VIRTUDITAS Y EL TORTEL.

Con gran solemnidad e inigualable emoción contenida, ayer echó por última vez el cierre la afamada pastelería de la calle Mayor “El Tortel”, regentada desde hace cincuenta años por doña Virtudes de la Plaza y de la Plaza, Virtuditas en el imaginario popular de los habitantes de esta nuestra villa, principalmente de aquellos sobrevivientes de los años tan duros de la posguerra, en la que los torteles expuestos en su escaparate constituían el mayor y casi único sueño de muchos de nosotros.
No podemos dejar de recordar el concurso literario-religioso organizado por el cura párroco don Melquíades, en el crudísimo invierno de 1943, cuando todavía regentaba el establecimiento el señor padre de Virtuditas, don Manuel de la Plaza Oyarzunbide, y cuyo primer y único premio era un tortel con nata, de los que solo se elaboraban en las fechas navideñas, o previo encargo, que no eran muchos entonces: el Gobernador provincial (Civil o Militar), el Coronel Jefe (de la Guardia Civil o del Cuartel de Infantería), el Sr. Alcalde, o el Jefe de Sindicatos, que tenía la costumbre de agasajar el día de su cumpleaños a doña Elvira Monasterio Escobares, viuda del que fuera Presidente de la Diputación, al que se llevó por delante una res brava en un tentadero de los que gustaba organizar con cierta regularidad. El día que lo trajeron, ya cadáver, de vuelta a la ciudad, se empeñó doña Elvira en ver la cornada. Se puso tan pesada que no hubo más remedido que proceder; fue levantada la sábana que cubría al difunto, no pudiéndose constatar por los presentes ninguna señal de la mortal embestida. En medio del desconcierto, intervino al quite presto el capataz del finado, para aseverar que la cornada había sido limpia, con cuatro trayectorias, mortal de necesidad, por los destrozos internos causados.
Al Director del Hospital, don Leoncio, no le quedó otra que firmar el certificado de defunción recogiendo fielmente la versión oficial de los hechos, pues sabían las autoridades (civiles y militares), que también él (y todos ellos), eran participes asiduos de esas capeas camperas.
El caso es que el Jefe Provincial de Sindicatos, viendo que la nata se cortaba sin que doña Elvira hiciera nada por evitarlo, canceló un año el encargo y nunca más volvió por “El Tortel”.

Para conocer el origen de la insigne pastelería, acudimos al Registro Municipal, donde queda constancia de la solicitud, el día 10 de Enero de 1890, de apertura de local destinado al despacho de pasteles y dulces, con su correspondiente obrador en la parte trasera, en la calle Mayor de la villa, por parte de don Brígido de la Plaza y Melchor de Cubas, acaudalado indiano que hizo monumental fortuna en Puerto Rico, y que a su vuelta a España se decidió a abrir el negocio para no aburrirse, según la versión oficial, y para poder pasar las horas en compañía de Juanita la negra, una sirvienta que había retornado con él de ultramar y que dominaba el arte de la cocina en general y de la repostería en particular. Resultó que, un año después del regreso de las Américas, la señora esposa de don Brígido se reunió con el Altísimo, por lo que éste sopesó cerrar el negocio y contemplar a Juanita directamente en casa, y si no lo hizo fue para no dar pábulo a las malas lenguas, que habían apostado acerca de cuánto tiempo tardaría el indiano en bajar el cierre. Por otra parte, a Juanita, aquella vida con una cierta independencia y sus ratos para charlar con las dependientas de otros comercios y algunas clientas, también le agradaba, por lo que el asunto de la clausura quedó sepultado para siempre.

Las aguas del Mar Rojo se abrieron el día en que, del autobús de línea procedente de la capital, se apeó un muy bien parecido y apuesto joven, vestido todo él de blanco impoluto, incluidos los zapatos y el sombrero, y se puso a preguntar en plena plaza por don Brígido. Todos los dedos se dirigieron a la pastelería “El Tortel”, a la que el recién llegado se encaminó con paso firme. La expectación que se creó fue grande. ¿Quién era ese joven, indiano sin ninguna duda, que venía preguntando sin esperas ni titubeos?
Penetró en “El Tortel” con aplomo. Los casi dos metros y el negro azabache de Juanita la Negra no le impresionaron lo más mínimo. Se ve que en su tierra debía ser habitual encontrarse con mujeres de esas características.
-¿Está don Brígido?, preguntó.
-¿Quién lo busca?, respondió Juanita, que en un acto reflejo, recuerdo de su país de origen, había echado una mirada rápida a la cintura del visitante, en busca de algún arma de fuego.
-Su hijo Manuel.

El silencio que se hizo en ese instante, resultó conmovedor. Pareciera que el mundo hubiera optado por detenerse, para que Juanita pudiera repreguntar:
-¿Ha dicho usted su hijo?
-Exactamente, exijo su inmediata presencia.
-Don Brígido no está. Ha acudido a desayunar a “El Rincón de Camagüey”, por esta misma acera, al final de la plaza.

Para cuando don Manuel salió del establecimiento, la noticia ya había alcanzado a todas las fuerzas vivas de la ciudad, que dejaron al momento todas sus obligaciones para dirigirse a todo correr al café de la plaza, por ver la reacción de don Brígido, que siempre había mantenido no tener hijos. A Dios gracias, su señora esposa había fallecido y no tendría que enfrentarse a esta desagradable situación.

Penetró don Manuel en el establecimiento hostelero. Se detuvo apenas dos pasos pasada la puerta, y miró en derredor. Su vista se detuvo, clavándose con durísima fijeza en los ojos de don Brígido, que se transmutó a figura de cera, blanco como la cal, pálido como un muerto.

Silencio absoluto, solo roto por la cucharilla con la que don Brígido estaba removiendo el azúcar de su café, que había quedado enganchada en su mano en el instante del cruce de miradas.
Avanza don Manuel con decisión hacia su padre:
-Tengo la urgente necesidad de hablar con usted. Le ruego me conceda la debida audiencia.
-Cómo no, cuánto antes, mejor. Acudamos de inmediato a mi domicilio, dónde gustoso le escucharé.

Desilusión a raudales. Nada de espectáculos. Nada de ajustes de cuentas, nada de revólveres, a los que tan dados son, según dicen, en aquellas tierras. Cordialidad absoluta, flema británica, nervios de acero, músculos inmutables.

Se ve que viene a pedir lo suyo, profetizaban las cotillas. Se le ve con educación de colegio de frailes, incluso pudiera ser que hasta de colegio inglés o de internado suizo.

Benito Hampuero, redactor gráfico de “El Ciudadano Cabal”, lamentó haber dejado una sesión particular de fotos para los recordatorios de la primera comunión de las niñas del Colegio de la Divina Providencia de la Madre de Dios, por acercarse hasta el café en busca de alguna instantánea exclusiva. Ahora, tendría que prolongar su jornada, y aguantar el ceño fruncido y la bronca de la madre superiora, que se traducirían en una solicitud de aumento de contribución al cepillo de la capilla, como si no obtuviera suficiente rédito con la minuta a los padres de las niñas. En fin, que a Dios rogando y con el mazo dando.

Se dirigieron los dos hombres al domicilio de don Brígido, en la calle de Las Perdices, y allí permanecieron reunidos largo rato.
El Coronel Moreno Roncesvalles, que se encontraba desayunando a la vez que el indiano, dio parte al cuartel para que dos números se apostaran en las cercanías del domicilio, no perdieran detalle de nada, y solicitarán refuerzos si la situación lo demandaba.
En un momento determinado, Azucena, ama de llaves de don Brígido, salió a toda prisa del portal, para dirigirse a la sede del “Banco Español del Ahorro Popular”, para solicitar la presencia del Director del mismo, don Leopoldo Cogolludo y Sánchez de Leones, en el domicilio del indiano.
El Director, a su vez, telefoneó a su amigo el Coronel Moreno Roncesvalles, para solicitar su consejo sobre la conveniencia de la visita, toda vez que era ignorado por todos el cariz de la reunión mantenida.
Personado el Coronel en el banco, y tras interrogar al ama de llaves, apeló el oficial a su experiencia profesional para asegurar al Director que ningún peligro corría, no obstante, él personalmente estaría en el descansillo de la vivienda por si la situación requiriese intervención inmediata de la fuerza pública.
Se enfundó el Director del banco su chaqueta, se ajustó el Coronel la corbata y las mangas de la camisa, y salieron del establecimiento de manera decidida. A la vera del Director, Azucena, que contaba con el aprecio de don Leopoldo, toda vez que después de una vida de trabajo y ahorro extremo, su cartilla de ahorros mantenía un saldo de cinco dígitos que para si quisieran muchos elegantones, que tenían que implorar de manera harto frecuente al director para que no les devolviera los cheques y los recibos: “haré lo que pueda, doña Antonia, pero ya sabe que la central realiza un control exhaustivo”, lo cual quería decir que si no había saldo suficiente, en los plazos legalmente establecidos, los medios de pago serían devueltos sin miramiento, debido a lo cual hubo de soportar algunos revuelos y más de una amenaza.
¡La culpa es de la central, la culpa es de la central!, clamaba don Leopoldo, asegurando a los damnificados que en la próxima reunión de directores le iban a oír; con esta cantinela llevaba más de veinte años, escuchando las alabanzas de sus jefes y embolsándose sus bonos correspondientes por la nula morosidad de la oficina y la excelente marcha del negocio.

