EL GRAFÓLOGO DEL DEPARTAMENTO DE CRÉDITOS. Capítulo 9. La selección de personal

Terminadas las obras de acondicionamiento de la que sería la oficina del “Old Europe Bank”, se marcharon el ingeniero y los trabajadores. Se llevó aquel una importante brecha, que necesitó ocho puntos de sutura, por lo que al marchar juró solemnemente que nunca volvería por aquella ciudad de gente montaraz y asilvestrada.
A la vez que unos marchaban, llegaron a la ciudad otros empleados del banco, en esta ocasión los encargados de la selección de personal. El equipo estaba compuesto por tres personas: el jefe, don Indalecio de los Rosales, un señor ya en la sesentena, agradable, educado, atento, chapado a la antigua, de verbo fluído y florido, que ponía la cara amable y bonachona de la institución, a la que pertenecía desde hacía treinta y cinco años, y con la que había progresado profesionalmente, en un tiempo en el que el paternalismo era moneda de uso corriente, aspecto este que últimamente iba quedando relegado a un lugar secundario, casi se podría decir que inexistente.
Le acompañaba Purita Cuevas, psicóloga de profesión, y que había realizado un máster de relaciones laborales en la Universidad del Sur de Kentucky, dominaba idiomas e iba directamente al grano. Siempre ponía por delante una sonrisa forzada, tan poco natural que no colaba, y tenía tendencia a provocar rechazo en su interlocutor. A pesar de estar ya en la treintena larga, no tenía pareja, pues daba prioridad a su carrera profesional, desplegando jornadas agotadoras de doce o más horas. Había asimilado muy rápidamente las costumbres anglófilas, entre otras peores la de comer un sandwich en el puesto de trabajo, lo que no contribuía a aumentar la camaradería con sus compañeros de trabajo. Por último, formaba parte de la comitiva Felipe Huertecilla, administrativo, que lamentaba la mala suerte de haber sido incluido en la expedición, ya que le obligaba a perderse sus partidas de mus de las tardes con los amigos en el bar del barrio, única afición conocida que tenía.
Una vez acomodados en el “Hotel Imperial”, y acompañados del Sr. Alcalde y del Sargento Benítez, en prevención de contratiempos, se dirigieron a la oficina del banco, en la que tomaron posiciones. Don Indalecio ocupó el despacho del director, la Srta. Cuevas hizo lo propio con la coqueta sala de reuniones, y Huertecilla se sentó en la primera mesa que vio libre, lo más alejado posible de los otros dos.

Se corrió la voz de que comenzaba el proceso de admisión de solicitudes en el “Old Europe Bank”. Se formó una larguísima cola. Algunos aguardaron su turno con una cierta esperanza de ser contratados, mientras otros ocuparon un puesto para hacer bulto, pensando que en esto de un empleo es posible que suene la flauta.
Para el puesto de director, presentó sus credenciales Francisco “Pituco” Herrerías, un buen mozo en el comienzo de la treintena, sobrino de doña Carmelita Arredondo, una señorita muy comedida siempre, que jamás despertó excesivo entusiasmo en el sexo opuesto, y a la que se le fue pasando el tiempo entre síes a medias, noes rotundos y quizases. Ya en esa tesitura, resultó heredera universal de un tío-abuelo emigrante a México, viéndose de la noche a la mañana convertida en potentada rentista, objeto de pensamientos y algún que otro comentario de compañeros de juventud que pusieron su interés en otras damas de la ciudad con bastantes menos posibles. Queda acreditado, apostilló un entonces joven Villalpando, que la belleza no está en el exterior, y que ese oscuro objeto de deseo es, ni más ni menos, que el haber de un cuenta bancaria con muchos dígitos.
Tiempo después, hubo una explosión de gas en casa de “Pituca”, que se encontraba en el colegio. La misma se llevó por delante a sus padres. El adolescente pasó a depender de su tía, que se entregó al muchacho en cuerpo y alma. Terminado el bachillerato, fue enviado a estudiar Ciencias Económicas a Valladolid, resultando que le gustaban las fórmulas y las teorías de esa especialidad, por lo que obtuvo la licenciatura de manera brillante. Regresó a la ciudad, y para celebrar la conclusión de sus estudios universitarios, le regaló doña Carmelita un Fiat Topolino. A la vez, inauguró despacho en una de las habitaciones de su espléndida vivienda, y contrató un anuncio diario en “El Ciudadano Cabal”, que decía: “Don Francisco Herrerías, Licenciado en Ciencias Económicas. Asesor Financiero. Calle del Alba, 4. Teléfono 48”. Obviamente, la primera fortuna que pasó a administrar fue la de su tía, lo que dio paso a que otros adinerados de la ciudad le fueran confiando sus ahorros.
A la vez, se ganó el joven, dicho sea que de forma merecida, fama de conquistador, si bien siempre fue Pituco un caballero, y jamás hizo ostentación de sus devaneos ni dejó a ninguna dama a los pies de los caballos.
Ahora, había llegado a la conclusión de que no sería mala idea ser el director de un banco europeo de prestigio, incluso con aspiraciones de abandonar la ciudad, y volar hacia otras metas de mayor enjundia. Además, nada le impedía seguir con su actual actividad, por si las cosas se le daban mal como empleado por cuenta ajena y había que volver a los orígenes.
Se presentó el joven a las once en punto de la mañana en el banco. Fue recibido por Huertecilla, que le hizo pasar a la sala de reuniones. Entró el candidato con paso decidido y una sonrisa de galán de cine en los labios. Al verle, la Srta. Cuevas sufrió un shock, un calambrazo, una descarga eléctrica que le erizó los cabellos, le recorrió la columna vertebral de arriba abajo, y vuelta de abajo arriba, coloreó de rojo sus mejillas, se quedó sin habla y las manos le sudaron como nunca antes lo habían hecho. Todos sus estudios de psicología y su máster en la universidad americana no valieron para nada, desaparecieron de golpe y porrazo. Huertecillas intervino:
-¿un vasito de agua, Purita?
No respondió. Allí estaba él: pantalones grises, chaqueta cruzada azul marino, camisa blanca con gemelos, corbata lisa color burdeos, a juego con los zapatos, y repeinado, muy repeinado. Extendió su mano derecha, cogió la de Purita, la levantó y posó sobre ella, sin llegar a tocarla, un delicioso beso.
-Puede retirarse, Huertecilla, dijo la psicóloga.
Salió el administrativo, cerrando la puerta tras él. Allí permaneció la pareja por espacio de sesenta minutos. Se marchó Pituco con la misma sonrisa con la que había entrado, con Purita traspasada por la misma; por primera vez en su vida miró el reloj varias decenas de veces y se marchó corriendo de la oficina a la hora en punto, con rumbo desconocido.
-Respire Huertecilla, le dijo don Indalecio, que creo que ese caballero nos ha quitado a Purita de en medio. Dios le bendiga. Por cierto, ¿usted sabe jugar al mus? Pues vamos al café, a ver si hubiera otra pareja a nuestra altura.
Llegadas las nueve de la noche, don Inocencio y Huertecilla se presentaron a cenar en el “Hotel Imperial”. No acudió a la cita la Srta. Cuevas, lo que intranquilizó a su jefe, pues conocía de sobra las costumbres, tan rutinarias, de Purita.
-No se preocupe don Inocencio, dijo Huertecilla. Seguro que está con el candidato a director, tomando algo.
-No sé si debiera poner sobre aviso. Por otra parte, es mayorcita, y ella sabrá lo que hace y a qué hora quiere volver al hotel, o incluso no volver.

