LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 27. CARIBE AZUL

Procediendo a una revisión de las pólizas impagadas en cartera, me encuentro con la de don Obdulio Castrillo, cantante de la orquesta “Caribe Azul”, que vivió sus días dorados coincidiendo con el esplendor de “La Avenida de las Américas”, y de las fiestas que se daban en el “Country Club”, en las que se reunía la flor y nata de nuestra ciudad, y en las que Obdulio se ganó merecida fama de perfecto caballero y consumado don Juan.

Había auténticas bofetadas por conseguir una invitación para las veladas de los viernes, o las de los sábados. Todos los invitados de tiros largos, las señoras elegantísimas con sus trajes de noche, y los caballeros con su chaqué. A las diez en punto, subía el telón y comenzaba la actuación de la orquesta. Obdulio, con su traje blanco y su sombrero Panamá, que resaltaba el color caribeño de su piel, se desabrochaba la americana, introducía la mano derecha en el bolsillo derecho de su pantalón, agarraba el micrófono con la izquierda, y comenzaba a cantar con esa voz melosa, suave, que salía de su garganta como a trompicones, y que transformaba la atmósfera del salón de baile del “Country Club”. Rápidamente, las parejas se animaban a bailar, y ya la fiesta no decaía hasta la una y treinta de la madrugada, en que el telón volvía a bajar de manera irremediable.

Se alojaba la orquesta en el “Hotel Imperial”, y mucho que lo agradecieron don Osvaldo y doña Justa. Jamás salía de su habitación Obdulio antes de las doce de la mañana, en que ya perfectamente arreglado, bajaba por el centro de la escalera de caracol que unía las plantas baja y primera. La mano derecha en el bolsillo del pantalón era marca de la casa. Con una sonrisa en los labios, y un clavel en la solapa, se dirigía repartiendo sonrisas y saludos al comedor, donde acometía el almuerzo que le había preparado la cocina del Hotel.
-Querida doña Justa, mucho echo de menos los platos de mi Cuba natal, pero he de decirle que también se le coge el gusto a estos otros, más sobrios, de Castilla. Si he de ser sincero, debo decir que la gallina en pepitoria es un plato sencillamente exquisito, y que el cochinillo asado es digno de religiosa devoción.

La realidad era que don Obdulio comía con enorme precaución.
-Hay que ver, don Obdulio, si casi no ha probado nada.
-Compréndame, doña Justa, la línea lo es todo en un artista.

Tras la comida, gustaba a don Obdulio permanecer en el salón, consumiendo dos o tres cafés. Ahí entraba el agradecimiento de los propietarios del establecimiento. Las señoras y señoritas de la ciudad, como por casualidad, pusieron de moda la costumbre de acudir a comer al hotel, que prácticamente cada día llenaba el comedor. Obdulio a todas saludaba, con todas intercambiaba algunas palabras corteses, de cada una de las presentes resaltaba algo, el vestido, la blusa, el peinado, los ojos, las manos…Después, tenía siempre la inveterada costumbre, así luciese un sol de justicia en pleno Agosto, o estuviese cayendo agua nieve en Febrero, de dar un paseo de sesenta minutos, para bajar la comida, siempre repitiendo el mismo recorrido. Cuando entraba en los soportales de la Plaza, y pasaba por la puerta del Ayuntamiento, saludaba con delicadeza a Purita Cardenales, la recepcionista, que le correspondía la sonrisa. Una tarde, entró Obdulio en la Casa Consistorial.
-Señorita, permítame expresarle mi reconocimiento a su porte.
-Muchas gracias, don Obdulio.
-Pero no se ponga colorada, mujer. Mire usted, si no le parece mal, le voy a dar un par de invitaciones para el baile del próximo viernes, en el “Country Club”. ¿Tiene usted novio?
-De momento no, señor.
-Bueno, pues vaya con una amiga. Y si lo tiene a bien, bailaremos alguna pieza.

Cuando, a las cinco en punto de la tarde, Purita terminó su jornada laboral, marchó a su casa, y le dio la buena nueva a su madre.
-Ten mucho cuidado hija, y no te fíes de los artistas, que son gente muy suya.
-Mamá, que hay que ser moderna. Fíjate, cuándo iba a soñar yo con poder acudir a un baile del “Country Club”. Vamos a sacar la ropa, a ver qué puedo ponerme.

