LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. Capítulo 26. MONEDILLAS.

Hacía mucho tiempo que no se registraba un llenazo como el ocurrido esta tarde, en el funeral de cuerpo presente de don Luis Demetrio del Alba y Urbina, banquero de varias generaciones de conciudadanos, asesor financiero de todos aquellos que lograron reunir unos ahorrillos en algún momento de su existencia, por modestos que estos fueran.

Basó don Luis su grandeza en jamás rechazar a nadie, ni negar su asistencia y consejo al que lo solicitase, así fuese el más rico de la ciudad, o el modesto limpiabotas de “El Rincón de Camagüey”. A eso le unió una discreción absoluta, total, inquebrantable, al punto de que ni siquiera su esposa pudo hacer jamás un chascarrillo sobre dineros de nadie, sencillamente debido a su falta de conocimiento al respecto.

Llegó don Luis a nuestra ciudad un día lejanísimo ya, era verano, un verano muy caluroso. Venían desde México, adónde había marchado su padre de chaval, acompañando a su tío, que al parecer tenía un rancho cerca de Torreón, en el estado de Cohauila, en el norte del país. Todo iba bien por allí, hasta que a su tío, que había enviudado unos años antes, se le ocurrió contraer segundas nupcias con una dama de Guadalajara (México), más acostumbrada a los salones de té y a las recepciones palaciegas que a la dureza de la vida en un rancho. El caso es que convenció al tío para vender la propiedad, por la que obtuvo un buen capital. Liquidó este al sobrino, y se trasladó a la ciudad. En los días en que este determinaba qué hacer, conoció a la que se convertiría en su esposa apenas tres meses después: doña Candelaria de Urbina Zacatecas, hija de un rico comerciante de San Luis Potosí, al que había acompañado a Torreón en uno de sus viajes.
La boda se celebró por todo lo alto, en la Catedral de Nuestra Señora de la Expectación, de San Luis Potosí, en oficio celebrado por el Obispo, don Luis Paredes y Obregón. Acudió todo el que algo era en el Estado, y hasta en los estados vecinos. El bueno de don Luis se integró en los negocios familiares, y todo fue a pedir de boca hasta un desgraciado veintiuno de Enero, en que el padre de Candelaria falleció de repente: un infarto fulminante acabó con su vida, mientras se encontraba trabajando en su despacho. Según el testamento, el hermano mayor de Candelaria era nombrado administrador de todos los negocios, si bien para hacerse cargo de los mismos debía indemnizar con una suma que respondía al valor del cincuenta por ciento de los bienes a su hermana. Como, por fortuna, la tesorería no constituía ningún problema, se procedió según lo establecido en las últimas voluntades paternas, por lo que el matrimonio de don Luis y doña Candelaria se encontró con una suculenta suma de dinero en el Banco, y ninguna actividad concreta que realizar. Decidieron entonces emprender un viaje a España, para que la mujer conociera la tierra de su esposo, a la vez que la de sus antepasados, al parecer procedentes de la provincia española de Álava. Todo estaba ya preparado para la partida, cuando Candelaria anunció que se encontraba en estado de buena esperanza. El médico de la familia, tras examinar a la mujer, determinó que no era conveniente subirse a un barco y pasarse varios meses sometida a los vaivenes y ajetreos del Océano Atlántico, por lo que el matrimonio tuvo que permanecer en México. La espera, en principio para varios meses, hubo de prolongarse casi tres años, pues tanto el niño como la madre necesitaron un largo periodo de recuperación, tras un embarazo y un parto complicado.

Durante todo ese tiempo, el padre de don Luis no había estado de brazos cruzados. Había realizado diversos viajes, al Distrito Federal, a Houston (Texas), a Ciudad de Panamá, donde había conocido a banqueros e inversores varios, que le aconsejaron acerca de cómo y dónde invertir su fortuna. Realmente, tuvo siempre buen ojo para escoger a quién confiar su dinero, y esa fue la primera máxima que le transmitió a su hijo desde que tuvo uso de razón: -Luis, la primera virtud de un hombre es la honradez. Nunca te olvides de ella, y llegarás a donde te propongas. Y a fe cierta que jamás la olvidó el vástago, como se irá viendo en las próximas líneas.

