LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 41. BERTA RÓDENAS, CORREDORA DE FONDO

Doña Berta Ródenas y Retuerto siempre fue una mujer peculiar, distinta, con olor a nueva, decían los contertulios de “El Rincón de Camagüey”, cuando su nombre o actividades salían a colación en la tertulia de la tarde.

Berta era la hija única del Delegado Provincial del Ministerio de Fomento, don Ernesto Ródenas y Alvacete, un ingeniero de caminos, canales y puertos, número uno de su promoción, que tenía la enorme virtud de enfrentarse de manera sistemática a todos los directores generales, subsecretarios y ministros que le fueron tocando en el ministerio, desde el día en que se incorporó a su puesto de trabajo, tras haber obtenido el número uno en las oposiciones.

Al principio, y dada su brillantez académica, todos actuaban con una cierta prudencia. Con el tiempo, hartos de sus chanzas, chistes y bromas jocosas las unas, hirientes las otras, le fueron haciendo el vacío, al punto de que ningún perito ni jefe de obra quería saber nada de trabajar con él.

Como aquel mundo de los ingenieros de caminos era muy estrecho, tampoco ninguna empresa privada se atrevió a presentar una oferta para hacerse con sus servicios, por lo que cada día que pasaba iba quedando más arrinconado dentro del ministerio.

Todo cambió una mañana de domingo de un mes de mayo, en que el ingeniero Ródenas vino a cruzarse, en la Cuesta de Moyano, con la Srta. Viviana de las Mercedes de Retuerto, hija del Almirante Retuerto, insigne marino e investigador, que había recorrido toda la costa del Océano Pacífico de América del Sur, siendo su Atlas y estudio de las corrientes y especies marinas de una exactitud y brillantez desconocidas.

La Srta. Viviana era una muchacha alegre, jovial, divertida, dicharachera, con un don de gentes y una simpatía natural insuperables. Fue a coincidir con el ingeniero en uno de los puestos. Ambos habían estirado su brazo derecho para coger un ejemplar de “Las Novelas Ejemplares”, de Miguel de Cervantes.

Sus miradas se cruzaron, y fue el ingeniero el primero que habló.

-Por favor, señorita, el libro es suyo.
-No, por Dios, contestó Viviana, únicamente tenía intención de ojearlo. Sea pues para usted.

El librero, que estaba al tanto de lo que ocurría, intervino rápidamente:
-Haya paz. Aquí tengo otro ejemplar de “Las Novelas”.

Se hizo cada uno con su ejemplar, se despidieron educadamente, y enfilaron ella la vuelta hacia la Plaza de Atocha, y él el camino hacia el Parque del Retiro, por el que le gustaba caminar absorto en sus pensamientos.

Siete días después, ambos volvieron a acudir a la Cuesta de Moyano, con la ilusión de que el otro hubiese tenido la misma idea, y el encuentro fuera posible. Así ocurrió. De nuevo surgió la conversación entre ambos. Ya no se interrumpiría esta hasta el momento del fallecimiento del ingeniero, muchos años después, y del que me van a permitir que no les dé, por el momento, mayores detalles.

El caso es que la relación con la Srta. Viviana se fue consolidando. Cambió el humor y las maneras de Ernesto, si bien nunca pudo evitar que, de cuando en cuando, le saliera el pronto impertinente y el humor ácido.

Para cuando quedó vacante la plaza de Delegado Provincial del Ministerio de Fomento en nuestra ciudad, Ernesto y Viviana ya habían contraído matrimonio. Pensó la joven esposa que un cambio de aires, y la llegada a una ciudad donde nadie los conocía, sería positivo para ambos.

Cuando se supo quien ocuparía la vacante, y que su esposa era el hija del Almirante Retuerto, el contento corrió por los círculos de los notables de la ciudad. Tanto el “Círculo de Notables de la Ciudad”, como la “Asociación de Damas Distinguidas”, prepararon recepciones acordes a la categoría de los recién llegados, e incluso “El Ciudadano Cabal” realizó una semblanza detallada de las gestas del Almirante Retuerto, al que animaban a visitar la ciudad y dar una serie de conferencias explicativas de sus expediciones y avatares.

