UN JUICIO “GASEOSO”

Ya casi se había olvidado en la ciudad, pero lo cierto es que una fría mañana del mes de Noviembre, Seisdedos, el limpiabotas de “El Rincón de Camagüey”, se lo dijo a don Arturo:
-Don Arturo, me acaba de decir el Demetrio que ya han salido las citaciones para el juicio contra don Justo, por la agresión a don Agapito.
-Anda, cuéntaselo a don Anacleto, para la primera página de mañana de “El Ciudadano Cabal”, y chitón, que ya sabes que si la noticia se sabe antes no te da las dos pesetas acordadas.
-Van a tener que ser tres, don Arturo, que el Demetrio quiere una, por el soplo.
-Eso ya es cuestión entre don Anacleto y tú.

Al día siguiente, en la primera página de “El Ciudadano Cabal”, a cinco columnas, se hizo pública la noticia: “Fijada fecha para el juicio por la agresión de don Justo a don Agapito”. En un principio, nadie podía creer el titular. Don Agapito, propietario de la fábrica de gaseosas La Cubana, no había desistido, y llevaba a juicio nada menos que a don Justo de la Arroba Zapatones, adineradísimo industrial, constructor omnipresente en la obra pública de la ciudad, autor de la canalización de aguas fecales, y generoso contribuyente de cuanto candidato a algún puesto político de elección por la ciudadanía apareciese por la ciudad.
Y eso a pesar de la lucha, a brazo partido, que contra la celebración del juicio habían emprendido hace tanto tiempo los prohombres de la ciudad. Todos indicaban a don Agapito que no era conveniente iniciar ese procedimiento, que con una indemnización económica sería suficiente, y que si optaba por ese camino, ya conocía la generosidad de don Justo. Hasta el abogado Rubinos, que le representaba, le había recordado aquel refrán de más vale pájaro en mano que ciento volando. Coja el dinero, don Agapito, y presuma de haber sacado los cuartos al constructor. Y déjese de zarandajas, que vaya usted a saber lo que se cuece por ahí, que muchas son las influencias de don Justo.
-De ninguna manera, Rubinos. Este tipo me ha agredido, y merece una reprimenda pública. No se puede ir por la vida dando bofetones a la gente.
-Hombre, reconozca que usted le provocó, con lo de la panceta.
-No tiene nada que ver. Que me hubiera denunciado. Además, estaba borracho. Y nunca me han asustado los matones, que contra algunos tuvo que luchar en Cuba mi padre, que en paz descanse, y jamás le ví dar un paso atrás.
-Pero esto no es Cuba, don Agapito, ni esta época aquella.
-Si le están temblando las piernas, Sr. Rubinos, hágamelo saber, y contrataré otro abogado. Y si no lo hay con la suficiente valentía en esta ciudad, viajaré a Madrid, o a Barcelona, o a La Habana, en busca de quien se atreva.

No hubo manera de convencer al denunciante, por lo que se anunció, según marcaba la ley, la Audiencia Pública. En ese momento, afloraron los dos bandos ciudadanos, que darían soporte a denunciante y denunciado, según sus propios intereses, incluso por simpatías o antipatías personales. El foco principal de apoyo a don Agapito se unió en torno a doña Mercedes, que estableció su cuartel general en el bar “La Perla Negra”. En torno a ella, se juntaron todos los profesionales manuales de la ciudad, que tenían ganas de hacer la puñeta a don Justo, que aunque les daba obras y trabajo, siempre lo hacía en situación de desigualdad, y se quedaba con la mayor parte del presupuesto de la licitación. Los apretaba de lo lindo, y en la mayoría de las ocasiones, no les quedaba otro remedio que aceptar las condiciones leoninas que les imponía. También se pusieron detrás los jubilados, cuya remuneración ya no dependía de la ciudad, sino que venía desde dependencias del Estado. Se pusieron enfrente, como era de esperar, los empresarios de la ciudad, agrupados en torno al “Círculo Empresarial y Mercantil”, que presidía, y subvencionaba generosamente, el propio don Justo. En el medio, se quedaron los políticos de uno y otro bando (para poder ejercer con la debida independencia la necesaria labor de mediación), así como los profesionales cuya intervención se haría necesaria en caso de conflicto: doctores, personal sanitario, bomberos, personal judicial…que se agruparon en torno a “El Rincón de Camagüey”. Se produjeron en el café intensísimas discusiones, que nunca pasaron de teóricas, acerca de la necesaria tutela judicial del Estado de Derecho y de la ciudadanía. En las mismas sobresalió don Enrique Villalpando Peñaflor, catedrático de Ciencias Físicas (jubilado), y ex director del Instituto de Enseñanzas Medias.
-Desconocía la profundidad de sus conocimientos legales, don Enrique, le dijo una tarde don Arturo.
-Más que conocimientos legales, don Arturo, son disquisicones filosóficas. Mucho aprendí de don Torcuato del Morral y Ribaseda, el catedrático de filosofia. Por desgracia, falleció hace ya unos años, al retornar a su ciudad natal de Puertollano, una vez jubilado.