Decíamos que arrancó la comitiva, a la que se iban uniendo, a medida que avanzaba, gente de todo tipo y condición, alegre y divertida, feliz de que algún acontecimiento rompiese la monotonía de la aburrida vida de su ciudad. Rápido se sumó el Interventor del banco, por no dejar sólo a don Leopoldo, y los administrativos y auxiliares. Dejaron de guardia al cajero, que se vio, por primera vez, soportando sobre sus recias espaldas y nada despreciable cabeza, el peso de la conducción de la oficina. ¿Qué haría si, algún impositor le pedía un extratipo en su depósito a plazo fijo, o una retrocesión de comisiones, o incluso un préstamo hipotecario?. Telefoneó a su novia para ponerle al tanto de la situación. Abandonó esta, con permiso, el mostrador de la corsetería “La Luna Llena”, para acudir a contemplar a ese novio mandamás de sucursal bancaria. Le pidió ésta que se sentara en el sillón de don Leopoldo, en su despacho, pero el cajero, tras pensarlo unos segundos y ponerse colorado, no se atrevió. La novia se marchó al instante, desconsolada, adviertiéndole que iba a reconsiderar la propuesta de noviazgo de Valentín, el acomodador del cine, que no tenía reparos en sentarse en ningún butacón y que iba a ascender a jefe de cabina de proyección en cuanto se jubilase Leoncín, que ya tenía sesenta y tantos años.

Al paso de la comitiva por el Ayuntamiento, se unieron a la misma el Sr. Alcalde, el Alguacil y el Secretario, por si se diera alguna consideración jurídica a resolver. Se sumaron el Sr. Notario y un oficial, con papel timbrado, sellos y varios códigos, por supuesto el redactor gráfico don Benito Hampuero (que por segunda vez en el día interrumpía su sesión fotográfica en el Colegio, si bien esta vez la madre superiora comprendió las razones, – Ya me contará, Benito, ya me contará). En la puerta de la parroquia esperaba el cura, con el instrumental necesario para la administración de los sacramentos, y ya detrás, la cohorte habitual de marujas, jubilados, paseadores, correveidiles, trabajadores en la hora del bocadillo. Solo faltaba, para que el paseo hubiera revestido la solemnidad de fiesta mayor, la banda municipal tocando un pasodoble.

Por fin, arribaron a la calle de Las Perdices, número seis. Azucena, con las llaves de las que era ama en la mano, abriendo el portal y animando al Director del banco a acompañarle escaleras arriba. Éste que da el paso, que retrocede, que hace un aparte con el Coronel Moreno, rogándole que le acompañe, pues no es él hombre acostumbrado a lidiar con situaciones violentas. El Coronel, halagado, se estira la chaqueta del uniforme, da un paso decidido al frente, apoya la mano derecha sobre su arma reglamentaria, coge por el brazo al Director, y sonrisa de por medio, le anima a que le siga: -Sígame, don Leopoldo, que yo le garantizo su seguridad personal.
Nota don Leopolodo que se le afloja el cuello de la camisa, vuelve a tragar saliva, la garganta se humedece y es capaz de articular un inaudible: -Gracias, mi Coronel.
Se adentraron en el portal. Un mocoso avispado logra meter el pie para que la puerta no llegue a cerrarse. Al momento, el ejercito de curiosos se acerca, otea el horizonte, y se propaga una consigna muda: en cuanto la distancia se haga prudencial, allá que vamos todos para enterarnos de los acontecimientos de primera mano.

Por fin, entre resoplidos, paraditas intermitentes y algún ahogo, llegan a la puerta del domicilio los tres personajes. Silencio total. El Coronel Moreno Roncesvalles, desenfunda el arma, y da instrucciones precisas a Azucena para que abra con sigilo y anuncie en voz alta la llegada de la comitiva.
Abre el ama de llaves, anunciando la visita. Al instante, sale don Brígido del despacho, extrañándose por la presencia del Coronel, e interrogando a Azucena:
-¿por qué motivo has importunado al querido Moreno Roncesvalles, que tanto y tan bien se desvive por la paz y tranquilidad de la comunidad que sus mandos le han encomendado?
Azucena no contesta. Don Brígido los invita a pasar, evitando así una situación que se podría convertir en embarazosa.
Pasan todos al despacho. Don Brígido presenta a su hijo don Manuel, pasando a continuación a exponer el motivo de la llamada a don Leopoldo: la visita de su hijo Manuel es definitiva, no piensa volver más a su país de nacimiento. Ha vendido todo su patrimonio en aquellas lejanas tierras por lo que trae, entre sus pertenencias, un cheque de varios millones de dólares de los Estados Unidos de América, emitido por el “Banco del Mar de los Sargazos”, y pagadero por su corresponsal en la ciudad de Nueva York.
-No hace falta que lo diga, pero ruego a los aquí presentes absoluta discreción sobre el citado cheque, toda vez que no queremos convertirnos en las habladurías de nada ni de nadie, ni en el objetivo de ninguna banda de delincuentes.
-No lo tomo como una ofensa, contesta de inmediato el Coronel, pues conozco la bonhomía y aprecio personal que me tiene. No obstante, hago saber a los presentes que en mi demarcación no existen ni bandas ni casi malhechores.

Don Leopoldo, que había vuelto a sufrir apreturas de camisa en el cuello, ahogos, sequedad de garganta y dificultades para expresarse, había cogido el cheque entre sus manos, leyéndolo y releyéndolo con detalle y estupefacción. Jamás había visto importe similar en dólares americanos; cuando, de vuelta en el banco, llamase al Director Regional, para decirle que tenía custodiado en la caja fuerte un cheque por ese importe, iban a desatarse muchos nervios, levantarse muchos malos humores, y se iban a tener que releer el manual contra la envidia muchos mediocres de los servicios centrales. Ya se estaba imaginando al Director de Personal, ese tipo envarado, llamándole a su despacho, recibiéndole con una sonrisa y anunciándole el ascenso tantas veces denegado entre chistes malos y chanzas malintencionadas.
¡Ay!, si don Leopoldo hubiese sido de otra pasta; pero, en el fondo, el Banco le importaba un comino. Su única afición, secreta eso sí, era la escritura; infinidad de novelas llevaba escritas, albergando la esperanza de que algún día, quizás llegada la jubilación, quizás en otra ciudad donde nadie le conociera, pudiera publicarlas y ser agasajado por su calidad literaria; incluso, que no se publicasen, mejor que circulasen por esos círculos selectos de los entendidos que sabían apreciar la literatura de calidad. ¿has leído lo último de Leopoldo Cogolludo? Impresionante, magistral, lástima que sea tan suyo e impenetrable, y no quiera dar entrevistas ni haga presentaciones públicas de sus obras…

En fin, que no se iba a jugar su carrera bancaria a estas alturas. Aceptaría el ascenso, los abrazos, las palmadas, los chistes sin gracia, el bono a fin de año y, entre cliente y cliente…unos pensamientos, e incluso unas letritas para la novela en curso en ese momento. Según volvía hacia el Banco, y al pasar por delante del establecimiento,se le ocurrió que podría resultar interesante escribir algo sobre la pastelería “El Tortel”, y su actual propietaria, Virtuditas. Bueno, ya le daría una vuelta cuando tuviera un minuto de tranquilidad.

El caso es que, una vez abierta la cuenta a don Manuel, e ingresado el cheque en gestión de cobro y preparado para ser remesado a Nueva York, la noticia corrió como la pólvora. Incluso, don Ancacleto Balín, director de “El Ciudadano Cabal”, amagó con publicar una reseña, pero una severa amenaza de retirada de publicidad por parte del Banco, a más de la amenaza de un vacío estruendoso en la partida de dominó de la tarde en “El Rincón de Camaguey”, disuadieron de inmediato a don Anacleto, que estaba acostumbrado a callar mucho, y a recibir prebendas, que aceptaba con gusto siempre que fuesen secretas y bajo el argumento de “de perdidos al río”.