Por fin llegó el día. La llegada coincidió con un domingo soleado del mes de Mayo. Para que nadie se perdiese detalle del acontecimiento, se rogó al Padre Muelas que, de forma y manera excepcional, la misa de doce, que oficiaba el Sr. Obispo, se adelantase a las diez. Entre regañadientes, aceptó el ecónomo la propuesta, de manera que en cuanto terminó la celebración, en torno a las diez horas y cincuenta minutos, toda la feligresía se dirigió hacia la sede provincial del ministerio, en cuya última planta estaba la vivienda destinada al delegado.

Llegaron primero dos camiones de mudanza, con los enseres correspondientes, que se pusieron a descargar con prontitud, pues tenían orden de finalizar a las cuatro de la tarde. Sin embargo, el matrimonio se demoraba. Dieron las once y media, y las doce, y las doce y media, y la una, y la una y media, y ya la gente se empezó a poner muy nerviosa, entre otras cosas porque el hambre comenzaba a llamar a todos los estómagos. Los niños empezaban a ponerse muy pesados. Los comentarios de los mayores comenzaron a agriarse. -Pues vaya par de maleducados, nosotros aquí esperando y ellos sin aparecer. -Mucho ingeniero y mucha almiranta, pero unos groseros. -Anda y que los zurzan, yo no quiero saber nada más de ellos… y otras frases similares comenzaron a correr de boca en boca.

A eso de las dos menos cuarto, hizo su ronda habitual el guardia Bermejo, que fue interrogado por los presentes.

-Y yo qué sé, señora, contestó Bermejo a doña Mercedes. Vete a saber si no llegan hasta mañana, en el Ayuntamiento no sabemos nada.

Se fue retirando la multitud. Solo quedaron los empleados de la mudanza, que terminaron su trabajo a eso de las tres de la tarde. Sacaron entonces sus tarteras y la bota de vino, comieron y bebieron, y cuando terminaron pusieron pies en polvorosa, de vuelta a Madrid.

La ciudad se echó la siesta. Ya serían las cuatro y media cuanto los contertulios comenzaron a llegar a “El Rincón de Camagüey” para jugar su partida, cuando un automóvil hizo su entrada en la plaza. Del mismo descendió un caballero, que se dirigió al guardia de la puerta del Ayuntamiento. Entró este en el edificio, para salir unos instantes después, abordar el vehículo oficial, y emprender la marcha, seguido por el recién llegado. Seisdedos, que estaba en la puerta del café, advirtió a don Arturo de la escena, y este se lo comunicó, con la debida discreción, a los presentes. A la vez, se las apañó Seisdedos para dar un salto, y avisar de la nueva a doña Mercedes, que dormitaba aún la siesta en el salón de su casa.

Rápidamente se pusieron todos en acción. El Alcalde, avisado por el Sargento de guardia, fue el primero en salir corriendo hasta la delegación ministerial. Desde “El Rincón de Camagüey”, partieron los gobernadores civil y militar y el presidente de la diputación provincial.

-Buenas tardes, don Ernesto y esposa. Soy el Alcalde, les doy la bienvenida a nuestra ciudad, y me pongo a su entera disposición para cuanto gusten.
-Muchas gracias. Le agradecemos su recibimiento. Ahora, lo que deseamos es subir a casa, y descansar.
-Pues así sea, y recuerden, siempre a sus órdenes.

Ya salía el Alcalde del edificio, cuando vio llegar al resto de autoridades. Media vuelta y de nuevo al edificio, a pesar de su advertencia:

-Me han comentado que querían descansar después del viaje. No sé si debieran dejar el saludo para mañana.
-De ninguna manera, intervino el gobernador civil. La educación es la educación.
-Y el Almirante Retuerto, añadió el gobernador militar, el Almirante Retuerto.

