LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 29. SEGUNDO EL NAVEGANTE

Aquel 17 de Abril, don Eugenio Cañonero Zarroño, llamó a su segundo hijo, Segundo Cañonero Bellotas, a su despacho. La cuestión era sencilla, y así la explicó el progenitor a Segundo “el Navegante”:

-Segundo, como bien sabes, es costumbre inveterada en estas tierras, que a mi muerte, mi patrimonio pase al primogénito, esto es, tu hermano Eugenio. Así pues, no teniendo tú aquí ningún porvenir, tienes dos opciones en tu vida. Una, ingresar en la milicia, y hacer carrera a las órdenes del Rey. Si te aplicas y demuestras tu valor, podrías llegar a ser Capitán, incluso más, si es que te inclinas por acudir a esas tierras lejanas de Filipinas, o a las de Cuba o la Guinea, incluso creo que no están mal los que eligieron como destino las tierras desérticas del Sahara. La otra, es hacerte religioso, entrar en un convento, tomar los hábitos, y dedicarte a esparcir la palabra de Dios por esos desventurados mundos. En tus manos queda.

Ni una ni otra pareció convencer a nuestro protagonista, que no obstante no rechistó a las palabras de su padre. Simplemente, recogió las diez pesetas que este le entregó, así como la maleta que le había preparado su madre, y que contenía dos mudas, dos camisas limpias, un pantalón y dos pares de calcetines. Se despidió de su padre con una lacónica inclinación de cabeza, su madre llegó a darle un abrazo, y sin mirar atrás salió de su casa. Tomó la carretera que conducía hasta Galicia, y por ella, paso a paso, con la cabeza embotada y un tanto confundida, emprendió el camino de ida de un viaje que tendría vuelta sesenta años más tarde, ya viejo y cansado, sin más equipaje que una cabeza llena de aventuras que contar, y una maleta no mucho más grande que la que ahora portaba, y unos ahorrillos en un banco de Londres, que le iban a permitir apurar sus últimos días y pagar su entierro.

Llevaría dos horas de camino, cuando un carretero detuvo su carreta a su altura.
-Buenos días zagal, ¿adónde te diriges?
-A Galicia señor, a tomar un barco que me lleve a América.
-Pues si quieres, para ya voy yo. Necesito un zagal que me ayude con la carga y la descarga, te daría comida y posada, y compartiríamos las propinas que nos cayesen.
-Acepto el trato.
-Pues sea. Sube a la parte de atrás del carro, ahí te acomodas, y para Galicia vamos.

Agradeció Segundo la oportunidad, pues entre unas cosas y otras, había olvidado esa mañana hasta desayunar, y aunque se había agenciado algunas frutas por el camino, el hambre y el cansancio empezaban a hacer mella en su ánimo. La llegada a Galicia demoró todavía bastantes jornadas, pues iban dejando unas mercancías y cargando otras, pero lo cierto es que el carretero no se portaba mal, de manera que cuando llegaron a la costa, había podido ahorrar unas pesetas, y no se encontraba mal ni de hambre, ni de sueño, ni de ánimo.

Cuando ante su vista apareció, por primera vez, el puerto de Vigo, le pareció grandioso. Aquello era un hervidero de gente moviéndose en todos los sentidos, barcos, grúas, carros, idiomas varios, almacenes…se despidió del carretero, tras descargar los materiales que portaban y hacer cuentas. De repente, se encontró solo. Rápido se le acercó un tullido, que le preguntó por sus intenciones. Segundo se asustó, y alzó su mirada en busca de su antiguo amo, pero no lo encontró. Salió disparado del lugar, lo que provocó las risas de los que por allí se encontraban. Al terminar la carrera, vino a dar con un viejo marino, de pelo cano y pocos dientes.
-Buenas zagal, ¿puede saberse qué andas buscando por este lugar?
-Pues ya ve, quiero emplearme en algún barco que salga para América.
-Pues estás de suerte. Ven conmigo, te presentaré al Capitán del “Olor de América”, en el que yo mismo estoy empleado de marinero. Creo que tendrás un hueco de grumete. Mañana mismo salimos para Las Palmas, y de allí, hasta Montevideo.

Para Segundo, aquellos nombres era como hablarle en chino. Nada sabía de ellos. Caminaron hasta el barco, ascendieron por su escalera, y una vez a bordo, se dirigieron al camarote del Capitán Berruezo:
-Buenas, mi Capitán. He dado con este zagal por el puerto, que quiere emplearse para ir a América.
-Bien, respondió Berruezo con sequedad. ¿Tienes experiencia en el mar, muchacho?
-No, señor. Es la primera vez que salgo de mi casa, en el interior de Castilla. Soy segundón, y mi padre me quería mandar al ejército o al convento. Pero a mí me gustas más ir a América, pues muchas historias he oído de gentes que allí hicieron fortuna.
-Bueno, si quieres el puesto, es tuyo. Pero que sepas que el trabajo es duro, hay que estar disponible las veinticuatro horas de los siete días de la semana, la paga no está mal, la comida tampoco, y el aburrimiento es soberano una vez adentrados en el océano. ¿Trato hecho?
-Sí, señor.
-Sí, Capitán, intervino el marinero viejo, de nombre Rodales.