A las siete en punto, salió Purita de casa, para ir a encontrarse con las amigas, con las que paseaba todas las tardes por la Plaza y alrededores.
-No sabéis lo que me ha pasado hoy. Ha entrado Obdulio Castrillo en el Ayuntamiento, y me ha dado dos invitaciones para el baile del viernes en el “Country Club”.

Las amigas palidecieron de envidia. Todas le dieron la enhorabuena, y tuvieron el mismo pensamiento, que no hicieron público: ¿y a quién le dirá para que le acompañe? De repente, Purita se dio cuenta del problema. Ella no podía decantarse por ninguna de las chicas. Al fin y al cabo, eran el grupo que salía junto desde los lejanos tiempos de la escuela primaria.
-Tengo un problema, dijo Purita, y es saber quién será mi acompañante.
Se hizo el silencio. Nadie se atrevía a pronunciarse al respecto.
-Como ninguna decís nada, creo que lo mejor es someterlo al buen juicio del maestro Villalpando, a él se le ocurrirá la solución.

Se dirigieron a “El Rincón de Camagüey”. Allí estaba el bueno de don Enrique Villalpando disertando sobre vaya usted a saber qué. Como no estaba bien visto que las señoritas entraran solas en el café, hubo que recurrir a los buenos oficios de “Seisdedos”.
-”Seisdedos”, ves a avisar al maestro Villalpando. Dile que queremos someter un asunto a su consideración.

“Seisdedos” cumplió el encargo al momento.
-Don Enrique, que Purita y sus amigas quieren preguntarle algo.
El maestro levantó la cabeza, y dirigió su mirada a la puerta. Allí estaban esperando las jóvenes. El resto de clientes del café también miró. Las muchachas se dieron cuenta. Pasaron un segundo embarazoso.

-Buenas tardes, señoritas. Ustedes dirán.
-Pues mire usted, don Enrique, que don Obdulio, el cantante de la orquesta del “Country Club”, me ha dado dos invitaciones para el baile del viernes. Y resulta que, cono usted podrá ver, somos cuatro amigas.
-Pues es muy fácil, Purita. Mañana, cuando Obdulio pase por delante del Ayuntamiento, le expone el problema, y seguro que le obsequia con otras dos invitaciones, de manera que puedan acudir las cuatro al baile.
-¿Y usted cree que aceptará?
-Pues si no acepta, decline la invitación, y le devuelve los dos boletos de hoy.

Al día siguiente, Purita Cardenales expuso la situación a Obdulio Castrillo. Este, comprensivo, aceptó al momento la solicitud de la señorita, y le facilitó otras dos invitaciones. Esa tarde, al salir de su puesto de trabajo, no pudo guardarse la muchacha ni un segundo más la buena nueva. Sin pasar por casa, acudió presta a participar a sus amigas que había invitación para las cuatro. La alegría fue inmensa. Hicieron planes, se imaginaron bailando…y así llegaron a la cuestión principal: ¿qué se iban a poner para acudir al baile? Había que tener en cuenta que Obdulio le había manifestado a Purita su intención de sacarla a bailar; y si le sacaba a ella, por qué no a sus amigas, y no era cuestión de dar que hablar.
Decidieron dirigirse a doña Encarnación Puenteslargos, propietaria de “Modas de París”, para que les pusiera al día de por dónde iban los derroteros de la vestimenta ese año. Tuvieron que acudir a su domicilio, y pedirle el favor, dado que al coincidir los horarios laborales de las muchachas con el de la tienda, no podían personarse en el establecimiento. Las atendió encantada doña Encarnación, y acordó con ellas que las recibiría al día siguiente, en horario de medio día, cuando saliesen de sus empleos para ir a comer. La visita resultó del máximo provecho. Las jóvenes se gastaron sus buenas pesetas, en la compra de vestidos, zapatos y bolsos a juego, y además tenían la seguridad de ir diferentes, y de que nadie más en la ciudad vestiría un modelo igual que el suyo.

