LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 40. LA SEÑORITA TREBÉDES

La Srta. Trébedes (Anunciación), fue desde su nacimiento un personaje que podríamos definir como “peculiar”. Pero ojo, peculiar en nuestra pequeña ciudad de provincias significa salirse mínimamente de los cánones particulares establecidos en la misma, hace ya muchísimos, demasiados años, por un grupo de nobles que se estableció aquí desconociendo exactamente por qué.

El caso es que fueron aquellos, según nos cuenta el crónista oficial de la ciudad, don Torcuato Acevedo y Díez de la Ensenada, tiempos difíciles, de mucha desconfianza y murallas cerradas, de mirar con mil ojos al forastero, de no fiarse de nadie, de estar siempre preparado para el asalto y la batalla, para la traición y la huida…lo que sin duda ha marcado a fuego el carácter actual de nuestras gentes, siempre ocupadas de las andanzas del prójimo más que de uno mismo, y siempre sospechando que detrás de un ofrecimiento de colaboración se escondía la perfidia de la traición.

Todo lo anterior no es patrimonio, por lo que he podido ver a lo largo de mi vida profesional, patrimonio exclusivo de esta ciudad, si no que se extiende por amplias zonas de estas tierras duras y difíciles, generalmente pobres, donde sus gentes saben que todo aquel que no esté dispuesto a un esfuerzo casi sobrehumano por salir adelante está condenado a la desgracia y la pobreza. Y aun aquel que lo está, siempre chocará de frente con los guardianes de la ortodoxia, que son muchos, y estará próximo a descalabrarse, y si se empeña, hasta en tener que huir sin mirar atrás, no vaya a resultar que también él se convierta en estatua de sal.

En estas tierras, durante muchos siglos, no se conoció más que la guerra, y la rapiña, unas veces a favor, y otras en contra. La vida era la propia de un campamento militar. No se dieron sus hombres más que al arte de la guerra, y las mujeres al arte de cuidar a sus hombres, y a las labores agrícolas y ganaderas, ambas de subsistencia, pues no merecía la pena invertir en unas tierras que mañana podían ser parte del territorio enemigo, en cuyo caso habría que quemar y destruir todo antes de salir corriendo.

Y todo lo anterior llevó a hombres y a mujeres a endurecerse, y a saber aguantar con estoicismo las rachas malas, y a guardar en las buenas para lo que estuviera por llegar.

En esas circunstancias, se fue haciendo mayor la Srta. Anunciación Trébedes, cuya madre, viuda desde muy joven, se vio en la obligación de abrir una hospedería, a pesar de la oposición frontal del Padre Muelas, que argumentaba que no era de recibo que una viudad joven y una niña pequeña alojasen entre las cuatro paredes de su caso a cualquier extraño que pasase por nuestra ciudad. Tras varias semanas de campaña en contra, incluso desde el púlpito (lo que le valió una reprimenda del Sr. Obispo), y observando la autoridad que nada impedía a la mujer esa actividad, le fueron concedidos los permisos, eso sí, tras ser severamente advertida por el Gobernador Civil acerca de posibles escándalos y salidas de tono. Vino a resultar que el primer huésped de la casa fue un Sargento procedente de Albacete, que había sido destinado al Regimiento de la ciudad. Intervino el Gobernador Militar, que le dio instrucciones para que vigilara de cerca lo que ocurría dentro del piso, y en caso de observar algo anormal, por nimio que fuese, le informase de manera inmediata.

Nada raro debio ocurrir, pues nunca informó de nada el sargento. Tampoco lo hicieron los sucesivos caballeros (entonces no viajaban las damas, excepto acompañadas de sus esposos o padres) que allí encontraron acogida.

A pesar de lo anterior, los rumores empezaron a correr a las pocas semanas de la apertura. Primero, empezaron a criticar las mujeres en el mercado la buena cara de la viuda, y el buen humor y talante, a pesar del poco tiempo transcurrido (para ellas) desde la muerte del que fuera su esposo.

