LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 30. “NOVEDADES” Y “CHAROLES”

Debo confesar que mucho ha sido el trabajo que hemos debido realizar, para encontrar cuatro espléndidos caballos, dos blancos y dos negros, capaces de tirar de la carroza que ha conducido hasta su última morada a Luis Perales, “Novedades”. Sin embargo, creo que la vida y obra de “Novedades” bien merecía el esfuerzo.

“Novedades”, vino a nacer en la parte baja de la ciudad, hace ya la friolera de 96 años. Fueron sus padres dos jornaleros, que recorrían toda la comarca, incluso iban más allá de la misma cuando la situación lo requería, para ganar el jornal que a duras penas los alimentaba y vestía. Así, desde prácticamente su fecha de nacimiento, se vio “Novedades” subido en una caballería ¡qué lujo era cuando podían viajar en un carromato!, por esos caminos de Dios, arriba y abajo, en busca de alguna finca donde hubiera alguna fruta o verdura que recoger, incluso algún terreno que limpiar, o algún animal que cuidar por algún tiempo.

En uno de esos viajes, se fueron a topar con la finca “Las Olivillas”, que llevaba varios años bastante abandonada, y que su nuevo dueño, el ganadero don Federico de Ribera y Santander, quería adecentar, para introducir en la misma parte de su ilustre ganadería de reses bravas. El tajo dio para un año de trabajo. Por las mañanas, “Novedades” acudía a la escuela del pueblo, donde hizo buenas migas con la maestra, doña Gertrudis de San Miguel, natural de Béjar, y que había estudiado con una beca tras el heroico comportamiento de su padre en la Guerra de África. Por las tardes, terminada la escuela, pasaba “Novedades” gran cantidad de tiempo observando a los toros, en sus idas y venidas por la dehesa. Una de esas tardes, el capataz de la finca, de nombre Gerónimo, le invitó a acompañarle a echar de comer a los animales. Se subió en las ancas de su yegua, y allá se fueron los dos, en lo que para “Novedades” sería una experiencia inolvidable.
-Una cosa Luis, le dijo Gerónimo, la única condición que te pongo es que no mires de frente a los toros, ni levantes manos ni brazos.

Unas semanas después, ya entrado el mes de octubre, organizó don Federico una tienta en la placita de toros de la finca. Allí acudieron varios toreros de relumbrón, y junto a ellos iba, de maletilla, un chaval de la edad de “Novedades”, al que habían prometido dar una oportunidad. Descendieron todos del “Hispano Suiza”, ya renqueante.
-Buenos días, maestro, a ver cuándo cambia usted de coche, que ahora ya lo que se llevan son los Mercedes, y hasta los Cadillac y los Chrysler.
-Si triunfo en San Isidro el año que viene, eso está hecho, don Agapito.

El último en descender del vehículo fue el maletilla. Miró de frente a “Novedades”.
-¿Qué pasa chaval, tú también eres maletilla?
-Qué va, mis padres son jornaleros en la finca.
Se estrecharon las manos, y en ese mismo instante nació una amistad que llegaría hasta el final de sus días.

Don Agapito, los matadores y sus cuadrillas se sentaron a comer. “Charoles” se quedó alejado, mirando, mientras sacaba de su morral un trozo de pan y un trozo de chorizo que su madre le había echado de merienda. Unos instantes después, se acercó a él “Novedades”, que venía de comer en su cabaña: pisto y carne guisada. Cuando miró a la mesa del ganadero, vio ensalada, chuletas de cordero, cabrito, pimientos asados…y no pudo evitar que la envidia recorriera su cuerpo.
-Maletilla, tenemos que hacernos toreros, y comer como ellos todos los días.
-No me llamo maletilla, me llamo “Charoles”, y estoy de acuerdo con lo que dices.

Cuando terminó la comida, y los comensales se retiraron a descansar, Gerónimo los hizo una seña, para que ambos muchachos se acercaran.
-Venga, ahora nos toca comer a nosotros. Que no quede nada, que no sabemos cuando nos caerá la siguiente.