El Capitán y Segundo se estrecharon la mano, y a continuación, Rodales le condujo a las literas de los marineros. Segundo se sintió reconfortado, a cubierto, protegido por aquellas paredes de madera y la mirada de Rodales. Una vez instalado, salió a cubierta, y miró al horizonte. Vio la ciudad, y las tierras verdes al fondo. Después, acudió a cenar, y conoció a la tripulación. Esa noche hizo la primera guardia, acompañando a Rodales, y cuando después pudo tumbarse en su catre, fue capaz de dormir a pierna suelta, hasta que escuchó la campana que indicaba el comienzo de la actividad diaria. Eran las seis de la mañana. Todo estaba preparado; para las ocho, la sirena del barco sonó con rotundidad. Se soltaron las amarras, y el “Olor de América” comenzó su viaje. Segundo observó unos momentos de recogimiento. Los marineros, tan mal hablados y pendencieros casi siempre, tenían por costumbre acordarse de sus dioses y sus vírgenes en el momento de comenzar la travesía, pues todos sabían que nada serían excepto cadáveres a poco que el cielo, o las aguas, se lo propusieran.
A pesar de que el mar estaba calmado, en cuanto dejaron atrás los rompeolas que protegían el puerto, comenzó el movimiento arriba y abajo, al que tan acostumbrados están los marinos expertos, y que, según dicen, tanto echan de menos al bajar a tierra, cuya quietud incluso los llega a producir mareos, pero que revuelve hasta la náusea las tripas de los que desconocen los secretos del mar. Segundo se vio rápidamente afectado por el vaivén, y tras encogerse y llevarse las manos a la barriga, que apretó con fuerza, vino a arrojar al mar y a la cubierta del “Olor de América”, hasta lo más recóndito de sus entrañas. Este trasiego le vino a ocupar varias jornadas. Rodales le recomendó que nada comiese, como si el muchacho tuviese ánimo para llevarse algo, que no fuera un poco de agua, al estómago. El cocinero, un gallego de Combarro llamado Críspulo, se apiadó del chico, y le fue dando manzanilla mientras le duró el ataque de bisoñez marinera.

Cuando se le pasó el mal, avistaron la costa de la Gran Canaria, en cuya capital, Las Palmas, tenían previsto hacer una escala, para recoger mercancías, y lanzarse a la travesía del Océano Atlántico. Tuvieron ocasión de bajar a tierra, y Rodales le mostró cómo se complementaba el sueldo de marinero. Se dirigieron a uno de los almacenes del puerto, y compraron dos cajas de licor de plátano, y otras dos de ron con miel. Cuando llegaran a Montevideo, próxima escala, se dirigirían al hogar canario de aquella ciudad, donde venderían los licores con el correspondiente recargo.
-Toma nota, Segundo, de dos cosas. La primera, siempre hay que conocer la vida y costumbres de las siguientes escalas del barco. Así, debes saber que Montevideo fue poblada en sus inicios por cincuenta familias canarias, unas doscientas cincuenta personas. Por eso llevamos los licores. La segunda, mucho ojo, no te confundas. Conviene no juntarse con la mucha gente de mal vivir que hay en todos los puertos del mundo; si lo haces, te terminarán embaucando para que subas a bordo bultos, objetos, animales, y hasta personas que, si son descubiertas, y cualquier capitán experto lo hará, te procurarán enormes disgustos, y hasta las peores cárceles de los peores lugares del mundo.

Por fin, una luminosa mañana de finales de Abril, el “Olor de América”, se adentró en el océano, camino de Montevideo. Diez días después, tras una tranquila y hasta placentera, en bastantes momentos, travesía, apareció en el horizonte el puerto de la capital de la República Oriental del Uruguay. Le impresionó vivamente. El trasiego era incesante, había gentes, lenguas, mercaderías, barcos, de todos los lugares del mundo. Rodales, al partir de las Canarias, le había facilitado un atlas, y un libro de historia, de manera que pudo aprender los nombres y la situación de los países de los cinco continentes, así como de sus puertos más importantes, y el devenir de los mismos, desde la fecha de su fundación hasta el presente. Una vez descargada la mercancía, y mientras el Capitán se dirigía al representante de su naviera para buscar un nuevo flete, Rodales y Segundo acudieron a la Casa Canaria, donde dieron buena cuenta de las cajas de bebidas que llevaban. Cuando llegaban de vuelta al “Olor de América”, vieron que en torno al carguero se arremolinaban unos cientos de personas. Al acercarse, Rodales informó a Segundo que hablaban en idioma alemán, si bien no era capaz de entender lo que decían. Se abrieron paso, y ascendieron a la cubierta del buque.
-¿A qué se debe este gentío? Pregunto Rodales al oficial de guardia.
-Pues ya ves, parece ser que estas personas, un total de ciento diecinueve familias, que son ganaderos y agricultores suizos, están buscando transporte a Punta Arenas, ya en tierras de Chile, y están dispuestos a pagar convenientemente para que los llevemos hasta Río Gallegos, y desde allí continuarán por tierra hasta su destino.