El primer acusado fue un viajante de Barcelona, que llevaba en su muestrario telas y tejidos para la confección de trajes de señora y caballero, a más de un amplísimo muestrario de corbatas, que exponía en el salón azul de “El Rincón de Camagüey”, con gran éxito de público y ventas. Protestaron las dos tiendas de tejidos de la ciudad, pero lo disfrazó el viajante alegando que en la venta directa se incluían únicamente artículos ya descatalogados. Como don Arturo ganaba una peseta por corbata vendida, también hizo fuerza en ese sentido, y el Ayuntamiento tuvo que pasar de puntillas sobre el asunto.

El caso es que se decía que el tal viajante se entendía con la viuda (a la que ya calificaban como alegre). La situación empeoró un fin de semana, en que al bueno del viajante no se le vio por ninguna de las misas, y sí pescando en el río de las afueras. Aquello fue un auténtico escándalo. No solo se entendía con la viuda alegre (lo cual era grave pero indemostrable), sino que no respetaba los sagrados mandamientos. La campaña que emprendió el Padre Muelas al respecto fue inmisericorde. Incluso solicitó a don Anacleto la inclusión de una columna en la primera página de “El Ciudadano Cabal”, para ajustar cuentas con el pecador. Como quiera que el viajante era cliente del periódico, pues cada vez que montaba el tenderete en el salón azul de “El Rincón de Camagüey”, insertaba un anunció al respecto, y pasaba por taquilla, y el señor cura quería publicar de balde, don Anacleto se vio en la obligación de negarse, alegando la libertad de expresión y la justa remuneración del trabajo, según recogía, según mantenía el periodista, alguna encíclica.

Como por ese lado nada pudo hacer, se subió el cura al púlpito, y pasó por encima del Obispo. Tronó como no se recordaba contra los pecadores y sus colaboradores: “Queridísimos hermanos, hasta el corazón de nuestra ciudad ha llegado Satanás, para llevar adelante su labor de poda y eliminación de raíz de las buenas y ancestrales costumbres. Viene Satanás disfrazado de amable vendedor de telas, y aún le compran, con irrefrenable ansia de consumo y lucimiento terreno, las tiendas de moda de nuestra ciudad, así como todos los caballeros que visitan el tenderete de pecaminosas prendas que monta en “El Rincón de Camagüey”. Pero ya dice la Sagrada Biblia: “el que encubre sus pecados, no prosperará”. Hasta el periódico de esta ciudad se ha puesto de lado del pecador, que le da un duro cada vez que anuncia a los cuatro vientos su mercancía. Se vende don Anacleto Balín por un plato de lentejas. Y se vende don Arturo por unas miserables pesetas, obtenidas de manera artera y cínica por un sacacuartos de pacotilla que viene desde tierras lejanas para esquilmar los bolsillos de la gente temerosa de Dios. Eso, que lo sepáis, queridísimos hermanos, no es ganar el pan con el sudor de su frente, sino ganarlo con el sudor de vuestra frente. ¿Qué ganáis con comprar esas prendas? Pasear luego, después de la Santa Misa, por la plaza y calles de esta ciudad nuestra, pavoneándoos y procurando sobresalir sobre vuestros conciudadanos. Pues eso es pecado, pecado mortal, vanidad, orgullo mal entendido. Que sepáis los que así actuáis que Satanás os está esperando al final del camino, con la caldera bien provista de fuego eterno, para que en él ardáis como os merecéis, como vulgares pecadores que sois. Pero aún estáis a tiempo. Dad la espalda a semejante diablo, y volved a vuestra vida sencilla. Aún estáis a tiempo, pues como dice Jeremías 3;13, ” solo reconoce tu iniquidad, pues contra el Señor tu Dios te has rebelado, has repartido tus favores a los extraños, y no has obedecido mi voz”.

Tras la homilía del Padre Muelas, y según salían de misa los feligreses, fueron a toda prisa hacia sus domicilios, los caballeros para desprenderse de sus corbatas de colores vivos y adornos de cualquier naturaleza, y las damas para cambiar sus camisas floreadas y de tonos vivos, para volver todos a los azules oscuros, los grises, los blancos…la ausencia de luz y color y atrevimiento y osadía y modernidad. Aquel domingo, se quedaron sin servir por ninguno de los establecimientos hosteleros las habituales raciones de calamares fritos, boquerones en vinagre, gambas a la gabardina, langostinos cocidos o a la plancha…todos habían salido de la iglesia con el estigma del posible pecado mortal sobre sus conciencias, y con el apetito ausente.