Los tres comieron hasta reventar. El problema venía después, para “Charoles” principalmente, pues tenía que dar unos pases a una becerra.
-Mira chaval, voy a hacer una trampa. Te voy a echar a “Lupita”, que ya está toreada. Así, dará sensación de llevar peligro, pero la verdad es que parece que se sabe de memoria lo que tiene que hacer, embestir una y mil veces. Si lo sabes aprovechar, es posible que te vuelvan a llamar.

Ocurrió tal como lo había dicho Gerónimo. “Lupita” entraba al trapo una y otra vez, con suavidad y firmeza, agachando la cabeza. Tan fácil le pareció a “Novedades”, que él también pidió dar unos capotazos a la becerra. Accedió don Agapito, y allí que bajó animado el muchacho. Cuando ya, siguiendo las instrucciones de Gerónimo, se fue al centro del ruedo, citó a la becerra, con el capote por delante, y “Lupita” se arrancó, la vista se le nubló del todo. No vio nada más. Únicamente sintió el tremendo topetazo de “Lupita” contra sus rodillas, y que después le tuvieron que ayudar a levantarse, y que tuvieron que venir sus padres para llevarle a la cabaña, donde le tumbaron. Entre grandes dolores pasó la noche, al punto que, al día siguiente, hubo que llamar a Tía Natalia, que observó el topetazo, y mandó el remedio correspondiente. Una semana le duró el moratón y la hinchazón, aunque lo que más le dolió fue el mal papel que había hecho delante de todos los presentes en la plaza de toros.

Sin embargo, lo más importante de aquella jornada es la amistad que había comenzado con “Charoles”, y que ya duraría toda la vida. Volvió el maletilla por “Las Olivillas”, y entre ambos muchachos lograron convencer a Gerónimo de que los dejara dar capotazos a las becerras que, por algún defecto, habían quedado descartadas para mayores citas. Allí se fueron curtiendo, y conociendo el comportamiento de los animales.

Un tiempo después, comenzaron a recorrer los pueblos de la comarca, en los días de las fiestas patronales, pidiendo una oportunidad, pero esta no llegaría realmente hasta un día quince de agosto. Estaban embarcando los toros de la corrida de la tarde, en Arroyo de la Encomienda, cuando uno de los matadores intervinientes telefoneó a don Agapito.
-Don Agapito, soy Julio. Se me ha puesto enfermo un banderillero, y en un día como hoy no encuentro uno libre por ningún lado. ¿No conocerá usted alguno que me saque del apuro para completar la cuadrilla?
-Tranquilo, Julio, que conozco a dos que para ir de terceros, y para recoger los puros y los ramos de flores que le echen, valen perfectamente.

A continuación, don Agapito llamó a Gerónimo.
-Gerónimo, avisa a “Novedades” y a “Charoles”, que se vienen conmigo, que esta tarde uno de los dos debuta en la cuadrilla de don Julio. Que se prueben los trajes, y que cojan el que mejor les quede.

Los muchachos se volvieron locos. Dieron saltos de alegría, abrazados. Por fin iban a torear de verdad, en un plaza de verdad, y con un matador de toros de verdad, con una figura. Se subieron al camión, y fueron tan contentos hasta Arroyo de la Encomienda. Al llegar allí, don Agapito los llevó a conocer a don Julio:
-Maestro, estos son los dos maletillas de los que le hablé. Usted dirá quién quiere de tercero.

Cuando iba a contestar el matador, llegó corriendo su mozo de espadas.
-Maestro, que acaba de llamar la mujer de Lorenzo, que le ha dado una indisposición y que no puede venir. Han debido ser unas cerezas que se ha tomado esta mañana, después del desayuno.
-Me cagüen…dijo el maestro. No pasa nada, una oportunidad para estos dos maletillas. ¿Sabéis poner banderillas?
-Yo me apaño, respondió “Novedades”, y este también.
-Estupendo, pues a ver qué sois capaces de hacer esta tarde.

