MARTEL-GARDEL.¡QUE CONFUSIÓN MÁS TONTA! 

Paseaba sin rumbo por el centro de la ciudad, en uno de esos paseos exasperantes y aburridos que nos imponen los médicos para intentar bajar un colesterol que nunca baja, excepto que termines tomando el medicamento correspondiente.

En esto, que al pasar por delante de la casa de cultura municipal, veo un cartel anunciador de una conferencia sobre Carlos Gardel. El caso es que me extrañó sobremanera que la foto del cantante fuese un guerrero medieval, ¡qué digo medieval!, mucho más antiguo, pero, yo que sé, ahora con esos diseños y carteles modernos, todo es posible. Con decisión, apunto la cita en mi agenda (dejo a su libre albedrío si de papel o electrónica, que dicen que es bueno dejar soluciones y respuestas abiertas).

Con ilusión, empleo los días siguientes en ponerme al día sobre Carlos Gardel, del que no sabía nada, empezando porque yo creía que era argentino, y resulta que no, que unos dicen que es oriental del Uruguay y otros que es francés. Lo único cierto es que murió en Colombia, en accidente de aviación.

Lo que a mí me interesaba de Carlos Gardel era la posibilidad de conocer a alguna tanguera, o tanguista, vaya usted a saber cómo se dice, uruguaya, francesa, argentina, colombiana, o incluso nativa, sin importar que tampoco supiese nada de Gardel, pero que estuviese dispuesta a comerse un asadito, incluso una hamburguesa o hasta una pizza conmigo, y después celebrarlo cantando tangos y dando vivas a Gardel, a Perón, a Maradona o a Zapata, que aunque era de otra revolución, a esas alturas lo mismo nos iba a dar.

Llegado el día, qué agobio, compañero. Duchita jabonosa y perfumada, cremas y aceites esparcidos con mimo y fruición, afeitado de primera con rasurado doble, pelo repeinado y gomina de la buena, poniendo de mi parte todo lo posible para que en el último instante no me abandone el desodorante y el castillo de naipes que tanto ha costado levantar se desmorone como lo que es.

Hora de vestirse: muda limpia, calcetines de estreno, camisa lavada y planchada como si me la tuviese que firmar Cristiano Ronaldo, traje negro de raya diplomática. Zapatos también negros, de charol, una hora sacando brillo con una gamuza abrillantadora de primera calidad. Sombrero marrón, como el de la foto que José María Silva le sacó al artista en su momento.
Salgo de casa, tras mirarme y remirarme en el espejo. Parezco un maniquí, de esos de escaparate de gran almacén clásico, de esos de dependientes atentos y con una educación, que se afeitan y se peinan cada mañana, que te miran y aciertan tu talla, te ayudan a ponerte la americana que quieres comprar, y saben combinar colores, olores y hasta sabores. Te atienden sin agobiar, saben en qué momento deben preguntar y en cual desaparecer y dejarte a solas con tus pensamientos. De ésos que te saben llevar a su terreno, que te venden lo que ellos quieren pero pareciendo que lo has elegido tú. De esos dependientes, ¡qué desgracia!, de los que ya no quedan, entre otras cosas porque nadie se dedica a formar y enseñar a ser dependiente de comercio.

Camino hueco, como para caber bien dentro del traje, como no queriendo mancharme. La gente me mira. Lo noto, aunque me hago el despistado, mirando al horizonte, la mano derecha en el bolsillo del pantalón y una medio sonrisa ladeada de la que yo soy el primero en reírme (interiormente, por supuesto).

A lo lejos, en lontananza, a las mismas puertas del centro cultural, veo que ya se empieza a formar el tumulto. Hacia el mismo me dirijo, con paso decidido pero lento, en la esperanza de que cuando llegue, ya se haya concentrado tanto asistente que mi entrada resulte llamativa.
Sigo avanzando, y comienza a llamarme la atención lo que veo. Me pongo las gafas, que sin duda desmerecen, pero no queda otra. Miro el reloj, es la hora indicada. Miro mi agenda (¿han logrado adivinar ya si de papel o electrónica?). Todo es correcto.
¡Qué raro! ¿Habrá habido algún funeral previo a la cita de Gardel?¿Será una merienda que da el Ayuntamiento a los mayores de noventa años del municipio?
Por fin, llego a la puerta. De la sala emana un olor a naftalina que tumbaría a un ejercito de combativas polillas. La especie se extinguiría en una sola aspiración. De su interior sale, solícita a recibirme, Doña Isabel de las Mercedes, esposa del Cónsul honorario de Francia, y presidenta de la Asociación de los amigos de Carlos Martel, Mayordomo del Palacio del reino de Austrasia desde el año 715 hasta su muerte. Era hijo ilegítimo de Pipino de Heristal y de su concubina, Alpaide de Bruyeres, y fundador de la dinastía Carolingia, que reinó en Francia y Alemania entre los siglos VIII y X. Su más destacada victoria se produjo en el Año 732, en que derrotó a las fuerzas árabes del califato Omeya en la batalla de Poitiers.

Con mi mejor sonrisa y talante, y después de leer con estupefacción y sonrojo la nota que acabo de transcribir, sobre el tal Carlos Martel, de cuya existencia y hazañas no tenía la más remota idea, observé a la concurrencia. Resultaba evidente que allí no iba a tener ninguna posibilidad de conocer a una tanguista, y por ende, no iba a tener nada que celebrar.

Al fondo, circunspecto y correcto como un sirviente del Versalles de Luis XIV, maniobraba un camarero sirviendo bebidas varias y canapés de estupendo aspecto.
Ya puesto, solicité un asiento a Doña Isabel de las Mercedes, cerquita de aquella esquina, por favor, y me dispuse a imponerme sobre el carolingio, a la par que cenaba a costa de la asociación, ya que lo más parecido a Gardel de aquella noche y en esta sala iba a ser yo.

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