LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 42. ROBERTO “EL BROCHA”

Ya desde edad muy temprana, se fue quedando Roberto “el brocha” atrás en dos aspectos que entonces nos parecían fundamentales: uno, la estatura. No crecía a la misma velocidad que lo hacíamos el resto de chavales de la escuela, y eso, al menos así lo llegué a pensar transcurridos los años, fue el primer contratiempo que le amargó el carácter. El segundo vendría después, quizás como consecuencia del primero, pues tampoco sus notas eran las más brillantes de la clase.

Quizás, también influía de manera decisiva el saber que, al llegar a los catorce años, su mundo cambiaría radicalmente. Dejaría la escuela, para ponerse a trabajar con su padre, pintor de brocha gorda. En definitiva, venía a pensar el chaval, ¿de qué vale esforzarse, si mi suerte está echada?

Cuando acabó el curso, Roberto recogió sus cosas, y se marchó como si tal cosa, pero sabiendo que su mundo de infancia se había terminado. A partir del día siguiente, sería aprendiz de pintor con su padre, exactamente igual a como este lo había sido del suyo.

Desde ese momento, Roberto dejó de aparecer por el rincón de la plaza donde nos reuníamos los escolares, y pasó a alternar con los trabajadores que paraban, tras su jornada laboral, en “La Perla Negra”. Eso sí, acudía de vez en cuando a ver a sus antiguos amigos, y les contaba las virtudes de su nueva vida, y lo bonito que era disponer de unas pesetas el fin de semana, y de tener dinero para tabaco y para tomarse unos vinos todas las tardes. Quería dar a entender que era un ser superior, adelantado a su tiempo y a todo el grupo de amigos. Llamaba todavía más la atención debido a su corta estatura, pues seguía siendo el más bajito de todos.

El tema de esa insolencia, que llegaba a ser chulería, a más de su corta estatura, sirvieron para hacer algunos chistes al respecto. Así, unas veces se decía que nunca llegaría a ser un pintor de altura, otras que le tenían que hacer el mono a medida, o que las brochas para él siempre debían ser de mango extralargo.

A sus antiguos amigos, esas historias les sonaban a chino, a lejanas, a extrañas aventuras de un chaval que había cambiado de mundo, y de prioridades, y de necesidades. Había pasado al mundo de los mayores, algo que ellos veían aún como lejanísimo. Los caminos se fueron separando, las visitas se fueron espaciando, hasta el lenguaje de unos y otro se fue haciendo cada día más extraño.

Utilizaba Roberto “el brocha” palabras, términos, expresiones, giros, metáforas…que sus antiguos compañeros del colegio no entendían. Lo mismo le ocurría a él cuando la conversación giraba a temas de las últimas lecciones y asignaturas aprendidas.

Llegó el día que unos y otros dejaron de verse. Además, siguiendo en esto las enseñanzas de su abuelo y de su padre, nunca pintaban nada en el barrio o en los barrios limítrofes, por evitar posibles discusiones y pleitos con gentes conocidas o, cuanto menos, cercanas.

Volverían a encontrarse todos el día en que tuvieron que acudir a la caja de reclutas, para realizar los trámites de entrada en filas, previos a la llamada al servicio militar obligatorio. Aunque se saludaron, si bien de manera más bien tibia, rápidamente quedaron significados dos grupos: el de los jóvenes trabajadores, y el de los jóvenes estudiantes. Unos y otros se miraban con recelo. Este aumentó en el momento en que a todos aquellos que habían terminado los estudios de bachillerato, y miraban hacia su ingreso en la universidad, un oficial los ofreció la posibilidad de realizar el servicio en las milicias universitarias, bien como sargentos o incluso como alféreces.

Llegado el momento, todos acudieron al mismo cuartel de la ciudad, y si bien unos y otros quedaron ubicados en dos edificios diferentes, realizaban la misma instrucción, y hasta se regían por el mismo horario. Todo cambió el día de la jura de bandera. Unos se fueron siete días de vacaciones siendo soldados rasos, y otros lo hicieron de sargentos o alféreces.

Según abandonaban las instalaciones militares, y se dirigían hacia sus casas, las miradas entre unos y otros dejaban entrever las diferencias. No se quedaban atrás las de sus familiares.

Cuando llegó el momento de la incorporación, las distancias se hicieron insalvables. Esto ya no era la esquina de la plaza, ni se admitían chanzas, bromas, chistes, amistosos insultos o faltas de respeto varias. Lo que en un principio fue distanciamiento, se convirtió después en rencor, un rencor profundo y doloroso, y terminó por devenir en odio. En odio al ex compañero de pupitre y colegio que ahora era suboficial u oficial, mientras él era soldado raso, en odio a su corta estatura, a la vida que le había llevado por esos derroteros, a su padre, que le había puesto a trabajar a la temprana edad de catorce años, apenas desterrados los pantalones cortos, a los mentirosos de “La Perla Negra”, que nunca le explicaron lo que ocurriría llegado el momento del servicio militar.

Nunca se le marchó ese mal cuerpo a Roberto “el brocha”, aunque muchas veces trató de disimularlo. Primero, en cuanto pudo, abandonó la casa paterna, y se marchó a vivir lejos del barrio de su niñez. Un tiempo después, se marchó de la ciudad. Primero, lo hizo a Madrid. Algún problema debió tener allí, que nunca supimos con la suficiente claridad, por lo que una buena mañana cogió el tren correo y se marchó a Barcelona. Cambió de ciudad, pero él seguía siendo el mismo, por lo que tampoco llegó a establecerse de manera definitiva. De allí marchó a Bilbao, ya que le informaron que en los altos hornos estaban escasos de mano de obra.