Marcó el reloj la hora del paseíllo. Allí salieron los dos maletillas, con unos trajes viejos y remendados, pero más tiesos que una vela, y luciendo un porte y una gallardía que llamaron la atención de los tendidos. Hubo un run-run en la plaza. Todos detrás de la barrera. La gente situada en los tendidos posteriores a donde se encontraban los muchachos comentaba lo mal que les quedaba el traje, y lo tiesos que estaban, mayormente “Novedades”. Los dos chavales ni se inmutaban, incrédulos todavía a estar vestidos de luces en una corrida de toros de verdad.
Por fin, le llegó el turno a su torero. Su peón de confianza se dirigió a los maletillas:
-Bueno señores, es mejor no hacer nada que hacerlo mal. Así que vosotros, oídos abiertos, a lo que diga el matador y a lo que diga yo.

Llegó el tercio de banderillas. El peón de confianza acometió su par, que situó en lo alto del morlaco con profesionalidad y veteranía, sin lucimiento alguno. Era el turno de “Novedades”. Sintió que se le hacía un nudo en el estómago, que se le aflojaban las piernas, y hasta los esfínteres. Sudaba copiosamente, y veía borroso. El mozo de espadas llevaba ya unos segundos con el par de banderillas en lo alto, esperando que el banderillero las cogiera. Se le acercó el peón de confianza:
-Vamos, Luis, sal ahí y revienta la plaza, y sino, que el toro te reviente a ti, pero echa la pata palante de una vez.

“Novedades”, que sudaba a chorros, medio tambaleándose, cogió las banderillas. De repente, había olvidado hasta qué tenía que hacer, dónde ponerse, casi casi hasta dónde estaba. Vio al toro de frente, esperándole, como retándole, aquí estoy, parecía decirle, a ver qué sabes hacer. En ese instante, “Novedades”, se rehizo. Fue consciente de que quería triunfar, y poner la plaza boca abajo. Sin saber de dónde sacó fuerzas, se estiró hasta dolerle el cuello. Comenzó a andar en torero, se marchó al centro del ruedo. Levantó los brazos, con las banderillas apuntado al toro. Dio dos saltitos, una vuelta sobre sí mismo, citó al morlaco, y comenzó una carrera en zig zag que levantó los murmullos de la concurrencia. El toro también se arrancó, y se fue directo a por “Novedades”. Se cruzaron en el centro del ruedo. En el último instante, nada vió el banderillero, excepto polvo y babas. Siguiendo corriendo de manera mecánica. De repente, todavía aturdido, vio que toda la plaza se ponía en pie, y que aplaudía a rabiar. Y que pedían que saludase, y que pusiese otro par. Se acercó entonces a la barrera. El peón de confianza salió a su encuentro:
-Vamos, muchacho, saluda, y diles que el otro par para más tarde, que no conviene abusar de la suerte.
Así lo hizo “Novedades”, al que felicitó por su par también el maestro.

En el siguiente toro, llegó el turno de “Charoles”. Tampoco estuvo mal el joven. Puso igualmente un muy buen par, si bien su ritual de acercamiento al toro no fue todo lo vistoso que había sido el de “Novedades”.

Terminada la corrida, la cuadrilla volvió al hotel. Gerónimo los ayudó a guardar los viejos trajes de luces que habían vestido, y recibieron la felicitación de don Agapito. Un rato después, el maestro los llamó a su habitación.
-Habéis estado bien chavales, enhorabuena. Os pensaba dar veinticinco pesetas, pero os habéis ganado cincuenta. Y, por cierto, avisad a vuestra casa. Que mañana toreamos en Úbeda, a no ser que ya estéis comprometidos.

Esta tarde comenzó una carrera triunfal de ambos banderilleros, que terminaría veinticinco años después. Formaron parte de las mejores cuadrillas, todas las figuras del escalafón quisieron disponer de ambos. “Novedades”, en sus mejores días, era esperado en todas las plazas, y cada vez que salía al ruedo con las banderillas en la mano derecha, enhiestas hacia el cielo, y comenzaba su ritual de baile y provocación al toro, la gente lo festejaba con entusiasmo. Cuando comenzaba la carrera de toro y torero, y “Novedades” dejaba el par en todo lo alto, que solía ser casi siempre, el respetable se ponía en pie, y le pedía que saludase, y los gritos de “otro, otro, otro…” inundaban el ambiente. Dicen las enciclopedias que ningún banderillero se ha desmonterado más veces que “Novedades”, si bien existe disparidad de criterios en el número de veces que lo hizo.