Llegó el matrimonio a España con el infante, a través de Sevilla, adonde llegaban los barcos procedentes de Veracruz, y tras haber hecho escala en Portobelo, Honduras, Puerto Rico, La Española y La Habana. Dejaron atrás las Islas Bermudas, las Bahamas, y tuvieron que parar en las Azores para reparar una de las velas, que había sido dañada por una tormenta en pleno océano. El calor en Sevilla era insufrible, por lo que, nada más desembarcar, tomaron un taxi que los condujo hasta nuestra ciudad, a la que llegaron ya entrada la noche. Se alojaron, durante las primeras semanas, en el “Hotel Imperial”, desde donde se trasladaron a una vivienda en la Calle del Palomar, en régimen de alquiler. La misma no satisfizo a doña Candelaria. Los cuatrocientos metros de la misma le resultaban insuficientes. Era lógico. Estaba acostumbrada a las grandes haciendas en las que siempre había vivido. Entre otras cosas, quería un inmenso salón, en el que poder realizar las recepciones y bailes adecuados.

Don Luis determinó que había que complacer a su esposa a la mayor brevedad. En un principio, estuvo tentado de comprar alguno de los palacios de la Avenida de las Américas, que habían perdido su antiguo esplendor, y reactivar esa zona de la ciudad, pero al final, se decidió por adquirir unos terrenos colindantes con el “Hotel Imperial”, que en su día habían albergado un cuartel de caballería, y construir allí lo que se denomina desde entonces el “Palacio San Luis Potosí”, una estancia grandiosa, de tres plantas, de estilo colonial, y rodeada en todo su perímetro de enormes pinos.

Mientras se acometían las obras del palacio, hubo que resolver la escolarización del niño Luis Demetrio. Se acordó, en consonancia con la costumbre de las personalidades de la ciudad, que acudiera a la Academia de don Críspulo de los Venancios y Salvatierra, un hombre avanzado, que había bebido en las fuentes de la Institución Libre de Enseñanza, que había viajado por Europa, y que hablaba con fluidez francés y alemán. Eso sí, para disimular, y como resultaba obligatorio congraciarse con la Iglesia, en la academia se daban clases de Religión, que impartía don Melquíades, dos horas por semana, y los domingos era obligatoria la asistencia a misa de diez.

A la vez, tuvieron a bien los progenitores de don Luis contratar a un profesor inglés, don Stuart Coltrane, que aparte de su idioma, le instruyó en las buenas maneras y costumbres. Resultó don Luis un alumno aventajado, al que todo interesaba y que por todo mostraba interés. En cualquier caso, y ya desde bien pequeño, mostró especial predilección por las materias económicas y monetarias.

Al cumplir los siete años de edad, y hacer la primera comunión, su padre le comunicó que dispondría de una paga semanal de una peseta. Don Luis se mostró contento, y ya su impronta quedó marcada para siempre: cuando, los domingos por la mañana, después de la misa de diez, daba una vuelta por la Plaza con los amigos, y acudían al quiosco de las chucherías, el no gastaba nunca más de cincuenta céntimos. Pasados tres meses, y cuando ya había ahorrado seis pesetas, se dirigió una mañana al “Banco Español del Ahorro Popular”, con la intención de abrir una cuenta corriente. Cuando se plantó delante de Gerardo Guardavillas, entonces cajero, pero que llegaría a ser Jefe del Departamento de Cartera, este le solicitó un minuto, y acudió solicitó a referir la situación al Director, don Leopoldo:
-Don Leopoldo, está en la ventanilla Luis Demetrio, el niño, con la intención de abrir una libreta de ahorro.
Al instante, se levantó don Leopoldo, que acudió solicitó a saludar al niño.
-Querido Luis Demetrío, cuanto bueno por aquí. Me informa Gerardo que tienes la intención de abrir una libreta de ahorro.
-Sí señor.
-Pasa a mi despacho. Gerardo, por favor, que el Interventor prepare toda la documentación. Eso sí, Luis Demetrio, necesito que venga por la oficina tu padre, pues has de saber que al ser menor de edad, su firma es necesaria.
-Muy bien, don Leopoldo. No se preocupe, que pasará.

Fue la primera relación directa con el mundo bancario y financiero de don Luis. Ya nunca la abandonaría. El apodo de Monedillas se lo puso don Arturo, el propietario del “El Rincón de Camagüey”, un verano en que, una vez acabadas las clases, el chaval se ofreció al hostelero para hacer los recados urgentes que surgieran en el café, en los muchos ratos en que el niño deambulaba por la plaza con sus amigos.
-Buenos días, don Arturo, que como ya estoy de vacaciones, estoy a su disposición para hacer los encargos urgentes que le puedan surgir.
-Muy bien Luisito. ¿Y qué cobras por hacer los recados?
-Si le parece bien, don Arturo, las monedillas que sobren.
-Pues perfecto, Monedillas.