Ambas partes llegaron a un acuerdo. En apenas dos horas, los suizos comenzaron a subir, junto a sus pertenencias, al carguero. Esa misma noche, todo estaba en orden, por lo que, dada la premura de los viajeros para llegar a su destino, el Capitán ordenó levar anclas, y nos hicimos de nuevo a la mar, rumbo hacia el sur del continente americano. Tres días después, ya con el sol alumbrando claro por el este, la ciudad de Río Gallegos se extendió delante de sus ojos. Arribaron al puerto, donde descendieron los pasajeros suizos. Terminada la descarga, Rodales y Segundo volvieron a bajar a tierra. Por allí andaban ambos, cuando se les acercó un caballero, con acento inequívoco de España, y los propuso un trato:
-Señores, buenos días. Los he visto descender esta mañana del barco que traía a los suizos. Me dirijo a ustedes porque estoy buscando dos capataces para mi cuadrilla de pastores, pues el anterior ha fallecido recientemente. El trabajo es sencillo y bien pagado. Consiste en tener en orden un rancho, con veinte mil ovejas, y cinco pastores con sus correspondientes familias. La mayoría son venidos de Croacia, que según dicen, está en Europa, a orillas del Mediterráneo, más allá de Italia. Son buenos trabajadores, el problema principal es que hablan un idioma inentendible. Por eso quiero un capataz, incluso dos, a los que pueda entender. ¿Qué les parece?
Los tres hombres se sentaron en un café, y en torno a una botella de brandy (que por cierto, le hizo rápido efecto a Segundo, lo que le impidió enterarse de los pormenores), ajustaron las condiciones del empleo. Aquella misma tarde, recogieron sus pertenencias del “Olor a América”, cobraron su soldada pendiente, y acompañados de Agapito Serralanda Bonete, propietario del rancho “Las Mil Lunas”, y de las veinte mil ovejas que en él habitaban, emprendieron el camino. Lo hicieron a lomos de dos mulas, de muy malísima sangre, que a punto estuvieron de derribar a sus jinetes en varias ocasiones, ayudadas en su empeño, sin duda, por la falta de pericia de los mismos en la monta de tales animales. Agapito iba en su caballo tordo, de nombre “Flamenco”, y que llegó a su poder tras ganar una partida de cartas a unos andaluces de Jerez de la Frontera, a los que días después hubo de encarcelar la autoridad, pues al parecer no albergaban buenas intenciones con respecto a los establecimientos bancarios.
La marcha nocturna avivó el resquemor de los viajeros, máxime cuando vieron a Agapito atravesar el fusil delante de su barriga, por encima de sus piernas.
-¿Existe algún peligro que no nos haya dicho, don Agapito?, preguntó Rodales.
-No tiene por qué, pero estamos donde estamos, y nada impide que cualquier partida de cuatreros quiera interceptarnos.
-Pues nosotros, aparte de nuestras navajas, más aptas para mondar fruta que para luchar, no tenemos con qué defendernos.
-No se preocupen. Tenga usted, mi revólver. Y al chico, déle mi machete.

A raíz de estos acontecimientos, se hizo el silencio, y debo reconocer que el miedo se adueñó de ambos. Rodales estaba acostumbrado a los ambientes de los puertos de todo el mundo, con sus marineros borrachos y sus personajes de mala vida; a esos los sabía hacer frente, pero no tenía ni idea de cómo actuarían unos cuatreros de ganado en medio de la noche, en campo abierto. A Segundo se le revolvió el estómago, circunstancia que achacó al brandy, si bien Rodales sabía que esa no era la causa. Como quiera que Agapito advirtió la situación, optó por comenzar a hablar:
-Yo soy natural de Olivenza, en la provincia de Badajoz. Toda mi niñez he pasado hambre, mucha hambre. Andábamos siempre a la que saltaba, y saltaban muy pocas, o ninguna. Una tarde, un cómico pasó por el pueblo, y contó la historia de don Francisco Pizarro, natural de Trujillo, y conquistador del Perú. Aquella historia me cautivó, por lo que, sin despedirme de nadie, marché a Sevilla, y me embarqué en el primer barco que salió para América. Desembarqué en Buenos Aires, donde me uní a una expedición que salía para conquistar estas tierras. Aquí encontré “Las Mil Lunas”, y traje a las ovejas, primero simplemente para que pacieran en el rancho, y luego, poco a poco, haciendo mi propio rebaño. Como la vida aquí es dura, y hay quien no puede soportar los rigores del día a día, he ido comprando más ganado, hasta llegar a la fecha actual. ¿Quieren saber una cosa? Habrá que estar atentos a esos suizos recién llegados. Por ver si se aclimatan, o deciden dar marcha atrás, y desprenderse de todos sus bienes. ¿Usted de dónde es, Rodales?
-Yo soy de Vigo, si bien casi ya ni me acuerdo. Desde los doce años, en que embarqué por primera vez, toda mi vida, hasta el día de hoy, ha transcurrido de barco en barco, y de puerto en puerto. Desde que murió mi madre, hace ya muchos años, igual me da un lugar que otro, la verdad sea dicha. Ahora la providencia ha querido que probemos suerte en este lugar de América, veremos qué tal se nos da.
-¿Y usted, joven, de dónde viene?
-Yo soy de La Bureba, en el norte de Burgos. El segundo hijo, y quería mi señor padre que me dedicara a la milicia, o a la iglesia, y con sinceridad le digo que ni una ni otra me atraían. Así que tiré para Galicia, adonde llegué con la ayuda de un carretero, para el que serví, y que me trató bien en todo momento y me pagó siempre lo convenido. Cuando llegamos a Vigo, vi el “Olor a América”, y a Rodales, y no dude ni un segundo en subirme y partir hacia donde me llevase su carga.

Entre unas cosas y otras, cuando se quisieron dar cuenta, ya clareaba el nuevo día. En un momento determinado, Agapito detuvo a “Flamenco”, levantó su rifle, y señaló un lugar en el horizonte:
-Señores, ante ustedes “Las Mil Lunas”.

