputación y el Gobernador Civil, apéndice del gobierno de la nación, toda la cuestión del traslado, sentir mayoritario de todos ustedes, para los que trabaja este Alcalde y este Ayuntamiento.

La cara que pusieron los aludidos en el discurso del Alcalde fue para haber tenido una cámara de fotos. El Presidente de la Diputación, ya que iba la noche de antepasados, se acordó de todos los del Alcalde, y el Gobernador Civil pensó en llamar al Ministro en ese mismo instante para ver si se podía inhabilitar a este Alcalde comprometedor y tendencioso.

El caso es que los asistentes a la conferencia abandonaron el Teatro Principal al grito de “Traslado sí, traslado ya”. Debo reconocer que me uní entusiasmado al coro de cantores, pues no le vendría mal a la tesorería de “Organización de Entierros (Americanos)”, una operación de aquel calado. Entre preparativos, lápidas, ataúdes, viajes, fosas nuevas, remoción de tierras…aquello se iba a un pico. Definitivamente, “traslado sí, traslado ya, traslado sí, traslado ya”.

La salida del Teatro de la mesa presidencial no fue, al parecer, tan apoteósica. Los aludidos por el Alcalde se fueron a por él. Tuvo que intervenir el Gobernador Militar:

-Señores, compórtense. Parece mentira que sean políticos. Aprovechen la situación, sáquenle todo el jugo, y todos los votos. ¡Que se lo tenga que decir yo!
Esas palabras calmaron los ánimos. Unos y otros se fueron con esa idea en la cabeza: ¿cómo sacar el máximo rédito al arranque populista de doña Mercedes?

“El Ciudadano Cabal” se subió a la ola, y tituló a cinco columnas “Traslado Sí, Traslado Ya”. Ese día se agotó la tirada. La suerte estaba echada. Don Anacleto, el director, envió a Hampuero a la parroquia, a interesarse por el registro de fallecidos, por calcular cuantos eran, y por ver los nombres, por si hubiera más ilustres allí olvidados, que dieran para contar su historia en el periódico.

Ante las dudas del párroco, el Padre Muelas se hizo cargo de la situación.

-A ver, Hampuero, yo te puedo facilitar ese registro, pero tu periódico tendrá que hacer alguna donación a la parroquia.
-Pero Padre Muelas, si usted mejor que yo conoce la situación del periódico, que no llegamos a fin de mes.
-Que intervenga don Anacleto, que hable con el Alcalde, que el óbolo sea con cargo a toda la obra que se avecina. ¿Acaso alguien va a notar cincuenta pesetas de más o de menos?
-¿Cincuenta pesetas? ¿Pero usted sabe lo que cobro yo?
-Y quién habla de sueldos ni de cobros. Esto es otra cosa.

A don Anacleto la idea no le convenció.

-Esto es mucho más fácil, Hampuero. Se va usted al camposanto, y anota todos los nombres que vea en las lápidas. Y con eso nos apañamos. ¡Madre mía, si pillo cincuenta pesetas, no se las dono ni al Padre Muelas ni al lucero del alba!

El caso es que el Gobernador consiguió algunos fondos extraordinarios del Ministerio de Fomento, el Presidente de la Diputación pospuso un año el adoquinado de varias calles del Barrio Alto, y el Ayuntamiento pidió la colaboración de los contratistas locales, que hubieron de rascarse el bolsillo.

Se contrataron parados, se alquilaron camiones, y excavadoras, y marmolistas, y carpinteros…la popularidad de los poderes locales subió como la espuma. Don Anacleto Balín, previo pago de veinticinco pesetas, insertó un editorial en “El Ciudadano Cabal”, loando la labor de los poderes públicos, y recordando la cicatería mostrada en casos similares por la oposición, a la que lo único que la preocupaba era el déficit, y no dar trabajo y bienestar a los ciudadanos.

Quiso replicar don Nicomedes Puertollano, líder de la oposición municipal, pero su grupo político no disponía de las veinticinco pesetas de rigor, por lo que tuvo que contentarse don Nicomedes con convocar un mitín, en la Plaza del Mercado, que se saldó con escasa asistencia y las protestas de los parados de “La Perla Negra”, que a punto estuvieron de provocar la intervención de la fuerza pública.

Cuando todo parecía encaminado, y ya se anunciaba la inauguración oficial del nuevo ala del cementerio, donde reposarían los restos recuperados del cementerio viejo, manifestó su protesta doña Mercedes, pues no consideraba apropiado, ni suficiente, el lugar que se había reservado al Coronel Chercoles. Ella pretendía otra cosa, un mayor y mejor reconocimiento.

-Pero doña Mercedes, la recibió el Alcalde en su despacho, si el Coronel hubiera hecho algo más por nuestra ciudad que venir a pasar los últimos veranos de su vida, podría entenderlo, pero, seamos sinceros y ahora que no nos escucha nadie, ni fu ni fa es lo que aportó este hombre, aparte de construirse una casa.
-Claro, que ha venido a incrementar el patrimonio municipal. No entiende usted nada, Sr. Alcalde. Somos una capital de provincia triste, aburrida, en la que nunca pasa nada. Nuestras más importantes gestas datan de hace cuatrocientos años o más. Ahora, por una vez, por un día, tenemos una historia que llevarnos a la boca, podemos contar que hubo un Coronel originario de esta ciudad que se hizo rico en Ámerica, y que volvió aquí a morir. Pues contémosla, démosle el bombo necesario, aplaudamos a rabiar por un día, por un rato, y mañana volvamos a nuestra existencia rutinaria.

Se acordó erigir un mausoleo, en el que se recogerían los nombres de los ciudadanos ilustres. El del Coronel Chercoles estaría entre ellos. Sobre quienes le acompañarían se abrió una discusión pública, que desde el primer momento se antojó larga y complicada, al punto de que, pasados unos meses, fue cayendo en el olvido, como el propio Coronel Chercoles y toda la historia que rodeó su traslado del cementerio viejo al nuevo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s