Al salir, se fueron a cruzar con Adelita Saelices, funcionaria del catastro. Era Adelita una muchacha un tanto insulsa, ni guapa ni fea, ni lista ni tonta, es decir, como la inmensa mayoría de la población del planeta. Lo malo es que Adelita tenía muy acentuado el pecado de la envidia. Se puso de novia con Evelio Cilleruelos, electricista de la compañía eléctrica; unas semanas después, su íntima amiga, Natalia Perdigones, hizo lo propio con el Cabo de la Guardia Civil, que sabía lucir el uniforme con compostura y gallardía. Estando una mañana en la Plaza, de paseo, y ver a Evelio, que estaba de guardia, aparecer con su uniforme de trabajo, el mundo se le cayó encima, y no pudo por menos que terminar la relación. Desde aquel día, ningún joven le ha vuelto a decir nada a la muchacha.
-Buenas tardes, Adelita, le espetó Anunciación Solpeceres, cajera de la “Ferretería El Tornillo”.
-Buenas, cuántas bolsas, ¿os ha tocado la lotería?
-Uy hija, mucho mejor, nos han invitado al baile del “Country Club”, el viernes.

A Adelita le subieron los calores, y los colores, a toda velocidad.
-No sabía que invitaban a esos sitios, así sin más.
-Sin más no, que hay que echarle simpatía.
-Bueno, a lo mejor os han visto demasiado simpáticas.
-Quién sabe. Ya te contaremos.

Adelita Saelices no pudo contener su envidia. La tarde que pasó en el catastro fue interminable. No daba pie con bola, al punto que don Esteban, el jefe del servicio, tuvo que reconvenirle en un par de ocasiones.
-Adelita, ¿qué te pasa esta tarde? Estás como ida. ¿Te encuentras bien?
-Sí, sí, don Esteban, ya ve, cosas mías.
-¿No será un lío de amores?
-Que va, don Esteban. (En ese momento se le iluminó el rostro, al recordar que don Esteban había sido invitado en varias ocasiones al baile del “Country Club”). Lo que pasa es que me he encontrado a Purita, la del Ayuntamiento, y a Anunciación, y las han invitado al baile del viernes en el “Country Club”.
-Pero hija, ¿acaso tú quieres ir? Haberlo dicho. Si don Alberto Alarique, presidente del club, es íntimo amigo mío. Esta misma tarde hablo con él, y mañana tienes aquí un par de invitaciones.

De repente, Adelita no cabía en su vestido. Miraba arrebolada el reloj, esperando que dieran las cinco en punto, para salir a la plaza, y gritar a los cuatro vientos que ella también iba el viernes al baile. Así lo hizo. A las cinco en punto, corrió escaleras abajo de la oficina del catastro, y salió a la calle. Con la primera persona que se dio de bruces fue con doña Mercedes, que pasaba la tarde en uno de los bancos, rodeada de sus acólitos habituales.
-Pero muchacha, ¿adónde vas con tanta velocidad?
-Pues ya ve doña Mercedes, que el viernes tengo invitación para el baile del “Country Club”, y voy rápido a “Modas de París”, a comprar un vestido para la ocasión.
-Qué barbaridad, a ver cuando es el día que me invitan a mí. No por bailar, que ya no estoy yo para esos trotes, pero si por ver el ambiente, y beber una copa de “champagne” bien frío.

Adelita contestó sin pensar:
-Pues eso está hecho, doña Mercedes. Mi jefe, don Esteban, me ha prometido dos invitaciones. Así pues, para usted la segunda.
-No me digas eso, Adelita. (Doña Mercedes se puso de pie, embargada por la emoción. Dio dos pasos al frente, y abrazó a Adelita con fuerza). Al baile del “Country Club”. Mira, te acompaño a “Modas de París”, a ver qué tiene para mí.

Cogidas del brazo, las dos mujeres se pusieron a caminar con premura a la tienda de modas.
-Buenas tardes, doña Enarnación, habló doña Mercedes, que tenemos invitación para el baile del viernes, en el “Country Club”, y venimos para que nos oriente debidamente sobre la última moda de París.
-Bien, está animado el baile del viernes. Purita, Anunciación, sus amigas, y ahora vosotras dos.
-¿No me diga que se nos han adelantado? No lo digo por mí, obviamente, pero sí por Adelita, tiene que ser la más elegante del salón.
-No va a aprender nunca, doña Mercedes, todos mis modelos son de máxima elegancia, da igual el orden de la adquisición.