Rodales y Segundo miraron al frente, pero nada vieron que se diferenciara del resto. Siguieron caminando, y en un determinado momento, llegaron a la altura de una piedra, de considerable tamaño.
-Aquí comienza el rancho, señores. Al principio les costará un poco, pero ya verán cómo en unos pocos días, son capaces de conocer las lindes sin equívoco alguno. Es importante que el ganado se mantenga dentro del rancho, pues a nadie le gusta que ganado ajeno invada su propiedad. Aquí a la izquierda, está la estancia “Las noches del Sur”, cuyo propietario es un polaco con muy mala uva. Por el otro lado, allí al fondo, lo que se ve es “Fuerte Recio”. El propietario es un zamorano de armas tomar, pero buena gente. Eso sí, cuando la cosa se tuerce con él, lo mejor es alejarse sin discutir.
Todavía hubieron de caminar otros treinta minutos, hasta llegar a las casas de los pastores. En total, eran cinco chabolas, una por familia. A la izquierda, había otra vivienda, que era la destinada al capataz, en la que se alojarían Rodales y Segundo. Una vez frente a ella, descendieron de sus monturas. Don Agapito abrió la puerta, y los invitó a pasar. Quedaron sorprendidos. La casa estaba limpia, ordenada, los estantes con utensilios y la fresquera con alimentos.
-¿Qué les parece, señores? ¿Echan algo a faltar?
-Ciertamente, nada, respondió Rodales.
-Pues pueden acomodarse. Un día por semana, Alejandra vendrá a limpiar y ordenar la casa. Es parte del salario. Por lo demás, cuando gusten me pueden acompañar a mi casa, donde les entregaré dos fusiles, que deben llevar siempre encima a partir de este momento.

Una vez descargaron sus escasas pertenencias, los tres hombres pusieron rumbo a la casa de don Agapito, a apenas diez minutos de caballería. Era una buena casa, sin lujos, pero agradable a la vista. Al llegar, Rómulo, un hombre de avanzada edad y aspecto fiero, se hizo cargo de los animales.
-Rómulo, estos caballeros son Rodales y Segundo. Son los nuevos capataces. Así que colabora con ellos en todo lo que necesiten. Y por cierto, cuando marchen, en lugar de las mulas dales dos caballos; “Faldones” y “Puchero”, estarán bien.

Don Agapito penetró en la vivienda. A los pocos minutos, salió de la misma con los dos fusiles prometidos, más cien cartuchos.
-Si no son diestros en su manejo, deben practicar. No se preocupen por los cartuchos.

Se subieron cada uno en su caballo, Rodales y Segundo tuvieron serias dificultades para hacerse con los mismos, y emprendieron el camino de vuelta a las chabolas de los pastores. Cuando llegaron, la actividad de todos los habitantes era ya intensa. Los hombres estaban desayunando, mientras las mujeres terminaban de hacer la comida del día, que iban introduciendo en los morrales que se llevarían sus maridos ese día. Don Agapito pidió un momento de silencio:
-Señoras y señores: les presento a Rodales y Segundo. Son los nuevos capataces. A ambos les deben obediencia y respeto. Pueden seguir con sus tareas.
-Tengo dudas, añadió a los dos capataces, de que me hayan entendido algo, excepto la palabra capataz. Rodales, hágase respetar, y enseñe a Segundo cómo se logra el respeto. Y no dude, si la situación lo requiere, en emplear la dureza y hasta el castigo . Hay veces que resulta imprescindible. Por lo demás, aquí les dejo. Al final de cada día nos volveremos a ver, y hablaremos de lo ocurrido en la jornada.

Don Agapito emprendió un rápido galope, y se perdió tras una estela de polvo.
En las siguientes semanas, Segundo fue cayendo en la rutina de un trabajo repetitivo. Cada día, al amanecer, salían a caballo, viajaban hasta el lugar donde se encontraba el rebaño, recibían las novedades del guarda nocturno, y pasaban el día de arriba abajo moviendo el ganado, que recorría la finca en busca de alimento. El peligro principal lo constituían los cuatreros, si bien la dificultad no era robar unas cuantas ovejas, tarea fácil en aquellas inmensas tierras en las que pacían miles de ejemplares, además de vacas, cerdos, caballos…sino luego transportarlos y venderlos. Todos los ganaderos se conocían, y solo hacían tratos entre ellos. Además, las autoridades de Río Gallegos no estaban por la labor de que su jurisdicción se convirtiera en una zona ausente de ley, por lo que la aplicación de la misma era rigurosa e inmediata.
El otro peligro eran los pumas. Vagaban a sus anchas por el territorio, y se anunciaba su presencia por la inquietud de los perros. En aquellos parajes aprendió Segundo a amar y respetar a estos animales, que aún sabiendo su inferioridad frente a la fiera, no dudaban en hacerla frente para defender a las ovejas. La primera vez que se encontró de frente con uno de esos felinos, observó atentamente lo que hacían los pastores. En cuanto detectaron los perros su presencia, los hombres agruparon lo mejor que pudieron a las ovejas, en forma de círculo, y se dispusieron a su alrededor, ayudados por los canes. En el momento que vieron aparecer al puma, cargaron sus fusiles y apuntaron. En los hombres se palpaba la tensión. En las ovejas, el miedo, y en los perros pastores, la excitación por una próxima pelea en la que sabían que tenían mucho que perder. El puma, sin prisa, oteaba desde lejos. Daba vueltas, sin prisa, como queriendo poner nerviosos a sus enemigos. A medida que giraba sobre el rebaño, iba estrechando su recorrido. En un determinado momento, sin previo aviso, el puma emprendió una velocísima carrera hacia las ovejas. Estas huyeron despavoridas en sentido contrario. Mateo, el pastor más cercano a la carrera, permaneció impasible, rodilla en tierra, con “Raloba” y “Pinto” a derecha e izquierda. Cuando el felino ya parecía que se echaba encima, apretó el gatillo, y acertó al atacante en plena cabeza, que quedó reventada. El puma se vio impelido hacia atrás, y cayó al suelo sobre su lado derecho. Rápidamente, los perros fueron hacia él, como vigilando que no volviera a levantarse. La verdad es que Segundo hubo de tragar saliva, y elogió en su fuero interno, el valor del pastor. Se cuestionó entonces si él sería capaz de mostrar la misma sangre fría en esa situación.
-Claro que la tendrás, le respondió Mateo mientras comían. Esto es la naturaleza salvaje. La vida o la muerte. El puma o yo. La gente de ciudad desconoce absolutamente la naturaleza, y eso les lleva a idealizarla. ¿Qué habrían hecho ellos en la situación de esta mañana? Pues habrían disparado igual, aunque seguramente habrían fallado el tiro, y el puma los habría destrozado irremisiblemente, y se habría comido las partes blandas de su cuerpo. Ahora no serían más que un despojo en la pradera, pasto de los buitres.