Ese mismo mensaje lo repitió por los diversos establecimientos de la plaza. Como siempre surgían recados, resultó que al final del verano, Luisito fue capaz de reunir una cantidad importante de dinero. Cuando lo llevó al banco, para ingresar, le preguntó a don Leopoldo en qué podía invertir la cantidad.
-Hombre, Luisito. No es mucho dinero, pero si compras acciones del “Banco Español del Ahorro Popular”, no te cobraremos comisiones de depósito, por lo que la rentabilidad de la inversión aumentará. Acometió Luisito la operación, y así compró el primer paquete de acciones de la entidad, de la que se dice que, a día de hoy, es uno de sus principales accionistas. Incluso, parece ser que en diferentes ocasiones le han ofrecido sentarse en su Consejo de Administración, invitación siempre rechazada por don Luis, bajo el argumento de que dicho asiento, y su correspondiente remuneración, podrían enturbiar su independencia.

A medida que fue creciendo, Monedillas fue ampliando su cartera de inversiones, de manera que fueron entrando en la misma prácticamente todas las compañías importantes del país. Le guiaba siempre un máxima: que el dividendo fuera elevado, y que este se pagase en metálico. Eso le proporcionaba el circulante suficiente para ir moviendo los valores sin tener que llevar a cabo nuevas aportaciones dinerarias, a la vez que vivir con cierta holgura de los mismos. En este sentido, siempre siguió el consejo que un día le diera su padre:
-Luisito, vive con los dividendos, pero jamás te deshagas de patrimonio. No pasa nada si este, en determinados momentos, aunque sean prolongados, no puede crecer, pero lo que nunca puede ocurrir es que disminuya.

Una tarde, estando en la Plaza, atento a todo, se fue a cruzar con don Julián de la Comba, un aventurero de no muy buena reputación, que había vuelto a la ciudad ya de viejo, y que malvivía de alquiler en una buhardilla alejada del centro. Se decía que don Julián había sido jugador de cartas profesional, allá por las islas del Caribe, y que había amasado una gran fortuna, haciendo trampas y con un revólver al cinto, que tuvo que utilizar en más de una ocasión. Cuando se hizo mayor, y perdió los reflejos y la agilidad de manos, empezó a perder, por lo que optó por retirarse. Se dice que, aún hoy día, mantiene muchos enemigos, y por eso vive casi de incógnito en un lugar modesto y apartado, pero que en el “Banco del Mar Caribe” mantiene una cuenta con muchos miles de dólares de los Estados Unidos.
-Hombre, Luis, me han hablado muy bien de ti, y de tus dotes para manejar dineros.
La verdad es que Luis se asustó, pues no miento si digo que la fama de don Julián no era la mejor.
-Bueno, la verdad es que la gente habla mucho, ya sabe usted lo que pasa.
-Pues como me caes bien, te voy a dar un consejo: cuando apuestes, me da igual por una jugada de cartas que por una inversión en un banco o una compañía eléctrica, no te fíes de las apariencias. Y por si acaso, siempre, cuando lances tu apuesta, procura llevar la macha y la porra. Con esas dos cartas, o al menos con una de ellas, jamás perderás.
Sin esperar respuestas, don Julián continuó su camino. Luis miró cómo se alejaba, hasta que se perdió al dar vuelta a una esquina. Jamás olvidó esas palabras.

Cuando don Luis terminó el bachillerato, fue enviado a estudiar Ciencias Económicas a la Universidad de Salamanca. Resultó ser un estudiante brillante. Al obtener su licenciatura, volvió a la ciudad, para, poco a poco, ir haciéndose cargo de los negocios familiares. Ese fue el comienzo de su crecimiento como prohombre ciudadano. Al principio, eran preguntas sueltas, al vuelo, sin importancia, ¿qué compro don Luis, bancos o eléctricas? Después, se fue institucionalizando la charla de la tarde en “El Rincón de Camagüey”, una vez cerrada la bolsa, momento en el que don Luis peroraba acerca de lo ocurrido, y de lo que pasaría después. Como sus comentarios solían ser acertados, y la gente ganaba dinero con las inversiones que hacía a raíz de los mismos, el gentío iba aumentando en el café, al punto de que llegó un momento que don Arturo tuvo que pedir a don Luis que cesará en los mismos, pues se le colapsaba el establecimiento, y para más inri de gente que no consumía.