Ya amanecía cuando el ruido de un motor de automóvil llamó la atención de don Inocencio. Corrió con delicadeza la cortina del balcón de su habitación, y dirigió su mirada hacia la puerta principal del hotel. Del vehículo descendió, con prisas, Purita, que entró a la carrera en el establecimiento. Sonrió don Inocencio, que volvió a la cama, a seguir leyendo a Nietzche, del que era un gran estudioso y especialista, y al que dedicaba sus largas noches de insomnio.
A las ocho en punto de la mañana, los tres bancarios se encontraron en el comedor del “Hotel Imperial”, para proceder a desayunar y, a instancias de don Inocencio, repasar la agenda del día que comenzaba.
-Don Inocencio, habló Purita, creo que tenemos al director ideal. Un joven licenciado en ciencias económicas, y que gestiona desde hace años los patrimonios de personas relevantes de la plaza.
-¿Y no tiene experiencia en banca? ¿sabe algo de banca comercial?, preguntó don Inocencio.
-No, pero puede ponerse al día en muy breve plazo. Es un joven muy despierto, encantador, apuntó Purita.
-Yo me inclino más por el actual subdirector del “Banco Español del Ahorro Popular”. Conoce el negocio y la plaza, y sabe que hasta que no se jubile el actual director tiene el ascenso vedado.
A Purita la negativa le sentó a cuerno quemado, pues vio que por mucho máster y mucha modernidad de la que presumía el banco, a la hora de la verdad hacía gala de su nombre, y la vieja guardia seguía imponiendo sus ideas.
Esa noche volvió a reunirse con “Pituco”, al que puso al día de las novedades y de su disgusto. El joven, que siempre había hecho gala de un pronto atrevido, la convenció:
-Pues los mandas a hacer puñetas. Pides la cuenta, te estableces en esta ciudad, abres despacho, que en la actualidad no ejerce ningún psicólogo, y entre lo loco que está aquí el personal, más el colegio de las esclavas, y otras cosillas, vives como una reina, y respetada por todos, y querida por aquellos a los que soluciones sus problemas. Y al “Old Europe Bank”, ni agua. Yo por mi parte, ya me han visto.
A la mañana siguiente, Purita le comunicó a don Ildefonso que presentaba su dimisión.
-Vuelvo a Madrid ahora mismo, pido la cuenta y me voy.
-Pero Srta. Cuevas, piénselo bien, no se deje llevar por un impulso.
-Más que impulso, un calentón, le dijo en un aparte Huertecilla a su jefe, que se limitó a sonreír de manera disimulada.
El caso es que el camino quedó expedito para el candidato de don Ildefonso, que llegó a un acuerdo para cambiar de empresa sin demasiadas discusiones. Únicamente solicitó que una persona le acompañara en la aventura:
-Me gustaría, don Ildefonso, que se le hiciese una oferta a Ginés Cienfuegos, que se ocupa del estudio de las operaciones de préstamo y crédito de la oficina, y que tiene un método infalible para detectar las operaciones malas.
-No se preocupe por eso. El “Old Europe Bank” dispone de un método de análisis de operaciones, patentado y exportado a multitud de países e instituciones bancarias, incluidos los Estados Unidos de América, y que es uno de los orgullos de esta casa.

Se contrató al resto del personal. Hubo sus más y sus menos entre los escogidos y los rechazados, pero el caso es que se anunció que con fecha 1 de Octubre, se procedería a una inauguración por todo lo alto de la oficina bancaria.

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