LOS CUENTOS DEL ENTERRADOR. CAPITULO 13. UN ENTIERRO Y DOS TESTAMENTOS.

-Organización de Entierros Americanos, Buenos días.
-Buenos días, mi padre acaba de fallecer, por lo que le ruego envíe el personal necesario para preparar al difunto para la capilla ardiente. Se encuentra en el depósito del Hospital Privado Atención Médica Singular.
-Le acompaño en el sentimiento. Por favor, dígame el nombre del finado, para no importunarles más adelante con el papeleo.
-Tome nota, por favor: Genaro Benavides de Lhanzagortta.
-En aproximadamente treinta minutos, nuestro personal estará en el hospital para hacerse cargo del cadáver.

No hice más que colgar el teléfono, y poner en marcha toda la maquinaria de O.E.A. Acababa de fallecer, nada más y nada menos, que don Genaro, prohombre de la villa durante más de cincuenta años, desde que con apenas treinta, a la muerte de su progenitor, tuvo que asumir el mando de los negocios familiares, que abarcaban todos los sectores y actividades económicas. Alcanzó su cénit de popularidad don Genaro cuando, siendo Presidente del club de fútbol, y tras lograr el ascenso a segunda división B, tuvo la buena suerte de que el sorteo de la Copa del Rey le emparejó con el Real Madrid, y pudo departir y compartir palco durante ciento ochenta minutos con don Florentino Pérez, espejo en el que se miraba don Genaro, aún a sabiendas de que él nunca jugaría la Champions.
Siempre fue avispado don Genaro, y nunca le hizo caso a los cantos de sirena que le lanzaban desde todas las esquinas para entrar en política. Su único credo era el incremento constante de las ventas, la cuenta de resultados, el beneficio.
Bueno, eso, y la Santa Madre Iglesia, a la que beneficiaba de manera constante y generosa. Inolvidable para la ciudad fue la restauración que afrontó del manto de la Virgen, que dicen data del Siglo XVIII, y que nadie había osado limpiar ni llevar al tinte desde entonces.
El caso es que don Genaro, dadas sus obligaciones, pasaba una semana en su casa, y otra semana fuera, atendiendo sus otros negocios. Y mira que le dijeron veces que, ya que gustaba de ir en coche, contratara a un chófer, que le aliviara los largos trayectos, pero nada, ni siquiera los últimos años accedió a tal requisito, a pesar de que ya ni la vista ni la espalda estaban para muchos kilómetros.

Desempolvó doña Rosita la póliza de don Genaro, que era de categoría primera especial plus, y que además incluía dos claúsulas especiales, a saber: la veinte, que decía que de la masa hereditaria se descontasen los costes inherentes a la celebración de mil misas, un día tras otro, por su descanso eterno y la salvación de su alma, pues muchas habían sido sus debilidades y consiguientes pecados. Y la veintiuna, que decía que en caso de fallecimiento fuera de su ciudad, fueran sus deudos los que decidieran en qué lugar darle tierra.

Marcharon para el tanatorio del Hospital nuestros mejores oficiales, a fin de dejar a don Genaro impecable para su último baño de masas, que dado el personaje, sería multitudinario, grandioso.
A la vez, dimos los últimos retoques al mejor de nuestros vehículos, para que nada fallara en el último viaje de don Genaro. Allá que nos fuimos.
Una vez en el tanatorio, las escenas de dolor de la viuda y los hijos eran desgarradoras. Afortunadamente, no había abierto todavía sus puertas la sala de autoridades al público, ya que doña Justa sufrió varias tentativas de desmayo, al punto que tuvo que desplazarse al mortuorio del médico de guardia, que inyectó alguna pócima milagrosa a la señora que quedó tranquila al instante.
A las 12,00 horas en punto, quedó abierta la capilla ardiente. Estaba el finado impresionante. Habían logrado los técnicos un tono sonrosado que pareciera que don Genaro se iba a levantar en cualquier momento.
Allí se presentaron el Presidente de la Diputación, el Señor Obispo, el Sr. Alcalde con los concejales de su grupo, la oposición con los suyos, el Gobernador Civil, el Militar, el Coronel de la Guardia Civil, el Jefe de la Policía Municipal, los Magistrados de la Audiencia, el Fiscal Jefe, el Presidente de la Asociación de Empresarios locales…y hasta el fotógrafo de la “La Voz Ciudadana”, que solicitó autorización para fotografiar a los presentes.