A don Anacleto Balín y Puertas, director de “El Ciudadano Cabal”, se le ocurrió la solución: invitó a escribir una columna diaria, de lunes a sábado, en el periódico a don Luis, debidamente remunerada, de manera que toda la población tuviese acceso rápido y económico a los mismos. Así lo hicieron, pero no resultó ser la solución deseada. Cierto es que las ventas experimentaron un aumento, pero lo que de verdad creció fue el tumulto en “El Rincón de Camagüey”, pues entraba la turba en busca del periódico, con malos modos, peores gestos e irreproducibles palabras. Llegaron las cosas a tal punto que tuvo que requerir don Arturo la presencia de la Policía Municipal para despejar el local.

Cesó la colaboración entre don Luis y el periódico. El Alcalde, preocupado por la situación, habilitó una segunda opción: todas las tardes, a las seis en punto, don Luis acudiría a la Biblioteca Municipal, donde explicaría los avatares del día. Eso sí, el público que quisiera acceder a la charla, tendría que depositar una peseta en la hucha colocada a la entrada, y la recaudación iría a parar a la asociación de las “Damas Cristianas”, que lo emplearían en mejor socorrer a las mujeres más necesitadas. La cosa funcionó varios días, pero al quinto o sexto, una turba se presentó en la Biblioteca, arremetió de manera coordinada contra la puerta, llevándose por delante el mostrador, la hucha, las mesas, los libros que encontraron a su alcance, y alguno hasta aprovechó para dar varios sopapos que tenía atrasados a alguno de los presentes. Incluso a doña Blanca de la Puerta y Cudillero, Presidenta de la asociación, y que allí estaba custodiando la hucha, le desapareció su collar de perlas, y uno de sus zapatos.
Don Luis quedó desolado. Concluyó que no volvería a dar charlas, ni a intentar participar a sus conciudadanos consejo alguno, pues había quedado patente que no estaban preparados para comportarse como los cánones de la educación y el civismo exigían. Las tardes siguientes, la ciudad quedó como silenciosa. Cuando daban la seis en punto, y don Luis no arrancaba su parlamento, pareciera que la noche llegaba de repente. Unos la tomaron con don Arturo, cuyo café sufrió la rotura de varias lunas, otros lo hicieron con el Alcalde, al que abuchearon en el pleno municipal, y llamaron a coro incapaz e inútil. Incluso miraban mal a su esposa cuando esta acudía la mercado a hacer la compra. El vaso de agua que hizo rebosar el vaso, en cualquier caso, ocurrió una tarde de jueves, en que las “Damas Cristianas”, acudían a las riberas del río, para llevar su auxilio semanal a las mujeres que malvivían en aquellas orillas. Cuando aparecieron, un grupo numeroso de personas se abalanzó sobre ellas. Les quitaron la comida, la ropa, las medicinas…para empezar. Después, les hicieron desprenderse de sus efectos personales, y les condujeron a una de las chabolas, donde les comunicaron que estaban secuestradas, y que no les liberarían hasta obtener el correspondiente rescate: cinco mil pesetas.
El secuestrador jefe, Matías de las Calzadas, envió a un chaval del arrabal, a comunicar la situación al Alcalde.
-Buenas tardes, Sr. Alcalde. Que de parte de Matías, que las “Damas Cristianas” están secuestradas, y que no las sueltan hasta que cobren un rescate de cinco mil pesetas.
-¿Pero tú quién eres? ¿De dónde vienes?
-Soy Jenaro, el hijo de la Tomasa, la lavandera.

Rápidamente, el Alcalde avisó al Sargento Manzanares, para que se dirigiera con todos sus hombres al río, y a la vez que diera aviso al Coronel Escalona, para que igualmente tomará las medidas oportunas.
Llegaron al río. Matías, al ver el despliegue, se achicó un tanto. El Coronel Escalona se puso al frente.
-Buenas tardes, libere inmediatamente a las mujeres. En caso contrario, lo haremos nosotros, y aténganse a las consecuencias.
-Queremos cinco mil pesetas, y si no nos las dan, matamos a la mujeres. Luego ya, igual nos da todo.