Como era de esperar, el cobro del cheque llegó a buen termino, y don Manuel se fue adaptando poco a poco a la vida de la ciudad. Como, a pesar de todas las precauciones, el saldo de su cuenta corriente era del dominio público, andaba el género femenino revuelto (parte del pluscuamperfecto también, pero se mantenía más en secreto). Las talluditas, contando los méritos de sus hijas, e incluso de sus nietas, las más jovencitas, contando los propios; pero hete aquí que con la única dama con la que Manuel estableció una cierta cercanía fue con la Srta. María Engracia de las Huertas Coll, maestra nacional, y directora del Colegio Público “Don Pelayo”. Era María Engracia fea, sin paliativos ni excusas, por lo que la amistad entre ambos levantó todavía más suspicacias.
Un domingo por la mañana, ocurrió algo no tan inesperado: doña Francisca, esposa del Alcalde, paseaba por la plaza con su hija Luisita, estudiante de primero de Filosofía y Letras en Madrid. Al cruzarse, en la puerta de “El Tortel”, con don Manuel, se hizo la simpática, desafiándole en público a que invitase a una limonada a su hija. Como don Manuel rechazó el envite aduciendo llevar prisa por asuntos de la pastelería, doña Francisca le plantó un soberbio bofetón y le gritó: “asqueroso”. Don Manuel, en lugar de venirse abajo, presentó sus excusas a doña Francisca y a Luisita, y también elevando el volumen de voz, reconoció su grosera conducta, tachándola de imperdonable, totalmente ausente de caballerosidad y educación al rechazar la posibilidad de una limonada con la Señorita Luisita.
-Permítame, doña Fernanda, el brazo de su hija, para acercarnos a “El Rincón de Camaguey”.
Accedió, encantada, doña Fernanda, sin prever, ni el uno ni la otra la digna reacción de Luisita, la cual soltó otro monumental bofetón a don Manuel, tras el cual, con tranquilidad y gracia, dio un giro de ciento ochenta grados para alejarse camino de su domicilio.
El mismo camino tomó la madre, en la seguridad de que la actuación de su hija era el comienzo de una historia que esperaba, deseaba y hasta anhelaba llegara a feliz término.
Ya ese mismo domingo, el bofetón dio mucho que hablar a los lugareños, fuesen estos de clase alta, media o baja. Por la tarde, en todos los paseos constituyó este hecho el motivo principal de conversación, y las disputas llegaron, en algunos momentos a tal extremo de enconamiento, que temió don Arturo que fueran a salir por los aires las mesas, sillas, vajilla y cubertería de las meriendas servidas en la terraza del establecimiento.
Para rematar la faena, al día siguiente, don Anacleto Balín, recogía en “El Ciudadano Cabal”, el incidente, que completaba en páginas interiores con un editorial sobre las buenas y malas costumbres, llegando a preguntarse si la bofetada no debía ser considerada una agresión en toda regla, con el agravante de publicidad, y por tanto perseguible de oficio por el fiscal y las fuerzas del orden.
Clamó indignado el Alcalde por el tono del editorial, pero lo cierto es que la opinión pública se decantaba por la intervención de la justicia, por lo que no le quedó más remedio al regidor, siguiendo además la indicación del secretario de organización de su partido, que insertar un anuncio en el periódico, pidiendo disculpas, en su nombre y en el de su familia, por la actuación de su hija, sin duda llevada por el ímpetu de la juventud y los aires libertinos de la capital y la universidad, a la que se había empeñado en acudir a pesar de la frontal oposición paterna, que no entendía que era eso de la filosofía, y mucho menos lo de las letras, que no le cabía en la cabeza que veintinueve signos dieran para estar cinco años estudiándolas: seis por año, nueve meses de curso, mes y medio para cada letra. ¡qué venga Dios y lo vea!

Se puso harto contento don Anacleto, pues le vinieron a la cabeza los grandes duelos dialécticos de antaño en su periódico, en los que, previo pago se daban réplicas y contrarréplicas los más destacados vecinos de la ciudad. Así pues, ofreció, inflando la tarifa un diez por ciento, pues conocida era la desahogada condición económica del replicante, la oportunidad a don Manuel de recoger el guante.
Así lo hizo el indiano, que respondió con un bellísimo y elegante alegato de exaltación de la joven, de su belleza y de sus firmes convicciones morales. Terminaba el escrito poniéndose a su disposición para, si así lo estimaba oportuno y prudente, tomar la limonada que había quedado pendiente.
Al público también le dio por intervenir en el ir y venir de cartas, al punto de que tuvo “El Ciudadano Cabal”, que aumentar el número de páginas para dar cabida a tantas y tan variadas opiniones. Por unos días, subieron las ventas, y recuperó don Anacleto el lustre que tanto él como el periódico tuvieron años atrás, mayormente antes de que la radio fuera de general tenencia en todas las casas de la urbe.
-A mí ya me ha pillado mayor, pero vosotros, decía a los redactores jóvenes, optar por organizar una emisora de radio. Ése es el futuro, ya que la gente es de natural vaga y prefiere que le cuenten las cosas a tener que leerlas en un papel.
El caso es que, bien dirigida por el Director la polémica, se instituyó en el Café la posibilidad de apostar acerca de la fecha en que se produciría el evento de la toma de la limonada. Vinieron de todos los rincones de la ciudad, participaron gentes de toda clase y condición, las cantidades de dinero acumuladas comenzaron a tener su importancia, por lo que el despacho de lotería de la plaza, regentado por doña Blanca Perdiguete, vio menguada ostensiblemente su recaudación, lo que le llevó a personarse en la Delegación de Hacienda, y denunciar los hechos. Estos los remitieron a la autoridad policial, que lo trasladó al fiscal, que ordenó una investigación.
Fueron llamados a declarar decenas y decenas de personas, que figuraban en la lista de apostantes, empezando por don Anacleto y siguiendo por el Alcalde. Cuando la cosa se iba enredando, de repente, surgió la sorpresa:doña Blanca retiró la denuncia. ¿Qué había pasado? De nuevo don Anacleto andaba por el meollo de la trama, pues al parecer dejó caer a doña Blanca, viuda del Sargento don Ildefonso Camuñas de la Moceta, héroe de guerra caído en acto de servicio, y poseedor de la Laureada de San Esteban de Gormaz con distintivo rojo, que sabía lo suyo con un apuesto joven de la calle de La Loma, y con cuya madre mantenía la lotera estrecha relación de amistad. No sólo se retiró la denuncia, sino que incluso contrató la lotera diez inserciones publicitarias en el periódico, en primera página y a dos columnas, como mejor modo de recuperar el nivel de ventas del despacho. Quedaron, doña Blanca y don Anacleto, como grandes amigos, que hablando se entiende la gente.
El Alcalde y el resto de jugadores, maravillados de la maestría de don Anacleto para arreglar el entuerto, le cantaron aquélla del muchacho excelente, le dieron tres ¡hurras! y le invitaron a cenar en “Lola, Lolita, Lola”, una casa de las afueras que nunca ha existido pero que toda la ciudad conoce, y que algunos visitan con mayor o menor frecuencia. Para sorpresa de todos, el director del periódico se limitó a cenar opíparamente y, cuando iba a comenzar el espectáculo, se retiró, agradeciendo a todos el ágape y justificando su ausencia en el trabajo, por aquéllo del que dirán.
Al salir de la casa, se dio de bruces con doña Blanca, y el fotógrafo Servando, al que nunca quiso comprar ninguna foto para el periódico, a los que saludó cortésmente quitándose el sombrero, y siguió su camino.