Salieron las dos mujeres perfectamente equipadas, con gran contento de ambas, y por supuesto de doña Encarnación. Nada más salir, doña Mercedes se ocupó de propagar la noticia:
-El viernes voy al baile del “Country Club”, con Adelita. ¡Qué vestido! Sin duda el más elegante del baile.
-Hemos entendido que también van Purita, Anunciación, Pepita y Lucía.
-Pero ¡dónde va a parar! Ni punto de comparación. Adelita tiene más categoría. Purita que entró en el Ayuntamiento por enchufe, y tres dependientas. Que no quiero faltar al respeto a nadie, pero que no se puede comparar.

Las palabras de doña Mercedes, vía “Seisdedos”, le llegaron a doña Margarita Retortiyo, madre de Adelita Cardenales, que paseaba con sus amigas por la Calle Grande. Cuando la mujer escuchó esas palabras, no pudo contener su ira, y se dirigió como un cohete al banco de la plaza en el que se encontraba doña Mercedes, rodeada de sus acólitos.

-Ven aquí, cotilla, más que cotilla. ¿Cómo que mi hija ha entrado por enchufe en el Ayuntamiento? Con lo que le ha costado sacar el título de secretariado de dirección. A ti te arranco los pelos.

Una décima de segundo después, sin que nadie pudiera reaccionar, doña Margarita había enganchado por los pelos a doña Mercedes, que se defendía a bolsazos con su mano izquierda, y a tortazos con la derecha. El maestro Villalpando, que había contemplado la escena desde los soportales, acudió raudo a poner paz, visto que los más cercanos no lo hacían. Hizo lo propio el guardia Rubiales, que se encontraba de servicio en la puerta del Ayuntamiento. Consiguieron separar a las dos mujeres, cuyo aspecto dejaba mucho que desear tras la trifulca.

-Tome nota, gritó doña Mercedes a Rubiales, e incoe la correspondiente denuncia. Esta loca me ha agredido. Me voy a urgencias, ya le llevaré el informe médico.

Varios de los presentes acompañaron a doña Mercedes, que estaba perfectamente de salud, nervios aparte, pero como loca por salir de aquella situación. Era un invento lo del enchufe, pero siempre había tenido por costumbre imaginar y propalar estas pequeñas cosas, y nunca le habían dado ningún sopapo por ello.
Rubiales rogó a doña Margarita Retortiyo que le acompañase a la comisaría, para aclarar el incidente. Tal cual lo refirió la mujer, tras lo cual abandonó el Ayuntamiento, y se marchó a su casa, donde le contó a su esposo lo ocurrido. Don Esteban Cardenales, abogado de profesión, oficial mayor de la notaría durante veinticinco años, recién jubilado, se sintió ofendido. Cogió el título de Secretaria de Dirección de su hija, obtenido en Salamanca, y con él debidamente guardado en una carpeta se dirigió al domicilio del Alcalde.

Don Justo estaba al tanto de la situación, debidamente informado por el guardia Rubiales. Recibió a don Esteban en el salón de su domicilio:
-Don Justo, es una afrenta muy grave contra mi hija en primer lugar, y contra usted en segundo. Es necesario aclarar, de manera meridiana, que mi hija accedió al puesto tras rigurosa y limpia oposición. Le ruego que haga público el examen de mi hija y su puntuación.
-Sabe usted, don Esteban, que eso es algo que no se puede hacer. No obstante, como también sabe, un caballero de intachable proceder y reputación como don Enrique Villalpando, formó parte del tribunal calificador. Así pues, solicitaremos de su parte una declaración solemne, que publicaremos en “El Ciudadano Cabal”, acerca de la limpieza del proceso de contratación.

Al día siguiente, esta era la nota que se publicaba en el periódico, remitida por el maestro: “Ante las palabras pronunciadas en la Plaza Mayor por doña Mercedes, en las que acusaba a la Señorita Purita Cardenales, de haber ocupado su puesto de trabajo en el Ayuntamiento de nuestra ciudad por causas ajenas a sus méritos, debo declarar lo siguiente: que la Señorita Purita Cardenales acreditó, en tiempo y forma, estar en posesión del Título de Secretaria de Dirección, obtenido en la ciudad de Salamanca, en centro de estudios debidamente autorizado y reconocido por el Ministerio de Instrucción Pública. Que en el examen para el acceso al puesto de trabajo, y cuyo tribunal calificador tuve el honor de presidir, la Señorita Purita Cardenales obtuvo la mejor calificación. Que todo lo anterior puede acreditarse ante las autoridades académicas o de cualquier otra índole que lo requieran”.