Una mañana de domingo, don Agapito llamó a Segundo a su casa:
-Segundo, se acerca marzo. Debes estar preparado para acompañarme a la estancia El Condor, al sur, ya en la frontera con Chile. Si se tercia, podremos comprar, o incluso vender, las ovejas que correspondan. Dicen que hay una expedición de suizos que están pagando bien el ganado, y es posible que sea el momento de hacer algo de caja.
Llegado el momento, emprendieron el viaje. El mismo era monótono. Hacía frío, y únicamente la aparición de animales salvajes lograba romper el aburrimiento. Por fin, una mañana de sábado, tras dos días de viaje, llegaron a la estancia. La sensación de vida, de ver un grupo relativamente amplio de personas, causó especial alegría en Segundo. Se arregló como mejor pudo, y acudió al centro del mercado. Allí estaban, efectivamente, los suizos a los que había aludido don Agapito. El entendimiento no resultó fácil, pero lo cierto es que los ciudadanos alpinos compraron cerca de dos mil ovejas, que querían conducir a Punta Arenas, ya en la República de Chile, y necesitaban conductores de ganado experimentados.
-Buenos días, saludó a Segundo un orondo caballero, de pelo rubio y ojos azules, que se expresaba con dificultad en castellano.
-Buenos días, ¿qué se le ofrece?
-Necesitamos pastores expertos que nos ayuden a conducir las ovejas que acabamos de comprar hasta Punta Arenas. ¿Estaría usted dispuesto a enrolarse?
-¿Y cual sería mi paga?
-Le podríamos pagar, eso sí, a la llegada al destino, hasta el doble de su salario actual.
-Pues entonces, cuente conmigo.

Segundo acudió con las nuevas a don Agapito, que respetó y entendió su decisión. Ajustaron cuentas, y le deseó buena suerte para el futuro.
Antes de partir, Segundo fue a la oficina del “Banco Británico de la Patagonia”, donde depositó todos sus ahorros, y recibió a cambio un pagaré, que podía hacerse efectivo en cualquier oficina de esa entidad en cualquier lugar del mundo.
Al día siguiente comenzaron una larga marcha, que para Segundo no se detendría en muchos años. Recorrió todos los rincones de la Tierra del Fuego, siempre con su oficio de pastor a cuestas. Fueron muchos años de duro trabajo, de penalidades, de ahorrar todo lo que podía, con el único objetivo de volver algún día a su casa, rico y satisfecho de su periplo.

Una buena mañana, estando en Usuahia, donde parecía haberse establecido de manera definitiva, vino a coincidir en el puerto con el momento del desembarco de la tripulación de un barco. Al escuchar el acento de gallegos y asturianos, la nostalgia se adueñó de su ser. Se dirigió entonces al Capitán del carguero.
-Buenos días, mi Capitán, mi nombre es Segundo Cañonero Bellotas, y soy de La Bureba, si bien es cierto que salí hace ya cuarenta y cinco años de mi casa, y desconozco qué quedara de ella, o de mi hermano mayor. Dado que me encuentro viejo y cansado, querría saber si podría emprender con ustedes el viaje de vuelta a casa.
-Este barco no es de pasajeros. Quizás, si estuviera dispuesto a enrolarse como marinero, podría estudiar su solicitud. Mi experiencia, además, me dice que unos cuantos de los marineros que acaban de descender, no tardarán en venir a pedir la cuenta, para intentar hacer las llamadas “américas”.

Todo ocurrió como había anticipado el Capitán Elejalde; así, Segundo, tras arreglar todos sus asuntos en la ciudad, se enroló como marinero en el carguero “Arousa”.
-Fíjese, le dijo una mañana al Capitán Elejalde. Como marinero vine, en un carguero, de nombre “Olor a América”, a esta parte del Océano, hace ya cuarenta y cinco años. No me ha ido mal, aunque solo vine y solo vuelvo. ¿Cree usted que, como dicen por ahí, la historia es un círculo, mi Capitán?
-Posiblemente sí, Segundo. Al final, todo parece ser circular, como el propio mundo.

Caía ya la tarde cuando el “Arousa” divisó las tierras de Lisboa, a las que se dirigía con las bodegas llenas de carne de cordero argentino. Allí desembarcó Segundo, que se despidió del mar para siempre. Aquella misma noche, partía en tren hacia Madrid, a la que llegó bien entrada la mañana siguiente. Cuando descendió, en la estación de Atocha, se encontró con un bullicio extraordinario, si bien nada que le sorprendiese a estas alturas de su vida. En un momento dado, y cuando se dirigía a la salida, se vio interpelado por un transeúnte:
-Buenas caballero. ¿Nuevo en Madrid? Si quiere, le puedo acompañar a buscar pensión.
-No la necesito. Gracias, en cualquier caso.
-Insisto caballero, que Madrid es muy grande y hay mucho golfo. ¿Viene usted de América?
En ese instante, Segundo se detuvo en seco. Giró sobre sí mismo, extrajo del bolsillo derecho de su pantalón una navaja de considerables dimensiones, que puso sobre la barriga del “ayudante”.
-Ya le he dicho que no necesito su ayuda. Así que desaparezca, o le abro en canal.