Transcurrían los días lentos, pues todo el mundo estaba deseando que llegase la fecha de comienzo del juicio. Así fue hasta que, una mañana, varios vecinos del barrio de La Cuestecilla, en el que vivía gente modesta, se tuvieron que trasladar a las urgencias del Hospital, aquejados de vómitos, fiebres y diarreas. El diagnóstico fue que las indisposiciones se debían a un error en las cantidades de cloro que se vertieron en la red de agua potable, que gestionaba, precisamente, una empresa cuyo propietario era don Justo. Para qué quisieron más. Rápido se corrió la voz de que don Justo lo había hecho aposta, para dar un aviso a la población que se había alineado con don Agapito. Se presentó en el hospital Benito Hampuero, y fotografió a los ingresados, con sus caras descompuestas, a la vez que entrevistó a varios familiares acompañantes. Esto los enervó aún más si cabe. Allí mismo, y en una asamblea informal, decidieron marchar hasta el Ayuntamiento, para solicitar su amparo ante el ataque sufrido por el barrio. Cuando comenzó la marcha, apenas eran media docena de personas. Pero a medida que avanzaban, por la Calle de la Concordia hacia la Plaza Mayor, los ciudadanos que veían y oían a los manifestantes se iban uniendo a la marcha. “Agua sí, veneno no”, “Al loro, al loro, que no queremos cloro”, “Vaya susto, vaya susto, nos quiere matar don Justo”, “Alcalde, cobarde, La Cuestecilla está que arde”…De repente, doña Mercedes y su grupo de jubilados, que estaban a la expectativa en sus lugares habituales de la Plaza, empezaron a escuchar las consignas de los manifestantes. Como un resorte, la mujer se puso en pie, e hizo la llamada de atención a sus correligionarios. Giraron la vista a la derecha, y vieron aparecer la marcha, compacta, avanzando firme, agitando pañuelos, rebecas, gorras…
-Pero, ¿qué ha ocurrido?
-Pues ya ve, doña Mercedes, que don Justo ha echado más cloro del admisible por el cuerpo humano en los depósitos del agua potable, y a los vecinos de La Cuestecilla los ha envenenado. No sé cuantos hay en urgencias.

Ni que decir tiene que todos los ociosos que había en la plaza, más los parroquianos de “La Perla Negra”, se sumaron a la marcha con entusiamo. Llegaron a la puerta del Ayuntamiento. Los recibió el Sargento Cabrero.

-Alto ahí. Que nadie pase de esta línea.
-Buenos días Abelardo, le saludó Margarita Cobaleda, madre de uno de los ingresados. Queremos hablar con el Alcalde, sobre el envenenamiento de La Cuestecilla.
-Pues el Alcalde ahora no va a poder recibir a nadie. Ha salido a una reunión.
-¿Y cuándo vuelve? Que está todo el día de reuniones.
-Cuando le apetezca, ¡y yo qué sé!, contestó el Sargento Cabrero.

