LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 39. EL PREDICADOR

Por fin descansa en paz, don Expedito Buenaventura Lascasas, hablador impenitente, garganta prodigiosa, a la que jamás se le conoció la más mínima afonía, a pesar de que decían los vecinos que no dejaba de hablar ni cuando dormía.

Lo resumió perfectamente, con su chispa habitual, doña Mercedes, una vez que las primeras paladas de tierra comenzaron a caer sobre el ataúd del finado: “tanta paz lleves como tranquilidad nos dejas”.

El caso es que don Expedito ya nació haciéndose notar, pues al parecer, y eso según contó su padre en “El Rincón de Camagüey” en su momento, y que corroboró don Pío Benavides, que recomendó al matrimonio llevar el niño a un especialista de Valladolid o Salamanca, incluso de Madrid o Barcelona, el recién nacido no dejaba de llorar, ni de día ni de noche. Así estuvo los tres primeros meses, tiempo en el cual provocó la primera estampida de vecinos, en este caso los de su edificio, hartos de no poder descansar ni de día ni de noche.

Ya en aquellos días se hicieron diversas consultas al Alcalde, al Notario, e incluso al Juez Cardona, pero nada recogía la legislación acerca de medidas cautelares ante los lloros permanentes de un bebé.
-¿Nada de un posible alejamiento?, llegó a preguntar doña Belmira, cuya puerta daba de frente con la del llorón.

-Nada señora, respondió el Juez, que recomendó paciencia.

Entonces, se dirigieron los afectados al Padre Muelas, por ver si se podía organizar alguna procesión, o algún rosario…o algún otro tipo de llamamiento al Altísimo, para que se apiadara de los martirizados vecinos. Tampoco nada era posible por esa vía. Únicamente quedaba, apuntó el maestro Villalpando, abrir una suscripción popular para recaudar fondos, y poder llevar el niño a Barcelona, que disponía de excelentes especialistas en pediatría, y tenía la ventaja con respecto a Valladolid, Salamanca y Madrid que se encontraba bastante más alejada.

De repente, una mañana, serían las ocho, Expedito dejó de llorar. El silencio sorprendió a toda la vecindad, incluidos sus padres, que acudieron rápido a su cuna, y lo cogieron en brazos, temiendo, por un momento, que el Señor hubiera llamado a su presencia al niño. Craso error. El bebe se encontraba bien. Por si acaso, se vistieron los padres a toda prisa y le llevaron a la clínica del Dr. Benavides, donde un pediatra lo examinó con sumo detalle.

-El niño está perfecto, no tienen de qué preocuparse.

Cuando cumplió tres años, Expedito acudió por primera vez al colegio. En contra del comportamiento del resto de niños, Expedito dio muestras desde el primer momento de tener mando en plaza. Movía de un lado a otro todos los objetos, indicaba a los compañeros dónde colocarse, cantaba a pleno pulmón las canciones que les enseñaba la maestra…un niño encantador, y muy participativo, aseveró esta cuando, pasado el primer mes, los padres de Expedito se interesaron por su adaptación a la escuela.

Aprendió Expedito a leer y escribir con facilidad, mostrando interés por el significado de las palabras nuevas que llegaban a su conocimiento, y que eran, como ustedes supondrán, prácticamente todas. Eso le convirtió en un niño con un vocabulario más rico y abundante que el común del resto de niños, que ya desde entonces comenzaron a mirar a Expedito con respeto, y a atender sus explicaciones, incluso a preguntar dudas acerca del lenguaje, tanto oral como escrito.

El primer gran golpe de Expedito, sin embargo, no llegaría hasta el día de su primera comunión. Todos los niños de la escuela se habían preparado concienzudamente para el acontecimiento. Expedito sorprendió al Padre Muelas, que supervisaba la catequesis, pues fue capaz de contestar a todas sus preguntas con inusitada rapidez y haciendo gala de una prodigiosa memoria. Era capaz de decir la respuesta con comas, puntos y puntos y comas incluidos. Este hecho le valió ocupar el primer puesto del primer banco de la iglesia, además de ser el elegido para realizar la primera lectura de la celebración.