Mientras tanto, la popularidad de don Manuel subía como la espuma. Cuando, cada tarde, se personaba en “El Rincón de Camagüey”, a tomar su café, copa de brandy y fumarse con tranquilidad y parsimonia el habano que le remitían periódicamente desde Cuba, se veía rodeado de más y más parroquianos que le interpelaban acerca de la fecha de la limonada, y en función de sus respuestas, silencios, sonrisas, muecas, exclamaciones, pausas y caladas al cigarro…las apuestas se movían hacia un lado o hacia el otro.
Llegó un momento, en que don Arturo tuvo que acotar un espacio de acera, con el debido permiso municipal, para posibilitar la entrada y salida de clientes del local, toda vez que un nutrido grupo de hombres, por falta de poder adquisitivo, y otro de mujeres, por lo mismo y por el qué dirán, rodeaban el local para observar desde la calle a don Manuel, y así sumarse a la timba con conocimiento de causa; cobró por aquel entonces su importancia Manolin “El Seisdedos”, recadista oficial del Café, y que trasladaba del interior a la calle valiosísimas informaciones de los comentarios escuchados; llegó a ser tenido en muy alta estima por los obligados a seguir el espectáculo a distancia, pues tenía Manolin la buena costumbre de no mentir, virtud a la que añadía dejar abiertos a muchas interpretaciones sus comentarios.
La situación llegó a tal punto de expectación, que don Arturo solicitó una reunión con don Manuel, en la que le requirió alargar en todo el tiempo posible la famosa limonada, a cambio de una cantidad a convenir debidamente entre ambos en aquel momento. Alcanzaron un buen acuerdo para ambas partes: don Manuel alargaría un mes más la intriga, y a cambio pasaría a ser proveedor único de café del establecimiento, en detrimento del actual administrador, que no era otro que el Alcalde don Ventura, que estaba, en este apartado y en muchos otros, a las órdenes del director del “Banco Internacional de Negocios”, un joven avaro y despiadado, con muchas aspiraciones, al que nada se le ponía por delante cuando de subir un escalón se trataba.
De momento, y para satisfacer la enorme demanda que se generaría durante los próximos treinta días, don Manuel le remitiría una primera remesa de su mejor café. La misma se descargó, de la manera más ostentosa y a la hora de mayor tránsito de personas, por lo que el Sr. Alcalde acudió indignado a visitar a don Arturo, con el fin de recriminarle su actuación. Don Manuel, que se había imaginado la reacción, abordó al malhumorado Alcalde, ofreciéndole una asociación comercial en este asunto, y de otros mucho más importantes en el futuro, siempre y cuando fuera capaz de mantener en secreto los mismos. Aceptó el Alcalde, sabedor de la potencia económica de don Manuel y de su señor padre, a la vez que por despecho y venganza del director del “Banco Internacional de Negocios”, un tipejo que creía sabérselas todas, y al que ahora iba a dejar tirado con un palmo de narices.
Cuando este se enteró de la compra, se dirigió airado a “El Rincón de Camagüey”, para abroncar, sin medida ni recato, a don Arturo. Éste, en principio, se azoró, pero después, sintiéndose respaldado por los parroquianos, expulsó de su local al director, dejando bien claro que mañana enviaría a su abogado, don Melquiades Pajarón de la Isla, a retirar todas sus posiciones en esa entidad, y trasladarlas a la competencia. Aquéllo significó el principio del fin del déspota. Don Arturo se dedicó a referir el incidente a todo aquel vecino, que eran casi todos, que entraba en su afamado local; así, de boca en boca, el asunto llegó a los oídos del Director Regional del banco; éste se presentó una mañana, sin previo aviso, en el despacho del director, al que conminó a acompañarlo al Café para, en voz alta y perfectamente audible, se excusará ante don Arturo. El director palideció, los ojos, inyectados en sangre, se le salían de las órbitas, los labios, rojos como tomates maduros, se le ensanchaban hasta amenazar explotar, pero, en absoluto silencio, se levantó de su asiento, se puso la chaqueta y, acompañado de su jefe, se dirigió a “El Rincón de Camaguey”; en el centro del mismo, pidió excusas a don Arturo, que las recibió con su habitual comedimiento y saber estar, pero reiteró que mientras siguiese de director, ningún trato comercial o personal sería posible. En ese instante, el Director Regional, muy ceremonioso, introdujo su mano derecha en el bolsillo izquierdo de su americana, extrajo un folio mecanografiado a una cara y a doble espacio, y se lo entregó al director, con las siguientes palabras: “Esta es su carta de despido. Puede usted, estimado don Arturo, si así lo desea, volver a ser cliente de la entidad”.
Los aplausos resonaron en el Café, al igual que, minutos más tarde, en la oficina bancaria, cuando la noticia llegó a oídos de los martirizados empleados.
El director se derrumbó allí mismo. Una cercana silla evitó que el desplome se prolongase hasta el suelo. ¡Un infarto!, gritó un parroquiano, ¡nada, nada, únicamente una subida de tensión! Exclamó otro. Don Arturo, solícito, le acercó un vaso de agua, a la vez que ordenó que preparasen una tila doble. Se la bebió de un trago, a pesar de que estaba hirviendo. A continuación, se levantó, y sin pronunciar una sola palabra, descompuesto y desvencijado, salió del café con rumbo desconocido. Nadie en la ciudad ha vuelto a saber nada de él, como tampoco nadie ha olvidado cómo terminó aquel individuo que se creyó con derecho sobre los demás, sin darse cuenta de que el ser humano es leve y la existencia muy circunstancial y cambiante.

La vida continuó a su ritmo habitual. Los días pasaban y la limonada seguía esperando fecha para ser consumida por don Manuel y la Srta. Luisita. La gente ya empezaba a cansarse de esta situación que no terminaba nunca, y las apuestas empezaban a decaer. Como el género humano es desconfiado por naturaleza, muchos hubo que quisieron retirar su dinero, en el pensamiento de que aquél podría ser un engaño del señorito indiano, en connivencia con algunas otras personalidades del lugar.
Comenzó a cundir el nerviosismo, llegando el mismo a oídos de la autoridad policial, por lo que no le quedó más remedido al Coronel Moreno Roncesvalles que convocar una tarde en “El Rincón de Camagüey”, por supuesto de manera absolutamente informal y amistosa, a los promotores de la timba, a los que exigió la conclusión de la misma a la mayor brevedad. Podía producirse en cualquier momento una denuncia formal, y por tanto, la necesidad de una investigación oficial.
Visto lo visto, decidió don Manuel coger el toro por los cuernos, y finiquitar la situación. Tuvo a bien invitar a la Srta. Luisita a tomar una limonada en “El Rincón de Camagüey”, el siguiente domingo, después de misa de doce. Le hizo llegar la correspondiente nota en propia mano, sirviéndose de los buenos oficios del ama de llaves de su padre, Azucena, a la que también encargó que, de manera discreta, realizase las averiguaciones necesarias para confirmar la asistencia de Luisita. Incluso, la instruyó para no instar, si la situación lo demandaba, una respuesta inmediata y de vuelta en las mismas manos de Azucena, excepto que la misma fuera, sin ningún género de dudas, un sí meridiano.
A la vez, ordenó el envío de una delicada caja de bombones de licor a doña Fernanda, los cuales fueron entregados en propia mano por Juanita La Negra, a la que igualmente encargó indagar el estado de ánimo de la joven.

Se personó Azucena en el domicilio de Luisita el miércoles previo al encuentro, a las once treinta horas. Entregó la nota, la leyó Luisita entre sorprendida y despreocupada, con doña Fernanda de sonriente carabina a sus espaldas, que se interesó igualmente por el contenido con disimulo y satisfacción contenida.
Solicitó la señorita un minuto para responder, y corrió a encerrarse en su cuarto. Tras ella marchó la madre, que recibió un sonoro portazo justo delante de su cara. Tan contundente y rotundo fue éste, que no se atrevió a proseguir en su intento de influir en la respuesta.
Al cabo de dos minutos, retornó Luisita al pasillo y, dentro de un sobre cerrado, le entregó la respuesta a Azucena, con expresa indicación de entregar el mismo en propia mano a don Manuel, y a la mayor brevedad.
A la pobre doña Fernanda a punto estuvo de darle un soponcio. -¿pero?, se atrevió a balbucir, mientras Luisita se encerraba de nuevo en su cuarto.
Cruzó un gesto de amargura con Azucena, que no sabía cómo interpretar lo ocurrido, por lo que pensó que lo mejor sería volver para entregar la nota, y que saliese el sol por donde hubiere lugar.

Procedió, impertérrito, don Manuel a la apertura de la nota. La respuesta era un sí, pero…porque había un pero, que consistía nada menos en que previamente a la asistencia a la degustación de la limonada, debía el caballero asistir a la misa de doce, congraciarse con Dios y esperarle después en la salida de la iglesia, para dirigirse juntos a “El Rincón de Camagüey”.
Guardó silencio don Manuel. Azucena le miraba preocupada, don Brígido le aconsejaba no meterse en honduras, y tomar nota de su ejemplo con Juanita la Negra: -Como se metan por el medio madres cotillas, padres ambiciosos y curas de ideas cerradas, no te va a quedar otra que marchar de vuelta a Puerto Rico, a comprar tabaco.

El asunto es que no era don Manuel hombre de preocupaciones religiosas, a pesar de la buena relación que mantenía con el cura párroco, al que no denegaba nunca una ayuda para mejoras y/o reparaciones en la vetusta iglesia de piedra, levantada hace varios siglos por el Obispo don Servando, del que no se guardaban mayores referencias. Pero como, por otra parte, era de natural desconfiado, no le gustaba contar sus cosas a nadie, ni siquiera bajo el secreto de confesión.

Por otra parte, tampoco era cuestión de contrariar por segunda vez a Luisita, máxime habiendo una suculenta ganancia de por medio, y si cierto era que el dinero le traía al pairo, no ocurría lo mismo con la sensación de victoria, y del aura que la misma proporciona a aquéllos que la hacen posible.

Definitivamente, aceptó las condiciones. Al día siguiente, se dirigió a la iglesia, a pedir una entrevista con el cura párroco, un sacerdote joven y risueño con poco tiempo de estancia en la parroquia y en el ejercicio sacerdotal. Comenzó don Manuel hablando sobre Puerto Rico en particular, y el Caribe en general, despertando la curiosidad del cura, que jamás había salido de la provincia, y no parecía terminar de creerse lo que el indiano le contaba. A tal punto llegó su entusiasmo, que terminó solicitando los buenos oficios de don Manuel para lograr un traslado a alguna diócesis de aquellas latitudes, lo que éste se comprometió a intentar, pues su familia mantenía profunda y prolongada amistad con diversos eclesiásticos de aquellas tierras. Pidió don Manuel la absolución de sus pecados, que le fue concedida, y reservó asiento en lugar preferente para la misa de doce del domingo, a la vez que avisó al cura de la llegada de flores en cantidad suficiente para adornar la iglesia, y dando donativo generoso para la acción social que mantenía el cura con las gentes desfavorecidas de la ciudad.