Todo transcurría con normalidad, como cualquier velatorio, pero hay gentes de escasa educación que todo lo enredan, y no dejan en paz ni a los muertos, mucho menos a los vivos. A eso de la una de la tarde, allí que se presentan las señoritas camareras del Bar “El Trallazo”, con gran turbación de las autoridades presentes, civiles y militares. Pidieron hablar con algún representante cualificado de la familia, pues al parecer había quedado alguna consumición pendiente y ya sabe usted, perdone el. momento, le dijo doña Inés al hijo mayor, que luego se pasa el tiempo y si te he visto no me acuerdo.
-Dígame qué se debe, coja el dinero y desaparezca de aquí a toda velocidad.
-Lo que usted mande, joven. Por cierto, que la Srta. Charito ya ha vuelto de su viaje.

A eso de las dos de la tarde, comenzó el personal a marcharse, pues el hambre comenzaba a apretar y los chistes de velatorio a acabarse.
Llegó la tarde. Quien más quien menos, se había quedado medio adormilado, esperando que pasasen las horas, preguntando confidencialmente si por la noche se cerraba -así lo quiera Dios- o el tanatorio permanecía abierto.
De repente, ruido de fondo. Pasos acelerados. Un grupito de mujeres avanzan con paso decidido hacia la sala que ocupa don Genaro. Sin detenerse, entran en la misma. La comitiva consta de cinco mujeres, una de edad similar al finado, y cuatro muchachas entre la veintena y la treintena. Al ver el panorama, frenan en seco.
-Perdón, ¿ésta es la sala donde reposan los restos de don Genaro Benavides?
-Si, aquí es, respondió Genarín, el hijo mayor de don Genaro. Si me lo permiten, ¿quiénes son ustedes?
-Su esposa y sus hijas.
En ese momento, Genarín se quedó petrificado. A la vez, todos los presentes en la sala interrumpieron sus conversaciones y se giraron hacia el quinteto, con cara de tal sorpresa que la descripción se hace imposible.
-¿Cómo?, logra articular Genarín. Perdone, pero eso no puede ser. Su mujer y sus hijos somos nosotros. Sin duda, se han confundido de cadáver.
-De ninguna manera, contestó la madre, exijo ver a mi marido y una explicación.

Silencio absoluto. Únicamente el sonido de la llama de los candelabros al fondo. Las miradas de los presentes que se clavan en mi persona. Yo, que creía haber visto ya todo lo visible, reconozco que me quedo sin capacidad de reacción.
No se me ocurre más que ordenar que traigan otro sofá, de seis plazas, para que las recién llegadas puedan tomar asiento. Igualmente, varios termos de tila.
Por si acaso, telefoneo al Sargento de la Policía Municipal, para que se persone urgentemente, acompañado de varios guardias.
Las visitantes se aproximan al cadáver por primera vez. Rompen a llorar. ¡Papá, gime la más joven!
Doña Justa que se levanta, y ordena a sus hijos que la sigan. Abandonan el tanatorio. Se dirigen directamente al despacho de su abogado, don Celedonio San Marcos, para que proceda a aclarar el desagradabilísimo incidente a la mayor urgencia.
El fotógrafo de “La Voz Ciudadana” que informa a su director de lo ocurrido, y éste se relame con la primera página de mañana y el relato de lo ocurrido en páginas interiores. No había terminado sus pensamientos, cuando recibe llamada del Sr. Alcalde:
-Manolo, que te veo venir, chitón con lo de don Genaro. Están en el aire tu cargo de cronista oficial de la villa y su sueldo correspondiente.
-Soy una tumba, Sr. Alcalde.
-Qué comprensivo has sido siempre, un abrazo, Manolín.

Don Celedonio San Marcos se hace cargo de la documentación, con la que se dirige al Coronel Sotomayor.
-Buenas tardes, mi Coronel. ¿Podría usted mandar a interrogar a esa señora que se ha presentado en el tanatorio, acompañada de cuatro señoritas, e intentar averiguar el motivo por el que se presentan como esposa e hijas de don Genaro?
-Sin demora, don Celedonio. El papelón vivido en el tanatorio creo que ha sido de órdago.
Se dirige el Coronel personalmente al tanatorio. Pide al encargado que habilite una sala amplia, en la que el grupo quepa cómodamente.
-Buenas tardes, soy el Coronel Sotomayor. Me gustaría que me explicasen con el debido detalle la situación en la que nos encontramos.
-Buenas tardes. Mi nombre es Encarnación Briuega y Lhanzas. Soy la viuda de Genaro Benavides de Lhanzagortta.
-¿Puede saberse cuándo contrajeron ustedes matrimonio?
-El 26 de Abril de 1960, en la Capilla de San Pantaleón, de Altozano de los Llanos.
-Bien, no desconfío de sus palabras, pero comprenderá que me veo en la obligación de corroborar esos datos.
-Corrobore, corrobore. Nunca le voy a perdonar a Genaro el papelón que me está haciendo pasar, a mí y a sus hijas.

A estas alturas, bastante le va a importar a este golfete, piensa el Coronel. Ordena al Capitán Beloso que haga las averiguaciones oportunas; él, zorro viejo tras treinta años de servicio, sabe con total seguridad que los mismos son ciertos.
-Y ya que estamos, Capitán, confirme igualmente la boda con doña Pura.