Todo iba sobre ruedas. Expedito llegó a la iglesia con mucha antelación, enfundado en su traje de almirante de la armada. Había hecho un llamamiento el Obispo, en su reunión con padres y niños, a la prudencia y a la lejanía con la ostentación. Se armó un cierto revuelo, pues ni la una ni la otra cuadraba mucho en nuestra ciudad, acostumbrados sus vecinos a lucir, siempre que la ocasión lo demandaba, y que eran más bien escasas, toda su parafernalia de joyería y relojería. En un momento, el padre de Expedito se levantó, y le dijo al Sr. Obispo:

-Ilustrísima, si los niños pueden venir con zapatos de charol, ¿por qué los hemos de traer descalzos?

Aquello fue el pistoletazo de salida definitivo. Los comerciantes, a los que les había llegado el rumor de las palabras que pronunciaría el Obispo, respiraron aliviados. Ya por la mañana se habían quejado al Alcalde.

-Mire usted, Sr. Alcalde, ¿acaso alguien le dice al Obispo o a sus curas cómo deben vestirse y adornar su iglesia? Pues lo mismo ellos, que nos dejen vender en paz los zapatos de charol, y las camisas, y los calcetines…y todo lo demás que venga al caso, que un día es un día.

El caso es que el desfile de niños, hermanos, mamás, papás y demás familia, por la Plaza, camino de la Iglesia, resultó tan espectacular como los demás años. Doña Mercedes, que se había apostado en el mejor banco desde primera hora de la mañana, disfrutó de lo lindo con aquella demostración de riqueza y estipendio de su ciudad. Eso no le impidió criticar sobremanera a las señoras asistentes. Unas, por no haber sabido elegir el vestido adecuado a la ocasión, otras, por no saber lucir con garbo y elegancia el modelo. Y las que habían acertado con el vestido, y los sabían lucir, se habían peinado de manera equivocada. En fin, que ninguna había sabido dar al día el realce que se merecía.

-No me extraña que el Sr. Obispo pida prudencia y contención, viendo los adefesios en que se convierten muchos de los asistentes, mejor estarían en ropa de diario.

A la hora en punto, comenzó la ceremonia. Llegó la hora de las lecturas. Como estaba previsto, subió Expedito hasta el atril. Leyó de manera magnífica, al punto de que arrancó una sonrisa no ya del Obispo, sino incluso del Padre Muelas, gesto este que pasó a los anales de la historia ciudadana, mereciendo capítulo particular de la misma, según narró el historiador oficial de la ciudad, don Torcuato Acevedo y Díez de la Ensenada. Terminó su lectura el niño, y cuando todos esperaban que volviera a su asiento, con las manos entrelazadas y mirando al suelo, compungido y con gesto de gran recogimiento, se lanzó el muchacho a comentar lo leído. La primera reacción fue de estupefacción. Hubo unos segundos de duda. Los oficiantes miraron al Obispo, que tenía cara de asombro. Como nadie se movía, el Padre Muelas se levantó, y se dirigió hacia Expedito.

-Gracias Expedito. No es momento, ni lugar para explicaciones.
-Ya termino, Padre Muelas, deme un minuto.

Ni minuto ni segundo. El Padre Muelas, que ya se había puesto colorado como cuando le venían los arranques de mal genio, agarró a Expedito por la oreja derecha, eso sí, con una sonrisa ocupando su colorada cara, y le condujo hasta su asiento. Después, volvió al atril, y dirigió unas palabras a los presentes:

-Queridísimos hermanos, ya conocemos todos a Expedito. Sin duda, su impulso de niño aplicado le ha llevado a romper el orden de la ceremonia. No sé yo, dijo dándose la vuelta y mirando al Sr. Obispo, si este acto de indisciplina incapacita al niño para recibir la comunión.