Aquella tarde, sin tener noticias de lo ocurrido, el viajante de Barcelona salió a pasear con la viuda y su hija Anunciación. Ya desde el primer momento advirtieron miradas aviesas, cuando no despistes intencionados para no saludar o cruces de acera sin ningún disimulo. Ambos se miraban extrañados, pero no supieron a qué atenerse hasta que hizo su aparición doña Mercedes, que les puso al corriente.

-Ha dicho el Padre Muelas, en su homilía de esta mañana, que es usted Satanás, y que nada de comprar sus telas ni corbatas. Que viene usted desde lejos con la misión de robarnos, y que vete a saber qué hacen usted y la viuda en esa pensión nido de pecado.

La indignación de ambos fue absoluta. La viuda no pudo por menos que echarse a llorar, mientras la niña Anunciación hacía lo mismo. Reaccionó el viajante, que se dirigió al edificio de la Telefónica, y pidió una conferencia con Barcelona. Habló, según contó después Esmeralda, la telefonista, con un abogado de aquella ciudad, al que puso al corriente de la situación, y le instruyó para poner las cosas en claro al tal Padre Muelas.

El abogado de Barcelona, que resultó ser cuñado del viajante, a más de prestigioso letrado, se puso en contacto con el abogado don Adelaido Billegas, al que instruyó para que presentará la correspondiente querella en el juzgado.

Billegas, antes de hacerlo, solicitó una entrevista conjunta con el Juez Cardona y con el Obispo, a los que expuso la situación, por si se podían llegar a algún tipo de acuerdo extrajudicial, por librar de cargas onerosas a la diócesis.

A la vez, y en reunión posterior, el abogado Billegas mantuvo conversación con don Anacleto Balín, director de “El Ciudadano Cabal”, rogándole encarecidamente la inserción de un comentario editorial acerca de los excesos del Padre Muelas, y de la necesidad de pedir perdón a los agraviados, todos gentes prominentes de la ciudad, como él mismo, don Arturo, a más de un honrado viajante y de una valerosa viuda, que se veía en la necesidad de sacar adelante ella sola a una niña de corta edad.

Puso interés don Anacleto, que se llevó cinco duros por el escrito, para que este indispusiera a la ciudadanía en contra del Padre Muelas. El Obispo ya no aguantó más, y a más de pedir perdón públicamente, y desmentir a su subordinado, envió a este a un convento de clausura de Salamanca, ordenándole silencio absoluto durante un periodo de un año.

Aplaudió la ciudad su gesto, y pidió la viuda a su Eminencia que bendijese la pensión, para que en ella no pudiese entrar el diablo ni ninguna otra fuerza del mal, y la protegiese a ella y a su hija de la tentación y el pecado. Así se hizo, y por un tiempo se acallaron los rumores sobre el establecimiento.

Terminaba el verano. Volvió por nuestra ciudad el viajante, con sus telas y tejidos para la nueva temporada. Su visita alegró la cara de la viuda y de su hija, que habían tenido un verano ajetreado, pues muchas fueron las personas que pidieron pernoctar en la pensión, entre ellas doña Gertrudis de la Templanza, dama perteneciente a la Asociación de Damas Castellanas, y cuyos antepasados habían tenido un papel principal en la reconquista de aquellas tierras a los moros, y más adelante en la conquista de las Canarias y la Guinea. En su juventud, acompañó doña Gertrudis a su marido por tierras americanas, en la zona del Istmo de Panamá, donde su difunto esposo tenía intereses comerciales. Lucharon a brazo partido contra las inclemencias de todo tipo, pues mucho había leído la dama sobre el carácter indomable de la mujer española, capaz de soportar las más duras pruebas sin pestañear ni expresar la más mínima queja. Ella soportó todo, no así su esposo, que enfermó de fiebres y murió en apenas unas semanas.

No se vino abajo doña Gertrudis. Para lograrlo, contó en todo momento con el apoyo de María de la Luz Balam, una india maya de Guatemala, mujer sabia de gran corazón, que desde que doña Gertrudis puso los pies en aquellas tierras la acompañó y protegió de manera incansable.