El “ayudante” desapareció a la velocidad del rayo, al igual que sus compinches, que pululaban por los alrededores. Ya en el exterior de la estación, Segundo recorrió sin prisas el Paseo del Prado y llegó a la Cibeles. Subió por la Calle de Alcalá, y antes de llegar a Sol, descubrió la oficina del agente del “Banco Británico de la Patagonia”. Presentó su pagaré a Mr. Jones, que cursó las órdenes precisas para abrir cuenta a personaje tan importante, al menos si se atenía al saldo de su recibo.
-Y bien, Mr. Jones, tengo intención de ir a La Bureba, al norte de Burgos. ¿Cómo podré disponer allí de mis dineros?
-Ningún problema, don Segundo (era la primera vez en su vida que le trataban de don). Nuestro corresponsal en España es el “Banco Español del Ahorro Popular”, que dispone de oficinas en las principales plazas del país. Permítame que confirme que tanto en Burgos, como en Briviesca o en Miranda de Ebro, puede usted disponer de su saldo, presentando alguno de los cheques que le entrego en este momento.

Abandonó la oficina Segundo satisfecho de su gestión, y contento con el trato que tanto Mr. Jones como sus empleados le habían ofrecido. Se dirigió entonces a la Puerta del Sol, que recorrió con admiración, y subió hasta la Plaza Mayor. Allí, preguntó a un guardia dónde podía comer.
-¿Le gustan los calamares fritos?
-A mí me gusta todo.
-Pues entonces, en ese bar del fondo, a la izquierda, puede tomar los mejores de Madrid.
-Muchas gracias. Si me acompaña, le invito.
-Gracias caballero, pero estoy de servicio.

Recorrió después la Calle del Arenal, llegó hasta el Palacio Real, subió hasta la Gran Vía, que recorrió admirando sus comercios, y poco a poco se dirigió a la Cuesta de San Vicente, por la que bajaría hasta la Estación del Norte, donde tenía la intención de coger el tren correo, que le llevaría hasta Miranda de Ebro.

Partió el convoy hacia las tierras del norte de Castilla. Eran las once en punto de la noche. En el compartimento de Segundo, un sacerdote en el asiento de enfrente, al lado de la ventanilla, un Cabo de la Guardia Civil, en el centro, y un caballero bien trajeado, en el que daba al pasillo. En los dos asientos junto al suyo, nadie. De manera trabajosa comenzó el tren su andadura.
-Buen viaje a todos, dijo el sacerdote.
-Igualmente, respondieron casi al unísono los tres acompañantes.

No habían dejado atrás todavía la ciudad universitaria, cuando ya los cuatro viajeros se habían quedado adormilados. Segundo cogió un placentero sueño, que por instantes le devolvió a su infancia. En ellos estaba cuando la puerta del compartimento se abrió, y la luz se encendió de súbito. Era el revisor, pidiendo los billetes. Se los mostraron de mala gana, y la oscuridad volvió a reinar en el compartimento. A las dos de la madrugada el tren arribó a Ávila. Iríamos llegando, estación tras estación, a Medina del Campo, Valladolid, Venta de Baños, Burgos (dónde descendió el sacerdote), y por fin, Miranda de Ebro, donde descendieron Segundo y el Cabo de la Guardia Civil. El caballero bien trajeado continuó camino, siendo, según dijo, San Sebastián el final de su recorrido.

Cuando Segundo descendió del tren, eran las diez de la mañana.
-¿Adónde se dirige?, le inquirió el Cabo.
-Pues a casa de mis padres, si es que sigue en el mismo sitio. Mi nombre es Segundo Carroñero Bellotas, y hace cuarenta y cinco años que marché para América. ¿No sabrá usted si sigue en pie la casa de Eugenio Carroñero Zarroño, allá en la villa de Rojas.
-Pues no le puedo decir, pues llevo aquí destinado apenas un mes. Pero si me acompaña, seguro que el guardia Bañales le puede dar razón. Lleva aquí toda la vida.

Caminaron juntos hasta el cuartel. Penetraron en su interior. El Cabo se dirigió al guardia que hacía puerta.
-Buenos días Agustín, ¿sabes dónde está Bañales? Por ver si puede informar a este caballero, que ha vuelto de América, y se interesa por la casa de sus padres.

Unos minutos después, apareció el Guardia Bañales.
-Buenos días, Bañales, saludó el Cabo. A ver si puedes dar razón a este caballero de la vivienda de sus padres.
-Usted dirá.
-Buenos días. Mi nombre es Segundo Cañonero Bellotas. Soy originario del municipio de Rojas, segundón, sabe usted. Me marché del pueblo hace cuarenta y cinco años, y quería saber algo de mi familia y de su casa.
-Pues mire usted, sus padres murieron ya hace muchos años. Su hermano mayor, Eugenio, también falleció, hace ahora cinco años. Resultó que murió viudo, sin descendencia. Así que, al figurar usted como fallecido, por no tener noticias suyas y no haber contestado a los requerimientos del juzgado, toda la hacienda pasó a nombre de su hermana Clotilde, que hace muchos años que casó con un bodeguero riojano, con el que se marchó a vivir a Cenicero, y puso en renta las tierras y casas heredadas, y que yo sepa así siguen.
-Pues entonces tendré que pasar por el juzgado, ya que, como ustedes pueden ver, no estoy muerto.
-Pues eso ya, es una cuestión que trasciende a nuestras competencias. Buenos días, Segundo, y que le vaya bien su regreso a casa.