En ese momento, doña Mercedes tomó el relevo de Margarita, y la palabra.
-No nos mientas, Cabrero, que he visto entrar al Alcalde está mañana por esta misma puerta, y no ha salido.
-Mercedes, no enredes, ha salido por la puerta del aparcamiento, en el coche oficial.
-Valiente derrochador, ¿a la Diputación va en coche? Así está él, rebosante de gorduras y colesterol. Pues de aquí no nos movemos hasta que nos reciba.

“No nos movemos, no nos movemos”, “Alcalde, da la cara, que no retrocedemos”.
En estas estaban, cuando se acercó a los manifestantes el maestro Villalpando.
-Sargento, tienen derecho a ser recibidos por el Alcalde.
-Hombre, Villalpando (el Sargento y el maestro mantenían una vieja enemistad, que venía desde los tiempos en que el segundo suspendió la Física de tercero de bachillerato al primero, al no saber resolver el típico problema aquel del coche que sale de Madrid a cincuenta kilómetros por hora, con destino Barcelona, a las seis de la mañana. Otro vehículo sale a las ocho de la mañana, pero a sesenta kilómetros por hora. ¿En qué punto de la carretera se encontrarán? Lo que más le dolió al alumno no fue el suspenso, que también, sino que Clarita le recortó dos grandes orejas de burro, que le hizo llegar pasando por las manos de media clase). El que faltaba para enredar un poco más el ambiente. Disuélvanse inmediatamente, o llamo a los guardias.
“No nos movemos, no nos movemos, alcalde da la cara, que no retrocedemos”.
En estas estaban cuando el guardia Rubiales se acercó al Sargento Cabrero, y le dijo algo al oído.
-Señores, gritó el Sargento: me acaban de informar que el Alcalde va a salir al balcón en unos minutos, para leer un bando.
-¿Pero no estaba en la Diputación? Ves como eres un mentiroso, Cabrero.
-Acaba de volver, listilla.

Pasaron los cinco minutos. Se abrió el balcón del despacho del Alcalde, en la primera planta. Allí apareció este, acompañado del Secretario, y del guardia Rubiales.
“Queridos convecinos: hemos tenido noticia, a primera hora de esta mañana, de las intoxicaciones ocurridas en el barrio de La Cuestecilla, y que, según nos informan desde el hospital, se deben a una ingesta excesiva de cloro. Inmediatamente, este Ayuntamiento ha iniciado una investigación, llegando a la conclusión de que en la noche de ayer, efectivamente, se ha echado al agua del depósito una cantidad de cloro equivalente al doble de lo necesario para la depuración y el consumo humano. Así pues, trasladado el asunto a la concesionaria del servicio, “Aguas Potables Ciudadanas”, su Presidente, don Justo, nos acaba de contestar, al Sr. Presidente de la Diputación, y a mí mismo, que corre con todos los gastos médicos derivados de la negligencia, a más de indemnizar con veinticinco pesetas a todos aquellos que presenten en sus oficinas el correspondiente certificado médico de la afección sufrida”.

Hubo silencio general. Nada menos que veinticinco pesetas de indemnización. Este don Justo hace las cosas a lo grande. Se corrió la voz por toda la ciudad. Hubo afluencia desmedida de vecinos de La Cuestecilla a las urgencias, incluso gentes de otros barrios subieron hasta esa zona de la ciudad, a ver si alguien los facilitaba un buen vaso, incluso una buena jarra de agua, para ingerirla y ver si el cloro hacía su efecto. Pero ¡qué va! Desde el momento que se supo de la situación, la llave general había sido cortada, y La Cuestecilla se encontraba sin el líquido elemento en sus cañerías y grifos. En su lugar, un aljibe portátil se ocupó en distribuir el agua a todos aquellos que lo necesitaran.
Al día siguiente, “El Ciudadano Cabal”, publicó las fotos de los intoxicados, el bando del Alcalde, y un anuncio a toda página, en el que “Aguas Potables Ciudadanas”, pedía perdón por lo ocurrido, e indicaba a los afectados el procedimiento para su reclamación de indemnización. A la vez, el director del periódico, don Anacleto Balín, publicaba una columna glosando el gesto de don Justo, y su figura, como gran empresario y persona hecha a sí misma, siendo capaz de llegar a lo más alto, partiendo desde aquel puesto de ayudante de matarratas, en un tórrido verano, en un cuartel de Burgos.
El humor de la gente cambió. Los gestos y la campaña habían tenido éxito. Quien más quien menos comenzó a expresar que don Agapito debiera aceptar la indemnización ofrecida por don Justo, y pasar página sobre ese espinoso asunto, que dividía a la ciudadanía y daba mal nombre a la ciudad.
-¡A ver si va a resultar que nuestro principal empresario va a ser un violento agresor! Don Agapito debiera recapacitar.