Ante tan rotunda y meridiana declaración, las conversaciones en “El Rincón de Camagüey” giraron en torno a qué medidas adoptaría la ofendida y sus señores padres. Por su parte, doña Mercedes permanecía oculta en su domicilio, por consejo del abogado Rubinos, a ver si había suerte y escampaba, o por el contrario los ofendidos presentaban la correspondiente solicitud de reparación en el juzgado.

El padre de Purita, don Esteban, contactó con el abogado Rubinos, para exponer la necesidad de que doña Mercedes se disculpase, de manera pública, a través de una nota en “El Ciudadano Cabal”, de sus acusaciones infundadas. En caso de no hacerlo, interpondrían la correspondiente demanda, que encargarían a don Adelaido Billegas de las Perdices, cuyas minutas descomunales eran parte de la mitología de la ciudad.

-Doña Mercedes, dijo Rubinos, hay que contactar con don Anacleto, para que incluya la carta de disculpa. En caso contrario, don Esteban amenaza con poner el asunto en manos de don Adelaido, y ya sabe usted que ese hombre es capaz de sacarle hasta la última manteca.
-¡Qué barbaridad! ¿Y cuánto puede costar insertar la disculpa en el periódico?, le interpeló doña Mercedes.

El abogado Rubinos contactó con don Anacleto. Uno y otro eran conocidos por sus estrecheces económicas, que les llevaba a que su moralidad tampoco fuera muy abundante.

-Querido don Anacleto, ¿cuánto le costaría a doña Mercedes publicar la disculpa?
-Querido Rubinos, ¿En cuánto se le pondría la indemnización a Purita, si el caso terminara en manos de don Adelaido?
-Hombre, así a bote pronto, entre pitos y flautas, dos mil pesetas no se las quita nadie.
-Bien, entonces pida usted mil. Si las saca, le reembolso un diez por ciento. Puede rebajar hasta ochocientas, pero ni una peseta menos.

Rubinos echó sus cuentas. Cien pesetas de su diez por ciento, más otras cien de sus honorarios, no estaban mal por un caso que había resuelto con dos conversaciones.

-Doña Mercedes, he conseguido que don Anacleto nos deje la inserción en mil pesetas. Ahora mismo la redacto, y mañana sale publicada. Urge hacerlo, no vaya a ser que se arrepienta don Anacleto, y nos vaya a salir por el doble.
-¡Mil pesetas! ¡En la ruina me vais a dejar entre unos y otros! Creo que voy a abandonar esta ciudad, y marcharme a algún sitio donde nadie me conozca.
-Si me permite un consejo, doña Mercedes, lo que debe hacer es refrenar esa lengua, que ya dice el refrán que por la boca muere el pez.

Sacó doña Mercedes las mil pesetas de la cartilla, dejando su cuenta bancaria temblando. Rubinos redactó la nota de disculpa, que al día siguiente publicó “El Ciudadano Cabal”: “Sirvan estas líneas para disculparme, de la manera más sincera posible, ante la Señorita Purita Cardenales, por la acusación pública que hice sobre su acceso al puesto de trabajo que actualmente desempeña, como recepcionista en el Ayuntamiento de nuestra ciudad. Aclarado por el maestro don Enrique Villalpando la limpieza del proceso, y la cualificación académica de Purita, no me queda más que reconocer la injusticia de mis palabras, provenientes no de la razón y la verdad, sino de un momento de acaloramiento”.

La Señorita Purita, contestó al día siguiente. Se incluyó su respuesta en la sección de Cartas al Director: “Muy Señor mío, leída la nota de disculpa de doña Mercedes, incluida en la edición de su periódico del día de ayer, manifiesto por la presente que me doy por satisfecha con la misma, renunciando por lo tanto, a emprender acciones legales por la injuria sufrida. Atentamente, Purita Cardenales”.