Así pues, quedaban las espadas en todo lo alto. La expectación que se levantó en la ciudad fue extraordinaria, histórica, ni los más viejos del lugar recordaban algo parecido. Ni siquiera don Anacleto tenía memoria de haber leído nada igual en “Historia Ilustrada de Nuestra Ciudad desde su fundación por el Señor Vizcaíno don Iñigo de Aguirre y Mendieta”.

La reserva de mesas en “El Rincón de Camagüey” se puso imposible, al punto que don Arturo citó a los pretendientes el viernes a las 20,30 horas en el almacén contiguo al café, para celebrar pública subasta de las mismas. Las mesas más cercanas a las que iban a ser ocupadas por la pareja alcanzaron cifras astronómicas, mágicas, impensables para el propietario del local.
De cara a la misa de doce del domingo, vino a suceder otro tanto. Reservó asiento la Corporación Municipal en pleno, resto de autoridades civiles y militares, y hasta el director de “El Ciudadano Cabal”, pidió acreditación de prensa para él y su redactor gráfico, Benito Hampuero.
Llegó el asunto a tal extremo, que se vio el curita en la necesidad de contactar con el Obispado, a fin de pedir consejo. Rápidamente, enviaron en su auxilio al Padre Muelas, ecónomo de la provincia y de proverbial y divina habilidad para sacar rendimiento económico a cualquier evento o acto social que afectase a la diócesis.

Según avanzaba el tiempo, el ambiente se iba cargando de un halo de misterio, como de bruma, de niebla irreal, de pesadez. Pareciera que los relojes no dejaban correr el tiempo, como que no quisieran que llegase el domingo, no fuera a ser que algo saliera mal y el castillo de por fin alguna novedad digna de mención en nuestra ciudad, fuera a derrumbarse para siempre jamás, y quedásemos como una ciudad fantasma, olvidada por todos, incluida la historia que un día nos encumbró a lo más alto, cuando eramos frontera con tierras y gentes mahometanas, y el Adelantado de Castilla don Gonzalo de Rojas, hizo frente al infiel con decisión y valentía impidiéndole una y otra vez la reconquista de la ciudad que tan gloriosamente conquistará un veintitrés de Junio, víspera de San Juan y preludio de las hogueras del día siguiente, que dieron para iluminar la noche toda, y extender el olor de la conquista a la región entera.

El sábado por la tarde, la espera ya se hizo insoportable. Se acabaron las reservas de tila y valeriana, y los guardias hubieron de ser puestos en estado de alerta, toda vez que por doquier se estaban dando enfrentamientos verbales, y hasta llegó a haber un par o tres peleas.

Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, casados y solteros, todos sacaron del armario sus mejores galas y lustraron sus zapatos de día grande. Las peluquerías tuvieron que hacer horas extras, y hasta los enfermos menos graves solicitaron el alta voluntaria para no perderse el acontecimiento.
La ciudad se recogió temprano esa noche. Nadie quedó en la calle apenas la anochecida hizo acto de presencia. Conciliar el sueño, eso ya iba a ser harina de otro costal. Muchas luces de muchas casas permanecieron encendidas toda la noche. Los fumadores fumaron, los bebedores bebieron, los habladores hablaron, los mudos guardaron silencio sepulcral, los creyentes oraron, y todos sin distinción miraban discretamente por la ventana en busca de alguna sorpresa, un sobresalto, un rumor, un ruido, algo inesperado que pudiera dar un giro a los acontecimientos.
Pasaron muy lentamente las horas, y llegó el momento en que la noche acabó y cedió el protagonismo al día. Fue ver los primeros claros en el este, y desatarse una actividad frenética por toda la ciudad. Se dispararon los consumos de agua, electricidad, teléfono, carretes para las cámaras de fotos, la emisora de radio local “Radio Ciudad”, logró aglutinar a toda la audiencia. ¿Qué importaba en aquel momento una hipotética guerra mundial, un cataclismo, la invasión de unos extraterrestres, al lado de la limonada de don Manuel y la Srta. Luisita?

El director de la emisora radiofónica había realizado gestiones ante el Obispado, para poder introducir un micrófono en la iglesia, y que su mejor redactora, la Srta. Felicidad Trinos, retransmitiera con todo lujo de detalles el evento, pero el Padre Muelas, atento, le solicitó a cambio la retransmisión, durante todos los domingos del año, de la misa de doce, con tan mala suerte que a esa misma hora, jugaba sus partidos de local la Agrupación Deportiva Ciudadana, que aunque no le gustase al reverendo, tenía más audiencia y un buen número de anunciantes, que dejaban sus dinerillos en las exiguas arcas de la emisora. Así pues, hubo que contentarse con montar un pequeño andamio a la izquierda de la puerta de la iglesia, asumiendo el riesgo de que una marabunta se lo pudiera llevar por delante ante cualquier situación inesperada.

Al dar comienzo la misa de ocho, primera del día, observó el cura párroco una afluencia inusual, por lo abundante, de feligreses, algunos de ellos absolutamente desconocidos, que habían tomado los bancos provistos de termos, tortillas, empanadas, croquetas, fiambres, mantas, cojines, transistores…y demás artilugios destinados a hacer más placentera una larga estancia en los rudos asientos de madera de la iglesia.
El Padre Muelas introdujo su ojo derecho entre el cortinón que separaba el altar de la sacristía, vio el panorama que se había instalado en el patio central, y tomó la decisión de cortar por lo sano.
-Esto lo arreglo yo en cinco minutos, le dijo al atribulado párroco, y pasó a rememorar sus tiempos de capellán castrense en los grupos de operaciones especiales, y cómo hacían éstos para despejar edificios y zonas en conflicto.
Se hizo con una papelera metálica, que llenó con todos los papeles que fue encontrando a su paso. Accedió al centro de la nave por una puerta lateral, y depositó, junto al confesionario, la papelera, en la que había introducido, a diferentes alturas, varios cigarrillos encendidos. El lento quemar del papel hizo su efecto, el humo se fue extendiendo poco a poco, el olor a quemado inundó todo el recinto, y desde detrás del confesionario, con voz cavernosa, gritó: -¡Fuego, fuego, se quema el confesionario, se quema la iglesia!. La multitud, que algo se olía, al oír la voz giró su cabeza hacia el lugar del que provenían las voces, y al hacerlo vio una espesa columna de humo blanco que ascendía compacta hacia el techo.

Desafiando las leyes de la física, las viejas fueron capaces de recoger sus pertenencias y levantarse a la velocidad de la luz, y salir corriendo como liebres, que era lo más rápido que se conocía en aquella época por aquellos lares resecos y pedregosos.
La iglesia quedó desierta en tres minutos, y el andamio de “Radio Ciudad”, arrasado sin remedio alguno. La redactora Trinos por el suelo, con su mejor vestido hecho trizas, sus carnes a la vista escrutadora de los presentes, y el zapato correspondiente a su pie izquierdo desaparecido en combate para siempre. El grito que exhaló, resultó absolutamente desgarrador, casi animal. El llanto acudió a sus ojos, se le corrió el rimel, la pintura de los labios y el colorete, que con tanto mimo se había dado en los carrillos, se hizo bolas y chorreó hasta los restos de su blusa, aunque a estas alturas daba igual que se ensuciase.