Abrió la puerta el portero del ministerio. Subió al piso del delegado, para advertirle de la presencia de tan ilustres visitantes. La primera reacción de don Ernesto fue la de enviar a paseo a aquellos pesados entremetidos, pero entonces intervino Viviana:

-De ninguna manera, Ernesto. Son las tres máximas autoridades provinciales, y no les vamos a hacer el feo de no recibirlos.
Descendieron al vestíbulo, donde se encontraron con los visitantes. Intervino la mujer.

-Caballeros, muchas gracias por su presencia y su interés. Perdonarán que no les recibamos en nuestra casa, pero está todo pendiente de desembalar.
-No se preocupe. Simplemente, habló el Presidente de la Diputación, reciban la más cordial bienvenida, y saben que estamos a su entera disposición para cuanto puedan necesitar para su instalación y estancia entre nosotros.

La estancia del matrimonio en la ciudad siempre fue deliciosa. A la simpatía natural y don de gentes de Viviana, se unió un cambio de humor de Ernesto, a pesar de lo cual, de vez en cuando, seguía soltanto sus puyas y chistes irritantes. Tuvo suerte. Como quiera que el profesor Villalpando tenía también cierta acidez de carácter, y defendió que los comentarios del ingeniero estaban rodeados de ese aura que solo dan a sus palabras los hombres de mente preclara y supina inteligencia, todo el mundo procuraba seguir el ritmo, y contestar con una gracia la recibida, y con un chascarrillo más o menos hiriente el acabado de escuchar. Lo cierto es que, pasado un tiempo, a nadie le extrañaban las sentencias de Ernesto, que llegaron a pasar desapercibidas en las terturlias de “El Rincón de Camagüey”.

Muy celebradas fueron igualmente sus columnas en “El Ciudadano Cabal” acerca de todas las obras de mejora que necesitaban las infraestructuras provinciales, para ir acercando, decía siempre Ernesto, este rincón de España a Europa. Sobre el papel, remodeló carreteras, construyó nuevas, evitó puertos trazando túneles, arregló el abastecimiento de agua con presas y conducciones desde los nevados montes, asfaltó caminos, abrió veredas…a tal punto llegó su espíritu reformista que, cuando quedó libre la delegación provincial de Madrid, no quiso el ministro de turno pedir su regreso, por si ponía en peligro su continuidad en el cargo.

Pasados tres años de su llegada a la ciudad, y cuando comenzaban a circular comentarios de todo tipo al respecto, Viviana anunció a las señoras de la “Asociación de Damas Distinguidas”, que estaba embarazada. La obligada espera hasta el nacimiento transcurrió con normalidad, y una madrugada, dio a luz a la que sería su única hija, la Señorita Berta Ródenas y Retuerto.

Desde su más tierna infancia, demostró cualidades extraordinarias la Srta. Berta. Comenzó acudiendo a la escuela pública, pero al comenzar los estudios de enseñanza primaria, optaron sus padres por matricularla en la Academia de don Críspulo de los Venancios y Salvatierra. Aquí la enseñanza era distinta. Bajo las apariencias de cumplir los requisitos legales del Ministerio de Educación, se escondían ideas krausistas, y para el Padre Muelas (que en esto no iba del todo desencaminado) hasta masónicas. Una de las innovaciones más comentadas era la llamada Educación Física, que impartía don Stuart Coltrane, inglés, profesor de idiomas y pescador impenitente. Al principio, las clases se daban en el parque municipal, pero las quejas del vecindario, en especial de las señoras, obligaron al Ayuntamiento a prohibir su práctica. Hubo que habilitar una gran nave de las afueras, ahora abandonada, para que los chicos y chicas de la academia dieran sus clases de gimnasia, ausentes de miradas inquisitoriales.

Aún así, hubo un serio debate. No solo se hacía gimnasia, sino que además lo hacían juntos chicos y chicas. Aquello resultaba inadmisible. La polémica no crecía más debido a que los alumnos de don Críspulo eran los de la alta sociedad ciudadana. A pesar de ello, la presión de la iglesia, junto con el delegado provincial de educación, fueron de tal calibre que el Gobernador Civil se vio obligado a intervenir, cortando de raíz aquella convivencia.