Cuando la española quedó viuda, María de la Luz acudió en su ayuda, prestándole apoyo material y espiritual. Puso en práctica la mujer maya los rituales ancestrales de su cultura para mitigar el dolor de doña Gertrudis, que experimentó gran alivio. Liquidados los negocios, y llegado el momento del regreso, pidió Gertrudis a María de la Luz que la acompañase a España, pues también había quedado viuda la india, y sus hijos ya campaban a sus anchas por el mundo. Aceptó María de la Luz el ofrecimiento, y ambas embarcaron en Puerto Barrios, con destino a Cádiz. Llegaron a la península ibérica en pleno verano, lo que no sentó nada bien a María de la Luz, pues a medida que se dirigieron tierra adentro, alejándose de las brisas marinas, la terrible sequedad del ambiente, a la que ella estaba desacostumbrada, no le hizo ningún bien. Hubo de esperar al invierno, para que los vientos fríos del norte aliviaran su situación.

Cuando se instalaron en Toledo, de donde era natural doña Gertrudis, el impacto de María de la Luz en las gentes fue inmenso. Las formas y coloridos de sus ropas llamaron poderosamente la atención, al igual que su sombrero en forma de hongo y su piel oscura. Comentarios ácidos hubo en los ambientes selectos de Toledo, que rápidamente se encargó de disipar doña Gertrudis, que se apresuró a presentar en sociedad a la recién llegada, que con su natural encanto supo seducir a todas las damas desde la primera reunión. Su influencia llegó a ser mucha, al punto que despertó el recelo de la autoridad eclesiástica. Desactivó rápidamente María de la Luz la invectiva, pues se declaró devota absoluta de la Virgen del Carmen, a la que rendía culto permanente, y a la que oraba de rodillas las veinticuatro horas del día dieciséis de julio, su festividad.

El caso es que entre oración y oración, tenía tiempo María de la Luz para celebrar reuniones secretas (aunque todo Toledo las conocía) en las que las reunidas (pues únicamente se aceptaban mujeres) invocaban una comunicación con sus seres queridos pasados a mejor vida. Decían que las invocaciones funcionaban, y que al hablar con los muertos, se lograba una paz espiritual absoluta, desconocida, y una tranquilidad de espíritu absolutamente necesaria para reconciliarse con el mundo y con Dios.

La fama de María de la Luz se extendió por toda la comarca, y llegó incluso a Madrid, ciudad a la que se tuvo que desplazar en más de una ocasión, para atender las solicitudes de gentes muy principales, incluidas, se decía, las damas de la familia real.

El caso es que una mañana de agosto de aquel año de gracia, recibió un mensaje la viuda, advirtiendo de la llegada, la semana siguiente, de doña Gertrudis y María de la Luz, pues tenía intención la castellana de visitar los parajes en los que guerrearon sus antepasados, y donde dicen las crónicas que fue mortalmente herido don Cayetano de la Templanza, tras tomar para su rey el Cerro de la Campana.

Desde el primer momento, hicieron las cuatro mujeres excelentes migas. María de la Luz mostró una predilección especial por la niña, de la que dijo que tenía una mente clara y despejada. En los siguientes días y semanas, recorrieron la ciudad y sus alrededores, hablando de absolutamente todo, entre otras cosas del estado de viudedad de la mamá de Anunciación. Una tarde, en que paseaban traquilamente por la orilla del río, el tema de las reuniones espiritistas salió a escena.

-¿Usted desearía intentar comunicar con su difunto esposo? Preguntó María de la Luz. No le garantizo nada, pues todo depende del grado de apego o desapego que el fallecido tuviera con la madre tierra y con usted misma.

-Ay, pues así de repente, no sé qué decir. Por una parte sí, desde luego, aunque por otra, siempre me han enseñado que debemos dejar que los muertos reposen en paz.

-Esa es la clave, mi querida señora. Es posible que el difunto esté en absoluta paz consigo mismo y con todos los demás, y no tenga necesidad de comunicar. Claro que, también es posible que ande vagando por el mundo intermedio, lo que los cristianos llaman limbo de los justos, y necesite comunicar para descargar su conciencia y poder descansar para siempre en el paraíso.