Pasados los primeros minutos de desconcierto, los dos guardias presentes acudieron en socorro de la redactora, a la que auxiliaron de la mejor forma que pudieron y supieron, a la vez que el cura párroco, compadecido, se ofreció para el traslado a su domicilio en el sidecar de su moto, ofrecimiento que fue aceptado por la Srta. Trinos, que dio por perdido su zapato izquierdo definitivamente.
La turbamulta, exaltada en su carrera y desatada en sus ánimos, entró en la plaza gritando que la iglesia se quemaba por los cuatro costados.
El Alcalde, que se había asomado al balcón de su casa para cerciorarse de lo que gritaba la multitud, telefoneó a los bomberos, al Coronel Moreno Roncesvalles y salió a todo correr, a medio vestir, hacia la iglesia. Llegó a ella ahogadito, colorado como un cangrejo, descompuesto, con la garganta reseca y llena de flemas, sin poder emitir el más mínimo sonido. Justo detrás aparecía el camión de los bomberos, haciendo sonar campanas y sirenas, y esperando que los mecanismos funcionasen correctamente, pues hacía varios años que, por fortuna, ningún incendio había requerido su visita, y la sequía no permitía la apertura de válvulas y la extensión de mangueras por las que pudiera circular y derrarmarse ni una sola gota de agua. Se limitaban sus prácticas al riego de la arena de la plaza de toros, el día de la tradicional corrida de la Virgen de Agosto, y a su presencia en la caravana de vehículos de la cabalgata de Reyes y a las procesiones del Jueves y Viernes Santo, en el que los destellos de sus luces naranjas, junto a los miles de velas y cirios de los devotos, eran la única luz que alumbraba las adoquinadas calles del centro de la ciudad.
También llegaba, a toda velocidad en su vehículo oficial, El Coronel Moreno Roncesvalles, que había puesto en máxima alerta a toda la guarnición.
Se plantaron todos delante de la puerta principal del templo, y se quedaron estupefactos al ver al Padre Muelas sentado en las escalinatas de acceso, desayunando tranquilamente el contenido de una tartera olvidada en uno de los bancos: tortilla de patata, filetes empanados, jamón, queso curado y seis empanadillas.
– ¿Dónde está el incendio?, gritó el Coronel.
– ¿Qué incendio?, contestó el Padre Muelas.
– El que proclamaba la gente en la plaza, intervino, una vez recobrado el aliento, el Sr. Alcalde.
– Aquí no ha habido ningún incendio, solo ha sido una pequeña treta (que pasó a explicar), por mi parte, para solucionar una situación que se nos podría haber escapado de las manos y originar un problema de orden público.
– ¿Es usted consciente, volvió a intervenir el Coronel, de la alarma creada y de la movilización general que ha originado su decisión?
– Lo soy, respondió el Padre Muelas, y asumo las consecuencias.
– Queda usted detenido, gritó el Coronel. ¡Sargento, arreste a este hombre!
– No puede, tomó la palabra el Alcalde, recuerde el Concordato, Coronel.
– Ni concordato ni puñetas, este hombre viene detenido.

La multitud, que se había ido acercando y estrechaba cada vez más el círculo, para poder escuchar con mayor claridad lo que allí se decía, y que se sentía humillada por el cura y su estratagema, prorrumpió en vitores y aplausos al Coronel.
-¡¡¡Viva el Coronel Moreno Roncesvalles !!! Que detenga al cura. Por mentiroso, embaucador, hijo del pecado, incendiario y …pirómano (esto último lo vino a decir don Anacleto, director de “El Ciudadano Cabal”, y por un momento, se silenció la masa, que se giró hacia el caballero, pidiendo con la mirada una aclaración del significado de aquella palabra. También se acusó al Padre Muelas, cuya gravedad comprenderéis al momento los que conozcáis las tierras, gentes y pueblos de Castilla, de forastero; tras este calificativo, la suerte estaba echada.
El redondel en torno a los protagonistas seguía estrechándose, lo que llevó al Padre Muelas a interceder ante el Coronel para ser rápidamente detenido, introducido en un coche oficial y sacado de allí a la mayor urgencia. Así lo hizo el Coronel, entre órdenes de contención a los congregados, a la vez que agradecimiento por sus palabras.
– Hagan hueco, por favor. Respeto por las instituciones, y gracias a todos por su confianza en mi persona. Me hago cargo de la situación.

Por fin arrancó el vehículo, llevando en su interior al detenido y al Coronel. Se puso en marcha la sirena, y abandonaron la plaza, entre gritos de “Alcalde pardillo, Moreno es nuestro caudillo”.
Para completar la apoteosis, al día siguiente, don Anacleto Balín y Puertas, en la primera página del periódico y a cinco columnas, narraba la gran gesta del Coronel, con todo lujo de detalles y adornos, a la vez que solicitaba firmas para requerir al Ministerio el ascenso del protagonista a General. El éxito de la propuesta fue clamoroso, si bien no lo suficiente como para influir en el ánimo del ministro, al que el protagonismo del Coronel, en detrimento del poder civil, no entusiasmó precisamente.

Volviendo, para no perder el hilo, al domingo a las aproximadamente diez horas, y visto que el acceso a la iglesia había quedado prohibido, y la puerta de entrada custodiada por dos guardias veteranos nombrados directamente por el Coronel, concluyó la ciudadanía que lo mejor era acudir, provistos de silla, abanico, sombrero y paciencia, a la explanada de gruesas piedras que se extendía justo delante. Como era de esperar, hubo disputas por los mejores sitios, empujones, codazos, empellones, insultos y groserías…incluso algún ciudadano venido de las afueras amenazó con propinar algún sillazo a quien osara discutirle el sitio.

A la luz del jolgorio, pronto aparecieron por el lugar un churrero con su mercancía, el extremeño del carrito de los helados, el cojo de las pipas, caramelos, chicles, y hasta la troupe de los gitanos cantando pasodobles toreros y haciendo bailar a la cabra en lo alto de un trapecio. Apareció el Tío Benito, armado de guitarra, por lo que un grupo empezó a bailar y a cantar jotas, y ya metidos en harina se animó Nicanor y su flauta travesera, al que su unió un voluntario con botella de anís del mono y cuchillo rascador.
Entre los churros, la bota, un carajillo, un sol y sombra, un echa vino mesonero, y el calor del sol, que iba en aumento a medida que avanzaba el día, los estragos en la rectitud, tanto física como de juicio, de la concurrencia iban entrando en barrena. Esto empezaba a parecerse a la romería de San Juan, solo faltaba la pira en el centro de la explanada.
Dicho y hecho. De repente, apareció un feriante, al parecer procedente de Salamanca, que en un abrir y cerrar de ojos montó una parrilla, y a voz en grito, comenzó a anunciar su mercancía: bocatas de chorizo, morcilla de Burgos, panceta, beicon, lomo adobado con pimientos, hamburguesas de los Estados Unidos, cerveza fresca y vino de Valdepeñas.

La olorosa humareda se extendió rápidamente por todo el contorno, abriendo el apetito y las ganas de chufla de la concurrencia. La cabra de los gitanos, quizás por el hambre que encerraba y por el olor que percibía, se negó a subirse a lo alto del trapecio, con el consiguiente cabreo del dueño, que le gritaba y le amenazaba con darle un garrotazo. Sin previo aviso, sin ningún síntoma que hiciese temer el fatal desenlace, la cabra se desplomó y cayó de golpe patas arriba. El gitano, atónito, se descompuso. Comenzó a llorar desconsoladamente, imitándole al instante toda su prole, mientras miraban y acariciaban a la cabra tiernamente.
Por fin, se levantó el patriarca, y se dispuso a cortar la cuerda que rodeaba el cuello de su amado animal, para lo cual sacó una navaja de considerables proporciones del bolsillo derecho de su pantalón.
¡ Valgame Dios, la que se organizó en un momento! Gritos, carreras, idas, venidas, subidas, bajadas, llamadas a la autoridad, callaron guitarras, flautas, botellas de anís del mono, altavoces, mientras una compacta e irregular masa humana corría despavorida hacia la plaza, donde ya el Alcalde, en su domicilio terminaba de acicalarse para salir, en compañía de doña Fernanda y la Srta. Luisita al oficio religioso de las doce horas.

El Coronel Moreno Roncesvalles, que desayunaba plácidamente junto a su esposa en “El Rincón de Camagüey”, se levantó al instante, envío a la mujer corriendo a su casa e hizo, por segunda vez en el día, frente a la exaltada turbamulta.
-¿Qué ocurre aquí?- gritó, haciendo señales con ambas manos para que cesaran las carreras y los gritos.
-El gitano de la cabra, mi Coronel, que se le ha muerto, ha sacado una navaja descomunal y quería llevarse por delante a todo hijo de vecino.

Emprendió el Coronel, con paso firme y decidido, camino de nuevo hacia la explanada de la iglesia. Al llegar allí, se encontró a uno de los guardias intentando levantar al patriarca del suelo, pues aunque ya había cortado la cuerda que rodeaba el cuello del animal, no era capaz de alzarlo, por lo que había enviado a dos de sus hijos a traer el carro tirado por un burro con el que se desplazaban por toda la geografía comarcal ofreciendo su espectáculo.
Pidió novedades el Coronel al guardia, que le explicó la situación. Silencio sepulcral. De buena gana se hubiera liado a mamporros con aquella manifestación de cretinos, pero se limitó a instar su disolución, y que cada uno se volviera a su casa. Debía consultarlo con el Sr. Alcalde, pero por su parte, la misa de doce quedaba suprimida, y allá don Manuel con su apuesta, la limonada, la Srta. Luisita y todo el mundo mundial.
Por fin llegó el Alcalde, a paso lento, pues había quedado imposibilitado de una nueva carrera, so pena de sufrir un infarto agudo de miocardio.
Púsole el Coronel al corriente de la situación, a la vez que le ofreció su consejo sobre la supresión antes mencionada, en evitación de graves desórdenes de orden público.
Asintió el Sr. Alcalde, y sobre la marcha dictó un bando: “A la luz de los hechos acaecidos en nuestra ciudad en la mañana de hoy, y siguiendo los consejos del Coronel Moreno Roncesvalles, máxima autoridad local en la materia, quedan suprimidas todas la misas del presente día.Por lo tanto, deben todos los vecinos desalojar la Iglesia y sus alrededores, so pena de intervención contundente de las Fuerzas del Orden”.