Un ¡ohhhhhhh….! se escapó de las gargantas de los asistentes. Expedito pareció hundirse en el banco. Se puso muy colorado, le faltaba el aire, se le iba la cabeza a un lado y a otro, el reflujo estomacal le llevó el chocolate con churros del desayuno a la boca. Al segundo reflujo, no pudo evitar que una bocanada de vómito saliera de su boca, y fuera a caer sobre sus pantalones y zapatos blancos de almirante de la armada, además de inundar el banco y el suelo inmediato. Los niños y niñas de alrededor no pudieron evitar lanzar un grito, que parecía ser de horror pero era de asco, se levantaron de sus asientos, y salieron despavoridos en todas las direcciones. El revuelo consiguiente fue monumental. Padres y madres de los niños afectados fueron corriendo a por ellos. El Padre Muelas se había quedado petrificado en el atril, sin mover ni un solo músculo, la cara sin expresión. El Obispo sí reaccionó. Se puso de pie, se adelanto, levantó los brazos y pidió calma a todos los presentes. No hubo ya manera de detener el revuelo. No se sabe cómo, pero la noticia llegó a la calle a los pocos segundos. Entonces, una legión de viandantes ociosos corrió hacia las puertas, queriendo entrar al templo. Se produjo un tapón en la misma. Los más débiles cayeron al suelo. Gritos, empujones, golpes…los padres de Expedito cogieron a su hijo, que lloraba amargamente, y se dirigieron a la puerta lateral, por la que pretendieron salir al exterior. También esta salida se había colapsado. Entonces, una nueva bocanada de vómito le vino al niño, que soltó la misma sin miramientos, dando de lleno a cuantas damas y caballeros se encontraban alrededor. Más gritos, más repugnancia…qué mal olía el vómito de Expedito.

-Menudo olor, ¡qué habrá desayunado este niño!

Por fin reaccionó el Padre Muelas. Ordenó a uno de los monaguillos que saliera por la puerta de la sacristía, y que fuera corriendo a la comisaría, y avisará a quien allí estuviera que necesitaban ayuda. Así lo hizo el chaval. Para cuando los uniformados quisieron llegar, el desastre se había consumado. Hubo contusionados, que necesitaron asistencia sanitaria. La ceremonia quedó definitivamente suspendida. El Obispo se hundió en su sillón, y quedó absortó, como ido. Cuando el Padre Muelas se dirigió a él, le hizo una señal con la mano, de esas de déjeme en paz. Se retiró en silencio el Padre Muelas, que por un momento temió las consecuencias de todo aquello.

Los padres de Expedito acudieron con su niño a las urgencias de la Clínica del Dr. Benavides, donde hubieron de esperar varias horas a ser atendidos, toda vez que todo el personal disponible estaba atendiendo a los damnificados de la iglesia. Entonces, se dejó caer por las urgencias el abogado Rubinos.

-Buenos días, Sr. Buenaventura y esposa. Inaudito lo ocurrido hoy en la iglesia. Inaudito e inadmisible. ¿Quién es el Padre Muelas, por muy ministro del Señor que sea para agarrar por la oreja a un feligrés? Déjeme mirar la oreja del niño. ¡Qué barbaridad, roja como un tomate pasado! Dios quiera que no le haya causado ningún desprendimiento. Esto es perseguible ante la ley. En fin, les dejo mi tarjeta, con mi dirección, por si estiman oportuno denunciar lo ocurrido. La indemnización puede resultar importante.

Los padres de Expedito se miraron, y guardaron silencio. Por fin atendieron al niño. Nada tenía. Los vómitos, sin importancia. Sin duda, el sofocón que le había producido el público tirón de orejas del Padre Muelas, nada más. Y la oreja estaba enrojecida, pero en su sitio. Volvieron a su domicilio, y fue entonces cuando doña Purificación Lascasas, madre de Expedito, se dirigió a su marido:

-Wenceslao, esto no puede quedar así. El Padre Muelas nos tiene que indemnizar. Ahora mismo nos vamos a ver a Rubinos.