Los ecos del escándalo llegaron a oídos de don Alberto Alarique, Presidente del “Country Club”, que tomó la decisión de anular todas las invitaciones cursadas para el baile del viernes, no fuera a ocurrir que las cuitas habidas entre las partes fueran a dirimirse en su salón. Así lo comunicó mediante nota inserta en “El Ciudadano Cabal”: “Vistos los acontecimientos ocurridos en nuestra ciudad en estos días, el Country Club comunica que quedan anuladas todas las invitaciones al baile hasta nueva orden”.
La nota cayó como una bomba en las seis mujeres afectadas. ¡Con el dineral que habían invertido en ropas y demás complementos! Doña Mercedes, sin consultar ni esperar a nadie, se presentó en “Modas de París”, con la intención de que doña Encarnación Puenteslargos le devolviese el dinero.
-Imposible doña Mercedes, ya ve la nota que pone justo delante de la caja. “No se admiten devoluciones”.
-Mire doña Encarnación, deme la mitad, y todos tan contentos. He tenido que hacer frente a unos gastos extraordinarios, y me he quedado sin posibles.
-Lo lamento profundamente, doña Mercedes, pero ya sabe que mis modelos son exclusivos, y una vez puestos por alguien, ya nadie más los quiere.

No había nada que hacer. Doña Mercedes volvió a su domicilio, y se metió en la cama. Así estaría más de una semana. Trabajo, y mucho, le costó a don Pío Benavides volver a levantar el ánimo de la mujer, para lo cual hubo de solicitar ayuda a los profesionales de una nueva ciencia, llamados psicólogos, y que al parecer tenían éxito tratando estos asuntos.

A Purita Cardenales, la noticia le dejó desorientada. Guardó silencio, en el trabajo no rindió ese día, los errores y lagunas se sucedieron. Cuando esa tarde, Obdulio Castrillo pasó, en su habitual paseo, por la puerta del Ayuntamiento, la joven se dirigió a él:
-Obdulio, han anulado las invitaciones para el baile.
-Sí, ya me he enterado, querida Purita. Gran feo me ha hecho don Alberto, que ha tomado la medida, por lo que he podido averiguar, sin encomendarse a nadie. He solicitado una entrevista con él, en la que pienso exponerle mi punto de vista. Exigiré su presencia en el citado baile, so pena de medidas drásticas.
-Tampoco se comprometa más de lo debido, Obdulio, que todos conocemos el carácter fuerte de don Alberto.

Así ocurrió. La conversación entre ambos caballeros subió de tono.
-Solicito, exijo más bien, dijo Obdulio, que la Señorita Purita Cardenales pueda acudir al baile.
-No me líe, Obdulio, que ya ve la que se ha liado con las dichosas invitaciones. He dicho, como Presidente del “Country Club” que soy, que las invitaciones quedan canceladas, y no hay excepciones.
-Muy bien, pues si no viene Purita, no hay baile, porque la orquesta no se presenta.
-Si hace usted eso, prepárese para la demanda que interpondré en los tribunales. La petición de indemnización por daños y perjuicios será grandiosa.
-Lo que va a ser grandioso va a ser su descrédito en la ciudad.
Así quedó la conversación. Ninguno de los dos caballeros dio su brazo a torcer. Obdulio, por mediación de don Arturo, logró que don Anacleto escribiera una carta, con la firma del cantante, en “El Ciudadano Cabal”, que defendía sus tesis. Decía así: “Mis queridos convecinos: lamento comunicar a todos ustedes que la orquesta Caribe Azul, que me honro en dirigir, no volverá a actuar en el Country Club, mientras su Presidente, don Alberto Alarique, no revoque su decisión de anular las invitaciones a aquellas personas que, no siendo socias del club, acrediten méritos para acudir a sus bailes. Para el próximo viernes, han sido seis las damas de esta ilustre ciudad que se han visto, caprichosamente, privadas de ese privilegio, cuando sin duda acumulan virtudes más que suficientes para su presencia en el mismo. Así pues, solicito su comprensión y ayuda, ante las gravísimas represalias que don Alberto Alarique amenaza emprender contra la orquesta Caribe Azul y mi propia persona”.