Cuando aquel año terminó la temporada, cada banderillero regresó a su lugar de origen.
-Luis, preguntó “Charoles”, ¿tú qué vas a hacer con el dinero que hemos ganado?
-Pues lo primero que vamos a hacer, si te parece, es marcharnos a Madrid, y visitar a un buen sastre, que nos haga buenos trajes, de torear y de civiles, y poder tirar estas ropas viejas, feas y de mala calidad que llevamos.

Así lo hicieron. Se instalaron en la pensión “Antón Martín”, donde don Inocencio y doña Paula los recibieron con los brazos abiertos, pues no en balde ambos habían actuado una tarde en Calzada de Calatrava, de donde era natural don Inocencio. Cuando los dos banderilleros se vieron ante el sastre, cada uno impuso una condición. La de “Novedades” fue que en cada uno de los trajes debía el sastre incluir algo exclusivo, que solo luciera él. Por su parte, “Charoles”, lo que pidió fue que en todos sus trajes debía aparecer algún adorno de charol. Obviamente, de ahí derivaron los apodos con los que ambos fueron conocidos, e incluidos en los carteles a partir de ese momento. Una vez encargados los trajes, abandonaron Madrid y volvieron a nuestra ciudad. Entonces, “Novedades”, dijo que el siguiente paso era abrir una libreta de ahorro en el “Banco Español del Ahorro Popular”.
-Ya verás, “Charoles”, como nuestro prestigio ciudadano aumenta a la misma velocidad que nuestro saldo.

Efectivamente, así ocurrió. Subía el saldo de la libreta, subían los elogios a la labor profesional de ambos, compraron cada uno su piso en la Calle Principal, “Novedades” se hizo con un Alfa Romeo Giulietta biplaza y descapotable, lo nunca visto en la ciudad; la gente le pedía una vuelta, y se armó gran revuelo el día que invitó a dar un paseo a la Srta. Pilita Rotero, hija del Presidente de la Diputación. Un fotógrafo de agencias estaba esos días por la ciudad, los tiró una foto, que luego vendió a la Revista “El Notición”, que la adornó con un texto en el que hablaba de romance. El Ministro del Interior telefoneó al Presidente de la Diputación, que se vio en la obligación de insertar un anuncio en “ABC”, desmintiendo la información. A continuación, por medio del Gobernador Civil, se llamó al orden a “Novedades”, al que se acusó de hacer un montaje en toda regla. “Novedades”, quedó desconcertado, y optó por marchar a México, donde pasó todo aquel invierno, acompañado de su inseparable “Charoles”. No les fue nada mal en el Nuevo Mundo. Hicieron la temporada americana, y recorrieron las más importantes ferias de México, Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú.
Cómo parecía que la vuelta a España se demoraba, los apoderados de las principales figuras españolas comenzaron a ponerse nerviosos. El caché no era el mismo si los dos banderilleros iban en la cuadrilla o no, y Valencia y sus fallas estaban a la vuelta de la esquina. Por fin, aceptaron volver con una condición: no torearían en ningún lugar en el que ostentaran cargos el Gobernador Civil ni el Presidente de la Diputación que habían tenido el percance con “Novedades”. Esto generó un nuevo conflicto, pues a su regreso, el Alcalde de la ciudad contactó con “Novedades”, para solicitar su presencia en la ciudad el día grande de las fiestas patronales.
-Lo siento Sr. Alcalde, pero hay un personaje en esa ciudad con el que no me llevó bien, y mientras esté en su puesto, no me verán torear en mi ciudad.
-Ten cuidado, “Novedades”, que ya sabes que esa persona, que entiendo es el Gobernador Civil, o incluso el Presidente de la Diputación, que lo mismo me da, están muy bien relacionados con las altísimas esferas, y te pueden dar un disgusto.
-Pues me vuelvo a América, Sr. Alcalde.