Como a Berta, y a otras cuantas chicas más, les gustaba aquello de la educación física, optaron por quedar a primera hora de los sábados y en jornadas no lectivas, y con la ropa más adecuada que encontraron, mejorar su organismo a base de correr por los alrededores de la ciudad, siempre por zonas y caminos apartados.

Una de esas mañanas, fueron interceptadas por la pareja de la Guardia Civil.

-Alto a la Guardia Civil, gritó el guardia Amadeo Donoso.

Las muchachas se detuvieron en el acto. Amadeo preguntó a las presentes qué hacían por allí a esas horas tan tempranas.

-Pues ya ve, don Amadeo, contestó Berta, corriendo para depurar y mejorar la circulación de nuestro organismo.
-Ya, ¿y vuestros padres saben algo al respecto?
-Claro don Amadeo.
-Muy bien, pues tomo nota de sus nombres y ya les informaré.

El revuelo fue impresionante. Rápidamente, las fuerzas conservadoras comenzaron a especular con las vestimentas de las muchachas, asegurando que portaban poca ropa, y además inadecuada para lucirla en público. Afortunadamente, Amadeo Donoso, ya veterano y curtido en mil patrullas y denuncias, no se dejó amedrentar, y declaró que nada de indecoroso había en la vestimenta ni actitud de las jóvenes.

Se dieron vueltas y más vueltas al ordenamiento jurídico, y nada se encontró contrario a que un grupo de ciudadanos, fueran estos hombre o mujeres, corrieran por el campo. En cualquier caso, la polémica fue suficiente para que las corredoras, y sus familias, se amedrentasen por el qué dirán, y cesasen en los entrenamientos. La única que continuó con ellos fue la Señorita Berta. Tuvo, eso sí, que adoptar precauciones, y cambiar el itinerario todos los días, pues no faltaban nunca los mirones que acudían al recorrido que suponían iba a hacer la joven, por incordiar y dar rienda suelta a sus frases más vulgares y soeces.

Cuando la Srta. Berta cumplió diez años, y una vez superado su examen de ingreso al bachillerato, sus padres, acompañados del profesor Coltrane, emprendieron un viaje por Inglaterra. Estando en la ciudad de Leeds, de la que era natural el profesor, vieron que se celebraba una carrera popular, tanto en categoría de damas como en la de caballeros, que consistía en correr una milla.

-Papá, quiero correr esa carrera, he entrenado muy duro este invierno, y estoy convencida de que puedo hacerlo bien.

No pusieron inconveniente los padres, y lo cierto es que al profesor Coltrane se le iluminó la cara. Nunca lo había dicho, pero el había sido corredor en sus tiempos de estudiante de idiomas en la universidad, y el poder tener un discípulo al que enseñar y dirigir colmaba su entusiasmo.

Prepararon la carrera, entrenaron, estudiaron el recorrido, el profesor instruyó a la joven acerca de cómo respirar, cómo apoyar los pies en el suelo, qué hacer si se encontraba barro por el camino, o si este estaba seco y duro…Berta era capaz de absorber todas las enseñanzas con pasmosa facilidad.

Llegó el día de la prueba. Salieron las corredoras, y hete aquí que la ganadora resultó ser…efectivamente, la Srta. Berta Ródenas y Retuerto. Recogió su copa, recibió el aplauso de los presentes, y mostraron tanto la muchacha, como su entrenador y sus padres toda la satisfacción que siempre procura la victoria.

Ya no dejaría de entrenar nunca Berta. Las gentes de la ciudad se acostumbraron a ver pasar corriendo su esbelta figura por delante de ellos. Fueron pasando los años, Berta competía con cierta regularidad, e iba consiguiendo premios y marcas respetables.