Dieron las diez de la noche. Se cerró el tanatorio. Doña Encarnación Briuega y sus cuatro hijas se quedaron en la calle. Tomaron un taxi, y se dirigieron al “Hotel de las Ocho Lanzas”, desde el que pudieron contactar con su abogado, que no era otro que don Celedonio San Marcos, que se vio metido en un apuro. Su primer pensamiento fue huir, pero no se lo ocurrió a dónde, por lo que se dirigió en busca de ideas a doña Inés, la gerente del Bar “El Trallazo”, que le ofreció las llaves de su apartamento de Valenca do Miño, pero me temo, le dijo, que no le iba a servir de mucho. Se derrumbó don Celedonio, y le rogó a doña Inés que llamase a su viejo amigo el Coronel Sotomayor, para aclarar definitivamente el entuerto. Acudió el Coronel, acompañado del Capitán Beloso, y con el Sargento secretario para que tomase nota de la declaración. Fueron en vehículo oficial, por lo que recibió la reprimenda de la gerente, pues le había echado la noche a perder.
Comenzó don Celedonio a contar la historia:” Establecieron relaciones don Genaro y doña Pura allá por 1957, todo fue normal. En 1959, recibió don Genaro en herencia unas gasolineras en Almería, propiedad de su tío Ambrosio, que había muerto viudo y sin descendencia; se desplazó pues a aquella ciudad para hacerse cargo del negocio, que funcionaba a las mil maravillas. En uno de los viajes, todavía soltero, mientras cenaba en un restaurante, conoció a doña Encarnación, de la que se enamoró perdidamente, pues puedo asegurar que era una mujer de extraordinaria belleza. A don Genaro lo que le pedía el corazón era abandonar a doña Pura, pero por aquello del qué dirán, la época era la época, no se atrevió. Se anunció la boda para el 26 de Marzo de 1960. A la vez, doña Encarnación le presionaba para casarse o romper la relación, pues no le faltaban pretendientes. No se le ocurrió otra cosa a don Genaro que fijar con ella el enlace para el día 26 de Abril de ese mismo año, en la pequeña Capilla de San Pantaleón, una boda íntima, le dijo, solo con la presencia de los novios y los testigos imprescindibles. He de reconocer que entre esos testigos me encontraba yo mismo. Don Genaro tenía miedo, mucho miedo, de terminar descubierto y entre rejas. A través de algún conocido que tenía en los juzgados, consiguió dos libros de familia, que fue rellenando a su conveniencia, a medida que se iban produciendo variaciones en sus dos familias. Se produjeron los matrimonios canónicos, que nunca fueron inscritos en el registro civil, así como tampoco los nacimientos. Ni doña Pura ni doña Encarnación son esposas, a efectos legales, de don Genaro, ni sus hijos e hijas con ninguna de las dos están reconocidos legalmente. Con el testamento, hizo exactamente igual. Encargó a un amigo impresor que le hiciera copia fidedigna del papel notarial, él mismo redactó el testamento, sellos de rigor, por supuesto falsos, de por medio. Entregó uno a cada mujer, por lo que ambas pensaron que eran, ellas y sus descendientes, las legítimas herederas. Esto no es todo, mi Coronel. Hace aproximadamente diez años, y en uno de los encuentros regulares que mantenía don Genaro con la gerente de este establecimiento, quedó ésta embarazada. A su debido tiempo, nació un niño, de nombre Lorenzo, ese chaval del que tanto se ha hablado en la ciudad, intentando averiguar quién sería su padre. Pues ya ha aparecido, aunque se podían haber evitado muchas discusiones con que hubieran acudido al registro civil, pues Lorenzito si está debidamente inscrito en él mismo, reconocido por don Genaro. Así pues, salvo otras circunstancias por mí desconocidas, éste es el único y legítimo heredero del muerto”.

Trasladó la declaración el Coronel al Juez de Guardia, que ordenó la paralización del entierro y citó en el juzgado, de manera urgente, a todas las partes implicadas. En sede judicial, leyó el Sargento lo declarado por don Celedonio. Nadie abrió la boca. Confirmó el Juez la inexistencia de testamento, por lo que siendo Lorenzito el único descendiente legalmente reconocido, fue declarado heredero universal. Al ser menor de edad, fue nombrada tutora su madre, doña Inés, bajo supervisión del Tribunal Tutelar de Menores. Encargó la mujer a don Celedonio que pusiera en regla toda la documentación para tomar posesión de los bienes.
Autorizó el Juez el entierro, al que únicamente acudieron las trabajadoras de “El Trallazo”, a más de Lorenzito, al que ya nadie nunca más volvió a llamar hijo de ….

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