El maestro Villalpando fue de los pocos que mantuvieron el tipo. Insistía en que la agresión nunca estaba justificada, y que el agresor debía experimentar la reprimenda pública, esto es, la prodedente del poder legal del Estado, expresado a través de los tribunales de justicia.
Hasta doña Mercedes aflojó, y con ella la oposición de “La Perla Negra”.
-Al final, mal que bien, don Justo da trabajo a mucha gente. Y si tiene la habilidad para conseguir él los contratos, pues mira…Me han dicho que hay grandes empresas, de Madrid, Barcelona o Bilbao, que están al acecho, que quieren quedarse con las obras, pero que vienen con su personal ya, y no dan trabajo a nadie de las ciudades que los han contratado.

La ciudad se pacificó. Se realizó un postrer intento por la Junta Directiva del “Círculo Empresarial y Mercantil”, para que don Agapito retirase la demanda, pero no hubo manera. Se fijó la vista para un martes, a las nueve horas de la mañana. En previsión de algún incidente,el Magistrado, don Héctor Quiroga de la Muela, ordenó a la Policía Municipal que custodiase el acceso al edificio del juzgado. En buena hora. Desde las seis de la mañana, en que hicieron acto de presencia los primeros aspirantes a entrar en la sala, aquello fue un sinvivir. Se sucedieron los empujones, las riñas, los insultos, las afrentas…el Sargento Cabrero y sus hombres no daban abasto para ir sofocando estos pequeños altercados. Para más inri, a las siete en punto apareció en la Plaza el camión del riego, al mando de Severo, un tipo simpático, con mucha retranca, y fama de ser pesado con las bromas. Y vaya si lo fue. No tuvo otra ocurrencia que acercarse a la cola, enfocar a la misma con la manguera, y soltar un chorro de agua que impactó de lleno en la misma. Desbandada general, para a continuación, y ya repuestos de la primera impresión, arremeter contra el camión y su conductor. Entre los espectadores estaba Rodiles, que de certera pedrada resquebrajó la luna del camión, la misma penetró por el parabrisas, y le pegó a Severo en la frente. Este, con su brecha a cuestas, y sangrando, perdió el control, y gracias a Dios, el camión, sin rumbo ni conductor, se deslizó lentamente hasta terminar arremetiendo contra el pilón. Rompió una de las paredes de este, por lo que el agua se derramó. Siguiendo la ligera inclinación de la plaza, fue toda a parar contra la puerta del Ayuntamiento, que estaba cerrada, pero aún así se coló por las rendijas, por lo que tras recorrer la planta baja, la misma desembocó en el sótano, que quedó inundado.