Mientras se producía esta conversación, los guardias del Coronel habían rodeado la chabola en la que se encontraban las secuestradas. A una señal convenida, accedieron a la misma, tras hacer sonar una traca de petardos. Allí estaban las secuestradas, apiñadas en un rincón, y dos hombres custodiándolas. Fueron todos detenidos y llevados presos. Tres días después se celebró el juicio. A la pregunta del Magistrado de los motivos que les habían llevado a ejecutar esa acción, Matías respondió que era únicamente el deseo de tener dinero para invertir ellos también en bolsa, y hacerse ricos sin trabajar, como gran parte de la población de la ciudad. Dijo más, el plan inicial era secuestrar a don Luis, de manera que solo a ellos les dijese en qué valores había que invertir, pero ante la dificultad encontrada en su captura, optaron por hacerlo con las “Damas Cristianas”, en su visita habitual de los jueves. Fueron condenados a prisión, si bien desde su interior pidieron que don Luis diera una charla semanal a los presos acerca de los valores en los que había que invertir. El director de la cárcel se negó en redondo, y el asunto quedó en el olvido.

El caso es que la fiebre inversora se apoderó de la ciudad. No se hablaba de otra cosa. Las tertulias de los jubilados cambiaron sus hábitos, y los cotilleos sobre el vecindario dieron paso a sesudas pláticas sobres bancos, eléctricas, compañías de seguros, empresas de alimentación, el mercado mundial del trigo, el petróleo…la actividad en el “Banco Español del Ahorro Popular” se incrementó de manera exponencial. No daban abasto para atender todas las peticiones de compra y venta de los clientes. El Director Regional, asombrado, giró una visita a la sucursal, y acordó con Leopoldo dos medidas: una, la contratación urgente de personal con conocimientos de bolsa e inversiones, capaces de satisfacer la demanda de la clientela. La segunda, ofrecer a don Luis el puesto de Asesor de Inversiones, con remuneración a convenir, y con un equipo de analistas a su cargo, si así lo demandaba. Ambas tareas fueron complicadas. No había en la ciudad personas con el perfil deseado, por lo que hubo que trasladarlas desde Valladolid y Salamanca, lo que supuso un aumento importante en los costes. Cuando don Leopoldo pretendió cobrar más por el servicio, la revuelta fue monumental. Los clientes ocuparon el banco una mañana, se amotinaron dentro, y exigieron la cabeza de don Leopoldo, que estaba aterrado en el interior de su despacho. Cruzó varios muebles detrás de la puerta, para impedir el acceso de la turba, que amenazaba con prender fuero al establecimiento si don Leopoldo no se entregaba a la multitud. El Alcalde se declaró incapaz de atemperar los ánimos, por lo que el Coronel Escalona se hizo cargo de la situación. Entabló negociación con los amotinados, a los que prometió dejar salir sin detenciones ni represalias, pero estos, dirigidos por doña Maruja, no estaban dispuestos a ceder ni un ápice. Los gritos atronaban en toda la plaza: “Leopoldo, ladrón, no pagamos comisión”,”Leopoldo, ladrón, queremos nuestra inversión”, “Leopoldo, chapucero, queremos nuestro dinero”,”Leopoldo, ladrón, hoy vas al pilón”. Hizo su aparición el Director Regional, que micrófono en mano, anunció a los presentes que no se llevaría a efecto el aumento de comisiones pretendido, por lo que rogaba a los amotinados que abandonaran el encierro. Entonces, desde el interior del banco, pidieron un megáfono. Contestó doña Maruja:
-”Queridos conciudadanos: don Leopoldo, respetado siempre y querido por muchos, ha traicionado nuestra confianza, y nos ha querido subir las comisiones por tramitar nuestras inversiones. Malo es que se haya querido quedar con nuestro dinero, pero peor es la traición que pretendía. No confiamos ya en él. Exigimos de las autoridades que se haga justicia con él como siempre se ha hecho en esta ciudad: arrojándole al pilón de la Plaza”. La multitud, la de dentro y la de fuera, se vino arriba. Todos gritaron al unísono: al pilón, al pilón, al pilón…La cosa pintaba muy mal. Los guardias, muchos de los cuales llevaban unos meses complementando su salario con las compras y ventas que aconsejaba don Luis, también se vieron con ganas de cantar, pero los pudo la disciplina.
El Coronel Escalona contactó con el Ministerio. El Ministro se alarmó. Había elecciones a la vuelta del verano, y solo faltaba que un escándalo perjudicara al partido y a su persona. Las órdenes fueron tajantes: paciencia, comprensión, manga ancha, si un director de banco de provincias tenía que ir al pilón, pues que fuese…ya se cansarán los manifestantes, y se irán volviendo a su casa y a sus ocupaciones.