A la mañana siguiente, la demanda estaba presentada en el juzgado. El oficial hizo llegar el aviso de la misma al obispado.

-¿Pero cómo es posible? Fue un simple tirón de oreja, debido a que se había saltado el orden de la celebración.
-Yo no sé nada, Sr. Obispo, solo traigo la nota. Debe presentarse ante el Juez Cardona, acompañado de abogado, y del Padre Muelas.

Así lo hicieron. El Obispo, el abogado don Adelaido Billegas, y el Padre Muelas, que tras el incidente se ocultó en su habitación del obispado y no había vuelto a salir.

“El Ciudadano Cabal”, en la edición del martes, recogió con profusión la versión del abogado Rubinos, en la que cargaba duramente contra el Padre Muelas, y por añadidura contra el Obispo, presidente de la ceremonia y que no reconvino al agresor, ni de palabra de ni de obra.
Además, el reportero Hampuero recogió las impresiones de otros padres y madres presentes, los cuales mostraban su indignación por la suspensión de la ceremonia. Tampoco faltaron los hosteleros, que pusieron el grito en el cielo por las comidas que se habían dejado de servir aquel mediodía. No dio abasto Rubinos aquella tarde, visitando a todos los afectados, y ofreciéndose a cuanta ayuda necesitasen para las reclamaciones de daños y perjuicios correspondientes, que fueron añadidas a la demanda contra el Obispado y el Padre Muelas.

La mañana en que la vista había quedado fijada por el Juez Cardona, los aledaños del juzgado se colapsaron. Como antecedentes había de tumultos en situaciones similares, en las que el orden público había quedado superado por los presentes, se ordenó por parte del Juez la presencia de la Guardia Civil, con los efectivos suficientes para evitar los posibles desmanes. A medida que llegaban los curiosos, y veían el despliegue, se limitaban a observar en silencio, y a una prudencial distancia.

Faltaban escaso minutos para la nueve en punto de la mañana, cuando los participantes en el juicio comenzaron a hacer acto de presencia. Por una de las calles laterales, apareció el Juez Cardona, que fue jaleado por la concurrencia: “duro con el Padre Muelas, Sr. Juez, que casi le arranca la oreja al niño”, “a pagar, a pagar el obispado”, “protección para los niños y sus familias”…
A continuación llegaron el Sr. Obispo y el Padre Muelas, que fueron recibidos con una sonora pitada. Y para terminar, Expedito y sus padres, que entraron en el juzgado entre una atronadora salva de aplausos.

Se cerraron las puertas, mas como era audiencia pública, protestó enérgicamente el abogado Rubinos. Sus quejas fueron atendidas, y se permitió el acceso del público hasta completar el aforo de la sala, eso sí, tras minucioso registro de todos los que solicitaron acceso.

Entre unas cosas y otras, la vista, fijada para las nueve horas y treinta minutos, se demoró, y eran las diez y cuarto cuando comenzaba. Lo hizo con una severa advertencia del Juez Cardona a los presentes: “Debo comunicar a los presentes que no voy a permitir el más mínimo desmán en el comportamiento de ninguno de los presentes. Sepan que he instruido al Sargento de la Guardia Civil, para que a mi indicación, el alborotador sea conducido a los calabozos de este juzgado, donde quedará detenido, y yo mismo me encargaré de que todo el peso de la ley caiga sobre él”. Dijo esto mirando a los ojos a doña Mercedes, que por un momento se sintió turbada, y notó que los calores y los colores subían hasta sus mejillas. Todos advirtieron este hecho, por lo que, de manera disimulada, y por lo bajo, ofrecieron su solidaridad a la viuda del Coronel.