Aquella noche, en la pensión, hasta el Sargento notó un ambiente un tanto enrarecido. Lo notó María de la Luz, que se dirigió al joven.

-¿Qué ocurre caballero, lo noto intranquilo?

-Pues he de decir que lo estoy. No sé, este estado solo me asalta cuando los recuerdos de mi difunta madre vienen a mi mente. Siempre me pregunto si estará bien en el más allá, o necesitará más oraciones por mi parte.

María de la Luz, en un ejercicio de prudencia, no se atrevió a invitar al joven a una sesión de espiritismo, pero sí le recomendó que rezará durante un rato, por si su mamá necesitase ayuda. Así lo hizo el Sargento, que ya no volvió a salir de su habitación hasta la mañana siguiente, en que ya de uniforme marchó al cuartel.

En los siguientes días las conversaciones entre el sargento y María de la Luz se fueron intensificando. Llegó un momento en que la mujer determinó que podía convocar al joven a una reunión. Reunidos los cinco en torno a la mesa de la cocina, se acordó que la misma se celebraría el viernes, si es que no había más huéspedes en la pensión. Así ocurrió, por lo que la reunión fue celebrada. De lo que en ella aconteció, ninguno de los presentes quiso dar nunca detalles. Debió, en cualquier caso, colmar sus expectativas, en particular en lo referido a la niña Anunciación Trébedes, que ya nunca abandonó a María de la Luz, de la que recibió todos sus conocimientos, incluidos los más secretos.

La estancia de las visitantes en la ciudad se fue alargando, solo interrumpida por los reclamos que recibía María de la Luz para acudir a Madrid, o a Toledo, a celebrar alguna reunión. A la vez, y bajo estrictas medidas de seguridad y solo tras un juramente ante las Sagradas Escrituras, en la ciudad el círculo de asistentes a las reuniones se fue ampliando.

Nunca se ha sabido cómo ni por quién, el caso es que alguien se fue de la lengua y comenzó a correr el runrun de que se celebraban reuniones espiritistas en la pensión. Se llevó a cabo una exhaustiva investigación por parte del Subcomisario Valladares, que era uno de los asistentes, y a la única conclusión que se llegó es que doña Micaela de la Buenahora, esposa del Gobernador Militar, que dormía mal y tenía la costumbre de hablar en alto, lo largó todo una noche de agitados sueños, y su esposo, lo fue a consultar con el General Simeón, que había estado destinado en diversas partes de África, y al parecer tenía conocimiento de aquellas prácticas.

-Nada, nada, mi Coronel, nada que temer. Son prácticas de gente atrasada y ausente del conocimiento de la verdadera religión. Por otra parte, qué recriminar a aquellos que echamos de menos a nuestros seres queridos que nos abandonaron en su momento. Mientras no se convierta en una obsesión, en cuyo caso haría falta asistencia médica, nada malo veo en esas invocaciones, que normalmente se hacen para implorar protección y ayuda.

Mantiene el imaginario popular que alguien escuchó, de manera artera, la conversación entre ambos militares, y después la difundió en los ambientes sociales de la ciudad. El caso es que la misma llegó a oídos de algún eclesiástico, que lo puso en conocimiento del Obispo. Este, a su vez, comunicó con el Gobernador Militar, que le remitió al General Simeón, que a su vez le remitió al Nuncio, que a la suya alegó que tenía que evacuar consultas con el Vaticano.

El caso se fue alargando, sin que llegase respuesta. Al parecer, cuando se indagó un poco en el asunto, por parte de la Comisaría General de Información, y se vieron algunas de las personas principales que participaban en las mismas, ordenó el Sr. Ministro que se echará tierra sobre el asunto, pues en nada convenía un escándalo de ese tipo en unos momentos de incertidumbre como los que se estaban viviendo. Eso sí, de manera discreta, el Subsecretario de Gobernación se dirigió a doña Gertrudis de la Templanza, exhortándole máxima discrección y prudencia, pues el asunto podía escaparse de su control.