El asunto parecía no tener salida, cuando don Luis tuvo a bien acercarse por el lugar. En los alrededores, ya se había formado otro numeroso grupo de espectadores, que aprovechando la situación, se unieron al coro de los ocupantes del banco, y siguieron sus consignas y cánticos. Por si acaso, el Alcalde ordenó vaciar de agua el pilón central de la Plaza, y que el lugar fuese custodiado por los guardias. Al ver lo que ocurría, los agrupados en una de las esquinas, comenzaron a gritar: “alcalde, bribón, no vacíes el pilón”, “si el pilón está vacío, os tiraremos al río”…y otras coplillas de peor gusto.
Al ver llegar a don Luis, el Alcalde le pidió opinión. Se reunieron en un aparte los dos caballeros, más el Gobernador Civil, y el Coronel Escalona, que hacía las veces de Gobernador Militar. Esto dijo don Luis: “Señores, desde mi punto de vista, aquí solo queda una solución: como primera medida, que el Director Regional dé pública palabra de que no se subirán ni un céntimo las comisiones por operaciones de inversión, y en segundo lugar, y como muestra de buena voluntad, el Banco ha decidido regalar tres acciones a cada uno de los clientes que, a día de ayer, hubiera realizado operaciones de inversión en el último año.”
El Gobernador Civil transmitió las medidas al ministerio. El Sr. Ministro hizo lo propio con el Presidente del Banco, que se opuso.
-Pero vamos a ver, ¿de cuántas acciones estamos hablando?, preguntó el Ministro.
-Pues yo calculo que pueden ser unas treinta mil, contestó don Luis. Dígale al Presidente que si ha mirado últimamente los peligrosos niveles de autocartera que tiene, hay que desprenderse de parte de ella, aunque sea regalando acciones.

Efectivamente, el Banco había tenido que estar comprando acciones en el mercado, pues la cotización caía tras una fuerte oleada de ventas, entre otras cosas porque expertos como don Luis no veían claro el momento por el que atravesaba la entidad. Aceptó el Presidente del banco la propuesta. El Ministro se lo transmitió al Gobernador Civil, y este, micrófono en mano, anunció la buena nueva a la multitud:”Queridos convecinos, tras una eficacísima intervención del Sr. Ministro de la Gobernación ante el Presidente del Banco Español del Ahorro Popular, puedo anunciar dos cosas: la primera es que no se producirá ningún aumento en los costes de operar con inversiones, y la segunda es que, como desagravio, el banco tiene a bien regalar tres acciones a cada uno de los inversores”.

La reacción de alborozo fue inmediata. Los abrazos y las risas se sucedían entre los ocupantes del banco. Habían triunfado. Por una vez, el poderoso no se salía con la suya. Cuando decidieron salir del local, el grito de la multitud fue unánime: “Maruja alcaldesa, maruja alcaldesa”, lo cual, evidentemente, preocupó, y mucho al Sr. Alcalde.
El otro gran preocupado fue el Coronel Escalona, el cual temió que, en adelante, la gente hubiera tomado nota de que con determinados métodos se podían obtener réditos.

Al día siguiente, tanto el Director Regional como don Leopoldo fueron llamados a Madrid, para que dieran explicaciones acerca de los motivos por los que se había llegado a esa situación. Ambos vinieron a culpar a don Luis, que según ellos soliviantaba a los clientes, y al público en general, con sus disertaciones sobre todo ese mundo hasta entonces desconocido en la ciudad de inversiones en cosas extrañas. Lo que había que hacer era intentar volver a la cuenta corriente y a la libreta de ahorro, y al depósito a plazo fijo. El Presidente tomó una decisión: había que contratar una campaña de prensa, en el periódico local, atacando todas esas sandeces de las inversiones en cosas extrañas. Dicho y hecho. Don Anacleto Balín, director de “El Ciudadano Cabal”, no podía creer lo que oía. Nada menos que una campaña de veinte días, a una página completa diaria, en la que supuestos expertos desalentarían esas inversiones, y propugnarían la vuelta a la tradición, a lo que había sido la operativa bancaria de toda la vida.

A don Luis la campaña le pareció, además de alejada de la realidad, de una deslealtad mayúscula. Él que había solucionado la toma de la oficina del banco, que le habían ofrecido un puesto de trabajo en la entidad, que desde niño era cliente, que había dado a ganar muchos miles de pesetas a la institución con los consejos dados a los vecinos, ahora se veía traicionado.
Sin embargo, su estado de ánimo cambió de inmediato; al momento, todo el mundo desconfió de la campaña, e hicieron cola para pedir consejo a don Luis. El primero que se excusó fue don Anacleto Balín y Puertas, director de “El Ciudadano Cabal”.
-Usted me comprenderá, don Luis, pero el periódico tiene que vivir. La campaña nos ha salvado en un momento, que por cierto son así casi todos, de máxima necesidad. He podido comprar un traje nuevo, y un par de camisas.
-Le entiendo, don Anacleto. La cuchara con la que se come, es la cuchara con la que se come.
-Se lo agradezco, don Luis. Ya sabe que tiene abiertas las páginas del periódico, y que cuando lo desee, puede volver a publicar sus consejos en la página de economía.