Aquello no podía ser. Las masas se desinflaron de repente. Quedaron aturdidas. Años esperando algún acontecimiento digno de mención en nuestra tediosa ciudad, para que cuando éste llega, un Coronel alarmista y un Alcalde cagón nos lo echen abajo por una papelera ardiendo y una cabra muerta.

Cuando todo parecía ya calmado, salió de la iglesia el cura-párroco, dirigiéndose a grandes zancadas hacia el Sr. Alcalde y el Coronel Moreno Roncesvalles.
-Resulta de todo punto inaudito que se atrevan a suspender la celebración de la Santa Misa, condenando a estas pobres almas a no recibir consuelo espiritual. Por el poder que Dios me ha otorgado como su ministro en la tierra, anuncio solemnemente que sí se celebrará la misa de doce.

El Coronel Moreno, hombre cuajado en mil y una revueltas, teniendo que enfrentarse a bravucones mucho más temibles que el cura, no se arredró por sus palabras. Llamó a uno de los guardias, y le ordenó que se lo llevará detenido.
-A la más mínima resistencia, le pone las esposas.

Todos los presentes palidecieron. Si este tipo ha sido capaz de llevarse a dos ministros de la Iglesia sin inmutarse, imaginemos lo que puede llegar a hacer con un civil mondo y lirondo.
Cuando ya la gente parecía resignada a retirarse, y volver a sus quehaceres de cualquier domingo, vieron aparecer por el fondo de la calle de los Relámpagos, camino de la iglesia, a don Manuel con su impecable traje blanco, corbata roja y clavel a juego en la solapa.
El Sr. Alcalde salió a su encuentro, seguido a prudencial distancia por todos los vecinos, ávidos de conocer la reacción del indiano a los últimos acontecimientos producidos.
Nada se oía, pues como personas educadas, el volumen de la conversación era bajo. Entonces, un tal Ortega, funcionario municipal, propaló entre la multitud que si no se celebraba la misa y, por ende, quedaba suspendida la limonada, habría que ir a cobrar a toda velocidad los cuartos de las apuestas, no fuera a ocurrir que no hubiera fondos suficientes y solo fueran a obtener el reintegro los más madrugadores.
No había terminado de hablar este sujeto, cuando ya la multitud se había puesto en marcha de manera atropellada, a paso ligero primero, al galope pasados unos segundos, todos camino de “El Rincón de Camaguey”, con su recibo en mano, para exigir la devolución de lo apostado.

Pareciera que atravesaba la plaza una manada de elefantes. Don Arturo, incapaz de reaccionar por el breve lapso de tiempo transcurrido, vio de repente su café inundado de hombres y mujeres vociferantes, que le exigían de manera airada su dinero.
Como quiera que el hostelero no acertaba a responder, además de no empezar a pagar los boletos, la turba perdió los nervios. Le agarraron por la solapa de su chaquetilla blanca, y empezaron a llegarle, de todas partes y por todo el cuerpo, bofetadas, pellizcos, pescozones, mandobles, patadas, insultos, garrotazos…vasos, tazas, bandejas con tapas y aperitivos, bollería fina, medias fuentes de ensaladilla, croquetas, boquerones en vinagre, tortillas, queso en aceite…todo volaba sin control de lado a lado del local, todos contra todos…¡¡¡ la caja registradora, la caja registradora !!!, gritó alguien, y hacia ella se dirigieron un buen número de manos, sin reparar en que la misma estaba anclada al mármol del mostrador, y no iba a resultar fácil arramplar con ella.
En medio del frenesí de destrucción en que estaban inmersos los alborotadores, no observaron la fila de guardias que, provistos de escudos, cascos, y unas larguísimas porras de goma negra, habían formado justo delante de la puerta de “El Rincón de Camagüey”. Al frente de ellos, el Coronel Moreno Roncesvalles, que maldecía su mala suerte con ese pueblo aburrido, que armaba desorden tras desorden como única forma de divertirse.
Cuando, pasados unos minutos, el funcionario municipal Ortega observó la situación, se quedó parado, mudo, y hasta mutó de color. Fue pararse el primero, y seguir todos los demás, como si unos y otros estuvieran comunicados por algún tipo de resorte.

El Coronel Moreno, megáfono en mano, dio un paso al frente, y dijo, alzando la voz:
-Vayan saliendo de uno en uno, con las manos arriba y el documento de identidad en la mano derecha. El Sargento les tomará la filiación, y serán debidamente denunciados ante la autoridad gubernativa y el juzgado.

Con parsimonia se llevó adelante la operación. A medida que iban siendo anotados los alborotadores, se permitía su regreso a sus respectivos domicilios, haciéndoles saber que podían ser requeridos por las autoridades en cualquier momento.
Terminado el trámite, se instruyó el atestado correspondiente, y se entregó a don Epifanio Mascarel y Pí, un juez catalán, natural de Olot, que acababa de salir de la Escuela Judicial, y que venía para sustituir en éste su primer destino a don Emilio, que llevaba treinta y cinco años ininterrumpidos en el puesto, del que solo pudo alejar su jubilación forzosa.
Situado en el brete de tener que incriminar a tal cantidad de vecinos, y no queriendo complicarse su estancia en la ciudad desde el primer día, máxime viendo el desesperante ritmo de movimientos del escalafón, solicitó el Juez a don Arturo una relación pormenorizada de todos los desperfectos y pérdidas originadas en su local por los alborotadores.
Una vez estuvo la lista en su poder, reunió éste en informal encuentro, fuera de sede judicial, al Sr. Alcalde, el Coronel Moreno y el Obispo Iturregui (por aquello de los dos curas detenidos), y les propuso lo siguiente: de manera extraoficial, y dejando bien claro que era por iniciativa de los tumultuosos y tras retirada de denuncia por parte de don Arturo, se aplicaría derrama por el total de los desperfectos ocasionados, se procedería a la reparación del local y a la reposición de los elementos rotos, y aquí paz y después gloria. Se olvidaría el desencuentro tenido por todos, incluídos los curas, con la autoridad.
Mostró el Coronel Moreno sus reservas, pues muy alta era su estima del deber, y solicitó un receso para consultar tan vidrioso asunto con sus superiores. A la vuelta, consintió en el arreglo, pues nadie quería salir en las noticias por asuntos desagradables.
Sin que faltase nadie, a la mañana siguiente todos los alborotadores guardaron turno en el Ayuntamiento para pagar su parte alícuota de desperfectos, y esa misma tarde entregó el Sr. Alcalde lo recaudado a don Arturo,para el adecentamiento del local, y reposición del material destrozado.

A todo esto, y retrotrayéndonos al domingo por la mañana, cuando las fuerzas del orden quisieron terminar la identificación, eran cerca de la una y media de la tarde, y ni la Srta. Luisita había salido de casa por miedo a las revueltas, ni se había celebrado la misa de doce por falta de oficiante, ni se había producido la esperada reunión en el café por destrozo previo del local. Crecían los rumores de engaño, incluso se empezó a insinuar que tanta revuelta obedecía a una táctica del indiano para no honrar sus compromisos por la pérdida de la apuesta.
Dichos rumores llegaron a conocimiento del Coronel, por medio de un guardía recién llegado a la guarnición, al que se lo había comentado la hija de la patrona de la pensión en la que se hospedaba, y que se había quedado prendada del joven en el momento que le vio enfundado en su uniforme reglamentario.
Dispuesto a cortar por lo sano, y a no verse impelido a sofocar una cuarta rebelión en el mismo día, trasladó el Coronel a don Manuel la necesidad ineludible de tomarse aunque fuese un vaso de agua en mitad de la plaza, para acallar bocas malintencionadas y rumores interesados.
-No se preocupe Coronel. Acabo de ordenar a Juanita la Negra la preparación de una limonada, que nos servirá, a la Srta. Luisita y a mi mismo, detrás del escaparate de “El tortel”, para que toda la población pueda observar la celebración del evento. Solo queda un punto por resolver, para el que solicito su colaboración desinteresada: debe convencer a la Srta. Luisita para que acuda a la cita, pues debido a los acontecimientos sucedidos, ninguna de las partes hemos podido cumplir con lo pactado con anterioridad.
-No se preocupe don Manuel. Con tal de acabar con esta situación de desgobierno, soy capaz de traer a la Señorita a punta de pistola, si fuese necesario.