El Sargento Cabrero, que no sabía qué hacer, primero optó por solicitar una ambulancia, para socorrer al herido, que había caido de bruces sobre la bocina del camión, que sonaba estruendosamente. A continuación, comunicó con el Parque de Bomberos, para que vinieran con el material necesario para achicar el agua que había caído al sótano del Ayuntamiento.
Como la bocina del camión no dejaba de sonar, todos los habitantes de las viviendas de la Plaza y alrededores se despertaron. Se fueron encendiendo las luces de las casas, y sus moradores asomándose a los balcones, a ver qué ocurría.
La ambulancia avisada por el Sargento, con las sirenas ululando a todo volumen, se dirigió rauda a la Plaza. Por todas las calles que fue pasando, que fueron muchas pues el Hospital estaba a las afueras, fue despertando a más vecinos, que se echaban a los balcones unos, a la calle otros.
Uno de los presentes corrió a avisar a doña Mercedes.
-Doña Mercedes, dese prisa, que el Rodiles ha matado al Severo, de una pedrada. Va la ambulancia para la Plaza.
Doña Mercedes bajó las escaleras a toda velocidad, y corrió todo lo que pudo hasta el epicentro de los acontecimientos. Llegó a tiempo de ver cómo introducían en la ambulancia a Severo. Preguntó al chófer:
-¿Está muerto el Severo?
-Y yo qué sé, Mercedes, que solo soy el chófer.

Esa respuesta fue suficiente para mantener que Severo estaba muerto. Por si no se había despertado suficiente gente, los bomberos, cuyo cuartel estaba situado en punta de la ciudad opuesta al hospital, hicieron su recorrido con un despliegue nunca visto de luz y sonido (estrenaban sirenas y destellos luminosos).
La noticia llegó al barrio de La Cuestecilla, donde vivía Severo.
-Que han matado al Severo, de una pedrada, dicen que ha sido el Rodiles.

La noticia terminó por llegar a la mujer de Severo, que según estaba, en bata y zapatillas, salió corriendo hacia el hospital. La llevó en su motocicleta un voluntario que pasaba por allí. Cuando descendió de la misma, el espectáculo era grandioso, al punto que el celador creyó, por su aspecto, que iba para ser ingresada.
-No te precipites, Benito, que lo único que necesita esta mujer es un ducha y una peluquería.
-¡Que me han matado al marido, que me han matado al Severo, quiero verle, Severo, Severo…!
Le salió al paso la enfermera doña Luz, veterana de miles de noches en urgencias. La paró en seco, la agarró fuertemente por los hombros, como no se tranquilizaba le dio dos calmantes (esto es, dos sonoras bofetadas, una en cada carrillo), y cuando reaccionó le gritó:
-Que aquí no se ha muerto nadie, que es una brecha que se arregla con tres puntos de sutura, que es que el Severo es muy blandito.
-¿Y me han hecho venir hasta aquí, en bata y zapatillas, subida en una motillo, por tres miserables puntos de sutura? ¿Quién ha corrido la voz de que estaba muerto, que lo mato?

Mientras tanto, en la Plaza, los bomberos habían comenzado a achicar el agua del sótando del Ayuntamiento. Un segundo equipo fue avisado, para que trajeran la grúa necesaria para sacar el camión del pilón. Rodiles había sido detenido, y al no poder utilizar los calabozos inundados, había sido conducido a una de las celdas del cuerpo de guardia del Cuartel de Infantería. Encomendaron su custodia a un soldado de reemplazo, estudiante de Derecho en Salamanca, que le dijo por lo bajo que solicitara el Habeas Corpus. Lo hizo, y a grito pelado. Estos llegaron al oficial de guardia, que se personó en el calabozo.
-¿Qué es lo que quieres?
-El Habeas Corpus.
-Mira chaval, el relevo es a las ocho. Cuando entren los nuevos, ya pides lo que quieras. Mientras tanto, te vas a callar como si estuvieras muerto, porque si no lo haces te voy a aplicar el Código de Justicia Militar, y te van a caer veinte años de cárcel, o incluso más.
-A sus órdenes, mi Capitán, contestó Rodiles, claramente asustado.
-Perfecto. Sargento, que den de desayunar a este hombre.