La reacción fue inmediata. Las gentes se echaron a la calle, y acudieron al Ayuntamiento, en busca de reparación. ¿Acaso piensa don Alberto Alarique que los habitantes de esta ciudad no reunimos suficientes méritos para acudir a su baile? El Alcalde, viendo que allí había ocasión para incrementar la popularidad sin coste alguno, o más bien a costa de otros, se unió a los descontentos. Anunció que se dirigiría a la población, desde el balcón de su despacho, esa misma tarde. Media hora antes de la comparecencia, ya estaba la Plaza hasta la bandera de personal. Cuando apareció en el balcón, fue recibido con una sonorísima ovación, que acogió con enorme regocijo. Con las dos manos entrelazadas, y sobre su cabeza, saludó a la concurrencia, a la que unos minutos después pidió silencio. Una vez se hizo este, comenzó su discurso: “Queridos amigos, acudimos a una de las más graves ofensas que ha sufrido esta ciudad en los últimos años. Uno de nuestros vecinos, nos menosprecia y vilipendia de la manera más cruel, rebajándonos a la categoría de indignos asistentes a su baile. Pues debe saber don Alberto Alarique que ni él, ni su baile, ni su club, son necesarios a esta ciudad. Desde este momento declaro que son, todos ellos, personas e instituciones non gratas a esta ciudad y a este Ayuntamiento y a este Alcalde. Y que a partir de este momento, todos los viernes, se celebrará, subvencionado por este Ayuntamiento, un baile con orquesta. Cuando el tiempo lo permita, el mismo se llevará a cabo en esta misma Plaza, y cuando no, en el salón de actos del Instituto de Enseñanzas Medias. El mismo será amenizado, de momento, por la orquesta Caribe Azul”.
La ovación fue atronadora. Los gritos de “Viva el Señor Alcalde”, se sucedieron durante muchos minutos. El momento culminante llegó cuando Obdulio Castrillo apareció en el balcón. Le pidió el micrófono al Alcalde y, a capela, cantó “Si tú me dices ven, lo dejo todo”. Aquella noche comenzó el declive del “Country Club”, pues después de lo vivido en la Plaza, ninguna personalidad pública se atrevió a volver por allí. Ni la dimisión (obligada) de don Alberto Alarique como Presidente del mismo fue capaz de frenar la situación.

El viernes por la tarde la Plaza estaba deslumbrante. En uno de los lados, a la derecha del Ayuntamiento, se había instalado el escenario. Llegaron los instrumentos, en el camión de la orquesta, y después los músicos, que comenzaron a hacer las pruebas de rigor. El telón permanecía bajado, hasta las 21,30 horas, momento anunciado para el comienzo del baile, que se alargaría hasta las 00,30 minutos de la madrugada. Se permitió a los profesionales hosteleros que así lo solicitaron, la instalación de quioscos de bebidas. Allí estaba “La Perla Negra”, el “Hotel Imperial”, y, por supuesto, “El Rincón de Camagüey”, que amplió de manera generosa su terraza. La expectación era inmensa, desconocida en la ciudad. Desde las seis de la tarde, la Plaza comenzó a llenarse de gente. Señoras y caballeros lucían sus mejores galas, cada cual dentro de sus posibilidades. Cuando, a la hora en punto, subió el telón, y la orquesta “Caribe Azul” se arrancó con un pasodoble, toda la ciudad estaba en la Plaza. Por contra, el “Country Club”, que había contratado, a toda prisa, una orquesta en Madrid, estaba desierto, al punto de que la actuación fue cancelada.
Doña Encarnación Puenteslargos se dirigió al Alcalde, al que agradeció de manera extraordinaria la iniciativa del baile, pues había agotado todas las existencias, de la presente temporada y de todas las anteriores. “Modas de París” se había quedado vacía. Incluso, tuvieron que enviarle un buen puñado de prendas desde una tienda de Salamanca, que regentaba una amiga suya.

El éxito de la orquesta fue apoteósico. Quedó fielmente reflejado en las páginas de “El Ciudadano Cabal”, llegando a hacerse eco del mismo algunos periódicos de Valladolid, incluso de Madrid y hasta alguno de Barcelona, y “La Gaceta del Norte”, de Bilbao. Creció la fama de la orquesta, y hasta nuestra ciudad llegaron importantes empresarios de variedades, para contemplar si lo dicho respondía a la realidad. Como lo era, de allí a los contratos y las giras no había más que un pequeño paso. “Caribe Azul” despegó definitivamente, y se puso en carretera para recorrer España y hasta el sur de Francia, y actuar en los más importantes escenarios de nuestra geografía. Su caché subió como la espuma. Tuvo Obdulio el detalle de volver a nuestra ciudad, para una única actuación, gratuita, el día de la fiesta mayor.