Transcurrió el juicio más rápido de lo que se esperaba. El abogado Billegas, que representaba al obispado, pidió que se permitiera intervenir al Sr. Obispo, pues sus palabras podían contribuir a la resolución del caso. Accedió el Juez. Esto es lo que dijo el Obispo: “Queridísimos hermanos y convecinos, todavía estoy dolorido y pesaroso por lo que que ocurrió el pasado domingo en la celebración de la primera comunión de los niños. Solo me cabe pedir perdón a todos, a los niños, a sus padres, a todos los presentes, y añadir que este obispado se hará cargo de cuantas reparaciones económicas sean necesarias para resarcir a todos de sus pérdidas y males. Debo añadir que, por supuesto, la casa de Dios está abierta para recibir, en día y hora que los padres señalen, de nuevo a todos los niños para que reciban el sacramento de la comunión, y que ese día quede como uno de los más grandes y alegres de sus vidas”.

Ante esta declaración, el Juez Cardona pidió a los presentes su conformidad. Todos la dieron, pidiendo el abogado Rubinos que se reconviniera el comportamiento del Padre Muelas, y que se le instara a no repetirlo en el futuro. Volvió a intervenir el abogado Billegas, que había previsto la situación, dando a conocer que el Padre Muelas, en señal de arrepentimiento y como acto de contricción, se recogería durante treinta días en un lugar de retiro, para orar y encomendarse al Señor.

Terminó el juicio, con todas las partes satisfechas. Al día siguiente, el editorial de “El Ciudadano Cabal” ponía en valor, ensalzándolas, las palabras del Obispo, que calificaba de sabias. Cuando esa tarde, Monseñor acudió a su habitual partida de dominó en “El Rincón de Camagüey”, fue recibido por los presentes con una sonora ovación. Todo volvía a la normalidad.

Expedito desapareció de las portadas de la actualidad ciudadana, hasta que tuvo que enfrentarse, con catorce años de edad, a la reválida del cuarto curso del bachillerato. Por aquel entonces, debían los estudiantes desplazarse bien a Salamanca, bien a Valladolid, para realizar las pruebas. Ese año tocó en la ciudad de Salamanca, para la que salieron los estudiantes la misma mañana de las pruebas, en autobús contratado al efecto. Todo marchaba sobre ruedas, hasta el momento en que Expedito realizó una salvedad a la pregunta del examen de latín, pues mantenía que la misma contenía una incorrección. Su profesor de latín primero, el director del instituto de nuestra ciudad después, trataron de refrenarlo, y de que la observación no pasase a mayores. No hubo manera. El profesor de latín presente en ese momento en la sala, mantuvo la corrección de la pregunta. Ante el revuelo ocasionado, el presidente del tribunal, don Alberto de la Fuensanta y Matís, Catedrático de Química, solicitó la presencia del catedrático de esa asignatura. La sorpresa de todos fue monumental cuando este, don Leoncio Torrero y Sagarminaga, dio la razón al muchacho, e invalidó la prueba de latín. La noticia fue difundida por los periódicos de Salamanca primero, y de estos dio la misma el salto a los periódicos nacionales. Incluso del Ministerio de Instrucción Pública se interesaron por el asunto, recibiendo Expedito una felicitación, a través de carta, del ministro. El asunto quedó zanjado con una calificación de diez en la asignatura.

Terminó Expedito el bachillerato, y se dispuso a afrontar estudios universitarios. Tras mucho pensar, se decantó por estudiar Derecho en la Universidad de Salamanca. Fue un excelente estudiante, obteniendo notas brillantes en todas la asignaturas. Allí fue donde Expedito despegó definitivamente, y se hizo un orador de primera magnitud. De manera unánime, fue elegido portavoz de todas y cada una de las reivindicaciones estudiantiles de la época, que eran continuas, al calor de la propia inestabilidad política. La biblioteca de la facultad fue la plataforma desde la que, día tras día, lanzaba sus arengas, levantando el ánimo y las ansias de lucha de los estudiantes.

Estando una tarde descansando en la habitación de su pensión, recibió la visita de don Nicomedes de la Cuesta, secretario del Partido Liberal en la ciudad, en la que le ofrecía un puesto en el partido. Expedito se lo pensó, consultó con su padre, y de manera cortés, y no definitiva, puntualizó, rechazó la oferta.