A las ocho en punto de la mañana, el Magistrado Juez y los funcionarios de la Audiencia llegaron a su trabajo. Quedaron vivamente impresionados por lo que estaban viendo. Decidió don Héctor aplazar la vista prevista para las nueve en punto, y desde su despacho, contactó con las autoridades. El Alcalde acababa de llegar a su despacho. El Gobernador Civil se encontraba en Madrid, en una reunión ministerial, el Presidente de la Diputación había acudido a inspeccionar los desperfectos, y el Coronel Mendiola, Gobernador Militar, había acuartelado a la guarnición.
Serían las ocho horas y treinta minutos, cuando hizo su aparición en la Plaza, don Justo de la Arroba, interesándose por el camión, de una de sus empresas, y por el estado del conductor del mismo, Severo. Los ciudadanos presentes en el lugar se arremolinaron en torno a su persona. También llegó a su altura el Alcalde.
-Que nadie se preocupe, dijo don Justo elevando la voz, nada de todo este desaguisado le va a costar un duro al erario público. Será mi empresa, “Parques, Jardines y Mantenimientos Ciudadanos”, la que se encargue de abonar la cuenta para que la Plaza vuelva a tener su aspecto original. Además, y para resarcir del susto a todos los vecinos, y con el permiso del Sr. Alcalde aquí presente, el próximo domingo, se servirá una paella para todos, amén de la correspondiente limonada. Mañana podrán leer todo con detalle en “El Ciudadano Cabal”.

La muchedumbre estalló en aplausos. ¡Viva don Justo, viva don Justo! Emprendieron, el empresario y el Alcalde, el camino de regreso hacia el Ayuntamiento, rodeados, en loor de multitud, por los alegres vecinos.
-Don Justo, ¿la paella será de marisco?
-Por supuesto, langostinos, nécoras, cigalas…a la altura de las gentes de esta ciudad.
-¿Y la limonada? ¿Será con Gaseosa La Cubana”?

En ese momento se produjo el silencio. Habló don Justo:
-Por supuesto, como Presidente del Círculo Empresarial y Mercantil, es mi obligación defender a todas las empresas de la ciudad, y una de ellas es Gaseosas La Cubana. Nada tiene que ver que, en un momento de calentura, hayamos tenido una disputa. Pero yo no se lo tengo en cuenta, y todos conocéis mis esfuerzos por zanjar este asunto de la mejor manera posible. En ellos sigo, una vez más, y públicamente, tiendo la mano a don Agapito.

Tras estas palabras del agresor, y una vez ganada la simpatía hacia su persona por los vecinos, el interés se desplazo a “El Rincón de Camagüey”, adonde acudiría el denunciante, a jugar su correspondiente partida de dominó. Ese día se comió temprano en la ciudad. El habitual parón que sufría la vida de la misma entre las dos y las cuatro de la tarde, se adelantó sesenta minutos. Cuando sonaban las tres en la torre de la iglesia, ya empezaban a arremolinarse los primeros curiosos en torno a la entrada principal de “El Rincón de Camagüey”. Don Arturo, en evitación de posibles desmanes, que de sobra conocía él estas aglomeraciones, ordenó a los camareros poner a buen recaudo las vajillas y cuberterías, a la vez que telefoneó al Sargento Cabrero, para darle novedades.
-Mi Sargento, aquí está doña Mercedes, bolso en bandolera, organizando y arengando a la muchedumbre.
-¡Vaya hombre!, ya sabía yo que esto de la paella no iba a quedar así. Bueno, te mando a Rubio y a Mochales, y a la mínima incidencia, me vuelves a llamar.

Unos minutos después, hicieron acto de presencia los guardias.
-Vaya, dijo doña Mercedes, ya está aquí la ley. ¿Qué os pensáis, que somos animales que no sabemos comportarnos?
-Doña Mercedes, contestó Rubio, tengamos la tarde en paz.
-Será si ustedes quieren.

A las cuatro y dos minutos, hizo su aparición en la Plaza, don Agapito, acompañado del abogado Rubinos. Todas las miradas se volvieron hacia ellos. Cuando ya estaban los suficientemente cerca, doña Mercedes los interpeló:
-Buenas tardes, don Agapito, que dice don Justo que le perdona, y que el domingo, que ha invitado a todo el mundo a paella de marisco y limonada aquí en la Plaza, que el refresco se hará con gaseosa La Cubana, que él tiene que defender a todas las empresas de la ciudad. ¿Va a retirar la denuncia?
-Mi cliente no va a decir nada, abran paso, por favor, contestó Rubinos.