Una mañana, y a lista de correos, llegó a nuestra ciudad una carta, dirigida a don Obdulio Castrillo, y con remite de la ciudad de Holguín (Cuba). El director de la oficina de correos, don Genaro de la Olivilla, acudió con la misiva al despacho del Alcalde, por ver qué solución se podía aportar al asunto. A través de don Anacleto Balín, que contactó con sus colegas periodistas en los diarios de diferentes ciudades, se pudo determinar que la orquesta estaba actuando en Barcelona. Allí se reenvió la carta, por correo urgente. Nadie ha sabido el contenido de la misiva. Lo cierto es que, al leerla, Obdulio Castrillo tomó la decisión irrevocable de disolver la orquesta, tras indemnizar de manera generosa a todos sus componentes, comprar un pasaje en el primer barco que partiese de Barcelona con destino a Cuba, y marchar a la isla sin dar ninguna explicación. De todo ello supimos en la ciudad por las informaciones que nos facilitó, unas semanas después, el trompetista Amadeo Correales, que optó por quedarse en España, y volver a nuestra ciudad, donde mantenía buena amistad con la señorita Adelita Saelices (aunque este asunto no se supo hasta un tiempo después, por lo que no será tratado por nosotros en este instante); por eso y porque cuando salió de Cuba, cometió la torpeza de dejar una deuda de juego en un casino (ilegal) que existía en La Habana, y era muy probable que en aquel antro no hubieran tenido a bien olvidar los detalles.

Pasado un tiempo, otra misiva, está con remite de Obdulio Castrillo, y dirigida al Sr. Notario, llegó a la oficina de correos. Cuando la carta fue extraída de la saca procedente de Madrid, el funcionario que la recogió, que no era otro que Adolfito Piedras, se la llevó con urgencia a don Genaro.
-Don Genaro, carta de Cuba, remite de don Obdulio Castrillo.
-¡Arrea!, gracias Adolfito. Tú llegarás lejos en esta oficina.
-Gracias, don Genaro. A mandar.

El director de Correos tomó la decisión de ser él en persona el que llevase la carta al Sr. Notario, y aprovechar para ponerse a sus órdenes, y ya de paso ver si se enteraba de algo.
-Buenos días, don Agustín, carta de Cuba, de don Obdulio Castrillo. Me pongo a sus órdenes.
-Bien, gracias por su interés, don Genaro. Déjela ahí, sobre ese montón de papeles, y ya llegará el momento de abrirla.
-Hombre, don Agustín, permítame que insista. Con lo que don Obdulio ha significado para nuestra ciudad, no parece pertinente que una misiva suya sea tratada con el reglamento en la mano. Figúrese que solicita ayuda.
-Lo siento, don Genaro. Nada me gustaría más, en reconocimiento a nuestra larga y profunda amistad, que calmar su impaciencia y ganas de conocer el contenido del escrito, pero usted comprenderá, como ejemplar funcionario que es, que yo por mi parte no puedo olvidar, ni por un segundo, la obligatoriedad de absoluta discreción a que mi puesto de notario me obliga.
-No faltaría más, don Agustín. Me retiro pues, reiterándole que estoy a sus órdenes.

Una vez solo, procedió don Agustín a abrir la misiva, que decía así: “Al Señor Notario: adjunto a la presente encontrará un billete de curso legal, de cincuenta dólares de los Estados Unidos de América, a fin de que por su parte, y una vez descontados sus honorarios, proceda a contratar póliza de entierro, en la compañía Organización de Entierros (Americanos), a su mejor conveniencia. Una única condición: nunca me ha gustado mucho permanecer bajo tierra, por lo que solicito que, llegado el momento de mi muerte, sea mi cuerpo enterrado en un nicho, a ser posible el más alto de todos, el más lejano del suelo que en ese momento esté libre en el cementerio. En caso de que llegado mi fin, todavía existiese remanente, le ruego dediquen el mismo a la compra de una palmera, que colocarán a la entrada del Campo Santo. Sin otro particular, reciba un cordial saludo”.

Don Agustín, a la mañana siguiente, se dirigió a nuestras oficinas. Se procedió a la contratación de la póliza. El billete de cincuenta dólares de los Estados Unidos fue llevado al Banco Español del Ahorro Popular, donde tras su cambio a pesetas fue ingresado en la cuenta de la compañía. Han transcurrido los años, y la póliza de don Obdulio había pasado de en vigor a impagada. Tras dar varias vueltas al asunto, tomo la decisión de mantener la póliza en la misma carpeta, y no transferirla a la de las canceladas, que la vida da muchas sorpresas.

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