La reuniones quedaron inmediatamente suprimidas, lo que no impidió que María de la Luz siguiera instruyendo a la Srta. Anunciación Trébedes en las artes de la comunicación con los seres del más allá.

Como la presión en la ciudad se hizo poco llevadera, optaron las mujeres por mudarse de nuevo a Madrid. La niña las acompañó, con la excusa de recibir una buena educación en la mejor escuela para señoritas de la capital, como así efectivamente ocurrió.

La mamá de Anunciación también tomó la decisión de marchar a Madrid. Habló con el viajante, con el que se casaría bastantes años después, cuando ya la vejez había llegado a sus vidas, y abrieron un establecimiento de telas y tejidos en Madrid, en la Calle de la Cuesta, que llegó a tener una excelente reputación, y surtió a importantes damas y caballeros de la capital.

La pensión quedó cerrada durante muchos años, casi los suficientes como para que las gentes se olvidaran del asunto. De repente, una mañana hizo su aparición en la Plaza un vehículo de color marrón oscuro, del que descenció la Srta. Anunciación Trébedes, haciendo gala de un porte que denotaba clase y buena educación. Supimos después que había contraido matrimonio con un intrépido hombre de negocios, que murió al no poder hacer frente al ataque de un león en uno de sus viajes a África.

Reabrió el antiguo piso familiar, y colgó del balcón principal un letrero que decía: “Anunciación Trébedes, Conversaciones con el más allá, horas convenidas”. A más de en el balcón principal, encargó una inserción publicitaria diaria en “El Ciudadano Cabal”, y varias en el magazine diario de Lita Trujillo en “Radio Ciudad”, emisora en la que disponía de un espacio todos los viernes por la noche, entre las doce y la una de la madrugada, hora en la que se cerraban las emisiones, a los acordes del Himno Nacional.

Cuando el cartelón apareció colgado del balcón, la reacción, más o menos artificial, de las gentes de la ciudad fue de fingida sorpresa. ¡Qué barbaridad!, exclamaron las unas y los otros, ¡Qué descaro!, aunque en el fondo estaban como locos haciendo gestiones discretas para que les invitaran a alguna de aquellas sesiones y conocer de primera mano las interioridades de las mismas.

La verdad es que el negocio marchaba viento en popa, al punto de que don Luis Gandarillas, recaudador de impuestos, se interesó por la situación fiscal del despacho, que tuvo que arreglar a toda prisa el abogado Billegas. Se dijo en su momento que costó el arreglo nada menos que veinticinco mil pesetas, lo que da idea de la magnitud del asunto.

El negocio fue viento en popa mientras quedaron ciudadanos sin haber pasado por la consulta. Una vez que esto se cumplió, el mismo perdió encanto, y solo un reducido grupo de crédulos y fieles siguió visitando a la Srta. Anunciación (que así murió y así reza en su lápida, pues aunque casada nunca se conoció por estos lares al esposo).

Pasaron los años. Un buen día decidió Anunciación Trébedes descolgar el cartelón de su balcón, alegando cansancio, de ella y de los espíritus invocados. Unos meses después, pidió ingresar en la Residencia de las Hermanas Servidoras de los Pobres, donde pasó sus últimos días.

Llegado el momento del entierro, preguntó el Padre Muelas si mujer tan heterodoxa y dada a costumbres tan paganas merecía reposo eterno en cementerio católico. Hubo de intervenir la Madre Superiora de la Hermanas Servidoras de los Pobres, a más de un contundente editorial de don Anacleto Balín en “El Ciudadano Cabal”, para que no se hablara más del asunto.

El cuerpo ha sido conducido esta mañana al Campo Santo. Al situarnos frente al foso destinado al enterramiento, una súbita niebla ha rodeado el lugar. Un coro de voces angelicales ha comenzado a escucharse de fondo, mientras miles de velas se encendían en lo alto del firmamento. El sacerdote oficiante ha caído de rodillas, con los brazos en alto, invocando a Dios el perdón de todos nuestros pecados. La multitud le ha imitado. Un fortísimo trueno ha puesto fin al momento de profundo recogimiento y oración vivido.

Descanse en paz la Srta. Anunciación Trébedes, espiritista.

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