En ese momento, Rubio y Mochales dieron un paso al frente, para abrir un pasillo por el que se pudiera pasar, visto que la muchedumbre se agolpaba cada vez más contra la puerta. Se creó cierto nerviosismo, pero la cosa no pasó a mayores. Únicamente, desde las filas traseras, se empezó a cantar: “Pito pito pito, págate un chupito”, y como la gente viera que el fabricante de gaseosas hacía caso omiso, cambiaron el tercio: “Agapito, es un borrachito, Agapito, es un borrachito”. Don Arturo se empezó a impacientar. Tenía experiencia sobrada para saber cómo acababan aquellas situaciones. Avisó a Domínguez para que estuviera presto a bajar los cierres, que ahora ya cubrían no solo la puerta, sino también las ventanas y cristaleras, pues a punto habían estado de no renovar su póliza de seguros, debido a la alta siniestralidad.

En estas estaban cuando salió del juzgado el Secretario, con la carpeta de las citaciones en su mano izquierda. Se produjo un silencio momentáneo. Se dirigió el funcionario hacia el despacho de Rubinos, si bien, al pasar por delante de “El Rincón de Camagüey”, observó en su interior al abogado. Penetró en el local. Dirigió unas palabras inaudibles a Rubinos, y ambos se dirigieron, con la aquiescencia de don Arturo, a uno de los reservados. En cinco minutos, volvían ambos a salir. Rubinos retornó a su mesa, mientras el Secretario, sin decir palabra, marchó hacia el Juzgado.
Rubinos habló en voz baja con don Agapito, y sin saber por qué, la muchedumbre comenzó a cantar: “a chirona oé, a chirona oé, a chirona oé, a chirona oé oé”.
Se levantó entonces don Agapito de su asiento, y se dirigió a la puerta del café: “Estimados vecinos, me veo, dada su actitud, en la obligación de realizar una declaración. Como todos saben, fui agredido por don Justo, y a consecuencia de la agresión, perdí varias piezas dentales, que tuvieron que ser sustituidas por otras artificiales, que aunque muy bien logradas y puestas por los doctores del hospital, no han logrado reemplazar a la perfección las originales. Podría perfectamente correr un tupido velo, y olvidarme del asunto. Bien sabe Dios que no es dinero lo que busco, sino reparación moral, pues no se puede andar por los caminos pegando bofetones a la gente. Así pues, no retiro la denuncia”.

El abucheo fue generalizado. “Agapito borrachito, Agapito borrachito, Agapito, págate un chupito…”.
Doña Mercedes tomó la palabra: “Ya lo habéis oído. Agapito insiste en el error. Es un cabezón, no acepta la mano tendida de don Justo, un gran hombre, un amigo de todos, que nos arregla la Plaza y nos convida a paella. Propongo un boicot a Gaseosas La Cubana”. Contestó la multitud: “Boicot, boicot, boicot…”

Agapito Ciruelos observó la escena, abatido por la desolación, al comprobar que se quedaba solo, y que una paella había bastado para cambiar los ánimos de la gente, y el viento de la popularidad. Se despidió de todos en el café, y enfiló hacia su casa. Al día siguiente, don Agapito había marchado de la ciudad, tras dar instrucciones a Rubinos de retirar la denuncia, y abonarle sus honorarios. Unos días después, aparecieron en la ciudad unos caballeros, al parecer industriales catalanes, que se reunieron con Rubinos en el despacho del abogado. Fueron después a visitar las instalaciones de “Gaseosas La Cubana”. Demoraron un buen rato. Retiraron todos los libros de contabilidad, para estudiarlos con más detalle en sus oficinas centrales. Unas semanas después, “Gaseosas La Cubana”, cambió de dueño. Enviaron a un gerente desde Barcelona, y nada hemos vuelto a saber por estos lares de don Agapito Ciruelos.

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