Preguntó Segundo por el medio de transporte para llegar a Rojas. Se lo indicaron debidamente, y para allí se dirigió nuestro hombre. A las cuatro en punto de la tarde, una diligencia salía de la orilla del río, y recorría toda la zona, hasta llegar, ya anocheciendo, a Vitoria.

-Buenas tardes, saludó Segundo al cochero. Voy a Rojas. ¿Para que hora estaremos allí?
-Pues no lo puedo decir, dependerá del equipaje y las personas a transportar. Pero, si todo va bien, para las siete debemos estar allí.

Transcurrió la travesía sin novedad, si bien el camino era terrible, lleno de baches y desmontes que obligaban al cochero a una supina habilidad, y a los cuatro caballos a unos esfuerzos gigantescos. En bastantes ocasiones pensó Segundo que volcaban, circunstancia que no llegó a ocurrir.

Cuando llegaron a Rojas, y los vecinos vieron descender a Segundo, todos se preguntaron quién era ese señor, de aspecto rudo y que hablaba con un acento que no identificaban.
-Buenas tardes a todos. Soy Segundo Cañonero. ¿Alguno se acuerda de mí?

Ninguno hizo un movimiento afirmativo con su cabeza, ni dijo sí de viva voz. La verdad es que Segundo tampoco conocía, así a simple vista y a las primeras de cambio, a ninguno de los presentes. La que sí conoció al recién llegado fue Purificación, la tendera de al lado de la plaza, de la misma edad que Segundo, y con el que había jugado tantas veces de niña. La mujer, llevada por ese espíritu tan castellano de la prudencia, y la desconfianza, guardó silencio. Salió de su tienda, cerró la puerta, y se dirigió a contar lo sucedido a su marido, que precisamente tenía alquiladas una buena porción de las tierras a Clotilde Cañonero, además de la casa familiar. Por su parte, Segundo se dirigió con parsimonia, mirando con detalle todo a izquierda y derecha, a la casa de sus padres. Cuando llegó, se la encontró cerrada.
Preguntó entonces a una mujer que trajinaba frente a la puerta de la casa de al lado.
-Pues esa casa la tiene en renta Faustino, aunque la mayor parte del tiempo está cerrada. Él vive con su mujer en la casa de encima de la tienda, allí a la derecha de la plaza. ¿Y usted quién es?
-Pues yo soy Segundo Cañonero, y esta era la casa de mis padres, ahora de mi hermana Clotilde, me ha dicho la Guardia Civil, que sería mía si me hubieran localizado, pero como no lo hicieron, pues el juzgado me dio por muerto.
-¡Uy! ¡qué aprensión! Que te consideren muerto. ¿No le da miedo?
-De ninguna manera. Miedo me han dado otras cosas, allá en la Tierra del Fuego, donde acaba el mundo, pero por estar muerto, ¿cómo va a tener miedo un muerto?

En esta charla estaban cuando apareció el Alcalde, acompañado del Alguacil.

-Buenas tardes, caballero. Me dicen que es usted Segundo Cañonero.
-El mismo. Muy buenas tardes. ¿Y usted quién es?
-Pues el Alcalde, Benito Quejadas, y aquí el alguacil.
-He vuelto de Tierra del Fuego, allá en el sur de Chile y Argentina, cerca de la Antártida, un sitio que siempre está helado, y en el que es imposible vivir. Venía para quedarme, que ya me siento mayor.
-¿Y, qué tal le ha ido por aquellos pagos? ¿Ha hecho las américas?
-¡Qué va! No me quejo, pues he sacado para vivir bien, sin necesidad, y ahora, después de toda mi vida trabajando de pastor, vuelvo con lo justo para malvivir en mi pueblo.
-Ya sabrá que ahora la dueña es su hermana Clotilde, y que tiene todo arrendado, pues ella marchó a Cenicero, con un vinatero que venía por aquí a comprar la cosecha.
-Algo me han dicho. Habrá que ir al juzgado de Briviesca, a ver que pasa. ¿Dónde puedo dormir esta noche?
-Pues aquí difícil. Posada no hay. Si quiere, a las afueras hay una antigua choza de pastores, donde se puede quedar. Para cenar, en la cantina algo tendrán.

Cuando Segundo entró en la cantina, acompañado por la autoridad municipal, se hizo el silencio. Todos se apartaron.
-Buenas noches, Niceto, intervino el Alcalde.
-Este es Segundo Cañonero, que ha vuelto de América. Quiere cenar algo, antes de irse a dormir.
-¿Le gusta el cabrito?, pregunto el cantinero
-A mi me gusta todo, hasta serpientes, ratas de campo y lombrices he comido yo en Puerto del Hambre, una vez que el tiempo nos dejó aislados con las ovejas, y se acabaron los víveres.
-Pues haberos comido una oveja, terció un parroquiano.
-¡Quieto ahí!, gritó Segundo. Jamás me faltó una oveja. Si alguno tenía la bravura de coger una, para lo que fuese, era hombre muerto. Con estas manos, y con mi fusil, he matado yo a unos cuantos desaprensivos.