Don Arturo también le ofreció el Salón Azul de “El Rincón de Camagüey”, para que disertara sobre sus inversiones. Además, los dos podían ganar dinero. Don Arturo incrementaría el precio de cada consumición en cincuenta céntimos, que irían integras al bolsillo de don Luis. La ventaja de nuestro hombre es que su fortuna era grande, cada día más grande, por lo que podía permitirse el lujo de no hacer nada por dinero, prácticamente lo contrario que la inmensa mayoría de la población mundial. No dijo que no don Luis a don Arturo, y las charlas se comenzaron a producir, con periodicidad diaria, de lunes a jueves, en el Salón Azul. El llenazo de un día superaba al del día anterior. Sin embargo, a don Luis se le planteó un problema. No quería trabajar con “El Banco Español del Ahorro Popular”, por lo que hubo de contactar con diferentes instituciones crediticias, instaladas en Valladolid, Salamanca, e incluso en Madrid y Barcelona, que le nombraron agente. En la primera planta del Palacio San Luis Potosí, don Luis organizó su oficina. Cada día, venían representantes de los más importantes bancos del país, de las más grandes empresas, pidiendo el favor de don Luis y de los inversores, a los que agasajaban con regalos y prebendas de todo tipo. El negocio de “El Banco Español del Ahorro Popular” descendió de manera dramática, al punto de que el Presidente del mismo en persona pidió ser recibido por don Luis.
-Gracias por recibirme, don Luis. Voy directamente al grano: el negocio ha caído de manera dramática en la oficina local de nuestro banco. ¿Qué quiere que hagamos para que vuelva a trabajar con nosotros?
-Sepa usted que yo no lo volveré a hacer, excepto para mantener mi cuenta corriente. El resto, vista la campaña de prensa, ya veo que no les interesa. Con respecto a todos aquellos que me piden consejo, nada puedo hacer. Cada cual trabaja con el banco que quiere.
-Eso es solo la teoría. La verdad es que todos le siguen a pies juntillas.
-Muy bien. Entonces, vamos a hacer varias cosas: su banco va a patrocinar mi columna diaria sobre inversiones en “El Ciudadano Cabal”, además de incluir una campaña, de treinta días de duración, hablando de la vieja y la nueva banca, y del horizonte que se le abre a los inversores con los nuevos sistemas de comunicación y transmisión de noticias y bienes. La tercera, si quiere puedo ser su agente, no exclusivo, en esta ciudad, y cuando así lo determinemos, el cliente y yo, le canalizaremos aquellas operaciones para las que les creamos mejor situados que la competencia.
-Muy bien, tomo nota de todo. Y encargo al gabinete jurídico que prepare todas la documentación.
-Ahh, un último detalle. Pondrá un empleado de su banco, por supuesto a su costa, a mi entera disposición, para las idas y venidas, ya sabe.

El centro de gravedad de la ciudad cambió. De ser la Plaza el epicentro de la actividad, se trasladó esta a la Calle Imperial, en la que se hallaba el Palacio San Luis Potosí. Esto lo agradeció sobremanera el “Hotel Imperial”, y lo acusó “El Rincón de Camagüey”, que vio disminuir por las mañanas su actividad de manera drástica.
Fueron los momentos de esplendor de “Inversiones Planetarias, S.L.”, que llegó a tener una veintena de empleados, y realizaba cientos de operaciones cada día.
Una mañana de primavera, ya fallecidos los progenitores de don Luis, y sin previo aviso, manifestó este su voluntad de tomarse unas vacaciones, y visitar México, y los lugares donde nació y pasó sus primeros años. El pánico se apoderó de la ciudad. ¿Qué iba a pasar con las inversiones?¿quién iba a ser ahora su consejero? Pretendió el bueno de don Luis delegar en tres de sus más aventajados discípulos, un joven de Barcelona que se había licenciado en Economía en la Universidad Central de la ciudad condal, un segundo, gallego, que había estudiado en Santiago de Compostela, y un tercero, madrileño, que tenía estudios en Londres. Tres meses estuvo con ellos, dándoles consejos, claves, fórmulas, maneras…y a mediados de Septiembre, don Luis se marchó con viento fresco en dirección a Gijón, donde tomaría un barco con destino a La Habana y Veracruz.
Los tres discípulos hicieron lo que pudieron, y aunque técnicamente eran muy buenos, carecían del aura y del ascendente con los clientes de don Luis. Poco a poco, unos y otros fueron deshaciendo sus inversiones, y volviendo a la libreta de ahorro y al depósito a plazo fijo. Como mucho, alguna acción bancaria, o eléctrica…poca cosa más.
Pasó entonces su cuenta un ya envejecido don Leopoldo, aunque para él ya era demasiado tarde. -No se fíe, don Leopoldo, que cualquier día vuelve don Luis, se pone otra vez al frente de la oficina, y tenemos que soportar un nuevo motín, le decía don Severiano, el Interventor. -No me fío, don Severiano, porque ya no tengo fuerzas. Solo espero que me llegue la jubilación, y unirme a los jubilados de la plaza, y participar de sus chismes, y de sus dimes y diretes, y lo mismo, si llega el caso, soy yo uno de los ocupantes del banco, y encerramos al director en su despacho y gritamos alto y claro que nuestra principal demanda es arrojarle al pilón.