En esa ciudad parece que logró establecerse. Regresaba los veranos, y parecía que había superado su antiguo estado de ánimo. La realidad era distinta. Le seguía carcomiendo el alma que le mirasen con excesiva atención cuando entraba en “El Rincón de Camagüey”, en el que quedaban a comer todos los integrantes del grupo. Luego, ya a lo largo de la comida, veía que sus temas de conversación e interés no eran los suyos habituales, excepto cuando se hablaba de fútbol.

Una tarde de uno de aquellos veranos, fue llamado por el Abogado Billegas. Le recibió en su despacho, y le explicó el motivo de la entrevista:

-Mira Roberto, la Diputación va a sacar a concurso la adjudicación de la pintura de todos los espacios públicos que dependen de ella, y que son muchos en la provincia, entre otros los de todas las carreteras, excepto la nacional. Luego ya, edificios, almacenes, naves industriales…y ya se sabe, que una vez que empiezas con unos, terminas contratando con todos, pues se valora mucho la experiencia acumulada. Así que, si te parece bien, podemos constituir una sociedad, al 50%, y presentarnos. Con un poco de suerte, somos la única empresa local, pues ya sabrás que Epifanio se jubila, y no ha encontrado a nadie que quiera continuar con el negocio. ¿Qué opinas?

A Roberto “el brocha” se le iluminaron los ojos. Era la oportunidad que había estado esperando toda la vida. Poder estar en su ciudad, pero como triunfador, como adinerado, como empresario de éxito, no como un triste pintor de brocha gorda al que miraban por encima del hombro.

Dijo que sí. Billegas se encargaría de todo el papeleo. Solo tendría que adelantar dos mil quinientas pesetas, para que con las otras dos mil quinientas que ponía Billegas, se pudiese constituir la sociedad mercantil. Abrieron la correspondiente cuenta en el “Banco Español del Ahorro Popular”, y comenzó la andadura empresarial de Roberto “el brocha”.

Se fueron dando los pasos pertinentes. Se presentaron al concurso, al que también concurrieron una empresa de Madrid, otra de Sevilla, una de Barcelona y una de Sabadell. El concurso fue para “Pinturas Industriales y Artísticas del Interior, S.L.”. Rápidamente, se tuvieron que poner manos a la obra. Hubo que comprar material, contratar personal, vehículos…el negocio arrancó con fuerza. No paraban de trabajar, en unas ocasiones acometiendo grandes obras, en otras pequeños trabajos. No podía sospechar Roberto la cantidad de inmuebles y obras públicas que manejaba la diputación provincial.

Ganaban dinero, a pesar de que siempre había que ajustar los precios, sopena de que apareciera alguien capaz de trabajar más barato. El negocio crecía. El abogado Billegas no dejaba de hacer gestiones aquí y allá, y como una vez se cumplía aquello de que dinero llama a dinero, la cartera de clientes crecía de manera constante. Hubo que buscar pintores en los pueblos y ciudades de alrededor, llegando a tener que contratar en Salamanca y Valladolid.

Volvió entonces Roberto “el brocha” a su barrio, donde compró un elegante piso, y se hizo con un buen automóvil. Se le ocurrió entonces acudir, después de comer, a jugar la partida a “El Rincón de Camagüey”, donde a pesar de su nuevo estatus no fue bien recibido. Tenía dificultades para encontrar compañeros de juego. Solía encontrarse con excusas. Fue admitido como socio en “El Círculo Mercantil”, si bien no en alguna de sus diversas comisiones y juntas. Tras un tiempo de duda y zozobra, una tarde cambió el rumbo de su caminata, y se fue directo hacia “La Perla Negra”, donde fue recibido entre sonrisas, abrazos y saludos efusivos. Pidió un sol y sombra y un farias, se sentó en una de las mesas y las cartas comenzaron a circular, en medio de chistes verdes y volutas de humo al techo grasiento del bar.

Los negocios siguieron viento en popa durante muchos años, hasta el momento en que Roberto “el brocha” se jubiló, y vendió su participación en la empresa al encargado, que siguió adelante. Siguió reuniéndose, una vez al año, con sus amigos de la niñez, eso sí, lo hacían en el “Hotel Imperial”, en uno de sus salones privados. Allí se sentía más a gusto, todo era más aséptico, los viajeros no conocían su historia, lo que le ayudaba a olvidar sus rencores.

Un buen día le falló el corazón. Salvó la situación, pero ya nada volvió a ser como antes. Paseaba en silencio, miraba como ausente…y se olvidó de sus chistes verdes, de su fanfarronería, las bromas insolentes…

Una buena mañana, paseando por la Calle Mayor se sintió indispuesto. Se sentó en uno de los bancos, cerró los ojos, y se marchó de este mundo. Así lo certificó el médico de guardia que acudió al lugar.

Dejó escrito que no quería misas, ni funerales…ni siquiera un responso. Lo enterramos en silencio, y como con prisa, la que me pareció detectar entre los asistentes al sepelio, que miraban mucho el reloj, que estaban pero no estaban, que dieron el pésame como por compromiso, y salieron pitando del cementerio.

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