Cuando se conoció el asunto, el Gobernador Civil montó en cólera. Habló con el Ministro del Interior, que trasladó el asunto a instancias superiores. La respuesta resultó inesperada, pues unos días después, el Gobernador Civil fue cesado de su puesto, y el Presidente de la Diputación recibió una severa reprimenda por parte de un enviado especial de El Pardo. En público, sin embargo, “Novedades” fue multado con diez mil pesetas, por una supuesta alteración de orden público, al permitir que un fotógrafo le retratase en compañía de una señorita anónima, que podía ver mancillada su buena reputación.

Llegó la fiesta de Fallas. Allí estaban los dos banderilleros, dispuestos a hacer el paseíllo en el primer festejo. Fue poner los pies en el albero, y ponerse de pie toda la plaza, aplaudiendo y gritanto “Novedades, novedades, novedades…”. El escándalo fue de órdago. El presidende de la corrida, Comisario Freulez, ordenó a la banda de música que se pusiese a tocar de inmediato, y a los guardias que identificasen a todos aquellos que aplaudían. La corrida quedó suspendida, y se cursaron más de cien multas, a más de que en el tumulto hubo empujones, golpes, bofetadas, gente por el suelo…Nada se supo de todo aquello, pues no se permitió a la prensa informar al respecto. El mismo “Novedades”, pasó la noche en comisaría, pues mantenía el Comisario Freulez que los alborotadores, eran un grupo organizado por el mismo banderillero para que iniciaran los incidentes.

Llegó el asunto al Juez don Mariano de la Cueva y Fernández, que despachó el asunto con multas de cien pesetas a los identificados, y de mil a “Novedades”. El disgusto fue mayúsculo para muchos de los sancionados, pues no habían visto cien pesetas juntas ni en el mejor de sus sueños. Entonces, “Novedades”, que fue el último en salir del juzgado, se detuvo en lo alto de las escalerillas, y dijo a los presentes:
-Que nadie se preocupe por la multa, Luis Perales se hace cargo de todas ellas.

Tras un momento de silencio absoluto, y de estupor en la cara de los sancionados y sus familiares, todos estallaron en nuevos gritos de “Novedades, novedades, novedades…”, sin que los guardias presentes en la puerta supieran que hacer, ni qué decisión tomar.

Acabaron las Fallas, y llegó la Feria de Abril a Sevilla. En la capital andaluza nadie gritó nada, pero una vez puesto por “Novedades”, su primer par de banderillas, los tendidos de sol se pusieron de pie, y comenzaron a aplaudir al banderillero, exigiéndole que saludase y que pusiese otro par. Tal fue la insistencia que, por primera vez en su carrera, pidió permiso a su matador para acceder a la petición popular. El maestro otorgó la autorización. Se dirigió entonces “Novedades” al Presidente de la Corrida, Comisario Gil, que negó su autorización. El escándalo que vino a continuación fue monumental. Silbidos, palmas, abucheos, insultos…Los tendidos de sombra que pedían silencio, y poder continuar el festejo. El Presidente ordenando que siguiese la faena, “Charoles” que pasa en falso y pone sus garapullos al suelo, “Novedades”, que coge cuatro banderillas, se sitúa dos en cada mano y que sale al ruedo. De repente, silencio absoluto. La gente que, poco a poco, va poniéndose en pie. “Novedades” que comienza su rito, de bailar y citar al morlaco. Llega el momento de la carrera de ambos, se cruzan en el mismo centro del redondel, y “Novedades” que sale por los aires, echando sangre a borbotones por la barriga. Salen los subalternos, y los matadores, y los auxiliares, y se llevan en volandas a “Novedades” a la enfermería. Un minuto después, se corre la voz de que el banderillero ha muerto desangrado, el alboroto es monumental en La Maestranza, y el Comisario Gil, presidente del festejo, que opta por la suspensión del mismo. La gente se echa a la calle con rapidez. Se arremolina la multitud en torno a la puerta de la enfermería, a la que a duras penas consigue llegar una ambulancia.
-¿Pero qué ocurre, acaso es que no ha muerto “Novedades”?

