LA ITALIANA DE ANTÓN MARTÍN . Capítulo 1: El viaje

Corría el otoño de mediados de los cuarenta, cuando Aldo recibió una solicitud de la fábrica de mármoles y granitos de su ciudad: trasportar un pedido de un cliente español, hasta la ciudad de El Escorial, cercana a Madrid, concretamente a una obra pública que allí se estaba realizando. En total, tres mil kilogramos de peso, por lo que su camión, que podía cargar hasta cinco mil, podría realizar el viaje sin demasiados agobios y a una velocidad de crucero normal.
Aldo, recién casado, consultó el asunto con su esposa, Lia, a la que la idea de abandonar por unas semanas su pueblo natal, y salir a recorrer mundo, le pareció una bendición del cielo. Así pues, aceptaron el porte. El dinero no fue problema, ya que debido a las circunstancias por la que estaba atravesando Europa, los españoles aceptaron pagar por anticipado, con el compromiso de la Embajada de Italia en Madrid del buen fin de la operación.
El catorce de octubre fue cargado el camión, que quedó dispuesto para emprender viaje a la mañana siguiente. La despedida, celebrada aquella tarde, fue apoteósica, inolvidable. Se merendó opíparamente, se bebió más de la cuenta en algunos casos, se produjeron abrazos, lloros, se sucedieron los consejos, las advertencias y las recomendaciones para afrontar el viaje, nada menos que hasta España, teniendo que recorrer gran parte de Italia y luego atravesar Francia, eso sí, por la costa mediterránea, alejados de esa Francia norteña y fría, de pelo rubio y ojos azules, tan lejana de la meridional península italiana, morena y gestual, chillona y callejera.
Cuando por fin, ya de noche, Aldo y Lia quedaron solos, agradecieron el silencio. Sacó al pasillo Lia la maleta que había preparado con esmero, de un tamaño que hacía difícil su introducción en la cabina del camión, un Fiat 626 NM, y que Aldo había adquirido al finalizar la Segunda Guerra Mundial.
El quince de octubre, a las ocho en punto de la mañana, partieron rumbo a lo desconocido, sonrientes y enamorados, dichosos ambos de iniciar aquella aventura que los tendría un mes dando tumbos por las maltrechas carreteras europeas.
Por fin una tarde, que ya desembocaba en noche, allá por el veintidós de Octubre, apareció la frontera de Port Bou, en la provincia de Gerona. Al llegar a la misma, el guardia de servicio le dio el alto. Mostró entonces Aldo la documentación oficial que portaba, por lo que rápidamente, un vehículo del cuerpo, al mando de un Sargento, y con una dotación de tres números, comunicaron al chófer italiano que le escoltarían hasta su destino en El Escorial.
Argumentó Aldo la necesidad de cenar y dormir, pues llevaba ya doce horas al volante, por lo que la escolta le invitó a aparcar el camión en el interior del cuartel de la localidad, en el que quedaría debidamente vigilado, y posteriormente podrían dirigirse, él y su esposa, al Hostal Central. Así lo hicieron, quedando citados por el Sargento a las nueve horas del día siguiente, para reanudar la marcha.
Les dieron una habitación del primer piso, con un coqueto balcón y vistas al mar. Ante la insistencia de Lia, después de cenar bajaron hasta la playa, y dieron un largo paseo. Aldo advirtió que un tipo con aspecto inequívoco de policía seguía sus pasos a cierta distancia, pero sin pretender ocultarse. Algo extrañó al chófer, pues conocido de sobra es que en aquellas fechas todas las zonas fronterizas eran un hervidero de idas y venidas de personajes de todo tipo y condición. Volvieron al hotel. Aldo no estaba tranquilo. No podía dejar de pensar en su camión, y en la carga que albergaba, y en si algún desaprensivo no estaría tramando un plan para su robo y desaparición. Lia trataba de que se calmase, haciéndole ver que siempre podría argumentar que él dejó el vehículo dentro de un recinto militar. Con eso se durmieron, queriendo por una parte descansar largamente, y por otra, que la mañana llegara cuanto antes para comprobar que el camión y la carga estaban en orden.
A las ocho en punto de la mañana estaba Aldo lavándose en la jofaina de su habitación.Avisó a Lia cuando terminó, y el procedió entonces a vestirse. Al mirar por la ventana, observó que el mismo tipo que la noche anterior los había seguido por la playa, estaba ahora sentado en el asiento trasero de un turismo aparcado justo enfrente de la puerta principal del hotel. Cuando bajaron al vestíbulo, dispuestos a dirigirse a la cafetería para desayunar, a eso de las ocho treinta, el hotel ya era presa de una actividad febril. Allí se escuchaba español, francés, alemán, inglés, y otros idiomas menos habituales o directamente desconocidos.
Desayunaron. Recogieron sus cosas y fueron hasta la recepción dispuestos a pagar. El recepcionista los comunicó que todo estaba pagado, por parte del Estado español. Este hecho no le gustó demasiado a Aldo, pues sabía que los favores son de ida y vuelta, pero normalmente aumentados, y demandados en el momento más inoportuno. A Lia no le pareció tan mal, pues de repente se encontró con un ingreso extraordinario en la economía familiar, y no estaban los tiempos para despreciar ninguna ayuda.
Salieron del hotel. Allí estaba el Sargento, dispuesto a conducir a Aldo y Lia hasta el cuartel, y proceder al inicio de la marcha. Respiró Aldo al comprobar que todo estaba en orden. Alrededor de su camión, únicamente un grupo de niños y niñas, a los que hubo de subir a la cabina para que comprobaran de primera mano lo que significaba conducir un vehículo de aquellas características. Fue cuestión de unos minutos. A continuación, y siempre con el vehículo de escolta delante, abriendo paso, emprendieron el camino, que los llevaría por Barcelona, Lérida, Zaragoza y Madrid.
Por fin, un veintisiete de Octubre hicieron la entrada en esta última ciudad. Fueron conducidos hasta unos almacenes situados junto la estación de ferrocarril de Atocha, dónde de nuevo quedó el camión custodiado por las fuerzas del orden. Desde allí, los llevaron a la Pensión Antón Martín, en la que podrían descansar para acometer al día siguiente la última etapa de su viaje. Esa noche podrían salir a divertirse, le dijo el Sargento a Aldo, con un gesto entre pícaro y lascivo, como si el Madrid de aquellos días fuera un lugar dado a divertimentos y zarandajas.

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