Diez, o doce, o quince años después, los cálculos difieren según quien los haga, llegó a la puerta principal del “Hotel Imperial”, un lujoso automóvil, de color negro, del que se apeó don Luis. Nadie le conoció.
-Buenos días, querría una suite.
-Muy bien, respondió don Osvaldo. Si me permite su identificación.
-Aquí está.
-Pero, no me diga que es usted don Luis Demetrio del Alba y Urbina. Perdone que no le haya conocido.
-No se preocupe, la vejez me vino de repente, y desde ese momento, muchos que me abrazaban el día anterior, dejaron de conocerme el día siguiente.
-Bueno, mientras le preparan la suite, y si le parece, pasemos al reservado, y charlemos un rato. ¿Qué tal le ha ido todos estos años por esos mundos de Dios?
-Pues depende de cómo se mire. Desde un punto de vista económico, el dinero ha seguido entrando en mis cuentas como lo ha hecho toda la vida. Desde un punto de vista sentimental, un desastre. Se me ocurrió ir a juntarme con una señorona de Guadalajara, viuda de un acaudalado banquero, por desterrar aquello de que venían a por mi dinero, ni yo a por el suyo. Una calamidad. Órdenes, más órdenes, compromisos, reuniones, cócteles, entrevistas, visitas, comidas, cenas, ágapes, veraneos, presentaciones, puestas de largo, funerales…una buena mañana, sin decir adiós, cogí un automóvil y salí hacia el norte. No paré hasta Corpus Christi, en Tejas, desde donde un barco me llevó a La Habana. Pero no me gustaron ni el clima, ni el acento de la gente, así que tomé otro barco, y me presenté en Montevideo, en el Uruguay. Allí viví unos años plácidos en Punta del Este, hasta que un día me cansé. Y decidí regresar, y aquí estoy.
-¿Y viene dispuesto a reanudar su actividad mercantil, o ya piensa nada más que en descansar?
-Nunca me acostumbré a solo descansar. Pero ahora lo he pensado mejor. Ya me limitaré a dar una charla, cada tarde, con mis consejos. Y ahí me quedaré.
-Pues no se hable más, si desea el Salón Emperador para dar las mismas, sabe que lo tiene a su entera disposición.
-Muy bien, resérvelo los lunes y los miércoles. Los martes y los jueves charlaré en “El Rincón de Camagüey”, siento que le debo una a don Arturo, desde los tiempos en que instalé mi oficina en el Palacio San Luis Potosí, y le disminuyó tanto la clientela.
-¿Piensa volver a instalarse en el palacio?
-Si, primero habrá que ponerlo al día, contratar el servicio correspondiente, y ahí me instalaré, mientras pueda.

Volvió la fiebre inversora. “El Ciudadano Cabal” dio la noticia de la vuelta de don Luis, acrecentando hasta límites insospechados la figura y la obra de don Luis. Los llenazos volvieron a ser impresionantes. Don Leopoldo Cogolludo pidió la jubilación del banco, que le fue concedida, y se unió a las huestes de doña Maruja. La ciudad pareció retroceder diez, doce, quince años atrás…solo que esta vez no se ocupó el banco, ni la fiebre inversora se desató con la misma furia, posiblemente porque a don Luis ya no le daba el resuello para más.
Unos meses después, el ama de llaves le encontró cadáver, al llevarle el desayuno por la mañana.

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