No lo fue. A las dos en punto de la tarde, acompañada por su padre el Sr. Alcalde, y por su madre doña Fernanda, que se balanceaba a un lado y a otro más que de costumbre, salió Luisita del portal de su casa, con un vestido color claro, comprado el día anterior en “La Mode de France”, bajo solemne juramento de su propietaria de que el modelo era exclusivo en la ciudad.
Con parsimonia calculada, se dirigieron los tres a la pastelería, en la que ya estaban habilitadas una mesa, dos sillas, una jarra transparente llena de limonada, dos copas, cada una de ellas con su servilleta, y dos cucharitas por si fuera necesario revolver algo, o disimular alguna situación inesperada.
Don Manuel, con cara de satisfacción, esperaba en la puerta del establecimiento. Al llegar a la misma los paseantes, invitó el indiano, reverencia incluída, a Luisita a penetrar en el establecimiento.
El Alcalde y doña Fernanda, entre satisfechos y como haciéndose los distraídos, continuaron su camino, y la multitud observó, con todo lujo de detalles, lo que allí ocurría, sin atreverse ninguno a entrar. Lamentaba don Arturo las consumiciones que había dejado de vender por el destrozo de su local, si bien don Melquiades el abogado, le había dicho que podía reclamar al seguro del local la denominada “pérdida de beneficios”.
-Déjeme ver su póliza, y ya me encargo yo de las gestiones, por una módica minuta más el 10% de lo obtenido de la reclamación.

Al fondo, observaba con los ojos bien abiertos el Coronel, que se estaba empezando a enfadar, pues temía que la paella dominical que con tanto entusiasmo preparaba su esposa se estuviera empezando a pasar.
Como no se producía ninguna escena, el público se hartó pronto de la situación, y se fue retirando a sus casas. Pasados veinte minutos, únicamente aguantaban el tirón las cotillas y correveidiles más recalcitrantes del municipio, que no se resignaban a que el día más glorioso y con más cosas que contar de la historia de la ciudad fuera a terminar de aquella manera tan sosa.

Volvieron el Alcalde y doña Fernanda de su paseo, recogieron a la Srta. Luisita, se dijeron los cumplidos de rigor y se retiraron todos satisfechos, a la espera de recibir los detalles de la conversación habida.

Tras proceder al cierre de la pastelería, se dirigió don Manuel a observar los destrozos en el Café, conviniendo con don Arturo que, una vez restaurados los daños en el local, harían las cuentas de la apuesta de la limonada, que había arrojado pingües beneficios.
Marchó a continuación al domicilio paterno, donde le esperaba la comida preparada por Azucena, que degustaría en compañía de su padre y de Juanita la Negra. Ésta, una vez los tres sentados a la mesa, le espetó:
– Manuel, no sé si Luisita te conviene o no. Solo te digo que tiene ojos de querer ver mundo, y de que en cuanto pueda desaparecerá para siempre de esta ciudad aburrida y sin futuro.

Se hizo el silencio, pero las palabras escuchadas pasaron a pesar como una losa en la conciencia y el cerebro de don Manuel, quizás debido a que él también había tenido esos ojos, con los que un día salió corriendo de su ciudad natal, con la idea fija de no volver jamás.
Mientras tanto, la costumbre de la limonada dominical se institucionalizó; a las trece horas y treinta minutos, en la mesa central de “El Rincón de Camagüey”, limonada habemus, eso sí, tras escuchar la misa de doce, a la que don Manuel se tuvo que hacer asiduo.
Tras varías limonadas, vinieron los paseos, los flirteos, incluso Luisita consintió en suspender temporalmente sus estudios de Filosofía y Letras, que realmente nunca le habían interesado demasiado por sí mismos, sino como posibilidad de abandonar la casa familiar y la ciudad de provincias.

Todo parecía marchar sobre ruedas entre ambos, doña Fernanda se deshacía en elogios hacia don Manuel, y el Sr. Alcalde había visto su prestigio incrementado, pues le suponían cierta influencia acerca del indiano, y de su capacidad para orientar negocios e inversiones de su holgada cuenta corriente.

De repente, una circunstancia inesperada volvió a enturbiar la vuelta al soberano aburrimiento de la ciudad. La Srta. María Engracia, directora del Colegio Público, solicitó el traslado inmediato de su puesto, con destino que fue imposible desentrañar hasta por la más consumada reina del cotilleo municipal.
El mismo le fue concedido de inmediato, circunstancia que aprovechó el ex-director del Banco Internacional de Negocios, hasta ese momento desaparecido desde su incidente, para lanzar el rumor, la sospecha, la insidia, el sé de muy buena tinta, me ha dicho un amigo íntimo del Ministerio de Educación…que María Engracia no había dejado de verse en ningún momento con don Manuel, y que, llegado el momento de tomar una decisión ante una cuestión insoslayable e inaplazable en el tiempo, el bueno de don Manuel había hecho mutis por el foro.
-Incluso, esto solo entre usted y yo, por favor, me dicen que la maestra ha marchado a la Guinea, para poner no ya tierra, sino un océano de por medio.

El afrentado, en su mejor costumbre y tradición, no dijo absolutamente nada; siguió impasible con su vida diaria. El Alcalde, en esta ocasión, tampoco se atrevió a preguntarle qué había de cierto en aquellos rumores, pero doña Fernanda cambió de actitud, y previno a su hija sobre un caballero al que tan poco preocupaba su reputación y buen nombre; incluso, con el tiempo, llegó a la conclusión de que todo lo que se contaba era rigurosamente cierto.
Luisita también se vio afectada. Ya no era la chica alegre, simpática, espontánea y dicharachera de recientes tiempos pasados, y se planteó retomar sus estudios de Filosofía y Letras en la capital. En estas disposiciones estaba cuando fue informada por su padre que dentro de tres días se celebraría una recepción de gala en el Ayuntamiento, para recibir al Señor Embajador de Italia, que estaba recorriendo las principales ciudades de su nuevo destino profesional, como manera de estrechar lazos de amistad con sus gentes y conocer sus costumbres.

A la misma fueron invitadas todas las fuerzas vivas, civiles y militares, de la ciudad. Se sirvió un esplendido ágape, y todos comieron, bebieron, bailaron y departieron amigablemente durante varias horas. Al día siguiente, “El Ciudadano Cabal”, con gran alarde tipográfico (pagaba el despliegue el Excelentísimo Ayuntamiento a medias con la Excelentísima Diputación Provincial), y a cinco columnas, trasladó a los mortales corrientes lo vivido en el salón de plenos del Ayuntamiento, si bien no quiso, o no pudo,o no le dejaron, incluir lo que realmente constituyó la noticia del día, el bombazo de la fiesta: en un momento indeterminado, inadvertido por todos, el Sr. Embajador y la Srta Luisa desaparecieron de la escena. Pasado un rato prudencial, el Coronel Moreno Roncesvalles ordenó revisar todas las dependencias del edificio, además de transmitir una alerta a todas las patrullas rurales y de carretera para que informasen de un vehículo Alfa Romeo de color oscuro y con matrícula diplomática, que había desaparecido como por ensalmo de la Plaza Mayor de la ciudad.
Todo fue inútil. A la mañana siguiente, informaron al Ministerio de Asuntos Exteriores, que trasladó un funcionario a la Embajada italiana, a fin de interesarse por el suceso y estado del Señor Embajador. El Encargado de Negocios le informó que el embajador había presentado su dimisión irrevocable a primera hora de la mañana, y que había partido, acompañado de una señorita, con paradero desconocido.

El Coronel Moreno informó a los desconsolados padres. Al decaimiento del Sr. Alcalde, incapaz de comprender la fuga, se opuso la sonrisa picara de doña Fernanda, que quiso confirmar con el Coronel que el fugado era realmente embajador.
– De eso no cabe la menor duda, y único heredero de una adinerada familia de la nobleza italiana.
– Bueno, usted comprenderá que una fuga con un embajador es menos fuga, incluso disculpable.

El suceso se fue olvidando. Incluso, los rumores apuntan a que Luisita contacta periódicamente con su madre, vía telefónica, pero sin indicarle jamás dónde se encuentra, pues no desea que nadie perturbe su nueva vida ni la paz interior lograda con los nuevos horizontes descubiertos.

Exactamente doscientos ochenta días después de la fuga de Luisista, y trescientos diez del traslado de la maestra María Engracia, se personó en el domicilio de don Manuel un abogado, portando una carta, cuyo contenido y remitente ha sido imposible averiguar, pues la misma fue quemada por el indiano tras ser leída, que puso en marcha a este con rumbo y fin desconocido.

Las cábalas y suposiciones duraron cinco días, los que tardó don Manuel en regresar, acompañado de una cuna y un bebé en su interior.
En su línea habitual, éste no afirmó, ni negó nada acerca de paternidades ni maternidades.
Se limitó a contratar una niñera, venida directamente desde su Puerto Rico natal, y a proceder a bautizar a la niña, a la que puso por nombre María de las Virtudes, siendo apadrinada por don Arturo y Juanita la Negra.

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