Pasado un rato, aparece “Charoles”, sudando a mares, descompuesto, blanco como un fantasma, y da un improvisado parte médico:
-Señores, “Novedades”, no ha muerto, aunque está muy mal herido, ha perdido muchísima sangre, y lo van a llevar al Sanatorio de Toreros. Yo les rogaría que, quien pueda, acuda a donar sangre, harán falta transfusiones.

Se hizo el silencio. Sacaron entonces a “Novedades” por la puerta de la enfermería, para introducirlo en la ambulancia. El gentío abrió paso de manera espontánea, y a continuación, fueron miles los sevillanos que se desplazaron hasta el hospital para donar su sangre. Fueron tres meses de convalecencia, en los que “Charoles” tampoco quiso actuar, en solidaridad con su compañero herido. Cuando se anunció que la reaparición de ambos se produciría en San Fermín, en Pamplona, la reventa de localidades alcanzó precios desorbitados, nunca vistos.

Por fin llegó el día. La expectación era máxima. Medios de prensa de España, Europa y América se dieron cita en Pamplona. Ya la llegada al hotel de “Novedades” fue toda una declaración de intenciones. Varios miles de personas se habían congregado a las puertas del “Hotel La Perla” para aclamar al banderillero. Se empeñó “Novedades” en lucir ese día el mismo traje de la cogida de Sevilla. Y así lo hizo. A “Charoles” no le hizo ninguna gracia, ni al maestro tampoco, pero se guardaron sus malas sensaciones. Llegado el momento de banderillear, el protocolo de “Novedades” fue el habitual, si bien ocurrió algo inesperado, nunca visto antes: pasó en falso delante del astado. El ¡uuuuuuuuuhhhhhhhhhh…..! fue largo y prolongado. Después, el silencio ante lo desconocido. En ese instante, “Novedades” se dio la vuelta, se fue como un rayo a la cara del toro, se paró una décima de segundo delante de él, y le puso el par de banderillas en todo lo alto. Pamplona estalló. Las peñas lo celebraron más que nunca. El respetable, puesto en pie, aplaudía y gritaba: “Novedades, novedades, novedades…”. Tres veces tuvo que desmonterarse, y llegar casi al centro del ruedo saludando con la montera. Dos orejas le dieron al maestro por su faena, triunfo que se repitió en su segundo toro de la tarde. Cuando el festejo tocó a su fin, la gente bajo al ruedo, y se llevaron en volandas al matador y a los banderilleros de vuelta hasta el hotel.

De esta manera, triunfo tras triunfo, estuvieron veinte temporadas seguidas “Novedades” y “Charoles” por las más importantes plazas de toros de España y América. Lo dejaron el día que vieron que el físico los estaba abandonando, y que ya les costaba ajustarse el traje a unos cuerpos que iban perdiendo prestancia y ganando en grasas.

Antes de que ocurriera esa circunstancia, habían, por fin, toreado en nuestra ciudad. Fue a raíz del cese del Gobernador Civil, y del traslado del Presidente de la Diputación a Huelva, donde ejerció como Abogado del Estado hasta su jubilación. Las malas lenguas dijeron que, para celebrarlo, “Novedades” y “Charoles”, instauraron la costumbre de invitar, tanto en “El Rincón de Camagüey”, como en el “Hotel Imperial” y en “La Perla Negra” a una chocolatada, con sus correspondientes churros, a toda la ciudad, al término de la corrida en la que ellos participaban. Su reputación subió como la espuma, y no encontrabas a nadie que hablara mal de ellos.