Tras esa respuesta, el silencio se hizo mayor. Incluso, de manera más o menos disimulada, los parroquianos fueron saliendo del establecimiento, por si las moscas. Sirvió el cantinero su plato de cabrito a Segundo, que rebañó hasta dejarlo brillante. Acompañó la comida con un pan entero, y con un par de litros de vino.
-¿Qué se debe?, preguntó Segundo.
-Una peseta, respondió el cantinero.
-Ahí la tiene. Pues venga, Sr. Alcalde, a ver esa choza para dormir.

Segundo, acostumbrado como estaba a dormir en los lugares más inhóspitos en insospechados, nada echó a faltar en la citada choza. Incluso, a la mañana siguiente habló con el Alcalde, y llegó a un acuerdo con él para ocupar la choza de manera provisional, mientras arreglaba toda la documentación que su vuelta requería. A medida que se fueron acostumbrando, los vecinos cambiaron un tanto su actitud hacia Segundo, si bien, sus prontos, que los tenía si se le contradecía sobre determinados asuntos, mantenían un cierto recelo a encontrarse con él. Durante los siguientes meses, se dedicó a visitar el juzgado de Briviesca, y a recorrer las tierras que fueron de su padre, las cuales escudriñaba con atención. Tenía la costumbre, adquirida en la Tierra del Fuego, de viajar siempre armado. Ahora, y a falta de un buen fusil, siempre llevaba un machete de considerables proporciones, y había preguntado los requerimientos para adquirir una escopeta de caza.

El primer incidente llegó una mañana de noviembre, con toda La Bureba cubierta por un manto de hielo, nada en comparación con los vistos y sufridos por Segundo en América. Iba caminando Segundo absorto en sus recuerdos, cuando escuchó de lejos unas voces, que lo conminaban a abandonar el terreno por el que iba caminando:

-Tranquilo hombre, que no me voy a llevar nada. Voy camino a Briviesca.
-Pues hágalo por el camino, y no por dentro de mi finca.
-¿Y a usted que más le da, si no estoy estropeando nada?

Mientras, el propietario de la finca se había ido acercando, hasta llegar a la altura de Segundo.

-Le he dicho que salga de mi finca, ¿o es que acaso está sordo?
-Bueno, ya salgo.
-Pues venga, rapidito.

Estas últimas palabra enardecieron a Segundo, al punto que, sin previo aviso, descargó un golpe de su brazo derecho sobre la cara del propietario, que cayó redondo al suelo. Se levantó a toda prisa, y no tuvo mejor ocurrencia que echar mano a una navaja que llevaba en uno de sus bolsillos. Segundo, en una reacción felina, casi impropia de su edad, dio un salto atrás. Sacó de su morral el machete, y se fue en línea recta a por el propietario, que se había quedado clavado en el suelo. Cuando lo alcanzó, le lanzó un machetazo que lo cortó la cara desde la oreja hasta los labios, y después le dio una tunda de cuidado. El propietario quedó tendido en el suelo. Segundo salió al camino, y continuó su caminar hacia Briviesca. Como medio kilómetro más adelante, se cruzó con otro vecino, al que informó de lo sucedido, instándole a que fuera a ayudar al herido. Estando ya cerca de Briviesca, fue Segundo interceptado por la Guardia Civil, que lo condujo al cuartel, en calidad de detenido.

-Muy bien, Segundo, le interrogó el Sargento Molinero, ¿por qué ha atacado usted a ese agricultor?
-Pues porque me ha amenazado con una navaja, y he tenido que defenderme. Mire usted, esta es su navaja, que le he arrebatado, para que no me hiriera.
-¿Pero es cierto que estaba usted dentro de su finca?
-Si, entré en ella por desconocimiento del terreno, y le dije que salía de la misma al momento. No sé por qué se vino hacia mí con la navaja.
-¿Pero usted no le había pegado antes un bofetón?
-Qué va, mi Sargento, el ya se me había echado encima, con intención de agredirme.

El caso llegó al juzgado. Condeno el magistrado a Segundo a una multa de diez pesetas, y le incautó el machete.

A partir de ese momento, los incidentes fueron reproduciéndose casi a diario, en todas las fincas de los alrededores primero, y en las calles de los pueblos después. El carácter de Segundo se había agriado de manera considerable, y a la mínima discusión, incluso sin que esta existiese, Segundo insultaba o agredía a quien tuviera la mala suerte de cruzarse con él. Por fin, una noche, la Guardia Civil lo detuvo en su choza. Seis guardias hicieron falta para reducir al pastor, que demostró una fuerza insusitada, fuera de lo común. Cuando volvió a ser puesto a disposición del juzgado de Briviesca, solicitó el magistrado un examen mental de Segundo. Los resultados no fueron buenos, por lo que fue condenado a reclusión en el hospital psiquiátrico que acababa de inaugurarse en las afueras de nuestra ciudad. En él pasó Segundo los últimos años de su vida, cada día más deteriorado por la falta de espacio y libertad, pues no le dejaban salir de su celda. Sí tuvo tiempo de contar su vida a “Jenofonte”, un aspirante a escritor que vivía en la celda de enfrente, que la llevó al papel, con la idea de enviar los mismos a “El Imparcial”, y que lo publicase por capítulos. Me entrega los folios que ha redactado. Le prometo que haré lo que pueda con los mismos.

Hace dos días, recibimos aviso para retirar el cadáver de Segundo, y conducirlo, hasta aclarar el asunto de sus bienes, a uno de los nichos del cementerio. Dependiendo de los mismos, tendrá Segundo un entierro de primera, o será conducido a la fosa común.

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