-Hijo, no te metas en política, esto cambia todos los días, los militares españoles carecen de ideas democráticas, y puedes terminar de muy mala manera. En el mejor de los casos, exiliado a Sidi Ifni o Fuerteventura, incluso en la Guinea o las Filipinas. En el peor, preso y ante un pelotón de fusilamiento.

Obtenida la licenciatura, pensó en abrir bufete, ya que eran decenas, sino cientos, las propuestas que recibía para defender multitud de causas, la mayoría de ellas de las que podríamos calificar como perdidas. Y de que las que podían llegar a ganarse en lo tribunales, acarrearían la ruina económica, pues la inmensa mayoría de los reclamantes no podían pagar más que con agradecimiento y buenas palabras.

Vista la situación, aconsejó la madre a Expedito que preparase oposiciones.

-Nada mejor, hazme caso hijo, que un sueldo del Estado. Y dejarse de zarandajas y de pleitos de pobre.

La balanza la inclinó definitivamente por ese camino la Señorita doña Rómula Perdiceros y Sánchez, hija de un adinerado comerciante de coloniales de Ciudad Rodrigo, al que el beneficio le llegaba, en su magnitud principal, del contrabando con Portugal.

Así que sacó de nuevo Expedito los libros, y comenzó a preparar oposiciones para secretario de ayuntamiento. Sin grandes dificultades, obtuvo un buen número entre los aprobados, y se decantó, a instancias de doña Rómula, por el de la ciudad fronteriza.

-Además Expedito, así podrás ayudar a mi padre con sus negocios.

Tomó Expedito posesión de su cargo, que ejerció siempre con pulcritud. No obstante, su principal problema era su facilidad de palabra. Era tal su impetú, que pleno hubo que se alargó hasta bien entrada la madrugada, y terminó en el momento en que todos los ediles estaban dormidos en sus asientos. Otra ocasión sonada fue aquella en que el alcalde, viendo venir el asunto, ordenó que se sirviera una arroba de vino y una olla de caldereta. Mientras el bueno de Expedito hablaba y hablaba y seguía hablando, los ediles le daban a la mandíbula. Cuando la primera arroba de vino había sido bebida, se ordenó una segunda, y más caldereta, y mucho pan para la salsa. Ya casi amanecía cuando las esposas de los afectados, extrañadas por su tardanza, se acercaron a la casa consistorial. Allí estaban todos, profundamente dormidos y profundamente borrachos.

En los negocios del suegro, la situación no cambió para mejor. Las primeras semanas, ambos acudían juntos a las diferentes reuniones. Expedito seguía con su costumbre impenitente de hablar y hablar y seguir hablando, y había negocios, según le explicó el suegro por activa y por pasiva, que lo que requerían era absoluta prudencia, discreción total, pocas o incluso ninguna palabra. Como la incontinencia verbal de Expedito era incontenible, galopante, superior a todas las fuerzas de la naturaleza, cortó el suegro en seco, y le dijo que mejor que se ocupara de los asuntos de la oficina, para los que su formación jurídica resultaba ideal.

Tampoco esa idea fue buena. Convocaba a su alrededor Expedito a todos los empleados, e incluso a no empleados que, sobre todo en las tardes de frío y lluvia de los inviernos, estaban agusto en las oficinas del comercio de coloniales, y allí les daban las tantas. Incluso, llegó un momento en que los escuchantes se llevaban termo y algún alimento sólido, y ya aprovechaban para merendar. Como los papeles y los asuntos se iban acumulando, pues nadie daba un palo al agua, comenzaron a llegar las quejas al suegro, sobre todo debido a las obligaciones de pago no atendidas en tiempo y forma.

Visto el panorama, tomó la decisión el suegro de prescindir de los servicios del yerno, con gran disgusto de la esposa de este, pues uno de los rasgos que más apreciaba de su marido era precisamente su facilidad de palabra. Siempre contaba que, en su luna de miel, en que viajaron por Córdoba, Sevilla, Málaga y Granada, durante quince días, Expedito no dejó de hablar ni un solo instante, excepto cuando comía y dormía. Amistad hizo con todos los jefes de estación del ferrocarril, revisores, viajeros, recepcionistas de hotel, guardias municipales…todo el que se ponía a su alcance recibía el discurso impetuoso del caballero.