Llegado el momento de la retirada, y en un cóctel organizado por el Gobierno Militar, con motivo de la festividad de Santa Bárbara, vino a coincidir con doña Pilita Rotero, ahora casada, aunque no felizmente, como era de público conocimiento, por mucho que se quisiera disimular y se guardasen las formas. Se había casado Pilita con don Marcos de la Encina y Preciados, industrial, propietario de “Chocolates Americanos”, que distribuía sus productos por toda España, Portugal y hasta Andorra y el norte de Marruecos. “Novedades” y Pilita parecieron entenderse desde el primer momento, lo cual resultó de sumo interés para todas las partes. Cuando las noticias comenzaron a correr por la ciudad, tanto “Novedades”, como Pilita y don Marcos, fueron llamados a capítulo por el Gobernador Civil, que los esperaba acompañado del Obispo, don Manrique Manuelinos, un sujeto que habría dejado en chiquilladas los autos de fe de la Edad Media:
-Señores, comenzó el gobernador, han empezado a correr rumores de que algo raro ocurre entre ustedes tres. Al parecer, doña Pilita ha mancillado el sacramento del matrimonio con “Novedades”, mientras usted don Marcos, no solo no ha hecho nada, sino que al parecer está encantado con la situación, pues así puede dedicar todo su tiempo a la Srta. Justi Cifrados, hija del Notario don Lucas. Es inadmisible todo esto que está ocurriendo. Por muy importantes y adinerados que sean ustedes, esto se corta en este momento. En caso contrario, tendré que descargar todo el peso de la ley sobre ustedes.
-A más de la ley, intervino el Obispo, está la condenación eterna. Por supuesto, serán excomulgados, y sus chocolates, don Marcos, entrarán en la lista de productos herejes y cuyo consumo queda desaconsejado.
Al salir de la reunión, el trío se dirigió al despacho del abogado Billegas, para exponer la situación y recibir su consejo profesional.

-Pues miren ustedes, comenzó Billegas. Veo varias soluciones, teniendo en cuenta que la ley es la que es, y que el Obispo es el que es, que por cierto, es el que le ha ido con el cuento al Gobernador. El caso es que existen ahora mismo dos palacetes, en la Calle de la Reconquista, que pertenecieron en su día al Marqués de los Pozos, comunicados discretamente por la parte de atrás, pues no vayan a creer ustedes que son los primeros afectados por este problema, que muy bien podrían servir a sus intereses, sin levantar habladurías ni polémicas. Eso sí, nada tiene que ver la contribución que el Sr. Marqués hacía para el mantenimiento del patrimonio eclesiástico, y el que hacen ustedes, que es más bien nulo. Incluso, y si lo tienen a bien, yo podría dirigirme, con el correspondiente óbolo, al Sr. Obispo, para que su apocalíptica visión del asunto pasase a ser menos dramática.

Se caminó por ese derrotero. El asunto, que no era otro que la remoción de las vidrieras de la catedral, efectivamente muy dañadas por el paso y el peso de los años, subió a cien mil pesetas, que aportaron, a partes iguales, “Novedades” y don Marcos. A la vez, encargó Billegas un reportaje, a toda página, en “El Ciudadano Cabal”, en el que se daba cumplida cuenta de la donación , y se encabezaba la noticia con una foto del Sr. Obispo con ambos donantes, y el encargado de renovar las vidrieras, que vino a ser un sobrino segundo del propio Billegas, que a la postre se encargó de redactar la factura y repartir los beneficios de la operación. ¡Qué habilidad ha tenido siempre el abogado Billegas para encontrar solución a los problemas, y contentar a todas las partes del pleito!
-Eso, y no otra cosa, es lo que diferencia a un buen abogado de un picapleitos, exclamaba el Excelentísimo Sr. Gobernador Civil, en la partida de dominó de “El Rincón de Camagüey” aquella tarde, recogiendo la aquiescencia de todos los presentes.

Así pues, ambas parejas se instalaron en sus respectivas viviendas, y con el tiempo, y la costumbre, todo el mundo lo fue aceptando con naturalidad. “Charoles”, a su vez, se entendió con una dama, ya cerca de la cuarentena, con la que terminó contrayendo matrimonio tras veinte años de noviazgo.

Siguió la vida transcurriendo con sus dimes y diretes. Así hasta este año del Señor. En Enero falleció “Charoles”. Sus últimas palabras fueron para “Novedades”.
-Este año no te voy a poder acompañar a la Feria de Fallas. Dedícame tu primer par de banderillas.

Tampoco llegó a esa fecha “Novedades”, que abandonó el mundo un mes después. Para el próximo pleno municipal, va en el orden del día bautizar la nueva vía de acceso a la ciudad desde la parte baja de la ciudad, con el nombre de “Avenida de Novedades y Charoles”.

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