Su ámbito de competición se fue ampliando. Primero llegó a las provincias limítrofes, después a Madrid, más tarde a Valencia y Barcelona, incluso hasta San Sebastián. En todas partes conseguía buenas clasificaciones. Una buena mañana, en la Diputación Provincial se recibió una llamada desde la presidencia del Gobierno. Se estaba preparando una cumbre de alto nivel con Alemania, y una de las actividades paralelas que querían hacer los teutones era un encuentro con diferentes pruebas deportivas. La realidad era que, en el campo femenino, la presencia de mujeres españolas era testimonial. Ahora, al parecer, querían que se obrara un milagro, y que diera la impresión de que nuestro país no estaba tan atrasado como la realidad acreditaba.

Se compararon marcas, tiempos, registros…y se determinó que Berta tenía posibilidades de competir con éxito. Apareció, enviada desde Madrid, una camioneta llena de ropa deportiva, vinieron enviados especiales de los periódicos nacionales…todos interesados en seguir el día a día de Berta Ródenas, y su preparación para la prueba cumbre contra las atletas de Alemania.

Llegó el día. En la Casa de Campo se había habilitado un circuito, por el que debía transcurrir la prueba de atletismo. Se dio el pistoletazo de salida. Desde el primer momento, Berta ocupó los puestos de cabeza, pero se fue desinflando con el transcurrir de los minutos y los metros. El Sr. Coltrane, tras la línea de meta, con cronómetro en mano, no se impacientaba, ni levantaba la voz cuando Berta pasaba tras haber cubierto una vuelta más, ni se dejaba llevar por el histerismos que rodeaba a los espectadores españoles, que querían ver a Berta encabezando la prueba. A falta de dos vueltas para el final, Berta fue recuperando posiciones. Desde el sexto puesto, fue adelantando corredoras. Se colocó quinta, después cuarta, luego tercera. Llegó la última vuelta, a falta de ochocientos metros, pasó a la segunda plaza. Última recta. Apenas trescientos metros. Por delante de ella, la campeona de Alemania. Acelera Berta, el sprint es durísimo. Silencio absoluto. Se oye la respiración de las dos mujeres, y los golpes de sus zapatillas contra el duro suelo de la Casa de Campo. Un último esfuerzo, a Berta parece que la vida se le va por la nariz, que se ensancha de manera increíble, y por la boca. Los carrillos le bailan arriba y abajo con una violencia total, absoluta. El sudor cae casi a chorros. Se escapa un gemido. El esfuerzo es supremo, absoluto. Un último golpe de brazos. Berta logra adelantarse apenas dos centímetros, los suficientes para alzarse con el triunfo de la prueba.

Se desborda el entusiasmo. Alguien ha sido capaz de romper la absoluta hegemonía germana. Besos, abrazos, felicitaciones, sonrisas…todo el mundo se sube al carro del triunfo. Berta ha quedado prácticamente olvidada, a un lado del circuito, rodeada apenas por sus padres y el Sr. Coltrane, que ahora sí, sonríe de manera efusiva, como nunca le habíamos visto antes, muy alejado de la severidad de sus clases de inglés y francés a los alumnos de la Academia de don Críspulo, que también ha venido, y siente en su interior la enorme satisfacción de comprobar que su método es correcto, y apropiado, a pesar de que, conociendo como conoce el alma castellana, sabe que en el momento en que la euforia acabe, dentro de unos días, todas las mentes estrechas de la ciudad volverán a sus sempiternos prejuicios.

Así ocurrió, por desgracia para todos. Nunca dejó Berta de correr. Se casó llegado el momento, tuvo cinco hijos, a los que sacó adelante con esfuerzo y dedicación. Nunca dejó de correr, ni de participar en pruebas, para lo que contó con el apoyo incondicional de su marido, y con el de sus hijos, cuando fueron creciendo y siendo conscientes de los muchos moldes que había ido rompiendo su madre a lo largo de su vida.

Murió una mañana, igual que vivió. Pasó la parca a toda velocidad por delante de la atleta, y esta la siguió, con el mismo ímpetu con la que había ganado a la atleta alemana, y con el que había competido toda su vida. Y perdió, que no se sabe de nadie que haya vencido la última y definitiva prueba. Descanse en paz.

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