El caso es que, viéndose ocioso a partir de las tres de la tarde, cuando salía de su oficina en el ayuntamiento, y tras una buena comida en su domicilio y la correspondiente siesta, se dirigía al casino, dispuesto a hablar de todo lo humano y de todo lo divino con todo aquel que quisiera escuchar su parlamento.

En aquellos años se hicieron famosas sus tertulias con don Esteban Palomero, cura párroco de Ciudad Rodrigo, al que acompañaban el notario, don Julio Meseta, el médico, don Apolinar Ezcurra y el veterinario, don Ernesto Cinote. Algunas discusiones alcanzaron el calificativo de épicas. El casino vivió sus mejores días, y su dueño más aún, pues jamás había vendido tanto café, licor y tabaco.

Una tarde, recibió la visita del jefe provincial de los secretarios municipales, que se jubilaba, y le invitó a presentar su candidatura al puesto. Se animó Expedito. Viajó hasta Salamanca, donde estaba convocada la reunión, y comenzó su parlamento. Como ya la fama de Expedito había traspasado las fronteras de su ciudad, y alcanzado los pueblos de la comarca, interrumpió la reunión el secretario de Serradilla del Arroyo, el cual pidió la elección por aclamación, en ese mismo instante, de Expedito. Al instante, todos los secretarios se levantaron y dieron una monumental ovación a Expedito, que quedó elegido en ese mismo instante. Esta elección le vino muy bien al ayuntamiento de su localidad, pues había semanas en que debía ausentarse dos o tres días, lo que agradecieron los oídos y las cabezas de los funcionarios municipales.

Fueron pasando los años, y el ímpetu hablador de Expedito jamás decayó. Se cuenta que los habitantes de Ciudad Rodrigo desarrollaron un mecanismo de defensa, que consistía en la capacidad de oír sin escuchar, de mirar sin ver, de mantener los ojos abiertos pero en realidad estar dormidos…en este punto tomó especial relevancia el informe que el Dr. Ezcurra presentó en un simposio en Barcelona, que destacados investigadores de las más importantes universidades e institutos médicos pasaron temporadas en la ciudad salmantina, observando de cerca el que se vino a denominar “fenómeno expedito”, y que le valió un sobresaliente cum laude en su doctorado al Sr. Kleim, en la Universidad de la Baja Silesia.

Pasaron los años a la velocidad a la que pasan los años, que por mucho que algunos se crean, es elevadísima. Le llegó a nuestro hombre el momento de su jubilación. Fue despedido entre lágrimas por el resto de funcionarios municipales, y el nuevo propietario del casino (pues el anterior se había retirado, rico, a mejores ocupaciones) invitó a Expedito a reanudar sus charlas en el local. Si bien tuvieron éxito, nunca volvieron a ser las de los días primeros.

De repente, una mañana, Rómula, mujer de Expedito, falleció. El hombre se vio solo, pues nunca habían tenido hijos. Entonces, decidió recoger sus cosas, vender el resto, y volver a nuestra ciudad. Al principio, mientras la salud le acompañó, se hospedó en el Hostal de doña Trinidad. Después, se vería obligado a refugiarse en la Casa de Acogida de las Hermanas de la Caridad Cristiana. Desde allí seguía dando sus discursos cada mañana y cada tarde en la plaza, con una audiencia que se iba reduciendo día a día, por causas naturales que no necesitan mayor explicación. Apenas quedaban ya tres o cuatro oyentes, cuando una mañana no acudió Expedito al salón de la casa de acogida a desayunar. Avisaron al Dr. Benavides, que certificó que Expedito Buenaventura Lascasas había pasado a mejor vida aquella madrugada, en la soledad y el silencio de su habitación.

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